viernes, 29 de mayo de 2026

¿AMIGOS O ALGO MÁS? (1)

 

-¡Cabrón de mierda! te voy a matar, hijo de puta
- Joder, que te he hecho yo a ti, joder. déjame - Abdul intentaba protegerse de los golpes como podía.
- ¡Déjalo, Abel! tío, que te va a buscar un lío, que no merece la pena.
- ¡Abel! - María venía a la carrera viéndose venir la tragedia - que no eres consciente de la fuerza que tienes.
- Ya está bien, Abel, de verdad, deja al tonto ese - Pedro con una calma que contrastaba con la alarma de los demás sujetaba el brazo de Abel que iba a reventar la cara de Abdul de haber soltado el brazo. 
Pedro no hizo fuerza, no intentó oponer su endeble fuerza a la de su amigo Abel, solo toco levemente el brazo de su amigo lo que fue suficiente. Abel detuvo en el aire el puño de acero y en ese momento apareció el profesor de guardia en el patio.

- Joder, Abel, tío, una semana expulsado y el expediente. A ver si moderas ese carácter tuyo. Si eres muy bueno, que yo te conozco pero lo pierdes todo con esas subidas de adrenalina que te vuelven loco - María intentaba ser lo más conciliadora posible.
- María, mi amor, es que cuando me he enterado, que me lo ha dicho Raúl con sorna lo que Abdul va por ahí diciendo de Pedro y mío, he creído que se me salía el corazón por la boca de ira e indignación. Más que por mí, por la parte que pudiera afectarte a ti.
- Abel. Todo el mundo sabe quien es Pedro y quien eres tú y que Abdul quiera meter cizaña en vuestra amistad es puta envidia, porque él no tiene a nadie con todo su roneo de estatus diplomático.

Cuando llegaron al instituto, todos de novatos, Pedro se fijó sin poderlo remediar en Abel. Era su antítesis. Alto, moreno, ojos super negros, sonrisa inacabable, seguridad a prueba de todo y muy, muy fuerte. Podría haber protagonizado cualquier portada de Men´s Health sin desmerecer en absoluto. Sencillamente no podía apartar la vista de él. 
Pedro era lo que su padre llamaba un "Chichillas", endeblito, desmedrado, el pelo rubiasco siempre despeinado por los múltiples remolinos, la cara salpicada de comedones del acné, pero con unos ojos grandes e intensamente verdes que atraían la atención del que se fijaba en él permitiendo que se olvidase todo lo demás. Era lo que podría decirse un diablillo simpático y ocurrente, porque eso sí, tenía una lengua muy afilada cuando se daba la ocasión de utilizarla.
María, con cara de susto entre tal efervescencia hormonal, se fijó en los ojos de Pedro y le dio, no sabía porqué, seguridad. A la chica la naturaleza le había dotado de unas curvas que de haber podido elegir habría descartado siempre, pero era su cuerpo e intentaba disimularlo como podía con ropa muy holgada. Pero los pechos tan vistosos y las caderas amplias con un cintura tan estrecha eran difíciles de escamotear de manera que se daba cuenta que era objeto de demasiadas miradas libidinosas. Hasta que se cruzo con las esmeraldas de Pedro. La miraba con curiosidad, pero sin lujuria. Además era una mirada simpática, alegre e inteligente y se pegó a él. Definitivamente se prendó de Pedro cuando intercambiaron las primeras frases que dejaron claro cual era la situación.
- Hola, me llamo María
- Yo soy Pedro. ¿Qué te parece esto?
- ¿El qué?
- ¿Qué va a ser María, hija? el instituto. ¡Que de gente! Sobre todo ese alto, que parece que nos a venido a visitar Apolo.
- ¿Qué? - María volvió la cara hacia Pedro con una expresión de entre extrañeza y sorpresa y en ese momento empezaron a entrar en el aula que tenían delante - esta es mi aula. Cuando salgamos al patio tengo que hablar contigo.
- No, si es mi aula también. Ah, mira y la de Apolo.
María cohibió una risotada y el profesor que les esperaba en el aula le pidió silencio y compostura.
- Por lo menos hasta que nos vayamos conociendo mantengan cierto orden.
Pedro se sentó en el pupitre tras de María.
- Tengo que tenerte vigilada - susurró - no vayan a quitarme a mi mejor amiga - y se tapó la boca para no alborotar.
En ese momento con todos ya mas o menos acomodados en sus sitios, el profesor empezó a pasar lista. 
- ¡Ah! María, nuestro Apolo se llama Abel, como el que mató Caín, aunque no creo que a ese le pudiera mojar la oreja ningún mal hermano.
- ¡Usted!, si usted, haga el favor de levantarse. ¿Su nombre?
- Pee-Pedro - se le atragantó la gracieta y palideció. Creyó desmayarse allí mismo.
- ¿Podrías Pedro, compartir con nosotros eso tan gracioso que comentaba a su compañera?
- Nada, nada. No era nada. Es el primer Abel que conozco y a la vista de lo fornido que es decía que ningún Caín se atrevería a... 
- Venga siéntese y deje las notas al margen para el recreo. Ya veo que es usted desenvuelto.


- Pero, ¿porqué? Abel. No lo entiendo.
- ¡Tú nunca entiendes nada!
- Llevamos cuatro años viviendo en este piso. Estamos a punto de terminar y ahora es cuando se te ocurre dejar a María. Ocho años tío, después de aquel glorioso día de instituto en que quisiste matarme porque te dije que me gustabas, cuando la realidad es que María te llegó hasta dentro y no sabías como negociar ese flechazo, después de una puñetera vida juntos. ¿Qué os pasado después de ocho años?
- Claro, como tu cambias de pareja como de camisa. Cada vez que entro en casa estás con uno distinto, así no puedes entender como es una relación normal.
- ¿Normal? ¿es que mis relaciones son anormales? Es verdad, que las colitas son solo para las nenas. ¡Que horror, tocar una polla! o que te toquen el ano y te corras de gusto - masculló entre dientes Pedro - Es mejor tener una relación de ocho años y romperla, pero eso si...
- ¡Cállate, Pedro! ya se que eres muy amigo de María pero no lo sabes todo, y ni te lo imaginas. Aún.
- ¿Qué tengo que saber? - Pedro ladeó la cabeza inquisitivo con expresión de intriga
- Todavía no. Hoy no. Pedro, joder, que con lo listo que eres pareces gilipollas - Abel, estaba devastado, abatido.
Salió a la calle dando un portazo y ya en la escalera tuvo que recostarse en la pared y llorar como no podía permitírselo delante de nadie. "Los hombres no lloran" le repiqueteaba en su cabeza la admonición perpetua de su padre, pero era incapaz de cohibir esa sensación de morirse que solo se aliviaba llorando sin poder contenerse. Y menos delante de su amigo, al que no le importaba apoyarse en su hombro, que él gustoso le prestaba, para dolerse con lamentos y lágrimas de que tal o cual ligue le decía que un polvo bien, pero más allá de ahí nada. ¡Y se lo decía a él, que no entendía como se puede involucrar sentimentalmente un tío con otro! y sin embargo

- ¡Que puta vida! - y siguió descendiendo la escalera saltando escalones de tres en tres como si quisiera huir de su existencia.


- Ven aquí, Pedrito, ven aquí. Siéntate aquí a mi lado y dime. ¿Qué es eso de Apolo? ¿Te gusta, Abel? ¿Eres mariquita?
María salió nerviosa del aula arrastrando tras de si dela mano a Pedro. Otros compañeros miraban la escena envidiosos de que una chica tan de morirse de buena tuviese, ya, en lo que duran las tres primeras clases del instituto tanta confianza con ese chico que parecía no tener ninguna chance para una chica así.
María se sentó en un poyete de piedra, resto de lo que sería en su momento una especie de abrevadero del edificio sobre el que se construyó el instituto. Arrastró a Pedro a sentarse a su lado y le hizo la pregunta directa y descarada, esperando una cascada de excusas y explicaciones tontas que le diesen material para chismes y un buen rato de diversión a costa del chaval. Se quedó de una pieza. 
- No reina, no. No soy mariquita - la voz de Pedro no denotaba ninguna afectación, podía estar respondiéndole a una pregunta sobre mates - Mariquita para mi supone tener usos y costumbres de niña y a mi, sencillamente me gustan los hombres, pero no me gustaría ser mujer. Estoy encantado siendo un chico y mas encantado aún de tener colgajo. Me gustas tú como amiga en pie de igualdad. Si fueses un chico no podría evitar intentar llevarte al huerto, o sea, seducirte, sin forzarte a nada desde luego, pero como no lo eres te considero amiga, no para hablar de trapitos o modas. Para hablar de tíos que es lo que a mi gusta, y espero que a ti.
Mientras hablaban animadamente Abel se acercaba con su sempiterna sonrisa en los labios y en los ojos. Un poco alelado.
- ¿Tu eres Pedro. el que piensa que no habría Caín que me abatiera?
- Aparte de que eres el primer Abel que conozco, eres el primer tío que está tan bueno y que he tenido tan cerca.
- Espera, espera - Abel, se puso en guardia, como si aquello tuviese que terminar en pelea ¿Estás de coña o eres maricón?
- ¡No es maricón! - intervino María barruntando tormenta - será, no se, gay. pero maricón no. Vamos pinta de niña no tiene. Poca cosa y feucho es, aunque sus ojos harían temblar un imperio, pero que le gustan chavales como tú y tiene cojones para decirlo sin cortarse.
- Si, tío, ¿Qué pasa? ni te he tocado, ni te he insultado. Tu, seguro que ves una tía maciza como María y dices que está buena. Y yo veo un tío buenorro como tú y lo digo. El día que te coja el rabo, me hostias por agredirte sexualmente, hasta entonces te jodes con mi opinión.
Abel se quedó sin palabras mirando alternativamente a Pedro y a María sin saber que hacer exactamente.
- ¿Y tu, María, te llamas? no tienes nada que decir.
- Decir, ¿El qué? ¿Qué estoy horrorizada porque un compañero del instituto el primer día de clase no ha intentado meterme mano? ¡Qué ofensa! Espabila Abel que estamos en el siglo XXI.
- Tu y yo vamos a tener que tener una conversación privada un día de estos - dijo Abel señalando amenazadoramente con el dedo a Pedro.
- ¿Y conmigo no vas a querer hablar, machito? - pregunto con sorna María - o es qué..., solo te interesan determinadas conversaciones - y estalló en una carcajada.
Abel apretó los puños, encajó la mandíbula con tal fuerza que le rechinaron los dientes, enrojeció se dio la vuelta y se fue hacia la clase.
-No has debido decirle eso, María. Le has enfurecido. Que es el primer día, tía, ¿Qué vas a dejar para fin de curso?
- Te ha llamado maricón - respondió indignada María, como si Pedro fuera ya un viejo amigo.
- Su intención era insultar y no sabía cómo. Me ha dicho eso que para el pobre era la única manera de ofenderme. En realidad está confundido. Para él, un gay es algo deleznable porque así lo lee en la sociedad que le rodea, pero de verdad, yo tengo el don de conocer las personas y él ahora mismo está devanándose los sesos sin saber el porqué de este encontronazo. Si, de verdad, tenemos que tener una conversación, como el decía.

A distancia, Abdul, hijo del agregado cultural de la embajada de Túnez y que siempre, desde que entraron la instituto presumía de tener estatus diplomático, observaba la escena de Abel, María y Pedro. El también estaba impresionado por la apostura de Abel. No escuchaba como se producía la conversación entre ellos, pero vio como Abel, imponente, amenazaba con su dedo acusador a Pedro y como éste le miraba sereno y ni se ponía en guardia siquiera ante lo que parecía una advertencia seria. María reía y Abel apretaba los puños, se ponía ostensiblemente rojo y se marchaba. El físico del enclenque no hacía sospechar que hubiese habido un reto hacia el grandullón, luego el desencuentro habría tenido que ver con la chica guapísima de silueta explosiva por la que seguramente iban a lidiar los dos gallitos. El resultado estaba cantado.
Cuando Abel se marchó irritado dejando a María y a Pedro charlando, Abdul se acercó, tenía que enterarse de qué se había cocido allí.
- Se ha ido cabreado ese grandullón ¿Qué ha pasado? Bueno, perdonar, no estoy en vuestra clase, me llamo Abdul, mi padre es diplomático y hablo tan bien porque venimos de destino en la embajada de mi país en Argentina. En realidad, es que nací allí, y a mi padre le han destinado aquí hace poco.
- Vale, Abdul, no nos has dado el numero de pasaporte de milagro. Pero un poco cotilla si que eres. ¿Porqué ese interés en saber que ha pasado? Nada, no ha pasado nada - Pedro con parsimonia contestó al compañero - estábamos hablando María y yo, ha venido Abel y ha mostrado disconformidad con lo que hablábamos. Nada más.
En ese momento sonó la campana que daba por terminado el recreo.
- ¿Y que era eso que le ha cabreado tanto? - continuó Abdul mientras se dirigían a clase.
- Tío, Abdalá, o como sea, pasa de nosotros - María le encaró - no te metas en conversaciones que no te interesan. Nosotros no nos vamos a meter en tus asuntos, pues tu no te metas en los nuestros. ¡Joder! y no ha hecho mas que empezar esto.
- Es Abdul y no Abdalá, y perdonar - se puso muy digno - no quería molestar, solo socializar - y se apartó de los dos desairado camino de su aula.


Los años transcurridos en el instituto hasta que rindieron viaje en la Universidad fueron los de cualquier otro que se imaginar pudiera
Abel no pudo hurtarse al encanto de María que como intimísima de Pedro lo arrastró a la relación consiguiendo que los dos chicos se hicieran inseparables. Abdul con sus ínfulas diplomáticas fue el verso suelto que hay en todos los lugares, sin saber donde encajar por no querer limar sus aristas con las de los demás para conformar finalmente un mosaico de diferentes pero razonablemente ensamblados.
Aquel curso de inauguración de promoción transcurrió sin nada reseñable. Cómo el resto hasta que llegó el final. Al año siguiente irían a la Universidad unos y otros donde el destino les tuviera reservado. Abel no solo era un galán de lo que quisiera sino que además era simpático, ocurrente, inteligente y allá donde se encontraba era el eje en torno al que giraba el resto. Con el paso de los cursos y su confirmación de capitan del equipo de basket del instituto la fama de Abel se hizo legendaria. La relación de Pedro y Abel se consolidó en la medida en que Abel no quería perder a María que era con Pedro la soga y el caldero. Con los cursos, Abel le fue perdiendo el respeto a tener amistad con Pedro, aunque este de vez en cuando le hiciese ver que él no renunciaba a medirle su cuerpo con la lengua. Incluso en determinadas asignaturas para las que Abel era más torpe no tuvo inconveniente en ir a estudiar a casa de Pedro, incluso quedándose a dormir alguna vez. En cuanto a María estuvo desdeñando a Abel controladamente para marcar terreno aunque al menos Pedro sabía que se moría por que le dirigiese la palabra, y como buena estratega, como mujer, le hacía  desprecios hábilmente entreverados de pequeños regalos inesperados, como una sonrisa a destiempo o un guiño en la distancia. Llegó el fin de curso


- María, de verdad, no seas más hija de puta - Pedro estaba cargado de razón - Abel va a venir a pedirte que le acompañes a la fiesta fin de Insti. No me seas, que yo conozco a la gente y Abel va de bien. ¡No lo putees!
- ¿Y tu, con quien vas a ir? Ya, solo, ¿O tienes un novio por ahí perdido?
- No. No tengo novio y como te descuides te mango a Abelito, que uno también tiene sus armas..., de hombre.
- Lo dudo. No veo yo a Abel en una de esas..., ¡que cachondo eres! sabes que en ese plan tienes una oportunidad a la menos uno, o sea, menos que cero. Pero oye, que una es muy zorra, que me he fijado, y en más de una ocasión, como te marca Abdul, mira a ver.
- ¿Con ese? Me hago hetero, te lo juro. Y mira que lleva desde primero intentándolo y ni de coña - se quedó callado un momento, como para dar atmosfera de intriga - bueno, te lo voy a decir. El pecado, pero no el pecador. No es novio, ni a mi me gustaría para eso, para un polvo, quizá..., pero nos llevamos, digamos, que algo más que bien. Es del insti y ni te lo puedes imaginar, pero está en el closet, pero dentro, dentro, donde se dejan en verano las mantas. Yo creo que si se supiera se moriría.
- ¡Pedro! Pedrito, mi amor, que mi pecho es una tumba, dime quien es. No he visto a nadie que de indicios en estos cuatro años.
- ¡Si! tu pecho una tumba pero tu boca un fuelle. Y además, no intentes averiguarlo, porque, aquí, entre estas paredes no nos dirigimos ni una palabra, ni nos miramos.
- ¿Y entonces? Le conocías de antes. Ya está, de los jesuitas. Porque tu hiciste la primaria en jesuitas.
- No. Le he conocido este curso y fuera del instituto. Y cuando le vi, el pobre se echó a llorar y todo, y me hizo jurarle que me lo llevaría a tumba.
- ¿Pero, como lo descubriste?
- María, nadie va a una zona de cruising por casualidad o "a dar una vuelta". Eso intentó hacerme creer, pero esa zona ligue, todos sabemos que no es más que zona de eso. No se pasa por allí para ir a ningún sitio.
- ¿Donde? Pero Pedro cariño, ¿Quién va hoy a hacer cruising si no es un viejo? Me vas hacer creer que un tipo de nuestra edad no sabe que hay apps de ligue. ¡A docenas!
- ¡María! de verdad crees que te lo iba a decir. A este chaval su padre le tiene fiscalizado el móvil, no puede tener material de ese tipo, por eso iba ahí. Yo le dije lo mismo. Y me dijo más. Su padre les reunió a él y a su hermano mayor y les dijo que si alguno fuera gay lo echaba de casa. Te puedes imaginar, está aterrado.
- Bueno. ¡que emoción! cuenta, cuenta, ¿Cómo fue? Y por cierto, tu tampoco sabes que hay Grindr o Blowers o cientos mas.
- Si lo se, lista, pero me va el morbo de la caza. Además en las redes lo que hay es mucho fantasma y mucho mentiroso. Bueno, a lo que iba. Me dijo, todo cortado que qué casualidad y yo le dije que casualidad la mía que nunca habría sospechado que pudiera encontrármelo allí. Intentó hacerse el loco y en ese momento se acercó un tipo de veintitantos y le dijo que debería darle el teléfono, porque tenía un culo maravilloso sin perder de vista como la mamaba.
María se quedó con la boca abierta y la expresión congelada en el rostro sin saber como reaccionar. Y en ese momento se acercó Abel seguido de Mateo. A María no se le pasó por alto que Mateo adoptó una postura como de defensa intentando refugiarse tras de su amigo pero lo que no pudo ocultar fueron las dos chapetas rojas enfurecidas que le aparecieron en la cara.
- María, me alegro verte. La semana que viene..., bueno, ya sabes...
- Que si, Abel, que si, que voy a la fiesta finde contigo, porque si te digo que no, este - señaló a Pedro con su pulgar - es capaz de estrangularme.
- ¿Y este que tiene que ver? - la pregunta de Abel contenía cierto mosqueo.
- Que estás coladisimo Abel - espetó Pedro - joder y María como buena tía, le gusta hacerte sufrir un pelín. Y le he avisado que soy mal enemigo, que los maricones cuando queremos sabemos tener muy mala leche y yo te veo a ti tan noble y tan legal, y tan macizote, tío, para abreviar, que me encabritan los desaires que te hace esta.

Abel se quedó mirando a Pedro con una mirada intensa, penetrante, como si quisiera desentrañar un enigma oculto entre las palabras que Pedro pronunciaba. Durante todo el primer curso la relación entre los dos fue de tregua armada sin intención de declaración de guerra. A Abel le volvía loco María, pero Pedro monipolizaba la presencia de María. Si él quería acercarse a esa chica tendría que llevarse bien con su incondicional "amiga" como pensaba cada vez que con sus amigos hablaba del tema. 
Pedro no fue ajeno a esa mirada de Abel. Si, había frustración y rabia en su mirada, pero, no sabía que era, pero en lo más hondo, en esa furia que quisiera desatar contra él había algo más, indefinible, si, pero se juramentó en descubrirlo.

Cuando Pedro hizo referencia a los maricones, María, con esa intuición que llevan en cada gen las mujeres miró a Mateo, que amorató, de puro rojo las mejillas y  se disculpó.
- Abel, que, esto, que, que me he dejado en clase un pen que necesito, ahora nos vemos.
- ¡Hasta luego Mateo! - gritó con cierta sorna María levantando intencionalmente a voz.
- Bueno, yo me voy también. Espera Mateo. Ya hablamos, María - Abel se volvió con cierto aire de desconcierto.
- ¡Eres una cabrona! ¿Porqué has hecho eso? - recriminó Pedro
- ¿Yo, el qué? - María se hacía la inocente.
- Como se te ocurra abrir la boca..., te vas a enterar. Pobre chaval de verdad, con la culpa que le muerde el alma cada vez que...
- Venga calla. Pero, entonces ¿has follado con Mateo? ¿más de una vez?
- Eres malévola. ¿A ti que te importa?
- Pero ¿Has follado o no?
- Si, y vámonos ya a clase que te estas poniendo muy impertinente - y Pedro se levantó sin esperar a que lo hiciera María.
- Me lo tienes que contar - María dio dos zancadas de tranco largo para alcanzarle - que me lo tienes que contar con pelos y señales.

El baile fin de Insti transcurrió como todos.
Mucha testosterona en cocktail con ginebra o ron y al final, mucho gatillazo y desengaño. Abel no dejó a María ni a sol ni a sombra que echase un cacho con su amigo. Pedro desde un rincón observaba el desarrollo de aquel teatrillo, con una copa de cola con ron en la mano bebiendo a pequeños sorbos y espaciándolos para no enturbiar sus sentidos y poder ser perfectamente consciente de lo que allí sucedía.
Al otro lado del local vio a Mateo hablar con Jules, un chico francés que se incorporó al curso a la mitad por un traslado de su familia por motivos de trabajo. Jules hablaba español muy escasamente aunque poco a poco iba poniéndose al día. No estaba el chico muy al tanto de la terminología y Mateo siempre estaba con él para aclararlo. Pedro vio algo más en aquella conversación sabiendo de la existencia de la vida secreta de Mateo. Había demasiada complicidad en aquella actitud, mucha cercanía. Naturalmente no sabía de que hablaban pero se iba a enterar.
Gabriel un muchacho que jugaba en el equipo de básquet del que Abel era el capitán se acercó a Pedro con su copa en la mano y medianamente perjudicado. 
- Te lo tirarías, ¿verdad? - le dijo con voz estropajosa Gabriel.
- ¿A quien, a tu capitán? Gabi, ¡por favor! que pasa ¿Qué tu no? Soy muy observador y me he fijado en cómo le miras. Estás colado, Gabi, aunque tu no te des cuenta, por que eres básico, no dudarías en tirarte de rodillas delante de él si te sacara el rabo en el vestuario. Cuando se te pase la tajada medio regular que llevas encima medítalo. No digo que seas maricón, digo que estás entregado a su personalidad y eso acabará por ponerte en una situación algo incomoda. El día menos pensado esa adoración a tu capitán te sorprenderá con una erección violenta cuando le veas desnudo. En ese momento, búscame, te daré tres o cuatro instrucciones para que puedas llorar sin arañarte.
A Gabriel se le cayó la copa al suelo salpicando a los dos con su contenido y se echó en brazos de Pedro.
- ¡Eh, eh! que coño te pasa ahora, Gabi. Demasiado alcohol, ya veo. No te pongas tan cariñoso, no eres mi tipo.
- Ya ha pasado, Pedro, joder, ya ha pasado y yo no he querido verlo.
- ¿Qué es lo que ha pasado ahora?
- Que me empalmo, y no cuando le veo desnudo, me empalmo cuando celebramos una canasta y me abraza. Pedro, soy maricón.
- ¿Y tu novia entonces. Es que no tienes sexo con ella?
- Si, joder, y eso me confunde, porque con ella me pongo muy burro también. ¡Pero yo no he tocado una polla de nadie! Es solo con Abel.
- A nuestra edad Gabi, nos empalmamos y nos corremos leyendo la hoja parroquial si hace falta. Mira, empieza a pensar que eres bisexual, y ya está. Quizá nunca tengas relación con ningún tío; menos problemas para ti, pero si llegas a tenerlo no te reproches nada. Disfruta y punto.
- Tu lo ves muy fácil porque es lo que a ti te mola.
- Para mi sería difícil tener sexo con María, por ejemplo porque yo soy gay y no me gusta el sexo hetero, nunca lo tendría, pero tu puede ser que algún día tengas sexo homo, y en ese caso piensa en lo que te estoy diciendo, no lo conviertas en una tragedia griega. Y ahora deja de abrazarme ya, que hay gente mirando, y no lo digo por mi que tengo todo el pescado vendido, lo digo por lo que podría decirse de ti.
A Gabriel, sin explicárselo muy bien, no entendía como se había despejado de golpe de la media que llevaba. Se separó de Pedro, le miró primero y luego bajo la cabeza y le murmuró algo. se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
- Para mi, la fiesta se ha acabado. Adiós.
- ¿Qué dijiste antes que como agachaste la cabeza no me enteré.
-  Te daba las gracias - dijo en voz baja mientras se marchaba.
Pedro seguía con la mirada a Gabriel mientras se iba cuando por el rabillo del ojo vio acercarse, sorteando parejas bailando agarrados a Mateo. Pedro pensaba viendo alejarse a Gabriel lo mucho que de mal le quedaba por pasar a chaval. Mateo, acababa de llegar.
- ¿Estaba el alero ligando contigo? Increíble en Gabriel, nunca lo hubiera imaginado. Cualquier día me lo encuentro de cruising como aquel otro día que tu y yo nos encontramos.
- Pues no Mateo. No seas malo. Estaba el chaval borracho y como todos los borrachos estaba muy cariñoso. Mañana todo lo ocurrido esta noche no será para él más que una mala pesadilla entre vapores de alcohol y frustraciones sexuales.
- Y otra cosa. No me gustó nada el tonito de tu amiga conmigo el otro día. ¿Tu le has dicho algo? No me seas mariconazo que te mato. Si esto llega a oídos de mi madre me despelleja.
- No. No he dicho nada. El que tiene que tener más cuidado eres tu que parecías un semáforo en rojo el otro día. Lo llevabas pintado en la cara, y las tías que son muy largas se dio cuenta que había algo. ¿Se puede saber a cuento de qué te pusiste tan colorado?
- ¡Joder! Pedro. Tu no sabes en el ay que vivo yo. Mi padre dice que prefiere que le salga un hijo ladrón antes que maricón, que le echaría de su casa en el mismo momento que se enterase. Y tengo que meter fotos de tías en pelotas debajo de mi colchón para que las encuentre mi madre, se lo diga a mi padre y que miren los dos a otro lado muy orgullosos. Sueño con cumplir los dieciocho y poder largarme. Yo se que eres legal, tío, nadie me habría guardado el secreto como tu, pero estoy cada día mas jodido.
- Oye, y otra cosa Mateo. ¿Qué hablabas con el franchute?
- Nada especial. Me da la nariz que le va el rollo también. Cómo que me ha olido y quería algo. Yo por si acaso me he hecho el sueco. Con que lo sepas tu es suficiente.

Último día de curso. Estaban todos revolucionados, María comentaba con Pedro lo ilusionada que estaba. 
- Mis padres me llevan a un crucero por las islas griegas. Les ha costado un pastón pero me han dicho que me lo merezco por el buen curso que he hecho.
- ¿ Cuántos días?
- El largo. Es que hay otro corto que no está tanto tiempo en las escalas y es más masificado. Este son diecinueve días y en lugar de dos mil y pico cruceristas, somos ochocientos seis. Todos los camarotes son exteriores. El nuestro es una especie de suite, con una habitación independiente para mi.
- ¿De esos de pulserita?
- ¡Que va! Llevamos lo que es la pensión completa, pero luego hay restaurantes y discos que si quieres algo más especial hay que pagarlo.
- ¿De qué habláis tan animadamente? - Abel se incorporó con aire de intriga - tu María estás como si hubieras visto una aparición.
- Me está contando cómo es el pedazo de crucero que va a hacer este verano con sus padres por Santorini, Paros, Mykonos - le respondió Pedro con una suficiencia impostada - ¿a ti no te lo ha contado?
- ¡María, joder, a mi porque no me has contado nada?
- Porque hasta el último día he estado intentando convencer a mi padre que te llevásemos a ti, pero es carísimo y a dicho mi madre que no les llega para cuatro, no empieces a imaginar cosas.
- Me vas a dejar tirado todo el verano, tía. A ver como me las apaño yo.
- Van a ser tres semanas nada más, Abel.
- Vente con mis padres al apartamento de la playa - Pedro lo dijo con la mayor naturalidad.
- ¿Contigo? ¡Qué iba a decir la gente! Todo dios sabe lo tuyo y yo, yo, joder, ¿es que no lo entiendes? María explícaselo tu que a ti te hace mucho caso.
- Abel, ¿pero tu que tienes en la cabeza? Estoy convencida de que este - y tomó el brazo de Pedro - es un buen amigo y aunque te metieses desnudo con él en la cama no te rozaría siquiera.
- Bueno, María, no pondría la mano en el fuego, que tu novio es algo así como el David de Miguel Ángel pero de carne caliente.
- Bueno Pedro, yo se lo que me digo, que no me traicionarías, que eso lo se yo.
- En fin Abel, que salimos para la playa el lunes. Tu me dices lo que sea
- Pero no tendré que dormir contigo.
- Tendrás que dormir en la misma habitación, hay una litera, de cuando mi hermano Alberto vivía con nosotros, pero no, en la misma cama no. ¿De verdad te crees...?
- Está bien Pedro, cariño, ¿no le conoces? se asusta por todo, que luego no es nadie. Venga Abelito, joder, que os lo vais a pasar de película, vete con Pedro y sus padres al apartamento.
- Bueno, lo voy a comentar con mis padres y se lo digo a María que te lo diga a ti. Me tengo que ir.
Abel se alejo mientras su novia y Pedro le veían perderse dentro del edificio del instituto. María se volvió hacia Pedro con el gesto serio y las mandíbulas apretadas y le advirtió entre dientes.
- ¡Como se te ocurra meterle mano a mi novio, te arranco el corazón y lo pisoteo! Estás advertido.
- Me doy por advertido, reina, pero ¿y si es él quien me mete mano a mi?
- Os arranco el corazón a los dos. Ni en  broma.

Abel tomó el celular y se le quedó fijo como si quisiera descubrir los secretos que atesoraba o si fuese ese objeto un artefacto que sin saber como podía arruinarle la vida. Finalmente marcó el número de su novia.
- María, que he hablado con mis padres y que me dejan ir con Pedro y sus padres. Solo me han dicho lo típico, que me comporte como educado que soy - dejó un instante la línea en silencio que se le antojó una eternidad y continuó - Cariño ¿porqué me siento como una mosca que va de cabeza a una tela de araña que parece inofensiva?
- Abel, ya vale. Vas con Pedro pero no solo con él, van sus padres y además Pedro será todo lo gay que tu quieras, pero me juego el cuello a que es un tío legal y no tienes nada que temer, más aún, Abel, por favor mírate y mírale, tu de un soplido puedes mandarle a la luna..., salvo que...
- Salvo que, qué, María. No pensarás...
- Mira Abel esta conversación se está poniendo asquerosamente desagradable y además, te mando el teléfono de Pedro y le dices tu que si vas a ir, o que no vas a ir, joder, que parece que soy tu tutora que tiene que darte permiso. Llámale tu.
Abel miró su whatsapp y ahí estaba el teléfono de Pedro. Le dio un escalofrío. Nunca había querido tener ese teléfono, le daba la impresión que el hecho de tenerlo le exponía a un peligro real. ¿Qué peligro? indefinido, era algo visceral, le salía de las tripas no de la cabeza, era irracional, por eso estaba delante de su móvil mirándolo fijamente sin saber si llamar o no. Finalmente pulso los números y esperó la respuesta.

- Si, ¿Quién es?
- Pedro, soy Abel.
- Ah, Abel, no sabía que tenías mi número, por eso al ver la llamada de un número desconocido he estado a punto de rechazar, pero luego me he dicho ¿Quién será? y he descolgado. ¿Te ha dado el teléfono María? Muy bien. Dime Abel, ¿Vienes?
- Si, si, mis padres me han dicho que vale.
- Salimos e lunes que viene muy temprano. Deberías quedarte a dormir aquí en casa y...
- No, no, que va. Tu me dices a que hora estoy allí y mi madre me lleva temprano que ella madruga mucho para ir al trabajo.
- Vale. Pues el lunes a las cinco y media en casa. Para llegar a la playa sobre el mediodía. No se te olvide el bañador, aunque iremos a alguna playa no textil, si te hará falta para las otras.
- El lunes entonces. Hasta el lunes.

Era jueves y quedaba mucho hasta el lunes, podía suceder algo que impidiese el viaje y le liberase de lo que Abel percibía como un peligro. Por una parte le intrigaba como sería la vida cotidiana con un gay declarado y por otro temía que de una forma que se le antojaba imposible pudiera él o alguno de los de su circulo seducirle hasta hacerle caer en la abominación en la que no quería ni pensar. 
Estaba en estas maquinaciones cuando le sonó el teléfono y le hizo dar un respingo. Seguro que era el maricón de Pedro insistiendo en que fuese a su casa a dormir el domingo y desde luego estaba dispuesto incluso a renunciar al viaje. Cuando miró la pantalla se sorprendió. Era Mateo.

- ¿Mateo, que pasa? 
- Nada. Que quería hablar contigo. Eres mi mejor amigo y quería hablarte de algo.
- Venga, dime.
- No, por teléfono no. tiene que ser en persona.
- Joder, Mateo, ¿tan grave es?
- Grave, según se mire, pero ciertas cosas son mejor a la cara.
- Tío, ¿te he hecho algo malo? hostia, Mateo, ahora ya estoy jodido.
- ¿Quedamos el sábado? pasado mañana ¿para ir al cine, por ejemplo? María se va mañana de crucero y tu estarás sin plan. ¿Te parece?
- Va, tío. Pero me has dejado jodido, de verdad Mateo, ¿no puedes adelantarme nada?
- Hasta el sábado, yo compro las entradas y nos vemos en el centro comercial del centro a eso de las siete, en la puerta de los  multicines.
- Pues nada, hasta el sábado Mateo.


El lunes con puntualidad británica estaba Abel en la puerta y antes de que pudiera tocar el timbre, Pedro abría la puerta. Abel volvía la cabeza para despedirse de su madre y entró a la casa con su mochila colgada de un hombro y una bolsa de deporte en la otra.
- ¿Ya nos vamos?
- Mi padre está terminando de meter el equipaje en el maletero.
- No será esto mucho - preguntó Abel, más que afirmó, señalando con la cabeza los bultos que traía.
- Que va. Mi padre tiene una Ranger con caja cubierta, es un camión, cabe de todo. En el Panamera no cambiamos los cuatro. Dame la bolsa que la llevo al garaje.
- No, deja, yo lo llevo. ¿De verdad tú padre tiene un Porsche de esos?
- Se lo regaló mi madre, ya te contaré otro día cómo. El Ranger es el del trabajo, mi padre tiene una pequeña empresa que subcontrata instalaciones eléctricas en edificios en construcción - dijo Pedro llegando al garaje.
- ¡Hombre! tú eres el famoso Abel, del que tanto habla Pedro. Al principio creímos que eras su novio, hasta que nos dijo que su íntima María es tu novia. ¿Dispuesto? - y le tendió la mano que Abel estrecho con fuerza pareja a la del padre, metió después los bultos de Abel en la caja del coche y salió del garaje - voy a ver si a tu madre le falta algo. Ir acomodándoos en el coche. Enseguida salimos.
- ¡Tío, Pedro, que bastinazo! que tus padres lo saben. Por poco no me caigo de espaldas, me lo podías haber dicho, o María. Que lo digas abiertamente en el Insti vale, pero, ¿tus padres, desde cuándo lo saben?
- Desde siempre. En el colegio con nueve años, no se, un compañero me atraía, no sabía porque y se lo dije, que me gustaba. Me dio una hostia que me tiró al suelo y cuando llegué a casa claro, me preguntaron...
- Déjalo tío. Ya me lo contarás cuando estemos solos, me corta que estén tus padres y ahí vienen.
- Como quieras, pero no pasa nada.
- ¡Hola Abel! Por fin te conozco - le plantó dos besos y muy sonriente continuó mirando a su marido - la verdad es que no me hubiera importado nada que fueses el novio de Pedro, aunque ya, Ya se que eres el novio de María. A ella ya la conocemos. ¡Que niña más guapa! Anda que no tienes tú buen gusto. Buenos, cariño, ¿nos vamos? Venga montaros.

A Abel un color se le iba y otro se le venía. Se mantuvo callado todo el viaje. Ni siquiera cuando pararon en un bar de carretera para tomar algo abrió la boca salvo para pedir un refresco, que quiso pagar y el padre le encaró con seriedad risueña.
- Abel, hijo, en estos días que estés con nosotros, eres otro hijo más, en pie de igualdad con Pedro. Estás ahora en esta familia y nosotros nos hacemos cargo de todo. Tú, total libertad, pide, y haz lo que tengas por conveniente, que nosotros nos hacemos cargo. No te vayas a comprar un Ferrari, que ese correrá de tu cuenta - soltó una carcajada por la ocurrencia.

Rieron los cuatro diluyendo la tensión. Pedro puso su mano un segundo en la espalda de Abel para darle confianza y éste sintió un calambre que le recorrió la columna. Era la primera vez que Pedro le tocaba de forma voluntaria. Y su cuerpo reaccionó como nunca hubiera podido imaginar. Y lo peor, no fue desagradable.

- Mi padre es así de directo. En mi familia se habla todo, para que nada quede en la penumbra de lo ambiguo, de lo dado por sabido. Por eso lo que tengas que hablar lo dices con toda la naturalidad.
- Gracias, de verdad - la aparente seguridad de Abel estaba hecha añicos - ésta situación es nueva para mí. Yo he estado en campamentos y eso, pero con otra familia así nunca y me encuentro algo cortado.
- ¡Ay! mi niño, ven - la madre le estrechó entre sus brazos dándole besos - tú cómo si nada, habla de lo que te dé la gana con toda libertad. Ves, como mi hijo habla de su sexualidad. Libertad y sinceridad es la clave. Anda venga, tómate eso que seguimos camino.


El resto del viaje Abel mantuvo los ojos cerrados, no por sueño sino por intimidad. No conseguía apartar de la cabeza el episodio ocurrido en el bar de carretera. Estaba abrumado y se reconvenía por haber aceptado la invitación. Todo le hacia estar en vilo, esa sinceridad con la que se producían todos, esos cariños de la madre y la bonhomía del padre por no recordar con tremenda preocupación la sensación que obtuvo del contacto físico de Pedro, que ahora recordando barajaba la posibilidad de que aquel "toque" fuera dado con toda intención para testar en él cualquier grado de aceptación de su roce. Estaba hecho un mar de dudas y no sabía que actitud tomar. Finalmente decidió que intentaría pasárselo lo mejor posible. No tenía que plantearse nada. El sabía quien era y cómo era y de esa posición nadie lo iba a descabalgar, por muchos roces físicos y mucha cercanía de los padres.
Finalmente llegaron a su destino. Típica urbanización de verano, orientada a vivir al aire libre, primera línea de playa. Caerse de la cama y al agua. La habitación de Pedro era pequeña, como correspondía a tener que dormir exclusivamente con un armario pequeño y una litera, con un ventanal que se abría a una terraza que se comunicaba con la terraza a la que se abría el dormitorio de los padres y todo frente al mar. Precioso.

- ¿Qué litera prefieres? - preguntó con naturalidad Pedro - ¿arriba o abajo?
- No. ¿Cuál es la que usas tu?
- Yo la de arriba. Pero que si la prefieres tu, no tengo inconveniente. Eres mi invitado.
- Pues yo la de abajo. Y ya está todo dicho.
- Entonces, ponte el bañador que aún quedan cuatro horas de sol, y vamos a inaugurar las vacaciones - dijo festivo Pedro mientras se quedaba desnudo sin ningún empacho mientras buscaba en su equipaje el bañador -
- Vete tu bajando, que ahora voy yo.
- No me digas que te corta desnudarte delante de mi, cuando en las duchas del vestuario estáis todos en pelotas e incluso hacéis bromas que implican culo y polla - Pedro con el bañador en la mano y antes de ponérselo se volvió hacia Abel.
- Tío, yo que se, ¡Joder! es que desnudarme delante de ti sabiendo que te gusto es como si me desnudase delante de una tía que se que le gusto. Es que me da la impresión que te provoco. Si no supiera que eres gay sería diferente, como lo era hasta el sábado con Mateo.
- ¿Porqué hasta el sábado? Alguien te ha dicho algo o te has enterado de algo raro.
- Nadie me ha dicho nada. Ha sido el propio Mateo el que me lo ha dicho. Quiso quedar conmigo el sábado para ir al cine y después comiéndonos un taco me lo soltó. Y me dijo también que tu lo sabías y que me lo confesó porque tú le dijiste que tuviera cuidado que cualquier día le iban a sacar a empujones del armario.
- Es que tú no te diste cuenta, pero cuando el otro día tu novia hizo una alusión a algo de maricones, Mateo se puso morado y echando el embuste de que se había dejado algo en clase se fue. Entonces le dije que su actitud le traicionaba, que tuviera cuidado - Pedro seguía completamente desnudo haciendo lo que todos los hombres cuando están relajados: tocarse los huevos.
- ¿Y tú, desde cuando lo sabes? - era instintivo y no podía sujetarse, pero miraba alternativamente a la mano que masajeaba los huevos y la cara de Pedro que hablaba - ¡y deja de sobarte los huevos, coño, que me estás poniendo de los nervios!
- Ay, perdona - se calzó el bañador rápidamente - lo siento, no me había dado cuenta - y siguió como si tal cosa - me topé con Mateo un día en el pinar donde habitualmente hay cruising. Quiso hacerse el sueco, pero le hice caer en su error, a ese pinar se va a buscar sexo ocasional y punto. Esta el suelo que es una pena lleno de toallitas húmedas usadas y condones igual. Me lo tuvo que reconocer y me hizo jurar que no lo cantaría. Y así lo hice. Cada uno es dueño de sus mentiras y sus traumas. ¿Cómo te lo dijo?
- Sin rodeos. Me miró a los ojos y me dijo: soy gay, quería que lo supieras porque creo que eres un buen amigo.
- ¿Y que le dijiste tu?
- Vamos a acabarnos esto y nos vamos. Esto, y no los tacos precisamente, tengo que digerirlo.
- ¿Y lo has digerido ya? porque sin decirte quien, y no me lo vas a sacar, lo tendrás que averiguar tu, alguien de tu entorno cercano, también.
- ¡No me jodas! ¿Quien, Gabriel?
- Joder Abel, que agudo eres. Lo has dicho tu, no yo. Tenías que sospechar algo, cabronazo, si no es imposible.
- Era algo que me tenía descolocado porque Gabi y yo con nuestras respectivas hemos estado follando en su casa y luego mientras ellas se aseaban hemos comentado los polvos, pero luego, después de los partidos, ¿porqué era el único que si se duchaba a mi lado se empalmaba? yo no le daba más importancia pero me chocaba mucho. Y me fije e hice la prueba. Se duchaba con Rodolfo y nada pero me ponía yo al otro lado y ya estaba palote. Pero vamos no deduje nada. Ahora tu me lo dices..., ¿Y como lo sabes? También le has pillado ligando por el campo.
- Pues no. El día del baile, con el tablón que llevaba encima se me acercó y se me sinceró, lloró en mi hombro y le dije que dejase pasar el tiempo y que quizá fuese bisexual. Que con el tiempo se aclararía. Y venga, joder, que se nos va el sol, desnúdate ya de una puta vez y ponte el bañador y vamos.
- ¡Que mariconazo estás hecho! - y lo dijo como el que lanza un piropo - ¿sabes qué? que me alegro de haber venido. María tenía razón, eres un buen tío - se desnudó sin empacho, se puso el bañador y ambos bajaron a la playa.

La playa que se ofrecía a la vista del apartamento era bastante llana con alguna roca salpicando aquí y allá. Ancha y de unos dos kilómetros de largo de un extremo a otro. Pedro hizo de cicerone.
- Ahí a la derecha no hay más vuelta de hoja. Esas rocas que ves, sea pleamar o bajamar no dejan pasar más allá lo que tampoco es demasiado importante porque más que una playa lo que hay al otro lado es una cantera; impracticable. Sin embargo a la izquierda - señaló en lontananza - si. Se ven unos pedruscos enormes pero en cuanto baja un poco la marea se pasa bien y al otro lado hay una cala preciosa como de quinientos metros respaldada por un tremendo acantilado de composición caliza que impide el acceso, salvo que quieras rapelar desde arriba, de modo que solo se puede llegar o por mar o caminando por la playa hasta las rocas y que esté bajando la marea. Eso sí, es una playa nudista. En invierno con la mar brava rompe sobre el acantilado y crea unas cuevas que sirven para resguardarse del sol cuando ya estás agobiado de calor, porque son muy frescas. Si quieres podemos venir a verla mañana.
- ¡Pedro, Pedro! Qué alegría - una chica se acercaba corriendo en bikini.
- ¿Marisa? ¡Marisa! - Pedro se volvió al oír su nombre escudriñando quien le llamaba - joder, tía, no te hacía aquí ya. Mira, este es Abel, compi del instituto.
- Y no - saltó como una liebre Abel - no soy su novio, que parece que todo quisqui quiere casarme con él. Soy hetero del todo y tengo novia formal.
- Claro, eso decís todos - contestó en tono de chanza Marisa mientras se acercaba y le daba dos besos - bueno, ¿vendréis esta noche al fiestón del chiringo “Azul”?
- Cono no tía. A eso de las doce como siempre ¿no?
- Si, si. Esta noche nos vemos. Te dejo con tu novio - y soltó una sonora risotada - encantada de conocerte Abel - dijo finalmente mientras se alejaba.
- ¿Qué es ese chiringuito?
- Ese sitio, aquí en esta playa ha existido siempre. Era una especie de sombrajo con algo parecido a una barra, suelo terrizo y mesas precarias de tijera, como las mesas. Hasta que cayeron por aquí, Chema y Agustín.
- No me digas más. Son pareja los tales.
- Están casados y desde el primer momento no lo ocultaron, pero han comprendido perfectamente cual es el negocio. Aquí hay mucha juventud y ellos conectaron; no son nada mayores, yo creo que Chema no cumple aún los cuarenta. Invirtieron algo de pasta y le dieron aire. Le llamaron AZUL en contraposición  al rosa que era el color con el que les identificaron enseguida. Y un éxito. Normalmente traen grupos de entorno de gente joven con ganas de trabajar y siempre hay música en directo. Bueno, ya está bien de explicaciones, ¿un bañito?

Pedro salió corriendo hacia la orilla seguido de Abel. Entraron en el agua y se sumergieron, comenzando a jugar con las olas como si se tratase de crías de nutria.

- ¡Vaya! Pedrito, te mueves en el agua con algo mas de gracia que en tierra. Nunca pensé que pudieras desenvolverte con tanta soltura.
- Ya ves Abelito. Prácticamente aprendí a nadar antes que a caminar. Nací un verano de hace casi dieciocho años y mi padre dijo que todos los mamíferos tienen ese instinto y desde casi que llegamos a esta playa me tiró al agua. Mi madre por poco no se muere, me dijo luego, pero según dicen ni me asusté, saqué la cabeza y me mantuve a flote.
- Entonces ya teníais este apartamento hace todo ese tiempo.
- No, no. Venían mis padres ya de novios en tienda de campaña y siguieron viniendo cuando nació Alberto mi hermano mayor y luego yo. El apartamento es de cuando el Panamera.
- Ah, eso. Ese coche es caro.
- Mi abuelo materno, un tipo muy callado e introvertido, murió hace tres años. Mi madre cuando se fue a estudiar, se abrió una cuenta indistinta con su padre y ahí era donde mi abuelo le hacia los ingresos de pasta a mi madre. Acabó su carrera se puso a trabajar, conoció a mi padre, dejó de trabajar y nos tuvo a nosotros y nos crio. Se olvido de esa cuenta. Cuando murió mi abuelo, la llamaron del banco donde tenía su antigua cuenta y le dijeron que ya que había muerto su padre, que pretendía hacer con ella. Ella dijo que iría al día siguiente a cancelarla.
Cuando llegó a la oficina, la llevaron al despacho del director y no se lo explicaba, para cerrar una cuenta abandonada tanto protocolo. Preguntó si es que había algún descubierto y le dijeron que si cerraba la cuenta donde iba a transferir el dinero. Mi abuelo tenía una afición y era jugar en bolsa y de sus juegos lo que ganaba lo metía en la cuenta que tenía con su única hija. Y el saldo era prácticamente de tres millones de euros. Sin herencias, ni donaciones, ni trasmisiones. Tres millones a su disposición. Y de ahí salió el Panamera de mi padre y el apartamento en el sitio al que venían casi desde adolescentes. Mi abuelo era raro. Yo creo que era maricón como yo y sublimaba su deriva triunfando allá donde es tan difícil hacerlo.
- Tío, no te da pena decir que tu abuelo era maricón.
- Te daría pena a ti, pero a mi que estoy orgulloso de serlo, lo que le hago, es un homenaje cada vez que lo pienso. Es que tenéis un cliché de lo que es ser gay. Soy en todo igual a ti con la única diferencia de que a la hora de obtener satisfacción sexual, prefiero tocar polla que meter la mía.
- Pero no es lo mismo, meterla en un coño que el que otra polla se te meta en el culo o la boca.
- Cuando tu te bajas al pilón con María, porque tu le comerás el coño a María, o por lo menos eso dice ella.
- ¿Esas cosas hablas con  mi novia?
- Eso es lo que ella me dice. Lo  mismo que me ha dicho ya, que no haces mas que insistir en metérsela por el culo porque así no tendrás que ponerte condón que te da tanto coraje, porque la tienes muy grande y los rompes. Y al fin y al cabo un culo lo es, tenga por delante un coño o un rabo. Y otra cosa, cuando mordisqueas el coño, que dice que lo haces de lujo, es el mismo trozo de carne, mas o menos grande que todos tenemos al extremo de la verga: el capullo.
- Con esto que me estás diciendo, que va ser lo mismo que yo me folle a María por el culo que te folle a ti.
- Conmigo te aseguro que ibas a encontrar menos dificultad. Gracias a todos los santos, estoy bien dilatado. Con ella, no se yo. Con lo bruto que debes ser queriéndola meter iba a dolerle - Pedro se quedó con media sonrisa mirando fijamente a Abel que con cara de sorpresa no sabía que decir - Te has quedado muy callado ¿estas barajando la posibilidad?
- ¡¿Darte por el culo a ti?! Tu te estás volviendo loco.
- Anda venga, vamos a la casa, nos secamos, cambiamos, cenamos algo y tiramos para el Azul. Te tengo que presentar a unas tías de alucine. Esta noche mojas. Y posiblemente yo también - la cara que puso de perfidia no pudo verla Abel.


- Abel - la voz de Pedro, desde su cama, era estropajosa y como aburrida - ¿sabes que hora es? se nos va a hacer de noche otra vez. Uf, me duele la cabeza como si me la estuvieran aplastando. ¡Joder, Abel, despierta! - Pedro levantó la voz.
- ¡Hostia, tío, déjame dormir! ¿Qué coño le echan a los cubatas, esos dos maricones, matarratas? Me va a estallar la cabeza.
- Es más de la una. Vamos a tirarnos de la cama y a la playa del tirón, a ver si me pasa esta espesura de cabeza. Venga, un poquito de ritmo.
- Me voy a beber el mar. Necesito asaltar el frigo.
- Y yo, es verdad, ¡Joder que sed!

A trompicones se bajaron de la litera los dos, haciendo guiños con los ojos porque los rayos de sol se les clavaban en las meninges. Llegaron a la cocina empujándose por ver quien llegaba antes y en ese momento Pedro se detuvo y apuntando a Abel le señaló con el dedo y empezó a reírse. Iba desnudo.

- ¡O sea! ¿Qué así? Ya está, me has asaltado esta noche, lo malo es que lo habrás hecho con tanta delicadeza que ni me he enterado. La próxima vez se un poco más rudo - y soltó otra carcajada ruidosa.
- ¡Joder, tío, que no! joder, joder, joder, mi calzoncillo - y salió corriendo a la habitación a ponerse el calzoncillo que no tenía idea cuando habría podido quitárselo. ¿Ayer llegamos vestidos, verdad? No me lo explico - regresó a la cocina ya con ropa interior - he tenido que ponerme unos nuevos, los que llevaba ayer, no tengo idea de donde están.
- ¿Has mirado entre mis sabanas? quizá... 
- Déjate de juegos Pedro, en serio. Llegamos vestidos, pedo los dos, pero vestidos, que me estoy poniendo histérico.
- Vale, luego hablamos. Ahora escucha esta nota que ha dejado mi madre:

"Pedro, cariño, esta mañana a las siete han llamado del trabajo a tu padre que ha surgido algo en una obra importante. Se tiene que ir y yo no voy a dejarle solo. Vosotros sois ya mayorcitos y responsables para estar un par de días solos. En mi cómoda hay algo de dinero y la nevera está llena. Pasarlo bien y no hagáis gamberradas."

De manera que estamos solos. Bueno, una birrita para la resaca y a la playa, pero me apetece la nudista, y has sido tu el que me ha dado la idea, con ese cuerpo serrano. Así que venga, toalla, bañador hasta llegar a aquella playa y crema solar. Ya allí te cuento lo que pudo haber pasado. No te creas que yo tengo mucha más idea que tu. Pero hubo un detalle que me puso a cavilar y eso que eran como las cuatro de la madrugada y ya tenía yo mi medio pedo de categoría.

Pedro cogió una cerveza de la nevera y le tiró otra a Abel, que se quejó de su condición de deportista. Pedro no le contestó pero se le quedó mirando con la risa floja que no podía cohibir.

- Venga tío, me vas a venir con la milonga del deporte. ¿Y lo de anoche? tío que te bebías hasta el agua de los floreros persiguiendo a Marisa por toda la playa. Anda, déjate de historias y toma la cerveza que se te quite la resaca cuanto antes para que podamos irnos a la playa.
- Vale, venga, dame - cogió de mala gana la cerveza que le tendía Pedro, la abrió y se la bebió de un trago - eructó sonoramente de inmediato y continuó - ya me encuentro muchísimo mejor. Pero vámonos ya. ¿Nos llevamos algo para comer o volvemos luego a la tarde y ya picamos algo?
- Coge tu toalla y vamos. Paso de ir de excursión, tío, con la vianda, la neverita la sandía y la sombrilla - y se echó a reír de su ocurrencia ante la cara de sorpresa de Abel.

- Ahora mientras vamos caminando, dime que fue eso que te puso a cavilar anoche de madrugada por  algo, supongo que verías que te extrañó.
- Mira Abel, no quiero que te vayas a cabrear. Yo estaba tan perjudicado como tu y a saber que coño vi. Lo que si es seguro que me dije: "Que cosa más extraña, Marisa saliendo corriendo de ahí"
- ¿Y qué?
- Que detrás saliste tu subiéndote los pantalones
- Bueno, Marisa está muy buena y no me extrañaría, porque de eso no me acuerdo, que me la trajinase y cuando tu nos viste salir, hubiéramos acabado. ¿Y de donde exactamente salíamos?
- De detrás de la caseta de la cocina del chiringuito donde el chamizo se recuesta perezoso en la duna y deja un espacio al abrigo de miradas indiscretas. Y no salíais juntos. Primero salió Marisa arreglándose la ropa y dos minutos después tu subiéndote el pantalón. Pero es que eso no es todo lo que vi y ahí tengo que confesarte que cuando lo vi, sentí una honda satisfacción que confirmaba mi sospecha.
- ¿El qué, joder? Dilo ya. ¿Qué sospecha?
- Detrás de vosotros dos salió Chema.
- ¿Qué? ¿Qué Chema, el marido de Agustín? ¿Te has vuelto loco?
- Te he dicho lo que vi. Y me pareció hasta normal. No me acuerdo de más, porque vino Erni y me dijo si me apetecía. Nos fuimos detrás de la duna y lo olvide todo, hasta ahora que se me ha venido a la cabeza. Pero chico, no  le des más vueltas y vamos a la playita a tomar el sol en bolas.
- Pero es que eso no puede ser - echó la mano al culo y se palpó como buscando algo - no me duele, al menos por ahí estoy a salvo, pero es que de todas formas..., imposible, yo con un tío imposible.
- Bueno Abel, Chema tampoco está tan mal - se echó a reír, le lanzó la toalla a Abel y salió por la puerta.

Caminando por la orilla hasta el babor de la playa habría media hora mal contada a un paso normal. Pedro y Abel que iban gastándose bromas y dándose chapuzones de tanto en  tanto mientras reían celebrando la vida y su amistad y se echaban agua el uno al otro en porfía incruenta. Les daba igual llegar o no llegar a la playa textilless. A Pedro porque disfrutaba de la presencia y del contacto ocasional con su amigo Abel y a éste porque de alguna manera ponerse desnudo delante de Pedro y con más gente enderedor le producía cierto rechazo. No estaba seguro de que a la vista de cuerpos femeninos se pusiese palote y eso le gravaba mucho. Por eso a medida que se acercaban a las rocas que marcaban el limite con la playa nudista menudeaban sus baños y sus juegos con Pedro. Pedro por su parte era consciente de que aunque despacio avanzaban hacía lo que a él le parecería el paraíso persa, ver a su amigo en todo su esplendor. Un regalo para la vista y para la memoria, porque ya se imaginaba a solas en su cuarto rememorando las imágenes que no iba a dejar que se diluyesen en el tiempo.
Estaban ya muy cerca de llegar cuando oyeron una voz en la lejanía que pronunciaba sus nombres y se escuchaba cada vez más cerca. Cuando se rindieron a la evidencia y escudriñaron la playa que se extendía tras ellos vieron a alguien que corría hacia ellos gritando su nombre. A medida que la figura se acercaba, Pedro la identificó:
- Marisa, tío. No se si vendrá a echarte la bronca por algo que hiciste anoche o a mi por no acompañarla a su casa. Allá veremos - esperó a que Marisa llegase a su altura - ¡Marisa, joder! que carreras son esas. ¿Qué pasa?
- Nada, coño, deja que me recupere - apoyó las manos en sus rodillas y se echó hacía adelante haciendo acopio de aire para meter en sus pulmones - joder que me iba a ahogar llamándoos. ¡A los amigos se les avisa de vais a tomar el sol en bolas, que siempre es divertido. Y tu Abel, me tendrás que explicar que pasó anoche, tío. Aún no me lo explico. ¿Preferiste a Chema?
- Marisa - empezó vacilante y pálido como un nardo Abel - de verdad, me creas o no. Yo me he enterado de algo entre tu y yo porque Pedro nos vio salir de detrás del chamizo de cocina del chiringuito, tu primero y yo detrás.
- Y Chema detrás, no te ahorres eso - puntualizó Pedro - ¿Chema estaba con vosotros en la duna? ¡Joder que trio mas raro!
- Venga, tirar para adelante - ordenó Marisa - a ver si de una puta vez podemos llegar y le veo yo a este la polla, porque anoche, a mi - dijo remarcando el "a mi" - no me dejaste acercarme con la boca.
- ¿Qué? - Abel empezó a temblar - pero, entonces...
- Vamos a acomodarnos en un sitio bueno - cortó el dialogo Pedro conciliador - y ahora lo aclaramos todo entre los tres, bueno entre ustedes y yo me erijo en árbitro.

Accedieron a la calita encantadora de arena tan blanca como la de la playa de la que venían pero con una originalidad. Estaba salpicada aquí y allá de rocas no tan grandes para abrumar pero lo suficiente como para dar la sombra que se agradece cuando lleva uno alguna hora tomando el sol del mediodía- Esas mismas rocas que se cubrían de agua con las mareas de Santiago, pleamares de índices altísimos y que casi dejaban inutilizada la playa pero que permitían que las algas decorasen la superficie de la roca de un manto verde esmeralda que daban al conjunto un aspecto de tierra ancestral en la que cualquier dinosaurio podía hacer acto de presencia en ese instante. El ambiente era embriagador. Hacía sentirse a uno como si hubiera salido de la civilización y solo existiese como norma de comportamiento lo que a cada uno le apeteciese. La moral en ese ambiente paradisiaco solo existía en la memoria como algo inventado por unos pocos hombres más avispados para poder pastorear al otro conjunto de hombres y tenerlos bien controlados y a merced de su voluntad. Para Abel sentirse envuelto de ese escenario le hizo replantearse muchas cosas que le bullían en su cabeza y no sabía como manejar. Miró  a Marisa y luego a Pedro con unos ojos que no sabía que tenía. Unos metros más allá una pareja se entregaba a demostrarse su amor sobre la toalla, pero Abel no supo determinar si hetero u homo. Saliendo de una de las oquedades que Pedro le dijo salían dos tipos metidos en edad y carnes ceñidos por sus cinturas y besándose. 

- Psst., tu, niño bonito, enséñanos ya tus atributos. Estamos en zona textilness - Marisa con tono festivo obligaba a salir del encantamiento en el que estaba instalado a Abel.
- Venga - insistió Pedro - no nos ves a nosotros. ¿Qué coño, o mejor, que pollas te pasa?

Abel se quedó hipnotizado en la figura de Marisa, con su cintura tan estrecha y sus caderas tan amplias y el triangulo oscuro que presentaba entre la piernas y que ella se acariciaba de forma inconsciente. Pero además pudo fijarse en el sexo evidente de Pedro sin que le asaltase ningún apriorismo. No era feo después de todo el atributo y de un tamaño considerable. ¿Porqué había comprado siempre la idea, mala idea, de que los gays no tenían un sexo como el de cualquiera porque era, dada su incapacidad para ayuntar con mujeres, normal que fuese algo pequeño y despreciable. El sexo de Pedro era agradable a la vista y a él no le incitaba nada a tocarlo, pero era como el suyo, y en excitación cualquiera sabía como de grande se pondría. Ver a dos hombres ya maduros salir tan acaramelados de su escondrijo de amor le estimuló e hizo pensar "a quien hacen daño" y no se reconoció. Estar allí era como haberse visto liberado de una fuerza magnética que le llevaba a pensar algo que no era de su cosecha y sin embargo le resultaba de absoluto sentido común.

- Si, si, claro. Me había quedado flipado con la contemplación de esta maravilla - y entonces dijo algo que le salió de dentro y que en condiciones normales él sabía que nunca habría dicho - y la maravilla de vuestros cuerpos, que desnudos son impresionantes..., bueno, y el mío - y diciéndolo se terminó de desnudar dejando a la vista su masculinidad que en ese momento se contrajo acusando la realidad de que estaba frente a una chica de cuerpo que le intimidaba y el cuerpo de un chico que sabía que le deseaba.
- Pues venga - dijo Pedro haciendo caso omiso al corte mas que evidente que Abel exhibía - todo el mundo a tomar el sol. ¿Quién me da cremita?
- Yo misma. Y de paso que este te vaya contando lo de la trasera del chiringuito de anoche.
- ¿Yo? pero si no me acuerdo de nada. Tenía una borrachera innoble. Haya dicho o hecho  lo que fuera no soy responsable.
- Entonces tendré que contarlo yo - dijo Marisa con suficiencia - si te parece bien Abel, como no te acuerdas de nada y así de paso te enteras de todo, todo.
- ¡Joder, Marisa! ¿tan jodido es?
- Pues verás. Abelito con el tablón que llevaba se me acercó con mucho desparpajo y te aseguro que en esas condiciones, tu amigo no solo es muy simpático, es muy convincente. Tiene unas manos y una boca que parecen tres Abeles en lugar de uno. La verdad me puso cachondísima. 
- ¡Caramba Marisa! - Pedro que se acababa de tumbar boca abajo para que Marisa le diese la crema en la espalda se incorporó sobre sus codos - es la primera vez en años que te escucho decir algo así. No sabía yo...
- Tu eres gay, cariño, contigo nunca he podido ponerme así - hizo una pausa para dar consistencia a su declaración -  Bueno, a lo que iba. Que necesitaba ya algo más que besos y achuchones y me llevé a tu amigo donde yo sabía que podríamos estar tranquilos al abrigo de miradas. Abel a esta edad, no deja de ser un sembrador, el no sabe que lo que quiere es sembrar su semilla. Meterla, correrse ligero y a otra cosa. Lo que el no sabía es que soy virgen. Y no quería que me desvirgase un crío borracho en una noche de verano. Así que me resistí y grité. Chema, estaba en la cocina y me escuchó. Salió a ver que pasaba y nos vio. Y lo que viene a continuación merece una explicación. Y tu, Abel, ¿de verdad que no recuerdas nada de esto? - Abel agachó la cabeza.
- Ahora si. Algo. Me acuerdo que salió alguien de la cocina y me asusté.
- Vamos. La explicación esa - Pedro se había sentado en la toalla mirando a Marisa a su lado, guiñando los ojos por la claridad de la luz.
- Chema y Agustín llegaron aquí hace cuatro años, creo, ¿no es así, Pedro?
- Si. Teníamos los dos catorce años entonces.
- Eso. Pues Chema desde el primer momento me miraba raro, pero como estaba casado con Agustín no le di importancia. Una de las primeras noches del chiringuito abierto, que hicieron una fiesta de bastante éxito, Chema me dijo que si quería ver las instalaciones y me llevó a la cocina. Allí estaba Agustín. Cuando llegamos, me lo presentó y le dijo que se fuese que tenía algo de lo que hablar conmigo. El estaba detrás de mí y me cogía por los hombros. Sentí una dureza extrema que me apretaba desde detrás en el culo y me excité. Agustín salió de la cocina y Chema se me acercó a la oreja y me susurró que me iba a enseñar como la cocina daba a la duna que tan icónica era para la playa. Yo,  para entonces sintiendo el rabo de Chema en el culo, chorreaba muslos abajo y me dejé llevar. Nada más salir de la cocina, sin mas preámbulos, me deje caer el vestido soltándome los tirantes y me quedé con el tanguita.
- ¡Joder, joder! ¿Perdiste la virginidad a los catorce? Estoy alucinando. Y con un gay. ¿Qué clase de gay es ese, que se folla jovencitas? Muy gay, muy gay no me parece a mi.
- Tía - balbuceó Abel - y con catorce. Yo con catorce no pasaba de pajearme y con un remordimiento de la leche porque imaginaba a mi vecina haciéndomelo.
- Venga sigo y acabamos ya con esto. Estaba deseando que me desvirgara allí mismo, deseaba que tuviese el rabo mas gordo de lo que yo lo suponía por el bulto que me oprimía el culo. Pero cuando me estaba quitando el tanga me dijo que no hacía falta...
- Quería que se la mamases nada más - acotó Abel nervioso.
- Que no. Calla y déjame. Me dijo que con apartar el hilito del culo era suficiente porque me la iba a meter por detrás. Le dije que no, que eso no y me dijo que él no quería hijos y metérmela por delante corría el riesgo de preñarme, porque estaba acostumbrado a correrse dentro de Agustín cuando se lo follaba. Le contesté que por el culo eso es imposible y vino la sorpresa. Agustín es FTM, me dijo. no tiene ovarios porque se operó antes de casarse con Chema que no quería niños y es en todo un hombre menos porque tiene coño. Chema es bisexual. Como dice mi padre que es cazador, hace a pelo y a pluma. Me comió el coño y el culo de tal manera que cuando me la clavó lo único que hice fue correrme de gusto. Desde entonces solo follo por el culo. Por eso, Abel, anoche que querías metérmela yo te decía que por el culo y tu terco que por delante. Salió Chema y te explicó que yo tenía un culo maravilloso y añadió "y tu también lo tienes, solo que no lo sabes" y al tiempo que lo decía como estabas sin pantalones empezó a tocarte el culo. No te moviste. Te metía la mano desde detrás y te sobaba los huevos e insinuaba su dedo en tu culo. Se que era así, porque el gemido era clavadito al que yo emití la primera vez que me lo hizo a mi. Te quedaste muy quieto, no se si le echaste mano al paquete porque no lo vi, pero gemías como un gatito. Como estabais tan entretenidos me fui de allí terminando de vestirme.
- Eso es lo que yo vi entonces.
- Claro - dijo Abel muy cortado - al ver que te ibas me quedé un instante quieto aclarándome de lo que estaba sucediendo y cuando me di cuenta que me estaba sobando el ojete, empuje al Chema ese y salí corriendo tras de ti.
- Y Chema salió corriendo detrás y al ver que te ibas optó por volver al chiringuito. Pero entonces Abel - dijo con sorna Pedro - lo de la digitalización del ano, bien, ¿no? porque tu bien empalmado ibas. Que a mi esas cosas no se me pasan por alto.
- ¡Déjate de cachondeo, eh!
- Marisa ¿Cómo cuanto tiempo estaría Chema trabajando la retaguardia de este? 
- ¡Que lo dejes ya, joder!
- Si lo dejo, solo me encantaría saber si te comió el culo además. Dice Marisa que es experto.
- Bueno yo ya me voy - Abel se levantó de la toalla muy cabreado.
- Para, para - Marisa le tomó del brazo - venga no te enfades. Un tío te ha tocado el ojal, y te ha gustado, porque estuvieses borracho o porque eso le gusta a cualquiera y te asusta. Pues que no te asuste. Acéptalo.
- ¡Pero yo no soy maricón!
- Otra vez con las etiquetas Abel - contestó molesto Pedro - que te guste la estimulación del ano no te hace nada, te hace más consciente de cuales son tus potencialidades. Disfruta del nuevo descubrimiento y analízate. ¿Te han dejado de golpe de gustar las tías y ahora solo te apetece ponerte un tutu rosa? ¡Por favor, Abel! te aseguro que ahora, cada vez que te pajees te vas a pasar los dedos por el ojal y eso no te va a hacer menos hombre, ni por supuesto maricón. Y te diré más, antes de un año te metes el dedo por el culo al pajearte, bien lubricadito y te corres antes. Al tiempo. No me lo contarás porque tienes mucho tabú, pero que sepas que yo lo se.

- ¿Sabes que a pesar de todo tienes un cuerpazo? - Marisa tumbada en su toalla al lado de Abel se recostó de forma lateral mirando al chico apoyada en su codo. Le pasó su uña por su pecho y abdomen  llegando a su pubis y regresando hacia el cuello.
- Déjame, Marisa, no estoy de humor.
- ¡Ah! que bien ya te vas haciendo a tu nuevo papel de mariquita y claro, no te gusta que las mujeres te toquen, salvo... - Marisa hizo bajar su mano hasta la entrepierna de Abel y buscarle entre las piernas semiabiertas el pliegue al fondo del cual se encontraba su ano.
- ¡Joder Marisa! que terca eres. Te he dicho que no... - Abel tuvo que interrumpirse porque a pesar de sus recelos su miembro empezó a resucitar - ¡joder, tía Marisa - en su voz había vacilación.
- Vaya, vaya, no andaba yo muy descaminado en lo del ojal de este - Pedro había levantado la cabeza al  detectar en el tono de voz de Abel una afirmación envuelta en una negativa retorica - Va, déjale, Marisa, ¿no ves que el chaval esta hiperventilando? le va a dar un yuyu y todo por no querer admitir que la puerta de servicio ya forma parte de su forma de entender el placer.
- Sigue - le dijo en un murmullo Abel a Marisa y en su clímax, que se acercaba extendió su brazo y sin querer, alcanzó la rodilla de Pedro en la que se quedó apretando, como si buscase un punto de apoyo para no despeñarse en lo que le estaba pareciendo una aberración pero era imposible oponerse a ella.

Para ese momento Marisa ya trabajaba el ano de Abel que de forma refleja separaba las piernas para que se pudiese acceder a su intimidad. La chica ante la erección de Abel, sin abandonar la estimulación anal se inclinó sobre su virilidad y empezó a lamerla con suavidad. A esas alturas, ya Pedro se había incorporado en su toalla y miraba atento sin querer reprimir su propia erección y empezando a manipular su sexo sin quitar la mirada de la zona pudenda de su amigo. Marisa fue lamiendo todas las partes del sexo hasta llegar a las bolsas momento en el que acariciando con su mano libre el pene de Abel fue metiendo la cabeza entre las piernas del muchacho, que ya gemía abiertamente, avanzando hacia el pliegue glúteo y obligándole a separar mas las piernas y elevarlas para exponer el ano. Cuando Marisa alcanzó al fin la profundad del pliegue y dejo que su lengua se insinuase en el esfínter, Abel lanzó un gemido aún mas intenso, La chica aceleró las caricias sobre el pene de Abel y de su glande emergió un geiser blanco que alcanzó a Pedro en el pecho y a su propia barbilla. Marisa, avariciosa, se lanzó sobre el glande de Abel para aprovechar los últimos coletazos de la eyaculación recogiéndolos con la boca.

- No seas rata, Marisa, que somos amigos, compárteme a Abel.
- ¡Por supuesto, cariño!¿Cómo no? - y saltando sobre el cuerpo de Abel que yacía relajado, apoyó el cuerpo sobre su abdomen para alcanzar la boca de Pedro con el que, en un beso húmedo, compartió los fluidos de su amigo.
- ¿Sabes bien Abel, nadie te lo había dicho?
- ¡Joder! que guarros sois los dos. 
- ¿No intercambias tu la saliva con un tía cuando os besáis? Pues el semen es otro fluido más. En tu caso, dulce y de textura agradable. Lástima que no lo vaya a probar más. Creo ¿no?
- Si no es ya por eso. Yo he probado mi lefa y no pasa nada. No probaría la de otro ¡que asco! Pero es que la has besado después de que me haya metido la lengua en el culo. ¡Tío! que tu no se, pero yo cago por ahí.
- ¡Bien! - Pedro empezó a dar palmas - hemos avanzado Marisa, ha admitido que algo se le ha metido por el culo, ¡y le ha gustado! por lo visto.
- Eso no quiere decir nada - Abel intentaba aparentar enfado.
- Eso, querido, lo quiere decir todo - Pedro miraba a Abel con una sonrisa en los ojos que al otro le hizo levantarse empujando a Marisa.
- Ya está bien de playa. Yo me voy ya.
- Vale. Si vas a casa, ya sabes donde está la llave. espérame y de paso haz algo de comer. Nosotros nos quedamos un rato más. Aunque puedes ir al chiringuito de Chema a tomarte un cervezón que va haciendo calor y me esperas allí. A Chema le va a encantar que vayas y comentáis lo de anoche.
- ¡Que malo eres maricón! - Marisa le dio un empujón cariñoso a Pedro - El chiquillo va a tener que asimilar lo que ha sucedido aquí. Es tan inocente que da grima manipularlo. Y él se cree que tiene mundo. ¿Te lo vas a tirar?
- En cuanto pueda, ¡zorrón! - y se echaron a reír los dos viendo como Abel se alejaba hacia la playa textil - voy a ver como le propongo que compartamos piso el curso que viene cuando empecemos en la Uni.

Después de un buen rato en la playa, Marisa y Pedro regresaron para comer. Pedro le dijo a Marisa que ya que estaban solos en la casa que se quedase a almorzar con ellos. A Pedro le daba pena la situación de Abel. Se daba cuenta de la encerrona. En realidad era un inocente que se creía que conocía la vida porque hasta entonces todo le había sonreído y no había tenido que plantearse ningún problema. Todo era fácil para él. Capitán del equipo de basket, guapo, buen cuerpo, éxito con las chicas y estudiante de fortuna. Las cosas eran como eran y solo podían ser de esa manera. De repente se le abre un abanico de sensaciones, deseos y posibilidades que ni siquiera sabía que existían y el mundo, su mundo, se le venía abajo. No debieron haber sido tan crudos. La verdad es que Marisa había salido por peteneras y le había sorprendido incluso a él con su ejecutoria por no hablar de la parejita moderna de la playa. Nunca se habría imaginado lo de Chema, pero lo de Agustín era de Oscar y ya le sorprendía a él mismo así que ni se imaginaba como sería para Abel. Imposible que lo tuviera digerido ni en un año.

- Hemos sido muy bestias con Abel, Marisa. Bueno, sobre todo tu, porque si a mi me has dejado patidifuso a Abel, el pobre tiene que haberle parecido de locura. Yo creo que ni sabía que tenía ano y ahora de pronto se a enterado de que tiene más valor que el de ser puerta de salida. Tiene que estar desorientado. Por eso no estaría mal que vinieses a comer con nosotros.
- Vale. Pero creo que te preocupas demasiado. Es un crío grande pero es capaz de preñar y de correrse sin tocarle mas que el ojete y acariciarle con la uña el capullo. Después del primer flash que ha tenido en unas horas posará los pies en la tierra y recuperará el tiempo perdido. Pero venga, vale, ya se que tu eres muy blando. Te pierde tu corazón que es de mazapán. Venga vamos a tu casa que el niñito tiene que estar ya nervioso porque no llega su mama.
- Eres una hija de puta, pero de verdad. Si no fuera porque te quiero tanto... - y mientras lo decía la atrajo con su brazo hacía él.
- Déjame y ponte el bañador que vamos a llegar a textil. Sinverguenza. Eres un maricón muy sinverguenza - y remató la sentencia con un empujón que dio con Pedro en la arena y una carcajada.
- ¡Abel!, Abel, tío, ya estamos aquí, ¿Qué has hecho de comer? - Pedro soltó una carcajada por su ocurrencia.
- Abel, joder, no te cabrees. ¿Dónde te has metido? Venga, tío, sal de dónde estés - Marisa rogaba más que nada.
- No está Marisa. Mira, ya es mayorcito. Ya se las arreglará y cuando se le pase el mosqueo aparecerá. Nosotros vamos a comer algo, que ya me ruge el estomago.

- ¡Hombre! Has vuelto. Supongo que a terminar la faena de anoche - Chema se sonrió a la par que ponía su mano sobre el brazo de Abel que tenía apoyado en la barra. Abel lo retiró como si la mano de Chema quemara.
- ¡No, hostia! tu te has creído que soy tan maricón como tu, y no. Vengo a que me digas que pasó exactamente anoche. Tenía una tajada que me ha borrado la memoria y Marisa me ha dicho que tu me metiste el dedo por el culo, cabrón.
- Tu. estabas tan salido por follarte a Marisa que cuando te metí la mano en la raja del culo te contoneaste y cuando te sobé los huevos empezaste a gemir como una novicia y me pusiste más al alcance el culo. Te insinué el dedo dentro de ojete y no te espantaste echaste tu mano detrás agarraste la mía  me obligaste a empujar más.
- ¡Eso es mentira!
- ¿También es mentira el quiste que tienes en el huevo derecho casi tan grande  como el huevo?
- ¿Cómo sabes eso?
- ¡Porque te sobé los huevos y la polla, gilipollas! - y diciéndolo le agarró por el polo que llevaba y casi lo levanta de la barra - Entra a la cocina, imbécil, estamos escandalizando - La gente del chiringuito ante los gritos volvía la cabeza y empezaba a murmurar.
- Bueno, tío, ya vale - Abel estaba casi llorando - dime la verdad, aquí que estamos solos. Por favor.
- Por favor y sin favor también. Te he dicho toda la verdad. Y voy a ser duro. Te encantó que te tocará el culo y los huevos. Querías follarte a Marisa pero en cuanto notaste mi mano en el culo se te debió olvidar que la tenías delante porque tras unos minutos en los que solo estábamos allí tu y yo porque no la hacías puto caso ella se acomodó la ropa y salió huyendo. Estabas conmigo, Abel, de verdad. Llegué a ponerte mi rabo en el culo y tu en lugar de huir, reculaste y de `pronto te darías cuenta de lo que pasaba y saliste detrás de Marisa. Y eso fue todo. Créetelo o no te lo creas, pero eso fue lo que pasó. Por eso cuando te he visto en la barra me ha dado alegría, pensaba que venías a rematar.
- Pero te repito que no soy maricón - Abel lo decía casi suplicante, como si fuese una jaculatoria largamente aprendida - no soy maricón.
- Ni yo. Serás, supongo, bisexual, como yo, pero aún no lo sabes.
- Yo no he tocado un rabo en mi vida, ni me gustaría tocarlo. Me gustan las tías. Tengo novia, joder, tengo novia de hace muchos años - no pudo evitar llorar al decir lo último.
- ¿Qué edad tienes, chaval?
- Casi los diecinueve. Y en toda mi vida se me ha ocurrido, nunca, nunca acercarme sexualmente a otro tío. He visto a un compañero de equipo empalmarse cuando estamos desnudos en la ducha y no se me ha pasado por la cabeza pensar que quizá...
- Chaval, me comí el primer rabo a los once y luego en una fiesta de cumpleaños me sorprendí de que una cría de catorce como yo hizo que me empalmara y así me comí mi primer coño. Comprendí que me gustaban las dos cosas. Y así he seguido el resto de mi vida. A veces una polla me desbarata y otras un coño. Y lo que más me pone ya de los nervios es comerle el rabo a un tío que después se folla un coño hasta correrse para finalmente comerme ese coño yo. Y no le hago ascos a que esa misma polla quiera encularme mientras tanto.
- ¡Joder que asco!
- Pues tu bien que me ofreciste el culo anoche a mi polla.
- ¡Estaba borracho! ya te lo he dicho.
- No me..., perdón, no te mientas más. Asúmelo. Te has venido con Pedro, que es gay y no lo niega y sabes, porque lo sabes, que a la mas mínima va a intentar conseguirte. Tienes un cuerpo atlético, eres bien parecido y simpático. Si Pedro no lo ha intentado aún, poco le tiene que faltar. Solo tienes que probar, chaval. No te arrepentirás.
- Y yo te digo, una vez más, que no, joder, que no, que no soy maricón - y gritando salió de la cocina.
- Cuando te decidas, estaré aquí. Me encantará clavártela en el culo - levantó la voz a sus espaldas Chema.

Abel volvía al apartamento de Pedro porque no sabía dónde podría ir. Hubiera querido gritar para olvidar lo que realmente recordaba de la noche pasada. Se negaba a recordar pero como un martillo pilón de una fundición le machacaba a intervalos regulares el recuerdo de su intima determinación a soportar el dolor que fuese cuando Chema quisieran taladrarle el culo. No lo entendía pero si reconocía el deseo que tenía de ser penetrado. "¡Y no lo entiendo, joder!" chillaba mentalmente. Querría arrancarse mas que el recuerdo de lo sucedido, lo deseado en aquel momento; sería el alcohol, se decía y hacía votos por no volver a probarlo, pero enseguida sentía la pujanza de su miembro al evocar, sin querer, aquel trozo duro de lo que fuese que le impactaba en el culo. Él quería desahogarse con Marisa, la deseaba, si. Y también deseaba el calor duro que sentía tras de si. Deseaba las dos cosas pero no quería conscientemente una de ellas, pero venían engarzadas como cuando se coge una cereza y viene enganchada con otra y otra. 

- ¿Qué me ha pasado? - lo gritó en medio de la calle llegando al apartamento.
- ¿Abel? te ha pasado algo, ¿qué? salió Pedro corriendo a la puerta - dónde estabas. Nos habías preocupado, esas voces  te lo he os escuchado desde aquí. Anda ven a comer, está aquí Marisa.
- No. Déjame. Me duele la cabeza, me voy a echar un rato. Ahora cuando se me pase comeré algo. 
- Pero tío, ¿Dónde has estado? creímos Marisa y yo que venías directamente a casa y al no encontrarte..., pues ya ves.
- Tenía que hablar con Chema. Y ahora déjame que me vaya a acostar. Por favor.
- ¿Quieres un Paracetamol, un Ibuprofeno, un vaso de leche caliente?
- ¡Coñas no, por favor! bastante leche he tenido por hoy.
- Tengo que decirte algo - bajó Pedro la voz en tono confidente - me encantó que me agarrases la rodilla mientras te corrías.
- Ya, por favor, ya - y lo dijo coartando un puchero que le subía por la garganta y le ahogaba.
- Perdona Abel, no quería..., como has dicho que venías de hablar con Chema he pensado que recuperando la memoria con lo que ha pasado en la playa fuiste a disculparte o a ver que sentías. Yo que sé tío. Perdona, pero que me sorprendió y encantó que me agarrases la rodilla también. Bueno y que te ha dicho Chema.

Abel, con cara inexpresiva se quedó a dos palmos de Pedro sin responder. Empezaron a resbalarle goterones de sudor por la frente y al principio de forma imperceptible pero luego de forma evidente comenzó a tiritar a la vez que la cara se le contraía y no podía cohibir el llanto. Y de la forma más espontanea se abrazó a Pedro echándole los brazos por el cuello atrayéndole hacia él.

- No se quien soy, amigo, no se quien soy. No se que hacer. ¿Ahora que le digo yo a María? 
- Ahora que le dices ¿de qué?
- ¡De que he estado con un tío! Joder. Chema me lo ha contado todo y lo he recordado de pronto. Si, joder, si. La de veces que me habré cachondeado de ti porque eras gay y ahora resulta que el maricón soy yo. Si, hostia, si, ahora lo recuerdo: intentaba follar con Marisa y ella que no quería si no era por el culo. Le dije que por el culo follan los  maricones "como tu amigo Pedro" y ella empezó a golpearme porque te insultaba llamándome cabrón y esas cosas y a los gritos salió Chema, se acercó y me puso un rabo duro en el culo porque yo me había bajado el pantalón para follar. La sensación de dureza elástica con el calor que trasmitía, supongo que todo magnificado por la borrachera, me hizo sentir bien y eché la mano atrás y le cogí la polla a Chema que ante mi actitud, llevó su mano al ano y empezó a masajearlo. ¡Y me excitó, joder, me puso cachondo! Si lo recuerdo, no me lo puedo negar desee que aquello continuase. Marisa al ver que nosotros empezábamos a liarnos optó, claro, por irse y yo al ver que se iba tomé conciencia de que tenía una polla dura en la mano y un dedo intentando metérseme en el culo y me escapé de allí absolutamente escandalizado. Luego, imagino que los vapores del alcohol y mi rechazo inconsciente hicieron el resto para la amnesia. 
Pedro, de verdad - se separó de su amigo un poco y le enfrentó penetrándole con la mirada - lo estoy contando ahora y no me repugna en absoluto. Es más, esa sensación que tengo grabada a fuego en la memoria de un trozo de carne caliente y dura en la mano solo hace que desee volver a experimentarla. Perdóname, amigo si he sido un cabrón contigo despreciándote por tu orientación. Ahora yo soy como tu.
- ¡Venga ya, Abel! tu te crees que ser gay es como aprobar unas oposiciones de judicatura. No es gay el que quiere. ¿Qué puede que tu hayas descubierto que eres bisexual? Puede ser. Tendrás que confirmarlo con el paso del tiempo y siendo honesto con tus propios sentimientos, pero un grano no hace granero. Además tendrás que confirmar que te gusta tener un rabo duro en la mano estando absolutamente sobrio. Pero eso no se provoca ni se fuerza. Y eres tu el único que va a saber que al ver una polla tiesa quisieras tenerla en tu mano o en tu boca. Si quieres te presto la mía - y con una risotada le empujó lejos de él - vamos, déjate de cama y vente al comedor a tomar algo. ¡Ah! y otra cosa. Ha llamado mi madre, hace un minuto ,que tardarán cuatro o cinco días en venir. Que nos comportemos. Así que ya sabes, compórtate y ven al comedor.





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