UNA LLAMADA NOCTURNA
Rondaban las agujas del reloj las doce de la noche, la hora del duende, la hora a la que se despiertan las más bajas pasiones con la intención de jugar con nuestros más íntimos deseos y frustraciones para después regocijarse de nuestra carnalidad mas culpable.
El teléfono emitió un pitido corto y seco. acababa de entrar un whatsapp. Durante un instante eterno suspendí la actividad a la que estaba entregado, observar con fruición unas imágenes nada inocentes en la tablet. cerré los ojos imaginando que clase de notición, alguien a esas horas era capaz de comunicar; seguramente alguien con la misma falta de objetivo como la que tenía yo que me empujaba a sumergirme en una relato visual torpe y mal realizado.
- Bueno, habrá que ver que es eso tan importante - me dije mientras pausaba el video para no perderme ni un fotograma.
El mensaje era de Juan. Wow, de Juan. ¿Cuántas semanas hace que este cabrón no me dice por ahí te pudras? El corazón se me aceleró y no pude dejar de disfrutar de la punzada que sentí en la entrepierna.
- ¡No! - me dije en voz alta, cómo para convencerme que el mensaje no era más que cualquier emoticono animado que acababa de encontrar, le había hecho mucha gracia y quería compartirlo.
Me quedé mirando el parpadeo del mensaje que me animaba a que lo abriese. Durante un segundo eterno tuve el dedo encima del icono acechándole hasta que no me pude resistir y pulsé.
- Estoy tan caliente que me voy a pajear.
Me imaginé a mi amigo, desnudo, como solía estar en su casa con su enorme miembro en la mano. ¿Pero a esas horas?
- ¿A estas horas estás tu así?
- He estado leyendo aquel relato que me mandaste hace tiempo del abuelo y el nieto en el que acaba enseñándole al nieto el picadero que se ha montado. Y eres un cabrón, me ha puesto a mil.
- Pero un pajote a estas horas. ¿Ya no te levantas a las cinco para ir a trabajar?
- Si, cabrón, si, pero no podría dormir con este palo tieso entre las piernas.
Sabía que lo que iba a proponerle a continuación, iba a traerme algún disgusto, o no, quizá todo fuera distinto. Juan era el típico alfa, que le gusta mandar y ser obedecido. La ultima vez que estuve en su casa, me maltrató los pezones a tal extremo que la sangre me goteaba cuando terminamos. Y no, no es una queja, aquel día el muy hijo de puta me hizo tocar el cielo. A cada bofetada propinada mientras le hacia la felación yo sentía que me corría de gusto y cuando vi las pinzas de dientes que me tenía preparadas para los pezones, temblé de excitación y miedo. Se me ocurrió decirle que por favor, que eso no que me iba arrancar los pezones y del hostiazo que me dio me tiró por los suelos y ahí me puso su rodilla sobre la barriga dejado caer sus ochenta y cinco kilos de músculos para inmovilizarme y poder pinzarme los pezones sin dificultad. Cuando sentí el mordisco de las pinzas dentadas en los pezones, empecé a desbordar semen por la polla. Juan se dio cuenta y me cortó ese placer de un golpe en los huevos que me hizo aullar de dolor, claro, de dolor, pero que me hizo expulsar más semen aún. Me cogió entonces el fuste del miembro y me lo apretó para impedir que siguiese saliendo lefa. Sentí que me rompía de calambres y dolor.
- Preguntó, ¿Cuándo puede correrse mi mariconcito?
- ¡Cuándo mi amo me lo permita! contesté ansioso porque soltase la presa.
- Así me gusta - y acompañó cada una de las tres palabras con una bofetada brusca en las mejillas.
La erección que había decaído con el castigo, regresó con renovada pujanza a instancias de las bofetadas.
- ¿Quieres que vaya un momento a tu casa y me follas?
- Venga, en la puerta misma y te largas, solo quiero correrme y descansar.
Apagué la tablet y nervioso perdido, me quité el pijama. me puse una camiseta ligera y un pantalón corto sin suspensorio. La noche era primaveral, templada sin llegar a calurosa. Cogí las llaves del coche y las de casa y me tiré, prácticamente al garaje a por el coche. A esas horas las calles estaban vacías. Me detuve en un ceda el paso y me despojé de los pantalones. llegué a su casa, en una calle residencial de chalets adosados con una cancela que da a un exiguo jardincillo delantero. Aparqué en la puerta, en esa calle era raro que no hubiese aparcamiento. Salí del coche como iba, con la camiseta y el culo al aire, la calle desierta. Abrí la cancela y entre al pequeño porche delantero. Allí me despojé de la camiseta y del calzado. Quería estar desnudo, desposeído absolutamente de todo, quería que me viese menesteroso, a su merced, quería que comprendiese que era su esclavo más rendido y que estaba dispuesto a pasar por lo que él quisiera.
El portón de la casa estaba entornado, no tuve más que empujarlo. Y ahí estaba Juan, como un coloso, con las piernas ligeramente abiertas, orgulloso de su dotación y con los brazos en jarras.
- Me estaba cansando, ¿Porqué has tardado tanto? Acércate.
Me di la vuelta acercándome de espaldas para que me la metiese y pudiera acostarse, pero en lugar de eso, me giró y enfrentó. Me dio una bofetada casi cariñosa por la tardanza me dijo y me obligó a arrodillarme delante de él.
Me sorprendió su actitud, pues yo pensaba que iban a ser segundos, el tiempo que clavarla, correrse y marcharme, pero no.
- Métetela en la boca.
Habrá cambiado de opinión y ahora querrá que se la mame en lugar de follarme, pensé, pero me resultaba extraño, además la tenía muy floja cuando lo natural en él es que fuese una barra de mármol caliente. Empecé con el vaivén propio de una mamada pero me sujetó la cabeza.
- No te muevas más, joder y espera.
Yo no entendía nada de lo que estaba sucediendo hasta que de pronto se me iluminó la mente, justo cuando empecé a notar un liquido, que no sabía a semen; demasiado bien conocía yo su sabor. El liquido caliente era algo salado y amargo. Estaba orinándose en mi boca.
- Pierde una sola gota, maricón, y vuelves a verme el pelo en tu puta vida.
En un instante pensé que vomitaría si intentaba tragarme esa orina.
En otras ocasiones que había estado en su casa, me había cogido de la mano, estando ya refocilándonos los dos en la cama, me había obligado a levantarme de la cama me había llevado a la ducha y allí me había meado encima ordenándome que abriera la boca. Ésta se me llenaba de su orina y luego sin tragarla me desbordaba hasta vaciarla y que se volviese a llenar. En otra ocasión lo que hacía era penetrarme en la ducha, orinarme dentro del cuerpo, como si me pusiese un enema de su orina y me limpiaba el intestino para después follarme sin peligro de mancharse. Pero de ahí a tragar había un océano de incertidumbre.
Tragué el primer sorbo y no sentí nausea. Me sorprendió porque además noté que mi sexo respondía positivamente. Seguí recibiendo el liquido caliente y tragándolo sin problemas. Me sentí pleno. Estaba tragando la orina de Juan, del que lo quería todo y ¡me gustaba!
Me pareció que terminó de orinar pronto y eché de menos una meada más larga. cuando acabo me ayudo a levantarme.
- Has sido una putita muy obediente. Te mereces un buen polvo.
- Juan, he salido de casa tan deprisa que no me he limpiado de mierda. Es que no quiero mancharte.
- No te preocupes, cariño, si eso sucede tiene solución, como todo en esta vida.
Como ya dije antes el problema de Juan, es que es un conejo. Cuando te la mete no pasas ni diez segundos y ya se ha corrido. Con él no se disfruta del ano con bombeo continuado a cargo de un dildo de carne duro y elástico.
En esta ocasión, el que me ordenase tragar su orina y le obedeciese sin rechistar debió excitarle tanto, que no tuvo más que meterla como hacía habitualmente de un solo golpe fuerte de caderas y hundiéndola en el cuerpo, doliese o no doliese. De hecho le excitaba que doliera. A mi hacía tiempo que los dildos de seis centímetros de diámetro entraban por mi ano sin dificultad de manera que su aparato por muy violenta que fuera la penetración lo único que proporcionaba era placer de saber que me estaban follando.
Fue sentirla dentro y se me abrazó como solía mientras temblaba de forma muy sutil señal de que me estaba preñando. estuvo así unos segundos y se salió de mí.
- ¿Te he manchado?
- ¿Manchado? Tengo la polla llena de mierda y además, mira, ha caído mierda al suelo. Venga, limpia el sable con la boca, ¡guarra!
Efectivamente, tenía el miembro envuelto en mi mierda. Yo desde posición de rodillas le miraba implorando compasión. Tenía el cuarto de baño al lado, no tenia más que entrar y yo mismo se la lavaría con agua y gel. Pero no.
- ¡Con la boca guarra!
Me tenía sujeto por los hombros y no me dejaba levantarme. Su miembro a escasos centímetros de mi cara, y no me lo pensé más "soy su puta, su esclavo y él es mi amo y mi única función es obedecerle", abrí la boca y le abrace con ella su pene lleno de mi mierda. Me pasó como con la orina, "voy a vomitar", pero no. El sabor era amargo como el de la orina pero un punto dulzón, nada salado. Se podía tragar. Chupé y chupé hasta dejarle su picha sin rastro de mierda. Cuando me la saqué de la boca y la miró, me sonrió de forma sarcástica.
- Buena puta guarra, estás hecha. Y además, te ha gustado. Pues entonces tienes faena, mira el suelo. Con la lengua, que yo te vea, y que no quede ni rastro.
La verdad es que me sentí feliz. Iba a lamer la mierda del suelo porque me lo ordenaba mi amo y eso me satisfacía más que el hecho de tener que comerme mi mierda. Ya sin el tabú ancestral contra la mierda por haberlo deshecho chupándole y limpiándole el sable me agaché como lo haría un perro, encontraba placer en sentirme perro ante la presencia de Juan, y rebañé las heces, ya frías, del suelo hasta dejarlo limpio. Cuando acabé y me puse de pie me tiró la camiseta que llevaba en la mano cuando entre y me echó.
- Venga, guarra, márchate ya, largo de aquí. Cuando te llame, vienes y si te echo, te largas.
- Espera que me limpie el culo.
- He dicho que te largues. Seguro que te encanta saberte lleno de mierda, con lo que te gusta. Ahí fuera con tus manitas te limpias y luego te las chupas. Y sigues disfrutando.
Me empujó suavemente a la puerta, me hizo salir a su porchecito y dio un portazo. Fuera estaban las zapatillas que dejé allí, me puse la camiseta y salí a la noche. Entré al coche, me puse el pantalón que manché de la mierda que no me había dejado limpiarme. Con toallitas húmedas me quité todo lo que pude para no manchar el asiento del coche y dejé el pantalón enmerdado en la acera. La calle débilmente alumbrada de forma mortecina fue la testigo de mi esclavitud. Allí sentado en la acera fría y solitaria, me masturbé cerrando los ojos y visualizando el trato humillante al que me había sometido. Me corrí en el momento que imaginé que Juan me daba una paliza por haberle manchado. Lo temía, era verdad, pero habría sido un magnifico desenlace a esa llamada nocturna.
12.4.26
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