jueves, 24 de enero de 2013

LA VENTANA I





Con la treintena ya cumplida se, mas o menos, donde me aprieta el zapato,  me protejo de posibles incomodidades y anticipo supuestos conflictos, por eso, a pesar de que Maria siempre me presiona para que suba a su casa a recogerla, me encastillo en mi negativa  significándole que no podría seguir tratándola con la libertad que exige la relación entre adultos si me viese comprometido emocionalmente de alguna manera con su madre; prefería ser presentado a su familia y yo presentarle a la mía cuando la decisión de asumir la vida en común fuese ya firme.
Cada día al salir del trabajo encaminaba mis pasos disfrutando de la ciudad y el paseo hasta su domicilio y la esperaba sentado en un banco del jardincillo que hacía las veces de parque privado delante de su edificio. Era de esos edificios que se construían por el antiguo régimen para funcionarios privilegiados que rodeados de una valla perimetral conservaban de milagro un pequeño espacio ajardinado para dar aspecto señorial al conjunto, luego interiormente en el edificio, el lujo eran los espacios, solían ser casas muy amplias si bien los materiales para su construcción eran de calidad aunque modestos.
Hacia ya unas semanas que matando el tiempo de espera, observaba como en el tercer piso se recortaba a esas horas la figura de una persona joven, con el pelo corto y a la distancia que tenía la ventana no podría afirmar si era hombre o mujer, pero de cabello corto como decía. María, mi novia no solía hacerme esperar mas de quince minutos y una vez percatado del habitante de la ventana entretenía ese lapso de tiempo fijándome en sus evoluciones, salidas de cuadro y entradas en escena imaginando al tiempo cuales serían las motivaciones que justificaban esos movimientos.
Uno de los días que más me estaba haciendo esperar María y más movimiento daba a su escena el personaje de la ventana, se me quedó mirando fijamente al banco donde me encontraba, con tanta y descarada intensidad, que hube de apartar la vista; me salvó del apuro el que María apareciese por el portal para recogerme.
Después, los días posteriores, cada vez que llegaba a esperar a mi novia procuraba apartar la vista de aquella ventana, pero una especie de imán me la conducía hasta orientarla hacia aquel hueco iluminado en el que como si supiese que yo estaba mirando aparecía la figura que se quedaba congelada en mi dirección con igual descaro al que yo miraba cuando ella no se había percatado de mi vigilancia.
Aquel día decidí no apartar la mirada y a pesar de la inquietud que me provocaba la mantuve. Desde aquella distancia era difícil saber que aquellos ojos eran verde oscuro, para mí eran solo oscuros, pero taladraban con su actitud. Tan hipnotizado estaba que no me di cuenta de que María estaba a mi lado y dirigía la mirada donde yo la tenía depositada.
- Es un tío raro – me comentó con desinterés – vámonos.
- ¿Un tío?, pensé que…,
Y en ese momento fue cuando caí en la cuenta de que a pesar de no haberle asignado sexo de forma consciente, de forma inconsciente le había asignado el de fémina.
- Pensaste, ¿Qué?
- No sé, me había hecho a la idea de que era una mujer.
- Eres un salido, venga vámonos y que sea la última vez que miras a esa ventana.
- Pero si es un tío, has dicho, a mi no me interesan y espero que a él tampoco yo.
Quedó zanjada la cuestión.
En las semanas siguientes, a pesar de saber que tras aquella dichosa ventana no había más que un hombre su figura me martilleaba en la cabeza y no podía evitar mirar de reojo a ver si la sombra siquiera aparecía por aquel recuadro. Hubo un momento en que a propósito llegaba más de media hora antes a la cita con María para precipitar un encuentro visual que me convenciese que aquella figura era de un hombre y no una mujer como yo había creído, pues empecinado, continuaba creyendo que aquella sensualidad en los ademanes no podía ser llevaba a cabo más que por una mujer. Hasta que dije basta, estaba obsesionándome, y empecé a quedar con mi novia en otro sitio, pero hasta en sueños, aquella figura, de la que no vi nunca más que el torso y la cara, se me presentaba con un rostro pálido y hierático que me señalaba con el dedo, como si fuese yo reo de algún delito.
Pasaron los días y las semanas y María, sin yo apercibirme bien porqué, fue enfriando nuestra relación. Con el alejamiento de citas de su casa que le propuse ella leyó que no querría conocer a su familia nunca y de esa manera ella no iba a consentir enredarse más allá conmigo. Una tarde, sin permitirme siquiera darle un beso de bienvenida, asomando esas lagrimas de pena tan grande y tan corrosivas para el hombre, que no son sino el lubricante de su maquina de machacarnos me dijo que aquella situación no podía seguir de aquella manera y que me dejaba, aún amándome como nunca amaría a ningún hombre. Ya se sabe que las eternidades en boca de la mujer son de duración relativa.
De repente me encontré sin mi rutina diaria y comprendí que María había sabido entender perfectamente la situación; tenía razón, lo nuestro no iba a tener futuro nunca, porque yo de ninguna manera quería compromiso y ella lo necesitaba como el oxigeno.
Sin saber cómo, mis pasos se encaminaban una y otra vez hacia el domicilio de María pero ahora sin atreverme a entrar en su jardincillo pues el salvoconducto que me permitía acceder a aquel recinto había sido anulado con la ruptura, pero daba igual, desde la acera se vislumbraba con la misma precisión la ventana, con su iluminación perenne, del tercer piso y contra la que se recortaba aquella obsesiva imagen. Muchas veces me paraba en medio de la acera, plantado con un cigarrillo en la boca dando grandes caladas, como el que está nervioso esperando algo en la esperanza de que la figura se recortase contra la luz, pero al poco, a medias corrido por temer que María pudiera creer que la acosaba y a medias avergonzado por estar allí esperando a que un tío (¿un tío?) apareciese, aceleraba el paso y me perdía entre la gente.


Mi jefe me llamó a su despacho y me preguntó si tenía problemas. Yo, que nunca había tenido una mala nota en todos los años que llevaba en la empresa había recibido dos quejas de clientes en el último mes. Le hice saber lo de mi ruptura y eso me salvó los muebles de momento; me dio dos semanas de vacaciones, sin pagar, naturalmente, y me prohibió que apareciese por el despacho hasta primeros del siguiente mes.
Fue peor todavía. De alguna manera la ventana del tercer piso me había inoculado un virus de obsesión y ahora que tenía todo el tiempo del mundo era todo para pensar en la ventana.
Me desperté a la tercera noche de vacaciones empapado en sudor y con el corazón desbocado, no sabía que era lo que acababa de soñar pero debió ser algo horrible porque estaba espantado y con el sueño en huelga. Encendí un cigarrillo sentado en la cama y me lo fume de tres profundas caladas. Fui al baño y me miré la cara, estaba deplorable, con los ojos rojos, profundas y negras ojeras y las facciones demacradas; decidí entonces que me iba a la calle a tomar el relente de la noche, quizá eso me despejaría y me aparecerían las ganas de dormir. Con el pijama puesto y una gabardina encima, fumando un cigarro detrás de otro no me di cuenta que acababa de llegar a la maldita ventana que a pesar de las horas de la madrugada seguía encendida. Estaba solo en la acera y me quedé insolente, sin recato alguno mirando, retador y sin dejar de fumar. Y ocurrió.
Apareció la silueta una vez mas, pero en esta ocasión era difícil no darse cuenta que estaba sin vestir. Pensé que estaría en la cama sin la chaqueta del pijama, pero no me dio tiempo a articular la excusa cuando por detrás apareció otra silueta, que dejaba dudas sobre si pudiera ser un hombre, pero eso sí ya entrado en años, aunque dada la senectud aparente pudiera muy bien ser una mujer virilizada; yo por mi parte asumí convencido que era un hombre y que no había duda la silueta joven había de ser una mujer; María estaba rotundamente equivocada. Cogió la silueta anciana por los hombros a la silueta joven y la giró hasta dejarla de frente a él luego le empujó los hombros hacia abajo, para que se agachase hasta hacerlo desaparecer de la ventana. Inmediatamente la silueta anciana echó la cabeza hacía atrás en inequívoco gesto de clímax. Me quedé hecho una estatua mirando lo que ocurría en la ventana y comprobé con horror y placer a un tiempo que mi pene se levantaba con inusitada potencia y frescura y de repente la figura que se había quedado en pie comenzó a estremecerse a base de espasmos hasta que se detuvo, momento en el que el otro oficiante se levantó y estampó un beso lento y prolongado al que acaba de, a todas luces hacer una soberbia mamada. Cuando pude darme cuenta estaba hecho un exhibicionista solitario masturbándome en medio de la acera húmeda del rocío de la noche, a altas horas de la madrugada. Vergonzoso, y me daba cuenta de que lo era, pero no tenía  fuerza de voluntad suficiente para detenerme en mis lubricidades onanistas.
Fue un orgasmo rápido y muy satisfactorio, lo que me escandalizó. Me había excitado con lo que había parecido ser una felación de una joven a un viejo, no me lo creía pero ver en el suelo el producto de mi orgasmo me avergonzó. Mire a un lado y otro temiendo haber sido visto y me di media vuelta muy azorado para volver a casa.
Me metí en la cama y me quedé profundamente dormido. Desperté mas allá de las diez, lo que me sorprendió, desde que era un adolescente no había dormido tanto y además estaba relajado y descansado. Recordé el episodio de la noche anterior y me quise convencer de que todo fue un maldito sueño. Me quedaban aún doce días para disfrutar de mis vacaciones, iba a olvidar todo aquel enojoso asunto de la ventana y estaba decidido, lo iba a hacer.
Hice unas llamadas a algunos amigos y quedamos para tomar unas copas por donde solíamos cuando yo no estaba ligado a una mujer. Iba a recuperar mis hábitos de soltería que tan buenos frutos me habían dado. Desayuné en la calle, leí relajadamente el periódico y me acerqué por la casa de comidas donde sabía que a esas horas estarían mis compañeros de trabajo. Los encontré, comí con ellos, me encontraron bien y relajado y me gastaron las bromas habituales acerca de mi vagancia y mis buenas mañas para convencer al jefe y dejar de trabajar unos días. Cuando ellos volvieron al trabajo yo me quedé degustando ese café de después de comer que nunca podía disfrutar. Pedí un copazo de coñac para terminar de rematar la faena cuando una persona joven, pausadamente, casi con reposada familiaridad se sentó a mi mesa.
- Perdón, pero aún no he terminado… – y al levantar la vista para cruzarla con el intruso se me heló la frase en la boca, se me secó la garganta y enrojecí sin saber porqué.
No abrió la boca, se limitó a mirarme, con sonrisa inocente y delicada, divirtiéndose con la situación y cuando había pasado lo que parecía una eternidad y yo había tenido tiempo de agradecer a todos los dioses que mis compañeros se hubiesen ido ya, me sonrió abiertamente lo que me obligó a apartar la mirada.
Indudablemente era la figura que estaba harto de ver tras aquella maldita ventana, pero de cerca llamaba la atención. No tendría arriba de los veinticinco años, era varón, tenía razón al final María, de apenas uno ochenta, bien vestido en plan causal, los ojos de color turquesa tirando a violeta, una nariz griega ligeramente desviada a la izquierda, pelo castaño oscuro despeinado admirablemente y unos carnosos labios carmesí de los que dudaba que no tuviesen pintalabios encima. Era delgado y la sonrisa casi infantil invitaba a la confianza. Pensé de inmediato en aquellos labios rodeando el pene del otro hombre viejo (o sería una mujer, estaba realmente confundido) que acabó vaciándose en aquella boca que sonreía tan inocentemente y se me vino la nausea a la boca, pero sin saber explicar cómo y muy irritado conmigo mismo se me hinchó el pene hasta provocarme dolor.
- Cuando quieras, no tienes más que subir, es el mismo piso de María pero inmediatamente por debajo. Te esperaremos impacientes.
Y dicho lo cual, me tendió la mano como si nos acabaran de presentar. Me levanté muy azorado sin saber a causa de qué y le ofrecí la mía, nos dimos un apretón de manos, de esos con los que se reconoce la franqueza y regalándome su mejor y más sincera sonrisa salió del establecimiento.
Quedé como una marioneta inanimada sentado delante de la copa de coñac y transcurrido un tiempo que pudo durar un segundo o una vida entera, me bebí la copa de un trago y salí de la casa de comidas como alma que lleva el diablo.
No se porqué pero me metí en el cine, no quería volver a casa pero tampoco quería que nadie conocido me viese, me sentía reo de un gran delito, no sabía cual, pero debía ser gravísimo, porque estaba avergonzado de haber visualizado una felación entre hombres y haberme empalmado por ello y en el colmo de la desfatachez le había dado la mano al felador.
Entré en una sala de las de barrio, pequeña, y me acomodé en la primera butaca que creí ver vacía. Proyectaban una película de tiros, pero yo no la veía, la miraba, pero no la veía, estaba mediatizado absolutamente por el muchacho que acaba de saludarme y que me había provocado la erección y la nausea más explosiva.
Nada más sentarme a no ver la película otro espectador me pidió disculpas y pasando por delante de mí se sentó en la butaca de al lado. A los dos minutos sentí como mi pierna era empujada. La retiré suavemente, con seguridad, pensé, yo había invadido el espacio del vecino de butaca, pero al poco volví a sentir la misma presión y entonces decidí defender mis derechos de butaca y presioné yo más que él. Y sucedió lo imprevisto. Sentí como una mano se depositaba en mi pierna y progresaba peligrosamente hacia mi bragueta a la que asaltó con una habilidad prodigiosa consiguiendo abrirla en una décima de segundo. De un salto me puse en pie y más nervioso que una colegiala en su primera cita, sin saber como reaccionar, montar un espectáculo mayor que el de la pantalla o irme a la carrera, opté por lo segundo y salí huyendo del cine.
¿Qué me estaba pasando, joder?, el mejor refugio sin ponerlo en duda era mi casa. Al día siguiente iría al trabajo a decirle al jefe que estaba cansado de hacer el vago y que lo que no necesitaba en ese momento eran vacaciones, sino trabajar.
Achaqué a la mala suerte el que un bujarrón carroza me asaltase al amparo de la oscuridad de un cine de barrio y decidí amortizarlo en la sentina más oscura de mi memoria, como si no hubiese sucedido. En cuanto al episodio de la casa de comidas antes de buscarle una explicación prefería dejarlo como no entendido y en tal caso como no concernido.
Me dediqué en cuanto hube llegado a casa a ordenar papeles por mantener la cabeza ocupada y no dejar campar la imaginación como una cabra por un prado sin vallado devastando cualquier recuerdo, devorando toda imagen. Quise cenar algo de fruta, no por hambre sino por obligación y me metí en la cama con la intención de levantarme temprano para llegar a la oficina antes que el jefe, que me viese la disposición.
A eso de las dos de la madrugada otra vez el sobresalto, el corazón galopando furibundo y la polla empalmada como si tuviese quince años. Me toqué de forma refleja y me embadurne los dedos de esmegma, pringoso y frío ya. Tuve que sentarme al borde la cama con los ojos como los de un búho escudriñando su presa en la noche y la sensación de estar  aterido en medio de un témpano de hielo. Pero el empalme no cedía. Intenté acordarme de la ruptura de María, de la nausea que me produjo la mano del desconocido en mi bragueta y del profundo asco que me asaltó al sospechar que el viejo se había vaciado en la boca del desconocido de la ventana, pero al contrario de lo que era mi intención, se reduplicaba la dureza de la polla que pugnaba por ser aliviada en sus exigencias. Finalmente decidí, que como un púber, debía dar consuelo al sexo y me masturbé rápidamente sin conseguir apartar de mi cabeza la figura de la ventana desapareciendo hacia la entrepierna del viejo para posteriormente levantarse y supuestamente compartir con el boca a boca, el producto de su lascivia, y en ese preciso momento, el de mayor asco, efusionó un surtidor de leche que me produjo un placer como no sentía  desde los tiempos de las pajas cada dos horas de los quince. A continuación me invadió un sueño pesado que me sumió en el coma más profundo.
Entraba el sol por las rendijas de la persiana de mi dormitorio y me golpeaba en los ojos lo que me sirvió de toque de diana. Me puse de pie inquieto y me contrarió que el reloj marcase las diez y media de la mañana, me volví a echar en la cama a gandulear puesto que al trabajo no pensaba ir a esas horas. Toqué restos duros como de plástico que enredaban los vellos del pubis y recordé la paja que me hice la noche anterior y dado que estaba abandonado a la molicie de la cama, me dije ¿porqué no?, una boca es una boca y si da gusto que más da, de cualquier forma yo, maricón ni lo era ni lo llegaría a ser nunca, me gustaban demasiado las mujeres. Estaba decidido, le echaría narices e iría apostando fuerte a la casa de la ventana, a ver donde estaba el truco. Todos estos apestosos fantasmas no tenían mejor remedio que plantarles cara y espantarlos de una vez por todas.
Después de ducharme y acicalarme me dirigí, muy seguro yo a la casa de la ventana. Para mí ya no era la casa de María, sin darme cuenta la había rebautizado con el nombre de la casa de la ventana, era revelador, pero aún no había tenido claridad de juicio para comprender su verdadera dimensión.
Dudé antes de traspasar la cancela del jardín pero me animó el pensar que quizá me cruzase con María y todo se arreglase otra vez entre nosotros, estaría dispuesto hasta a pasar por tener que soportar tediosas tardes de invierno con mesa camilla y pan tostado con tal de que se acabase esta pesadilla absurda de los calentones causados por parafilias degeneradas.
Subí hasta el tercer piso y me planté delante de la puerta. Iba a averiguar que estaba pasando detrás de aquella ventana. No me crucé con María ni con nadie más; quizá abrigaba la esperanza de que alguien me echase de la casa al no reconocerme y me librase de esa forma de tener que tocar la puerta delante de la cual me encontraba. Ya no era un ser libre, estaba condenado a tocar aquella puerta y a pasar por lo que tuviese que pasar una vez traspasado el umbral. La legión de mariposas no paraban de torturarme la boca del estomago pero cuanto más nauseosa era la sensación, más necesidad de traspasar aquella puerta. Sabía que no debía tocar el timbre, que me traería problemas.
Pero toqué.
Después del primer tímido timbrazo silencio absoluto. Respiré aliviado, yo había cumplido la parte del trato que había establecido conmigo mismo, es decir, sobreponerme a todo rechazó y pedir entrar al reino de la ventana. Nadie había querido abrir, era libre de irme, respiré aliviado. Estaba en estos razonamientos cuando atronó el pasillo el sonido de los cerrojos al descorrerse y los pies se me atornillaron al suelo, como si ya no hubiese escapatoria y estuviese obligado a cumplir los términos de un contrato que no sabía cuando hube de firmar.
- Al final te has decidido – se apartó el muchacho de los ojos violeta del hueco de la puerta y me franqueó la entrada – pasa. La realidad es que habría apostado cualquier cosa a que no ibas a venir hasta pasadas unas semanas, no se te notaba muy lanzado.
Cerró la puerta tras él y me indicó el pasillo adelante hasta llegar a una habitación de mediano tamaño con una cama de hospital, un sillón de orejas, un par de sillas, una mesa camilla y una ventana desde la que se divisaba el jardincillo de entrada a la finca y la acera por donde los transeúntes a esa hora se afanaban caminando en cumplir sus obligaciones. Hacia un calor sofocante razón por la cual el muchacho estaba tan ligero de ropa. Yo me quité la americana en un gesto inconsciente y me desanudé la corbata.
- De manera que esta es la famosa ventana – dije por romper el hielo, me encontraba totalmente descolocado.
- Siéntate, ahora viene la señora – me dijo de la manera mas natural.
- ¿Señora?, ¿no vi el otro día por la ventana como te agachabas delante de un viejo empujándote por los hombros?
- No es un viejo, es una anciana para la que trabajo, solo que tiene el pelo muy ralo y es ya mayor, supera los noventa.
En ese instante dando golpes con el bastón en el suelo entró la anciana en la sala. Estaba sentado y de un respingo me puse en pie y como un mango maduro, rojo morado de tan inflamadas las mejillas de apuro ayudado, que duda podía caber, de la temperatura agobiante que se respiraba en la casa.
No podía creer lo que estaba viendo. La anciana estaba totalmente desnuda, con los pechos pellejosos colgándole del tórax bamboleándose al compás del vacilante avance de la mujer apoyada en su bastón. Las carnes fláccidas de las piernas caían en pliegues paralelos y oblicuos desde las ingles hasta las rodillas dejando entrever entre ambos muslos un escasísimo pelo gris sucio, que debía enmarcar su sexo que se adivinaba colgando entre las piernas.
Miré alternativamente, con los ojos desorbitados, al muchacho y la mujer desnuda, epígono de la repulsión sexual. El chico de los ojos violetas me sonreía divertido gozando con mi sorpresa. Finalmente accedió a explicarme mientras la anciana se arrellanaba en el sillón de orejas abriéndose de piernas todo lo posible para que el sexo fuese bien visible. Con la mayor repulsión posible me sorprendí de mi mismo, ahora, de que estuviese empalmándome. La vieja comenzó a masajearse el clítoris delante de mi presencia con el mayor descaro al tiempo que con la mano hacia señas al muchacho para que se le acercase. El chico del pelo despeinado me miró, sonrió y se desembarazó de la camiseta y del pantalón de chándal que llevaba quedando igual de desnudo que la anciana. Sin dejar de mirarme con gesto de suficiencia se dirigió al sillón y se arrodilló delante de la vieja, hundiendo la cabeza en las piernas. Al poco la anciana comenzó a jadear de forma cada vez mas insistente hasta que con grandes gritos y de forma extrañamente vivaz se levantó de su posición recostada y abrazó con su cuerpo la cabeza del muchacho, luego se desfalleció y cayó sumida en un sueño profundo.
El muchacho se retiró, se puso en pie dejando ver con impudor su sexo grande pero no erguido y después de sonreírme, acariciándose el pene me explicó:
- Es una nonagenaria rica, salida y repulsiva que ha repudiado a toda su familia por escandalizarse de ella por ser tan puta,  que me paga extraordinariamente bien. Cuando ella muera tendré una pequeña fortuna. Me ingresa cada mes diez mil euros en mi cuenta y mientras se ocupa de todos mis gastos con la única condición de que sea su ayudante sexual. Lo que más le gusta es que le coma el chocho de forma salvaje; es admirable la forma tan juvenil de correrse, claro que luego esas energías le pasan correspondiente factura en forma de sopor comatoso que la tiene dormida por lo menos dos horas.
- ¿Solo le comes el coño, no pide nada más? – pregunté intrigado y sin abandonar el empalme.
- Hay días que se empeña en que la sodomicé, tiene el ojete más abierto que el coño, te lo aseguro, o bien otras veces la insistencia es que le coma delante de la ventana, le excita sobre manera que la vean hacérselo conmigo. Otras veces se empeña en sodomizarme ella a mi con un dildo…, - se encogió de hombros a modo de justificación - ya estoy acostumbrado y a ella le satisface. Cuando le comenté que mirabas mucho a la ventana insistió que consiguiese que vinieras a contemplar el cuadro, por eso se ha corrido tan pronto.
- ¿Pero no te repugna?, a mi me daría asco. Y eso de sodomizarte…, qué dolor, y además, ¿eres maricón?
Sonrió y se me acercó descaradamente acercando su mano a mi bragueta hasta sentir mi dureza, luego inclinó la cabeza, me clavó la mirada más cínica y abrió los ojos de forma explicativa.
- A ti, tampoco te repugna, ese empalme que he comprobado solo puede deberse a que te pone cachondo la vieja o yo o ver como nos lo hacemos los dos. En cuanto a lo de la sodomización, no puedes hacerte ni idea de mi sorpresa cuando la vieja me descubrió el punto G, que debería ser el punto P, de próstata en los hombres. Es un placer de calidad que te invito a que pruebes alguna vez. Y no, no soy maricón, ¿que clase de taxonomía es esa de las personas?, somos lo que somos, no lo que hacemos y ser, ser, somos todos homínidos inteligentes buscando de manera ininterrumpida y terca nuestro mejor provecho.
Abrió entonces una caja antigua, que parecía de música, pero que estaba llena de consoladores de diferentes tamaños. Me enseñó uno y se ofreció a insertármelo.
Nada más hacer el ofrecimiento, la indignación me subió como una espuma acida desde lo más profundo de mi hombría e insultando a mi anfitrión entre dientes me di media vuelta y salí dando un portazo. Cuando estaba ya al otro lado de la puerta, en medio del pasillo, me di cuenta que con la indignación me había dejado la americana dentro. Me detuve sin saber como hacer para recuperarla y en esas estaba cuando la puerta volvió a abrirse y el chico de los ojos violeta me la ofreció al tiempo que con una muy maliciosa sonrisa me anunció que antes o después querría probar y que él y su ama estarían ahí para ayudarme.
- Nunca te harás idea del placer que se puede llegar a sentir con un dildo de punto G insertado mientras sodomizas a la vieja.
- ¡Degenerado! – le espeté con furia.
- Ya conseguirás llegar a serlo tú, no sufras, terminarás por entrar en el mundo de la libertad.
Profundamente irritado quizá más conmigo mismo que con aquel par de locos, por mi propio empalme que no arriaba a pesar de todo, me lancé escaleras abajo hasta ganar la calle en dos zancadas. Al salir, encendí un cigarrillo y aspiré con rabia el humo, queriendo olvidar lo vivido. Me prometí en ese momento que no volvería a pisar aquella calle maldita. El empalme finalmente cedió, me sentí aliviado.
Dormí toda la noche sin pesadillas ni malos sueños, me desperté pronto y fui a la oficina. Precisamente ese día el jefe no iba a venir a trabajar y los compañeros me echaron prácticamente a mi casa.
- Te queda mas de una semana de vacaciones, aprovéchala imbecil, que luego lo vas a echar de menos – me repitieron casi en canto coral todos los compañeros.
Estaba atrapado y no tenía idea de cómo iba a poder pasar toda una semana yo solo a merced de mis contradicciones, porque el recuerdo de la anciana corriéndose no cesaba de torturarme y excitarme martilleando mi mente de forma recurrente, sin dejar espacio a la piedad. Nunca pude imaginar que un ser tan acabado pudiera ser un ser tan disfrutante y ojala, pensaba, yo pudiera llegar a los noventa con esa disposición sexual y dinero suficiente para poder satisfacerla, claro, porque la vieja salida sin el dinero que le pagaba al muchacho a buenas horas iba a encontrar a un adonis como aquel que le hiciese esos trabajitos. Y en estos pensamientos, de los que no podía abdicar, como un mazazo continuo desesperante, ya tenía yo una erección de órdago otra vez. Una mujer de mediana edad se cruzó conmigo y se fijó en el bulto tan descomunal que me hacía la bragueta, me miro alternativamente a los ojos y a la bragueta y me escupió en toda la cara y con un volumen como el de un concierto en directo, un “guarro”, que solo consiguió que las orejas se me pusiesen mas rojas que el capullo y me hiciesen acelerar el paso para quitarme de la exposición a la denigración publica por exhibicionista y degenerado.
Llegué a casa desolado dispuesto a no salir de allí en todo lo que me quedaban de vacaciones y lo que era peor, sabiendo que iba a ser incapaz de cumplir mi propia determinación.
Como si estuviese preso en Guantánamo paseaba por la casa sin hacer nada deseando que las paredes se derribasen para poder escapar, pero era difícil porque de donde quería escapar de verdad era de mis obsesiones y esas, gozaban haciéndome sufrir con su martilleo constante de imágenes lúbricas de sexos en flor y actitudes lascivas y voluptuosas, la mayoría de ellas inaceptables para lo que yo entendía como un sexo decente y aceptable.
Era ya de noche cuando decidí ampararme en las sombras para salir a la calle y pasar desapercibido de mi mismo buscando una salida al laberinto en el que me había metido sin darme cuenta. Recordé entonces “El Infierno Celestial”, una especie de antro con privados y un buen montón de tías que sin llegar a ser putas les gustaba el morbo de hacérselo con el primer desconocido que las tratase como tales. Me felicité de acordarme del antro y me dispuse a reconciliarme con mi vida monótona y predecible en la esfera sexual.
El local no había cambiado mucho desde hacia cinco años que yo no lo frecuentaba, solo que me daba la impresión de estar algo fuera de lugar, pues la edad media de los asistentes no debería estar mas allá de los veinticuatro años. Algunas tías eran más talluditas, casadas muchas de ellas como era costumbre y otras de una edad dudosa de hacer que uno se convirtiese en pederasta y que hacía necesaria la exigencia del carné de identidad. Los reservados tenían espacio más que de sobra para más de una pareja y la gente no se cortaba a la hora de entrar y salir.
El precio de las copas se había disparado y ya no iba a ser factible cogerse un pedal colosal apalancado en la barra mientras se elegía potranca a la que montar. Con los ojos ya acostumbrados a la penumbra reinante y los oídos mecidos por la música sensual que envolvía y relajaba la estricta moral imperante en la calle estaba marcando al pedazo de mujer a la que iba a invitar a un apartado cuando alguien me tocó el hombro.
Me volví sorprendido, hacia tiempo que yo no aparecía por allí y nadie debería conocerme al punto de tocarme el hombro. Cuando vi quien era, supe que el destino de cada uno está escrito en las estrellas o en los infiernos y por más fuerza que se haga es imposible distraerse de él.
- Me has seguido, ¿no es eso? – le espeté con mucha mala leche al efebo que se dedicaba a comerle el coño a la vieja comatosa.
- En absoluto – le cambió la sonrisa esbozada del principio por un rostro duro que dejaba traslucir una personalidad que en nada hacía presuponer cual era su trabajo – es mi noche libre, que consumo, como me gusta. Adoro el sexo y desde luego con gente joven más. Aquí tengo la oportunidad de practicarlo sin compromisos ni malos rollos y encima me lo paga la vieja. Pero si te he molestado me disculpas y hasta otra.
- Perdona, es que todo este lío me está afectando mi vida y no se como desembarazarme de él. Creí que venías a malmeterme o a buscarme y yo no soy maricón.
- Ni yo. Solo soy sexualmente activo y disfruto del placer allá donde se encuentre y te puedo asegurar que la vieja me ha enseñado en todos los sitios en los que se puede encontrar y son mas de uno y a veces mas divertidos.
En ese momento se acercó una muchacha preciosa, cuerpo perfecto, y ligera de ropa.
- ¡Oscar! Cuanto tiempo hacia que no te veía, te he echado de menos. Hay un reservado libre…, pero me gustaría tener otro…, ya sabes lo que me gusta.
- Pues mira por donde, este amigo – y se detuvo al darse cuenta de que no sabía mi nombre, como yo no sabía el suyo hasta que la chica lo nombró.
- Antonio, es que Oscar es muy olvidadizo. ¿Y tú?, como te llamas.
- Margarita, para el que quiera deshojarme – entonó la voz de forma sugerente al tiempo que se levantaba los pechos con las manos.
Mi cuerpo respondió como movido por un resorte y una punzada en la misma punta del capullo me hizo creer que iba a correrme allí mismo. De forma automática avancé la mano hacia su entrepierna y más rápidamente que yo hice el gesto, Oscar me sujetó por la muñeca.
- Perdona pero el encargado estaba al loro y si le llegas a tocar de esa manera te echa a la puta calle. Aquí en los reservados lo que te de la gana pero en el local no te puedes pasar ni un pelo. Si te parece vamos a un reservado y yo lo pago que la vieja me lo paga a mi después cuando le cuento con pelos y señales lo que he hecho; le pone cachonda. Y a ésta – dijo señalando con la cabeza a Margarita – no hay cosa que más le ponga que el que le tapen los dos boquetes a la vez.
Margarita poseía un cuerpo menudo pero proporcionado, tenía una mirada deliberadamente viciosa y te hacía saber de forma tacita que era capaz de hacer todo lo que a ti se ocurriese por muy extravagante que fuese. Oscar le echó el brazo por encima de los hombros y me animó a mí para hacer lo mismo, ella nos pasó sus bracitos menudos por la cintura. De esta manera los tres formados y encadenados por nuestros brazos nos dirigimos a las cortinas tras de las cuales estaban los reservados.
Un impresionante y rapado hombre montaña con cara de pocos amigos, vestido de cinchas de cuero, que dejaba buena parte de su cuerpo a la vista y gorra de ángel del infierno cerraba el paso. Oscar sacó de su cartera un billete de quinientos y se lo dio al cancerbero diciéndole que se quedase con la vuelta. El guardián de los reservados le guiño un ojo y le dijo que cualquier día le cogería por su cuenta y le iba a arreglar el culo como pago por sus abultadas propinas.
- Le dejo que se lo crea y así me trata bien y a veces me ha sacado de alguna gorda con su humanidad incuestionable. Es una bestia dando hostias, aunque solo le gusten las colitas y mira que he intentado convencerle que en la variedad esta el gusto, pero nada, es un cabezota en esos asuntos.
- Entrar en el siete, esta vació y limpio y  recién restaurado – nos gritó mientras caminábamos pasillo adelante en busca de los reservados.
El reservado siete era una habitación amplia con una gran plataforma mullida circular en el centro con un mueble que hacia las veces de bar y una bandeja con vasos y copas.
- Las bebidas van en el precio – dijo como de pasada Oscar.
Y en ese momento Margarita con una destreza digna de un prestidigitador se quedó desnuda del todo. Oscar se echaba sobre la cama, vestido aún y yo me quedé plantado sin saber que hacer. La chica de inmediato se me abalanzó a la bragueta, me saco la polla y comenzó a mamar haciendo un uso de la lengua que nunca nadie me había hecho, acariciando suavemente el frenillo con ella mientras con los labios bien ensalivados subía y baja por el fuste. El pene le entraba una cantidad de centímetros increíble para lo pequeña que era ella pero lo hacía con una naturalidad que hablaba de las veces que tenía que haberlo hecho antes. Oscar miraba divertido desde la cama viendo mi expresión de sorpresa y placer.
- No te vayas a correr que estropeas el invento, tú, machito, se un poco responsable. Y tú, zorrita, que se que te gusta de todo ven a comerme un poco a mí.
Mientras la chica me abandonaba a punto del orgasmo, me desnude del todo y la seguí hasta la cama donde ya había conseguido sacar a Oscar sus veinte centímetros de excitación. La chica estaba de rodillas delante de él haciendo de las suyas y dejaba expuesto su sexo al mantener las piernas un poco abiertas. Me metí boca arriba por debajo de ella y comencé a mordisquearle sus labios y su clítoris. Al sentir el placer ella abrió un poco más sus piernas para acercarme aún más su sexo a mi boca. La excitación de la chica le abrió tanto las ninfas que mi lengua entraba con facilidad en su vagina. Cuando estaba más entusiasmado, Oscar me informo que debería dejarle descansar un poco el chocho y dedicarme a su ojete, que también le volvía loca y así la preparaba para lo que venía luego. Yo estaba a punto de estallar y estaba seguro que si me rozaba el capullo con algo me correría sin remedio. Salí de debajo de ella y de rodillas, así mismo, por detrás me dedique a hacerle el beso negro más profundo que nunca hubiera imaginado que pudiera hacerle a una mujer. Cuando Oscar comenzó a decirle que como buena zorra me estaban preparando el culo para que él la sodomizase me vino un calambre a la punta del capullo y sentí que me corría sin remedio. Lo grité en ese momento pues sabía que no iba a poder contenerme y como el rayo ya estaba ella de frente a mí con las piernas en uve y ofreciéndome su coño. Nada más sentir el calor y la humedad de su vagina comencé a eyacular entre espasmos de placer. Fue inenarrable el placer conseguido. Nada más acabar, quedé tendido boca arriba sobre la cama y ella se aplicó a recoger con su lengua los restos de semen que quedaban en el capullo y se tendió también a mi lado boca arriba con las piernas cruzadas, lo que me sorprendió.
- Es para que no se me escape tu semen – me explicó ella muy coqueta – va a hacer falta.
Al tiempo que decía esto me iniciaba una caricia muy suave en las bolsas y el fuste del pene pero sin llegar a tocarme el capullo. Me estremecí de placer y sentí como la verga en lugar de decaer, volvía a tomar consistencia y volverse dura. Deseé entonces volver a penetrarla.
Oscar mientras tanto había terminado de desnudarse y con su pene enhiesto se acercaba hacia nuestros pies. Se colocó de rodillas delante de ella y pensé que iba a penetrarla él a continuación pero en lugar de eso se inclinó hacia delante y ella se abrió de piernas para que Oscar hundiera la cabeza en su sexo. Me incorporé para comprobar que iba a hacer lo que me resistía a creer que iba a hacer. Y efectivamente, nada más abrirse de piernas, mi semen comenzó a manar del sexo de Margarita y la lengua de Oscar de forma experta a recogerlo y saborearlo, y cuando la fuente de semen pareció extinguirse  aplicó toda su boca al coño de la chica para terminar de consumir lo que quedaba, rebañando con la lengua lo que quedase en la vagina. Margarita mientras tanto, no había soltado mi pene y lo agitaba con exquisita suavidad; yo, contemplaba la escena, extasiado. Estaba a punto de volver a correrme cuando la mano de Oscar sujetó la de Margarita en sus movimientos y de forma medida, en un casi imperceptible roce  empezó a masajear con sus dedos mi frenillo. La primera intención fue el rechazo pero yo ya no era dueño de mi voluntad, ésta toda residía únicamente en mi sexo, el placer era de tal magnitud que me abandone al goce provocado. Las vaharadas de mareo suscitado por la delicia extrema hacían que me pareciese que flotaba en el espacio ingrávido, con los ojos cerrados a lo que en la realidad sucedía, y esta era que un tío me estaba sobando la polla y yo estaba disfrutando con ello. Si a partir de ese momento yo iba a ser maricón, me importaba un bledo, la calidad e intensidad del goce era de tal dimensión que anulaba cualquier prejuicio que yo pudiera haber adquirido en mi devenir como hombre.
- Ahora que vuelves a estar a punto - dijo Oscar con voz trémula de excitación y deseo - te dejo para ti el culo que te va a ser aún más placentero y yo me apañaré con su coño que estoy más excitado.
Se tendió con su sexo apuntando al cielo y Margarita le cabalgó hasta quedar ensartada ahogando una exclamación de goce extremo. Entonces se inclinó sobre el pecho de Oscar dejando expuesto su ano, ofreciéndomelo. No me lo pensé, apunté el capullo a su ojete y de un golpe de cadera le inserté en profundidad la polla, al tiempo ella emitió un grito entre de dolor y placer que me hizo volver a correrme al instante sin casi producir movimiento alguno. Sin sacársela y sin dejar de gozar, ella comenzó a moverse hasta que escuché que Oscar le susurraba a la chica que la iba a inundar de su semen, para que se sintiese plena. Después de eso, ella emitió un grito animal de satisfacción y cayó desfallecida.
Yo me salí de ella y Oscar la empujó a un lado dejándola rendida sobre aquel ruedo de lujuria, me invitó a vestirnos y salir fuera. Le pregunté por ella y me contestó que el reservado estaba pagado para toda la noche.
- Ahora le mandaré a alguien que termine de satisfacerla; es una fiera, necesita algo más que dos hombres para llenarla. El gorila que hay fuera lo sabe y también hará algo si llegase el caso, aunque él es más de chavales como habrás podido comprobar antes.
Pensaba que nos íbamos a marchar pero en lugar de eso Oscar me invitó a tomar una copa mas, “la penúltima”, me dijo entre risas, mientras llegábamos a conocernos mejor.
Le pregunté intrigado, cómo había llegado a tener ese extraño y repulsivo trabajo en que tenía que hacérselo con una vieja como esa. Me sonrió de forma traviesa, encendió un cigarrillo, me ofreció otro a mí y empezó a hablar.

1 comentario:

  1. Describes perfectamente los ambientes y las escenas. Me gusta el modo de narrar las emociones asociadas al deseo y al placer. Es una historia excitante, incluso si no se comparten los gustos con los protagonistas.

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