miércoles, 30 de enero de 2013

LA VENTANA VI




Siempre tuve una duda, pero parecía que intentar zanjarla, me provocaba una suerte de nausea e incomodidad que me obligaba a posponer su resolución a mejores tiempos. Ahora liberado ya de ataduras y dispuesto al fin a tomar la determinación más crucial de mi existencia, pasados los años puedo recapacitar sobre esa intriga que tantas veces me torturó la mente.
Una mujer puede y de hecho lo hace, pronunciarse sobre la belleza, sea ésta adobo de hombre o de mujer, y en público sin sentirse juzgada por hacerlo, ni padece la necesidad de pedir perdón por ello. Yo, y otros muchos como yo, haciendo gala del cinismo mas tosco afirmamos que claro, que porqué no vamos a poder opinar los hombres sobre la belleza de los hombres, pero ni tan siquiera a los declarados homosexuales se le escucha producirse en publico sobre la belleza masculina, como no sea en su reducido ambiente de sexo homoerotico.
Quizá yo tuve que ser sincero conmigo mismo y aceptarme con humildad en mi mismidad, en lo más oscuro de mis entrañas, que Oscar era guapo, me parecía guapo. Y es que lo era. Pero aceptarlo suponía desear tener sexo con él. Eso no lo sabía yo entonces, que deseaba sin quererlo ni saberlo darme un revolcón salvaje con él, por eso la turbación que me provocaba su presencia, mi incapacidad para aceptar que era un tío de bandera. Siempre que veía una mujer bonita, vistosa, agradable la continuidad de mi discurso mental era la famosa frase consabida: “que polvazo tiene la tía”. Los hombres, yo al menos, soy incapaz de desligar admisión de belleza, del deseo de poseerla físicamente, y al decir físico, me refiero a la cáscara, a la piel, que es lo que yo soy capaz de tocar y ante la que me enardezco y deseo poseerla entrando a saco dentro de ella. Cuando estoy dentro mi casa, tengo el dominio de ella, cuando entro en una mujer tengo su dominio. La posesión inmaterial de la belleza no pertenece a mis prioridades ni seguramente haya entendido de qué se trata eso en mi vida. Yo no necesito entrar en más detalles para satisfacer al monstruo erecto en el que me convierto cuando deseo.
La mujer sin embargo cuando admite la belleza del otro se queda en eso en la admiración y en sus adentros más internos no queda resquicio al deseo, por eso es tan inocente y libre cuando proclama que una mujer es bella, no necesita tocarla, acariciarla y mucho menos poseerla. Pero es que cuando hace y dice lo mismo de un hombre tampoco traspasa el umbral que le conduce al deseo lujurioso. La mujer es libre para ir con su pareja monógama y confesarle que fulanito o menganito es guapísimo sin por eso tener conciencia de estarle ofendiendo. Si fuese al revés el hombre miraría y consumaría su deseo de posesión en la mente de forma disimulada porque sabe que si le dijese a su mujer lo bella o resultona que es una u otra la mujer sabría ella enseguida que le había sido infiel en ese instante.
El hombre desea la carne, lo material, la mujer no se conforma con el puro sexo, necesita poseer el inmaterial del hombre o de la mujer, por eso de la mera contemplación no se sigue de forma automática el deseo. La mujer desea primero el espíritu y de ello, como consecuencia lógica se sigue la carne y a ella se entrega sin mesura ni reserva. La mujer jamás entenderá que se tenga sexo sin por ello traicionar, la mujer es el hombre terminado, concluido, perfecto, porque le sobra lo que al hombre le pierde que es el pene que siempre reclama su parte como amo y señor del cuerpo, poderoso e intransigente.
Nada de lo que me sucedió hace ya tantos años ni nada de lo que está sucediendo ahora lo estaría, si en aquella primera reunión hubiese admitido que Oscar era muy guapo y me hubiese ido a la cama con él, cuando mi cuerpo, sin yo saberlo me lo pedía a voces. Pero estaba equivocado. Cuando al fin comprendí que mi naturaleza no era la que el resto del mundo me imponía por correcta so pena del desamparo de la marginalidad de la minoría execrable, ya era tarde.

Llegué con Braulia, desbordándome de gozo, a su casa. Llamamos a Oscar. Se mostró encantado del giro copernicano que acababa de dar y me auguró un resto de mi vida estelar. Braulia fue a su habitación a ponerse algo más cómodo.
- ¿Pero como así? Estoy encantado. Estarás dispuesto a todo, imagino – en su voz había desconcierto y un punto de incredulidad.
- A todo, tío. Es como si hubiese descubierto la llave que abre todos los cofres de todos los tesoros escondidos y me siento algo más que rico. ¿Vas a venir ahora? Aunque no te lo creas, estoy empalmadísimo pensando en el momento que vuelva a verte. Sueño con que me folles mientras acaricio el sexo de Braulia con la lengua – no pude evitar que me temblara la voz de excitación al declararme de esa forma tan salaz.
- Espera. – se quedó en silencio únicamente roto por el jadeo que producía, pensaba yo que de la pasión - No, quédate ahí esta noche que llegaré de madrugada con unos amigos. Descansa, te hará falta.
- Una orgía desenfrenada, supongo – estaba tiritando ya de lujuria, me sentía un cuerpo que era solo boca, ano y pene, genitalidad pura. Mas adelante descubriría el sexo.
- Ya lo verás, ellos forman parte de nuestra orgía a tres pero participaran de otra manera. Bueno esta noche saldrás de dudas.
Colgó el teléfono y yo me quedé intrigadísimo, con una tremenda y dolorosa erección que me pedía un lugar caliente donde aliviarse.
Cuando volvió Braulia con un batín de raso blanco me sorprendió restregándome el pene por fuera del pantalón. Con la mayor naturalidad empezó a acariciarme ella. Sentí que iba a correrme y ella lo notó. Con maestría me desabrochó el pantalón y dejó libre la parte de mi cuerpo más sensible. Luego se agachó mientras se deshacía el lazo que mantenía el batín cerrado y me acarició suavemente el capullo con sus labios. Sentí como el semen empezaba a correr camino de la meta y se lo anuncié a Braulia. El orgasmo hizo presa en mi carne y ya no fui más dueño de mis actos. Braulia con una sabiduría propia de alguien más mayor me extrajo hasta la última gota de placer y semen de la que era capaz. Cuando terminé de eyacular, ella se levantó con un erotismo encantador acariciando mi cuerpo con el suyo desnudo hasta alcanzar sus labios con los míos. Comprendí que intentaba que compartiésemos mi semen y me dejé llevar. Pensaba que vomitaría de asco pero al gustar el sabor de su lengua con sabor a mi semen abrí la boca y con avaricia le arrebate mi jugo y me lo tragué sin dejar de contonearme contra su cuerpo. El pene no decaía a pesar de acabar de eyacular, al contrario sentía la necesidad de seguir, ella lo notó y con toda la habilidad, como en el vestíbulo del ascensor de la oficina, me succionó el pene con su sexo y empezó el masajeo que daba con su vagina como si fuese experta en esa rara habilidad que se conoce como el tailandés. El placer me mareaba, pero no alcanzaba el punto del orgasmo, hacia muy poco tiempo del anterior, pero ella sí empezó a vibrar y a contorsionarse emitiendo quejidos cada vez más prolongados y desasidos. Finalmente se desmadejó del todo y tuve que sostenerla para que no cayese de espaldas y se partiese la crisma. Mi pene permanecía tieso dentro de su vagina y no era mi intención sacarla, hasta que ella vino en sí y me separó de su cuerpo. Pensaba que allí acababa por el momento la sesión pero estaba equivocado. Volvió a agacharse y a chuparme con necesidad hasta que supo que podría volver el surtidor de semen y sin levantarse se dio la vuelta y encaminó con sus manos el capullo a su ano. Fue sencillo y con un leve gemido de entre dolor y aceptación quedó mi pene entero introducido dentro de ella. Fueron necesarios pocos embates porque enseguida y esta vez con unos calambres muy deleitosos volví a vaciarme dentro de ella. Luego me indicó, ordenó, invitó a que me agachase y le recogiese el semen vertido directamente de su ano, con la boca. Dudé un instante, pero el tono de su voz cuando me ordenó “chupa maricón”, no me dejo escapatoria y me hizo desear continuar, estaba descubriendo el placer de la sumisión. Se arrodilló en el suelo apoyando sus antebrazos y ofreciéndome el ano a la boca. Creí que no iba a poder hacerlo, pero vi como su sexo se prolongaba en otro más que yo había utilizado y decidido a llegar hasta donde hubiese que llegar, excitado por el lance, me sumergí en su orificio que permanecía después de mi sodomización algo abierto y relajado. Introduje la lengua y pude volver a saborear el bouquet de mi semen. Al tiempo con mi mano derecha acariciaba su clítoris que se mantenía duro y grande. Empezó otro baile de estertores hasta que Braulia acabó de correrse con su ano en mi boca, luego se desfalleció y cayó de lado medio muerta. Yo permanecí a su lado lamiéndole ano y sexo sin poder dejar de hacerlo y sin poder relajar el pene que seguía enhiesto y amenazante como una pica.


V I D A   N U E V A



Recuerdo perfectamente aquella noche, en la que firmé mi sentencia, deseoso de cumplirla y apurarla cuanto antes. Cerraba los ojos esperando el momento, el máximo, el cenit del placer. Me faltaba solo la inocencia que tenía en aquellos días en la que todo estaba por descubrir y a cada nuevo escalón que se descendía en la escala del saber en depravación sexual deseaba que llegase sin saberlo el momento en el que me encontraba.
Oscar era mayor también aunque algo menos que yo. Iba a ser el maestro de ceremonias de aquel acto sublime en el que diese cumplimiento a todos mis anhelos, alcanzar el placer total y continuo, sentir en cada centímetro de mi cuerpo el gozo de ser poseído sin descanso, el sofoco de la vida consumida en un acto continuo, amalgamando de una sola vez el dolor y el placer para crear una sensación nueva que me hiciese alcanzar la inmortalidad, traspasando el mundo sensible a otro en el que solo existiera placer y dolor como caras de un misma moneda.
Mi cuerpo dejado caer sobre una cheslón, desnudo y ajado, extremadamente delgado debido a las privaciones y vejaciones deseadas, largas jornadas de desenfreno soportado, cuerpo de viejo vicioso, con el pene fláccido (¿cuanto  tiempo ya que no empalmaba como antes?) y los testículos grandes y bien sujetos por una abrazadera de cuero remachado que los congestionaba y amorataba, esperaba que llegase mi amo.
Entró Oscar en la habitación, vestido de látex, como me gustaba verlo, él lo sabía y me complacía, con su sexo y nalgas fuera y una palmeta de caucho en la mano. Me ordenó que me pusiese de rodillas sobre la cheslón con los muslos bien abiertos para que colgasen los testículos, luego sin mediar más preparación me los palmeó con fuerza con la palmeta de caucho. Sentí el dolor lancinante y gocé del dolor, el pene seguía fláccido como hacia años, pero el ano se me relajó. Oscar siempre pervertido y complaciente conmigo, me metió sin dilación su puño dentro y me hizo vibrar de placer. Nunca me importó perder la continencia del ano, y que se me cayese la mierda, eso se solucionaba no comiendo para cagar lo imprescindible y duro, pero el placer de ser violado con el puño o el pie en cualquier momento sin más preparación que exponer el ano para hacerlo me elevaba.
Mientras Oscar entraba y salía con su brazo de mi cuerpo, la mente voló a aquella primera noche de mi nueva vida en casa de Braulia.

Cuando Braulia despertó gimiendo de placer por mis lametones se colocó de tal forma que formamos un bonito 69 para que ella pudiese lamerme a mí. Me lamía el ano con delicadeza y me hacía gozar, cuando de pronto se detuvo, levantó la cabeza y me preguntó, de forma desapasionada, casi con interés de entomólogo, algo que a mí me resultaba obvio.
- ¿Nunca te han sodomizado? – era una pregunta hecha con extrañeza y sin más intención que cerciorarse de lo que ella notaba.
- No – contesté cargado de razón y enfrentándome a su cara con expresión de asombro.
- Pues vas a tener que hacer un cursillo acelerado. Oscar en eso es intransigente, prepárate.
Me quedé un poco sonado. Ya en el piso de Soberana el quiso o yo le entendí así penetrarme, pero no entraba en mis presupuestos ser sodomizado. De repente me di cuenta de que deseando sexo sin cortapisas deseaba todas sus variantes. Me entró pánico. Deseé salir corriendo y no parar con la boca del estomago en la garganta y con la siringa de Pan pegada a mis oídos. Palidecí y Braulia se percató.
- Venga ven, voy a ayudarte.
Me dejé llevar. Fuimos hasta el dormitorio donde ella me indicó que me colocase en posición genupectoral con las piernas bien abiertas, para dejar bien expuesto el ano, luego me rogó que me relajase y no contrajese esa preciosa puerta de atrás.
Empezó por un dedo, que yo notaba como entraba y salía sin dificultad. No era dolor lo que me provocaba, mas bien sensación de querer defecar y presión. Mi cuerpo se resistía y sin querer cerraba el esfínter hasta que a fuerza de entrar y salir con el dedo el esfínter se relajó. Entonces me anunció: “Ya te has relajado suficiente, ahora va a ir más en serio, no te contraigas y gozaras”, y sentí como sin dolor ni sensación de querer defecar el ano se abría no sin dificultad, pero sin sentir dolor alguno. Braulia entraba y salía con dos, tres y hasta cuatro dedos. Ella me iba avisando de la cantidad de dedos que entraban y como se los lubricaba profusamente para quitarme el miedo a la penetración y así hasta que pasado como media hora me comunicó que ahora iba la mano entera, que quizá notase un calambre en la punta del pene y eyaculase con un placer diferente, sería cuando me estimulase la próstata con la mano. Sentía la presión cada vez más intensa y la tirantez del ano pero seguía sin dolerme y fue cuando comencé a empalmarme sin saber porqué. Hubo un momento en que me pareció que me iba a romper por detrás y coincidió con el aviso de Braulia de que el puño acababa de entrar y en ese momento sentí, como ella dijo, un orgasmo diferente y el semen salió por el pene, manso como el manantial del nacimiento de un río y sentí un placer dulce como el beso de una virgen que no cesaba.
- No te pares, por favor, méteme algo más grande que tu puño – me escuchaba rogarle que me hiciese estallar el culo y no creía que fuese yo el que lo decía – deseo más, el placer que siento me reclama más aún.
En ese instante, Braulia, me sacó la mano, se quitó el guante que llevaba y que se había manchado de mierda y con un tono como de profesional dijo “Se acabó”.
- Espera un rato hasta que se cierre el ano y te pones un enema para limpiarte bien, sino la sesión de esta noche va a ser demasiado escatológica y para eso aún no estarás preparado, todo se andará. Por lo demás no has sido mal alumno, ya estás desvirgado, solo te queda saber disfrutar de tu culo y si te dejas llevar del degenerado de Oscar te aseguro que lo vas a disfrutar.
Me llevó hasta el cuarto de baño donde había preparado todo un ingenio para poner enemas de tres litros.
- Ahora te traigo el agua jabonosa templadita, el resto tu sabrás como hacerlo.
Ponerme el enema me provocó una sensación de dolor de barriga entreverada del placer de sentir esa cantidad de agua caliente entrar a saco en mis entrañas. Cuando aguantando como pude, con unos sudores de gastroenteritis violenta me saqué la cánula y me senté en el inodoro el placer de expulsar tal cantidad de agua y heces hizo que volviese a empalmarme pensando en el gustazo de lo que Dios sabe lo que Oscar me metería esa madrugada por el culo, sabiendo que no iba a dolerme y deseando rogarle a voz en cuello que me metiese mas y mas gordo.
Una vez me vacié, me duché y salí, algo mareado, al salón donde Braulia con su batín de raso veía la televisión acariciándose como sin darse cuenta su sexo. Al verla le rogué que ahora que estaba limpio hiciese el favor de volver a meterme el puño a ver si lo resistía. Accedió de mala gana pero se calzó un guante, se lo lubricó bien y colocando el codo sobre la mesa poniendo la mano de comadrón me dijo que hiciese el trabajo yo, que me subiese en la mesa y en cuclillas me introdujese a la velocidad que yo quisiera la mano entera y hasta donde lo soportase.
Así lo hice y me sorprendió que al principio no fuese fácil pero una vez pasados los primeros apuros para entrar los dedos todo fue rodado. De repente sentí la sensación de tirantez extrema, pareciéndome que iba a romper pero apreté un poco más dejándome caer, venciendo el miedo a la rotura y el puño entró como si mi culo fuese un bloque de grasa tibia. Luego me levanté y me agaché haciendo que el puño entrase y saliese obteniendo un enorme placer deseando que entrase aún más, ella se dio cuenta y laboró en mis entrañas hasta encontrar el hueco en las tripas. Fue un dolor agudo tremendo del que no podía liberarme porque Braulia me sujetaba por el hombro empujando para que no me escapase del dolor.
- Lo has querido y ahora vas a tener que soportarlo. Ya veo que vas a llegar a la meta antes que nadie. Aguanta el dolor y sentirás el cielo en tu cuerpo.
Sudaba y me pareció ir a desmayarme, pero el dolor fue cediendo y el brazo fue entrando. Tenía nauseas y me parecía que iba a echar las tripas por la boca pero hasta en esa desagradable sensación encontré placer. La penetración se detuvo cuando mis nalgas encontraron la oposición del brazo de Braulia apoyado sobre la mesa. Estaba empalado al fin. Entonces me fui levantando despacio sintiendo cada centímetro de brazo abarcado por mi esfínter recién violentado y cuando me pareció que el brazo estaba a punto de salirse me deje caer otra vez hasta que las nalgas hicieron tope de nuevo, volví a marearme, pero en esta ocasión el mareo era de placer extremo. En el clímax de mi deseo le supliqué que me sacase la mano por la boca que me empalase de una vez y me hiciese morir de placer, entonces Braulia me empujó y me sacó la mano y el antebrazo sin contemplaciones.
- Huy, huy, huy, tu vas demasiado deprisa, eso de morirse gozando es para más adelante, estás realmente aventajado, Oscar va a gozar como un marrano contigo esta noche.
A partir de aquella noche Oscar gozó siempre conmigo porque yo deseaba que por encima de todo gozara y así me haría gozar a mí. Únicamente aquella temporada entre rejas cuando me sedujo la parejita enviciada que me hizo creer que tenían cada uno de ellos los dieciocho con los que follé hasta la extenuación y luego me denunciaron solo por el placer de hacerme daño alegando su minoría de dieciséis, padecí su ausencia. En la cárcel pasé por todas las manos o mejor sería decir por todas las pollas y gocé, sí, pero me faltaba Oscar, solo él sabía sacarme todos los registros del placer.


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