domingo, 24 de septiembre de 2023

EL CONFESIONARIO (VI)

 
- ¡Con tu padre, con tu abuelo y para rematar con tu madre! Vaya familia Pedro. Tienes que estar abrumado. Lo de tu madre, tiene un pase, porque me voy a creer que no eras consciente que la confesión es una cosa muy seria y no creo que te atrevieras a mentir. Pero tu padre y tu abuelo y en presencia de extraños, sumas al incesto el exhibicionismo. Mucha penitencia vas a tener que hacer. Pero recapitulemos - el cura Felipe dentro del confesionario no podía contener su tremenda erección y la saliva le desbordaba las comisuras. Se desabrochó la sotana y dejó salir su capullo - con tu padre y ese amigo suyo, ¿cuántas veces y que es lo que hicieron. Hubo derramamiento en vaso impropio?
- Eso del vaso, Don Felipe, no lo entiendo. No se derramó nada mientras lo hacíamos.
- Entiende Pedro, que en moral no se debe, ni se pueden emplear palabras soeces muchas de las cuales además son pecaminosas. Pero para que lo entiendas la vagina es un vaso, un recipiente propio el que es adecuado para recoger la semilla. Ya te puedes imaginar cuales son los recipientes impropios.
- Ah, ya. El culo o la boca, eso - vaciló un poco al seguir y asimismo sintió una tirantez gustosa en su entrepierna al sentir como su abuelo primero y su asistente después utilizaban su vaso impropio para correrse - si, en el culo y la boca, si, eso fue así.
- Y entonces - al cura le temblaba la voz, sabía que en ese momento no había nadie más que él y Pedro en el templo y su pene pugnaba por salirse completo de la sotana - disfrutaste con la penetración anal y la felación. ¿No te dolió la violación del ano, que te sodomizasen, tu abuelo, tu padre... - y no pudo continuar hablando, se sacó su verga dura como un bastón de olivo y empezó a masturbarse - te gustó?
- Yo ya estaba preparado. En el convento, durante las largas sesiones de meditación me aburría mucho y me metía una especie de dildo que me agencié y estaba bien dilatado.
- Entonces el miembro de tu abuelo y su asistente, ¿Como eran de gruesos? - Felipe estaba a punto de reventar.
- No sabría decirle, han sido los primeros que he visto - y en ese momento Pedro escuchó como el cura se levantaba de su sitial e inmediatamente se descorría la cortina de donde él se encontraba y aparecía el buen cura con la sotana abierta y su miembro tieso.
- ¿Como ésta o más gorda? Estoy a punto de estallar, con la boca chico, hazmelo con la boca. Venga chaval - y con sus manos dirigía la cabeza de Pedro a su regazo - Pedro vio una verga muy blanca con un capullo escarlata y brillante y no pudo reprimirse. Si a su padre le gustó tanto como se lo hizo una a lucirse con el cura, le haría una mamada de medalla. En menos de cinco segundos el cura estalló en su boca. Mucho más abundante que su padre. El cura le mantenía la cabeza apretada contra su verga que eyaculando y llegando tan dentro le provocaba náuseas. Sin poder reprimirse empezó a vomitar. Le salía por la nariz y desbordaba la boca por las comisuras. Pedro asfixiándose con su propio vómito empujó con todas sus fuerzas a Don Felipe y a renglón seguido un caño de vómito le impactó en la sotana.
- ¡Joder, niñato! mira lo que has hecho.
Pedro pugnaba por achicar vómito de sus vías respiratorias tosiendo de forma convulsa y acopiar todo el aire posible para poder respirar. Tras unos segundos de angustia por fin pudo tomar aire profundamente e ir espaciando las toses completamente agotado.
- ¿Te ha gustado la mamada, cabronazo? Por poco no me matas. Ya te estabas corriendo, joder, ¿que más querías?
- Que te lo tragases todo, pero si, perdona, he sido muy máster inasequible y quería verte como esclavo entregado. Vamos, sube a mi casa, tu también te has puesto perdido de vómito. Te lavas y adecentas. Así no puedes ir a tu casa.
- Tengo que ir a comer a casa de mi abuelo, se lo prometí.
- A follar otra vez ¿no? O con ese, como era, Rogelio. ¿Buen rabo? Bueno otra vez no. Tu no te has corrido. Masturbate delante de mi, ahí dentro del confesionario, donde me siento yo, que yo te vea gozar.
Pedro se excitó solo de pensar hacerlo y su pene pasó en un instante de grande fláccido a enorme diamante de duro.
- ¿Te ha gustado la idea, eh niño? Vamos, desnúdate y siéntate ahí dentro y déjamelo todo manchado de ti - la verga del cura volvió a tomar dureza - y mientras te corres yo te meo encima. Te va a gustar.
Pedro se levantó de un respingo.
- Te meas tu si quieres, a mi no me meas tu encima, guarro, cerdo.
- Ahora te parece una guarrada, niño, pero cuando estés a punto de lefar y sientas el chorro salado y caliente en tu cara abrirás la boca y lo querrás todo. Nunca habrás sentido un placer tan intenso. Pruébalo, maricón y hazme caso. Te va a enganchar - le dió un empujoncito a Pedro que se sentó en el sitial del cura - desnúdate ahora, que yo te vea cómo lo haces.
- Pero, ¿me vas a mear de verdad? - la voz le temblaba de excitación esperando con asco y deseo que sucediese lo que el cura le anunciaba.
- En cuanto te desnudes y te destroce esos pequeños pezones que tienes a pellizcos. Me vas a rogar que te mee cada vez que me veas.
- Y el chorro ¿Va a entrar en la boca? - cada vez más excitado y ya desnudo del todo empezó a masturbarse y en ese momento el cura empezó a mearle la cara. Sentía que el semen le ascendía entre espasmos de placer por su polla y sin saber porqué abrió la boca. El líquido caliente, amargo y salado le entró y en ese momento eyaculó a mucha altura un chorro nacarado y otro y otro, hasta siete chorros tatuando las paredes del confesionario. El chorro de orina que se iba agotando impactaba ahora en su pecho y Pedro no intentaba evitarlo. Estaba chorreando de orina del cura y en ese momento empezó a orinar él mojándose aún más.
- Anda, viciosillo. Has aprendido pronto placeres que se empiezan a degustar con más edad. Vas a ser una buena pieza. Ponte algo por encima - le dijo mientras se abrochaba la sotana - y vamos a subir a ducharnos.

- Pasa chico, tu abuelo te está esperando - tal como entraba Rogelio le daba una palmada en el culo prieto de Pedro luego le retuvo por el cuello y le metió la lengua en la boca hasta donde pudo - pasa - dijo susurrando - le tienes cachondo perdido.
- Hola abuelo - hizo intención de besar en la mejilla al abuelo pero volvió la cabeza y se encontró con su boca. Sintió su saliva en los labios y abrió la boca para dejarle entrar.
- Ya te has confesado con el degenerado ese, ¿no?
- Degenerado ¿porqué? - Pedro quiso meter los dedos.
- No me digas que no ha derivado la confesión por el sexto y detalles del mismo. Y me extrañaría que no hubiese llegado a más. Rogelio, por favor, vamos a comer ya.
- A más ¿como qué? - Pedro disfrutaba con esa conversación de aspecto inocente y poco a poco notaba su miembro recuperar alegría y empezar a destilar humedad.
- Joder, hijo, ¿que va a ser? A ese cura le gustan los críos como tú y me extrañaría que no te hubiera trasteado ya.
- Está bien abuelo, solo decirte por ahora que me duché en la casa parroquial - puso cara sonriente de suficiencia y brillantez del que tiene mundo a sus espaldas.
- Ya está. Lo ha hecho. ¿Y te ha gustado que te meara?
- Me ha puesto guarrisima abuelo - y se acomodó ya su verga porque volvía a tenerla a tope.
- Su nieto es un puto vicioso, Alex. A lo mejor podíamos ...
- Espera Rogelio, que nos cuente bien como fue. A ver Pedro. Empieza, desde el principio. Todo.

domingo, 17 de septiembre de 2023

EL CONFESIONARIO (V)

 
Mientras el metro traqueteaba camino de la estación en la que Pedro se apearía, iba meditando en lo sucedido. Algo muy dentro le decía que no estaba bien y a la vez sentía como rememorandolo se empalmaba.
En un momento lo decidió. Iría a ver a Don Felipe a San Dionisio. Con esa firme decisión dejó la mente en blanco y se dejó llevar hasta la estación que le dejaría cerca de su casa.
- Hola mamá.
- De dónde vienes tan sofocado, Pedro. ¿Te ha pasado algo?
- De casa de tu ex, mi padre. Por cierto, tiene pareja nueva.
- Me importa un bledo, tu padre y el amante de tu padre.
- Ya, ya, me imagino. Algún día me diréis alguno de los dos como fue la cosa. Yo era muy pequeño ¿no?
- Si, lo eras, y no es el momento de abrir ese melón. Por cierto, mi padre, tu abuelo, está maluquillo. Dice que hace mucho que no le vas a ver. Que ya que estás aquí aproveches. Está muy solo hijo, y yo con el trabajo de las casas nunca encuentro tiempo.
- Venga, vale. Me voy a duchar.
- Venga, vale, ¿que te deje en paz o que vas a ir?
- Que si. Mañana iré. Si no me llaman de la casa madre. Y me voy a duchar, repito.
Mientras se desnudaba pensó en que como la casa de su abuelo no estaba muy lejos de San Dionisio, iría a ver a su abuelo y luego a ver al cura. El incesto con su padre le atormentaba pero al verse desnudo quiso ver en el estado que Ayantes le había dejado el ojal y al mirarselo con un espejo se empalmó de una forma explosiva. Cerró los ojos e imaginó que su madre le hacía una mamada y entonces se le ocurrió.
- Mamá - avanzaba con una toalla de lavabo tapándole a duras penas su empalme, camino de la salita donde su madre leía - no encuentro mi champú - plantándose con todo el descaro haciendo gala de su atributo, delante de su madre.
Paloma levantó la vista del libro y le dió un vuelco el alma entera.
- ¿No te da vergüenza presentarte así delante de mi?
No imaginaba Pedro esa respuesta y perdió su tamaño de apariencia rápidamente. Se dio media vuelta mientras mascullaba.
- Otras cosas tendrían que darte vergüenza a ti.
- ¿Que es lo que has dicho? - gritó irritada Paloma.
- Que tendrías tu que verte sin champú - respondió Pedro sin detenerse.
Todo el día estuvieron tirantes madre e hijo.
- Bueno, y que te ha dicho tu padre - preguntó Paloma durante la cena.
- Que con el que está ahora es muy feliz. Y la verdad es que el hombre tiene un carácter fuerte pero muy agradable - imaginando a Ayantes arremetiendo contra su culo.
- Y nada más?
- Nada más. No tiene mucha historia - recordaba como el lefazo de su padre le estallaba en la garganta - Me voy a la cama ya. Quiero ir a desayunar con el abuelo y luego ir a ver al cura ese, Don Felipe.
- Si, anda, que buena falta te hace confesarte.
- ¿La que te hacía a tí?
- Si - respondió destemplada - yo tengo mis pecados, no te creas que como soy tu madre, soy una santa.
- Ni por un minuto se me pasó por la cabeza que lo fueras. Hasta mañana.
Pedro estuvo sobre la cama medio destapado y desnudo haciéndose el dormido. El corazón le latía a mil esperando que de un momento a otro su madre entrase al dormitorio a arropar le y cayese una vez más en la tentación. Con los ojos cerrados no puso evitar ver en su imaginación como su madre en esta ocasión no le felaba sino que se ahorcajaba sobre el y le provocaba el orgasmo con su culo. Temería que la preñase, se explicó a él mismo dentro de su ensoñación. Y en ese momento sintió que su madre entraba, como le arropaba gimiendo de pena o de deseo y salía. Lejos de desilusionarse sintió la pulsión de la lujuria y volvió a revivir el sabor soso dulzón del semen que le dió la vida en la garganta mientras Ayantes le inundaba con el suyo. En media docena de golpes volvió a eyacular ese día por enésima vez. Luego se durmió profundamente.
Se levantó temprano, con pereza se duchó y sin ver a su madre se despidió con "voy a desayunar con abuelo" y no llegó a escuchar como su madre le respondía, la puerta se cerró tras él.
El padre de su madre se había quedado viudo hacia muchos años, antes de que él naviera. Por lo que habia podido oír de aquí y allá sospechaba que se había suicidado con somníferos. En una ocasión escuchó a su padre a los nueve años un "hacía años que ni la tocaba" pero a esa edad no entendió a que se refería con tocar. Ya adolescente y escuchando una catequesis el cura dijo "no tocarás mujer" y todo se aclaró en su conciencia.
Él se llamaba Pedro por este abuelo, pero todos le conocían como Alex, su segundo nombre.
- Hola abuelo Ale.
El abuelo estaba con su pijama sentado a la mesa del comedor esperando que su cuidador le pusiese el desayuno.
Rogelio, un hombre de mediana edad un poco entradito en carnes, pero fuerte, miró a Pedro de arriba a abajo de tal manera que Pedro se ruborizó.
- Tu eres su nieto. Habla mucho de tí. ¿Vas a desayunar con él?
- Si, si. He venido para eso.
- Unas tostadas y café, supongo, como él.
- Si, gracias - se obligó a mirarle a los ojos abiertamente. No se explicaba que le soliviantaba de su mirada.
Rogelio le sostuvo la mirada, hizo sonreír con una rara habilidad sus ojos y le guiñó un ojo, lo que tuvo como consecuencia que Pedro apartase la vista y de forma simultánea se le hincharse el pene con rapidez. No se dió cuenta que su abuelo seguía aquel roneo subterráneo con deleite.
- ¿Que te ha pasado, hijo? te he visto incómodo.
- No, no, abuelo - y de forma inconsciente se acomodó su bulto en la bragueta.
- A mi también me provoca erecciones. No te preocupes. Es esa forma que tiene Rogelio de mirarte y hacer sonreír sus ojos.
Pedro sintió que se había expuesto demasiado y quiso cambiar la conversación.
- Me ha dicho mamá que no te encontrabas muy bien.
En ese momento entro de la cocina al comedor el cuidador. Se colocó detrás de Pedro le tomó de los hombros y preguntó a Alex.
- Me voy ya. Tengo que ir a otras casas. Vendré para la comida.
Y mientras lo decía Pedro sintió en su espalda la impronta de lo que no podía ser otra cosa que la verga de Rogelio, dura, gruesa y pujante.
- De acuerdo. Hasta mediodía.
Rogelio presionó con sus manazas los hombros de chico y aumentó la presión sobre su espalda.
- Pues nada. Ya me voy. Tú, Pedrito, ¿vas a quedarte a comer también?
- No, no creo - notaba arder las mejillas pero tenía la cara fría.
- Venga, si, hijo quédate. Rogelio guisa muy bien y así me alegras el día de hoy. Ahora llamo yo a tu madre y se lo digo. Si - continuó Alex dirigiéndose a Rogelio - está hecho, comerá aquí conmigo, es un buen chico - se levantó Alex, no sin dificultades, y se acercó a su nieto a darle un beso.
En ese momento de forma refleja Pedro giró la cabeza para corresponder al beso de su abuelo y los labios de los dos entrechocaron. Pedro sintió en sus labios la humedad de la saliva del abuelo y el cuerpo entero se le estremeció. Deseó sacar la lengua y metérsela en la boca a Alex, pero se contuvo.
- Uy, hijo. Estas cosas pasan, toma límpiate - le ofreció su servilleta.
- No importa abuelo, tengo la mía.
- Lo dicho - Rogelio se retiró de la espalda del chico y liberó su presa de los hombros - hasta el mediodía.
- Abuelo, vale, vengo a comer, pero ahora después tengo que ir a ver un cura. Con el que ayer se confesó mamá. Tengo algunas cuestiones que consultarle. Es aquí cerca, en San Dionisio.
- Ah, ya. Don Felipe, seguro.
- ¿Le conoces?
- Mejor de lo que te pudieras imaginar. Desde hace años, cuando tenía buena movilidad. Solo que yo solía visitarle en su casa, que está en el edificio anexo al templo. Una buena pieza. Si te lleva a su casa..., mejor me callo.
- Por cierto abuelo, Rogelio me ha puesto un rabo antes, cuando me ha cogido por los hombros.
El abuelo se limitó a sonreír entornando los ojos como solía.
- Rogelio tiene determinadas peculiaridades. Alguna de ellas compartida con tu padre. No sé si tu madre te contó alguna vez la razón de su separación. Pues bien, esa razón es la misma por la que Rogelio piensas que te ha puesto un rabo.
- Mi madre nunca me ha contado nada de eso. Se lo que sin querer he escuchado de su confesión.
- Y, ¿que has escuchado? chico.
- Me da vergüenza decirlo, abuelo.
- ¿Tan grave es?
- Mi madre me chupaba el rabo cuando era muy pequeño e incluso me usó junto a su amiga Elena en sus manejos lúbricos. Además - se detuvo en el relato meditando si lo decía, lo ocultaba o lo contaba dulcificandolo.
- Además, ¿qué? Has empezado Pedro, tienes que terminar. Estás cosas a mí me ponen - Alex se removió en la silla acomodándose sus atributos - me ponen burro. Sigue.
- La noche que llegué a casa del noviciado, estando dormido, me enteré también por la confesión, mi madre entró en mi dormitorio, me hizo una felación y se lo tragó todo.
- No sabía nada. Es realmente degenerado..., y excitante. Me ha provocado una erección como hacía tiempo.. 
- Y a mi contártelo, abuelo.
- A ver, Pedrito, enséñame esa colita.
- Abuelo, joder.
- Venga Pedro. Tú me la enseñas y yo te la enseño a ti. La tengo muy gorda y a lo mejor se parece a la tuya.
Pedro, con la respiración acelerada se puso en pie y empezó a desabrochar el pantalón. Se lo abrió y dejó ver un bulto notable en su calzoncillo.
- Ven, acércate, no seas tímido. Soy tu abuelo, estamos en familia. Nada malo puede pasar - mientras lo decía se pellizcaba sin pudor sus pezones.
- ¿Porque haces eso?
- El qué, ¿lo de los pezones? Es muy placentero - y mientras decía esto se levantaba la camiseta dejando ver unos pezones gruesos atravesados cada uno por un anillo de acero - y añade placer al placer de ver cómo tienes el rabo. Acércate.
- Vale - empujó con las piernas la silla y se acercó cada vez más excitado a su abuelo. De pronto sintió la necesidad de ver la verga del abuelo. Se colocó al alcance de las manos de Alex mientras los pantalones caían por efecto de los pasos que había dado.
- Bonito bulto. ¿Puedo? - y tal como lo decía metía unos ágiles dedos por el elástico del slip de su nieto y dejaba que saliera como impulsado por un resorte el pene del chico - te destila bastante líquido. Estás excitado - sin más preámbulo acercó su boca y se la metió toda en la boca. Luego de un rato de juguetear con ella en la boca la sacó - ¿Quieres ver la mía?
- Si. Me apetece chupartela.
Soy tu abuelo - iba diciendo mientras se desabrochaba el pantalón y con un rápido gesto se lo sacaba junto a la ropa interior hasta dejarlo caer a su tobillos. Hizo fuerza para separar la silla de la mesa y una enorme verga con un capullo a punto de estallar apuntó al techo - esto es incesto, tu lo sabes.
- También lo fue cuando mi madre me la mamaba siendo un crío y anteanoche cuando me corrió y se tragó el lefazo - y diciendo esto se arrodilló delante del abuelo y se la metió en la boca. Se atragantó pero no se retiró.
- Lo haces muy bien. ¿Es tu primera vez?
- Si abuelo, la primera, y me alegro que sea contigo 
- Pues traga mi pequeño mariconcito. La mamás mejor que Rogelio. Tragatela bien dentro. Ahora te voy a follar el culo, seguro que te vuelve loco que te parece. ¿Te la han clavado ya?
- Ninguna polla, solo un consolador. Creo que estoy abierto, aunque tu polla asusta un poco.
- Pues entonces quítate los pantalones y cabalgarme el rabo. Te la voy a meter entera mi niño.
En ese momento la voz de Rogelio les sorprendió a los dos. Se cerraba la puerta mientras se acercaba al comedor.
- Con la charla se me olvidaron las llaves del coche.
Al entrar en la sala y ver a Pedro a horcajadas sobre su abuelo no dijo nada, se limitó a desabrocharse el pantalón mientras Pedro cabalgaba sobre su abuelo.


viernes, 1 de septiembre de 2023

EL CONFESIONARIO (IV)

 

- Papá, soy Pedro.
- Quién se ha querido morir. No es ni tu santo ni tú cumple. ¿Cuanto me va a costar?
- No papá, de verdad, esto va en serio. Tengo que hablar contigo.
- Pero no estabas tú en un convento o algo, de esos sitios donde las pajas os las hacéis a destajo y os dais después golpes pecho.
- Mariano, papá joder. Déjate de coñas que voy en serio. Necesito hablar.
- Vale. Vente a casa. Vivo donde siempre, ya sabes.
- ¿Con tu amigo de siempre?
- Ese se largó. Ahora tengo otro. Muy simpático.
- Hasta ahora. El tiempo del metro.

Siempre había sabido, bueno, siempre, desde que con diez años vio a un hombre que le guiñó un ojo y sonreía en un centro comercial y se acercó y su madre le cerró el paso. "No puedes seguir impidiéndome verle, es mi hijo" Mi madre le dijo no sé qué de una sentencia judicial que impedía que me viese. Y así me enteré de quién era mi padre, que mi madre siempre me dijo que nos abandonó, y siempre acotaba con rabia entre dientes "pedazo de maricón"
Mi padre iba con otro hombre que seguía los acontecimientos a distancia. Le pregunté que quien era a mi madre y me contestó que mejor no lo supiera. Me quedé con la intriga y me olvidé de ello hasta que con quince años, fui al cine y un hombre que se sentó a mi lado me trasteó. Cuando llegamos a los servicios y le vi bien los rasgos, reconocí a aquel hombre que se mantuvo a distancia cuando conocí a mi padre. Até cabos. Ya estaba claro aquello de pedazo de maricón. Por lo menos, pensó, no tendré que pasar la vergüenza de ver al ligue de aquel cine, aunque tuviera que agradecerle el desvirgue (joder como dolía, pero inexplicablemente, que dolor tan rico) que le permitía disfrutar de la retaguardia.
- Soy yo, papá.
- Sube.
- No está..., tú roommate? - dijo nada más abrirle la puerta su padre.
- No, no. Es, digamos, un poco vigorexico y está en el gimnasio. Se llama Ayante.
- Y ese nombre...
- Su padre era experto en Homero. Ayante es un héroe. ¿Que más da, joder, Pedro? Venga pasa y siéntate. ¿Quieres tomar algo?
- Lo que tomes tú está bien.
- Cerveza, entonces. Espera, no eres un poco...
- ¿Pequeño? Papá prácticamente tengo diecisiete y además de lo que vengo a hablar no tiene nada de infantil.
Mariano marchó a la cocina y volvió con un retráctil de seis latas de cerveza.
- ¿Siempre estás así en casa? - Pedro señalaba la indumentaria del padre consistente en un suspensorio de elástico ancho - porque ya se te va marcando la edad en el culo. Un boxer te disimularía esas arruguitas que te hace el culo junto a los muslos.
- Ya. Eres observador. Pero me deja el ojal practicable en todo momento - y diciendo esto sacó de entre los cojines del sofá un dildo de buen tamaño.
Le ofreció una lata a su hijo y él se abrió otra. Y en ese momento se escuchó la puerta cerrarse y un "Estoy en casa, guarra, vete preparando"
Al entrar a la habitación y ver qué Mariano no estaba solo se cortó durante un instante hasta que recuperó la compostura.
- Ah, perra, ya veo que te has buscado un aperitivo, infanticida. ¡Es un crío, joder!
- Ayante - señaló a su hijo con la mano extendida - te presento a mi hijo Pedro. Pedro, esta montaña de músculos es Ayante.
- Ah, perdón, chico, tienes un polvo, que lo sepas. Pero es que tu padre es una perra salida como no te puedes imaginar y en cuanto me descuido me mete en la cama a cada modelazo. No te importará que me quedé. Me doy un duchazo y ya estoy aquí. Tenemos muchas cosas de las que hablar..., bueno, a lo mejor, no todo tiene porqué ser hablar.
Ayante salió camino de la ducha silbando exultante por ver a Pedro en su casa.
- Ahora, no voy a poder tratar lo que quería contigo, Papá - Pedro estaba contrariado soltó la lata en la mesa y se levantó - me voy. Quizá otro día.
- De eso nada. Te quedas conmigo. Ayante lo sabe todo en lo que respecta a nosotros. Tiene pinta de frívolo pero verás que en serio tiene mucho que aprovechar. Bueno, empieza.
Pedro empezó a contar la razón por la que no estaba en el convento y se disponía a entrar al meollo del tema con incestuoso de su madre cuando entró secándose el pelo Ayante completamente desnudo haciendo gala de medidas dignas de un mármol de Fidias.
- Espera, espera, niño. ¿Que en medio de vuestros rezos y cánticos te la pelabas con un consolador ocasional? - y dirigiéndose a Mariano le sentenció - este niño es un degenerado, tu hijo es una joya. Con dieciséis añitos y el ojal preparado.
- Venga Ayantes - le cortó Mariano - no se trata de eso, es incidental, el muchacho venía por algo más gordo.
- ¿Más gordo? Pues de aquí no me voy. ¿Que hacías reina, te follabas al cura mientras hacía misa o tenías un glory hole en el confesionario? Cariño, Pedro es ¿No? Enséñale a tu tío Ayantes ese culito. Me muero por ver ese pedazo de túnel que tienes que tener. Porque soy tu tío, tu padre es mi hermana.
- Ayantes, de verdad, deja al chico en paz.
- Si no me importa enseñárselo, Papá, de verdad. Además un poco exhibicionista soy, me pone más cachondo pelarmela en la capilla con todo el mundo delante que cuando estoy solo.
Pedro empezó a desnudarse con parsimonia. Mariano se removía en su asiento, incómodo, y abría la segunda lata de cerveza y Ayantes entusiasmado daba palmas y saltitos. Para cuando Pedro estuvo desnudo, insultantemente bello y con toda su dotación lista para desencadenar la tercera guerra mundial, su padre tenía su short en los tobillos y se masajeaba su miembro sin ningún pudor y Ayantes tenía los testículos de Pedro en la mano derecha mientras que con la izquierda mensura a el tamaño de su ojal. Pedro con descaro y sabiéndose dueño de la situación decidió ser arrogante sin pensar lo que pasaría.
- Mira como tiene el rabo mi padre, Ayantes, que dirías si me tragase entera ese pedazo de verga - sin contar con la respuesta de Ayantes y la de su mismo padre
- No hay huevos, Pedrito - le susurró al oído mientras mordisqueaba la oreja y sin dejar de estimular su ano ya con dos dedos insertados.
La reacción de Mariano no fue exactamente la esperada por el chico y se vino abajo cuando su padre se arrellanó en su asiento con su trozo de carne candente apuntando al techo.
- Siii, si, cometela entera. Siempre le tuve envidia a tu madre por lo que hizo, y ahora, si, hijo, si, tragatela toda que te voy a preñar la garganta.
- Mientras tu padre te preña la garganta yo te preño el culo. Todos va a quedar en familia.
Pedro era ya presa de la lujuria. Nada que no hubiese sido aquel machacador de mármol había entrado por su culo. Ahora, al fin, tenía la oportunidad de saber la diferencia y que se sentía siendo violentado por el culo.
- Clávasela entera Ayantes que disfrute mi niño de tu polla como disfruto yo a diario, yo le daré lo suyo por la boca. Espero que no se le olvide jamás el día de hoy.
- Ya tendremos tiempo después de que me expliques que era esa envidia que siempre le tuviste a tu ex.
- Te lo digo yo. Mi madre me comía el rabo y los huevos cuando aún era un bebé. Vete clavándomela Ayantes, por favor, no me puedo aguantar. Y anoche me la comió entera como se la voy a comer yo ahora a mi padre. Somos, al parecer una familia un pelín incestuosa. Y a eso es a lo que venía, aunque visto lo visto esto es mucho más excitante.
Y con la última palabra se lanzó sobre el regazo de su padre permitiendo que le golpease la campanilla y le provocase el reflejo del vómito que Pedro cohibió no sin pagar el peaje de las lagrimas que se le saltaron.
- Me tienes que explicar - intentó hablar de forma normal pero ya no podía - sigue, sigue hijo, que me voy a correr.
Ayantes al escuchar a su pareja anunció que también se corría y en ese momento Pedro con dos sacudidas conseguía alcanzar el clímax también.
Quedaron los tres repartidos por el sofá y los suelos recuperando el resuello. Pedro fue el primero en levantarse.
- Me voy a cagar el polvo de éste - señaló a Ayantes - que por cierto el primero de mi vida y no creo que se pueda superar, y a ducharme.
- Y luego nos tienes que explicar cómo fue lo de la mamada de tu madre y como coño sabías tú que te asaltaba tu madre de chico, porque mucha sorpresa no te ha producido cuando he dicho lo de la envidia a tu madre.
- Si, porque es todo un poco más enrevesado. Ahora que me duche os lo cuento todo.

jueves, 24 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (III)

 

Paloma empezó a llorar sin consuelo. No podía articular palabra. Tenía el corazón encogido. Sabía que desde que Pedro nació le llamó la atención su macrosomía. La dotación de su marido no era gran cosa y que el tamaño con el que su hijo entró en su vida le quitaba el aliento. Cada vez que bañaba a su hijo se demoraba exasperadamente en su región pudenda al punto de que a medida que pasaban las semanas las erecciones de su pequeño eran más inquietantes al menor y lúbrico masaje que en cada baño le dispensaba. Le gustaba sentir la dureza de su enorme verga en sus manos, y como le había recomendado el pediatra, le retraía el pellejo peneano dejando aparecer un glande brillante y rotundo. El niño, a pesar de su cortísima edad, pocas semanas, aprendió a reír con ganas cada vez que su madre le masajeaba el capullo. Llegó a creer que en alguno de esos baños su hijo experimentaba orgasmos porque la risa daba paso a un desfallecimiento extremo con ojos en blanco y dejadez de miembros total.
Llevó al niño al médico que le quitó importancia "aunque son pequeños, pueden tener orgasmos. No se entretenga mucho en esa zona cuando lo bañe"
Cuando Pedro tenía un añito, se metió con él en la bañera en un dedo de agua templada y cuando el niño experimentó su increíble erección le abrazó poniéndole a la altura pertinente sintiendo como entraba y corriendose de inmediato. Llegó en el enganche a tal punto que se bañaba con el niño hasta tres veces al día. En uno de esos baños, su marido, Mariano la pilló en sus manejos y aunque nadie le creyó las lubricidades que contaba de su mujer y su hijo, se fue para siempre de la casa.
- No padre, no. Ya hacia tiempo, pero, el niño no se acuerda de nada, pero jugamos con el niño hasta que cumplió los cinco años.
- ¿Jugamos?, ¿Quien más hubo?
Pedro desde el otro lado del confesionario estaba a punto del colapso, pero no por eso abortaba su erección o el deseo de algo, de algo a poder ser violento, cuanto más violento más excitante sería. Necesitaba algo gordo, que le violentase el ano, tenía que dolerle. No sabía dónde encontrar algo que le disciplinase por detrás. Contuvo la respiración y esperó la respuesta de su madre a la pregunta del cura. No podía dejar de agarrar con fuerza su pene. Sentía necesidad de su dildo en el culo y al tiempo, sin explicación posible empezó a llorar.
- Mi amiga Elena vino un día a casa y estaba a punto de meterme en el baño con Pedro. "Anda, Paloma, báñate con él que yo lo vea, y así recuerdo nuestros buenos momentos"
Padre, no pude resistir la tentación y - se le desfalleció la voz en un puchero - y le dije que se bañara con nosotros. Nos metimos en la bañera las dos y Pedrito entre medias. Elena se entusiasmó con el tamaño del niño y lo usó con mi consentimiento. Y yo, tengo que confesar, padre, que gocé viéndola. Me lo he reprochado muchas veces.
Pedro desde el otro habitáculo no podía dejar de llorar ni de masajearse su capullo, hasta que se corrió con seis abundantes chorros de semen que tatuaron las paredes del confesionario. Su respiración agitada y los quejidos ahogados de placer alertaron a Don Felipe.
- ¿Hay alguien ahí?
Pedro escuchó descorrerse la cortinilla de la reja que comunicaba con el cura en su sitio e instintivamente se plegó hasta el suelo.
- Si hay alguien ahí, que sepa que estoy en plena confesión de una penitente y escuchar lo que confiesa es un pecado de perversión.
La cortinilla volvió a cerrarse y Pedro con mucho cuidado empezó a vestirse. Ya había escuchado suficiente para explicarse muchas cosas e interpretar sueños extraños que tenía con frecuencia.
Cuando terminó salió muy cuidadosamente y se sentó en un banco a esperar a que su madre terminase de vaciar su corazón de inmundicia. Con lo que le gustaba a él dormir con mamá sintiendo su calor y como ella le abrazaba y le colmaba de besos por todo el cuerpo. Le gustaba que se acostaran desnudos y él dormía profundamente con mucha seguridad. Siempre se despertaba de madrugada duro y tenso de entrepierna y su madre le acariciaba y tranquilizaba volviéndose a dormir.
Estaba en esos pensamientos cuando salió su madre del confesionario con un pañuelo en la mano enjugándose los ojos.
- Tú hijo ¿Te vas a confesar?
Y antes de poder responder a Paloma, Don Felipe salía de su sitio.
- ¡Ah! Aquí está Pedro. Has venido a visitarme y has traído a una oveja al rebaño. Eso está muy bien. Y tú ¿También vas a querer confesarte? - y mientras decía esto le daba una suavecita bofetada y luego un pellizco en la mejilla - porque algún pecado tendrás que tener, veniales, seguro - rematandolo todo con una risa blanda y forzada. ¿Alguno mortal? Bueno, será poca cosa, y a tu edad, la carne, el mayor enemigo.
- No. No necesito - iba a decir mierdas como la de mi madre, pero se contuvo - de momento, hasta hacer un buen examen de conciencia. Gracias.
- Bueno, pues nada. Hasta otro día. Y tú, Paloma, haz lo que te he dicho, verás como todo sale bien.

Camino de casa Pedro se mantenía serio y silencioso. No podía quitarse de la cabeza el sueño del día anterior en el que el maestro de novicios le hacía una mamada gloriosa, y ahora resulta que fue una mamada real y llevada a cabo por ¡su propia madre! Y rememorandolo sintió que se empalmaba. El placer que sintió creyendo que soñaba no se parecía a nada de lo que él tenía experiencia.
Paloma le miraba a hurtadillas sin poder evitar poner cara de angustia. No tenía idea en qué forma iba a poder sincerarse con su hijo y pedirle perdón. Pedro se encontraba incómodo con su empalme y estaba inquieto removiendose en su asiento del metro colocándose su anatomía.
- ¿Que te pasa hijo? Te veo inquieto.
Pedro no contestaba sumido en la disyuntiva de echar en cara a su madre lo que había hecho o pedirle que lo repitiese. ¿Que importaba? Él era joven, sano, potente y no rechazaba el placer. Ella no era más que una boca de seda que gustaba de acariciar un precioso pene como el suyo. ¿Que era su madre? Él no la eligió y si ella no pudo evitar la lujuria de apoderarse de su sexo siendo su madre, ¿Quién era él para cuestionarlo?
Y dió un paso más sin poderlo remediar.
- Mamá. ¿Desde que se fue papá de casa, tú has tenido sexo con alguien?
- Pedro, por dios, ¿Como se te ocurre preguntar eso?
- Mamá, por dios, ¿Como se te ocurrió hacerme anoche esa mamada?
Paloma se quedó sin respiración. Ella preocupada por cómo abordar a su hijo en un tema tan escabroso y resulta que su hijo lo sabía todo. ¡Que zorro! Se estaba dando cuenta y se hizo el dormido.
- ¿Te diste cuenta entonces? - musitó de forma muy apagada y abochornada.
- Lo he escuchado en el confesionario. Y lo de tu amiga Elena. ¿Estás liada con ella?
- Como puedes decir eso. Soy tu madre.
- Eres bisexual o lesbiana directamente - Pedro paso por alto la escenita de indignación de su madre - puedes ser tortillera y ser mi madre, que no me escandalizo, aunque eso me explica también porque nos abandonó mi padre.
Mamá, cariño - Pedro se volvió a su madre, la abrazó y le cubrió de besos - ¿Vas a querer que te folle también. Quizá te haga más ilusión por el culo? aunque preferiría que alguien me follará a mi - Paloma quiso desembarazarse del abrazo de su hijo, pero Pedro se lo impidió y siguió susurrándole al oído - ahora, mami, están todas las cartas sobre la mesa. No tenemos porqué disimular nada. Puedes mamarmela cada vez que quieras..., preguntándome antes. Como si quieres un polvo más convencional, no tendría inconveniente.
Paloma lloraba ya de forma convulsa. Le repugnaba lo que le decía su hijo pero al tiempo sentía que se mojaba y los pezones se le ponían duros. Pedro deshizo el abrazo y se puso en pie.
- Estamos llegando mamá. Levanta.
Paloma no era capaz de mirar a los ojos a Pedro. Estaba avergonzada y no sabía cómo se iba a tener que comportar al llegar a casa. Pedro le echó el brazo por el hombro y mientras subían la escalera camino de la calle se le acercó al oído.
- La mamas como nadie, mamaíta - al tiempo esbozaba una sonrisa depravada.

miércoles, 16 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (II)

 

- ¿Vas a ir a ver a ese cura que conociste?
- Si mamá. Ahora iré. San Dionisio está por el centro ¿no?
- Si Pedro. Yo sé dónde está porque allí se casó mi amiga Elenita, bueno, que de Elenita tiene ya poco. Ahora ya somos algo mayores.
- Quién, ¿Esa señora con la que vas a veces a algún retiro?
- Esa.
La madre de Pedro, Paloma, se quedó pensativa, como ausente, la mirada perdida y los ojos paulatinamente más vidriosos.
- Mamá¿Te pasa algo?
- Nada, nada. Termina el desayuno que te voy a acompañar a San Dionisio.
- Ya soy mayorcito para necesitar que me lleves de la manita - protestó Pedro
- Es que hijo, me acabo de acordar que hace siglos que no confieso. Y así me presentas a Don Felipe y me confieso con él.
Pedro sintió el fastidio. Ya hacía cábalas de como embidar al cura y darle calabazas a continuación. Que se la machase con su imagen. No iba a dejarle que le tocase un pelo, pero le hacía ilusión excitarle, ponerle en el disparadero del deseo más lujurioso.
- No te importará que vaya, ¿verdad hijo?
- Bueno, no era mi idea, pero está bien, así me entero del trayecto para cuando vaya más veces. El cura parece enrrollado.
Mientras Paloma se desnudaba para vestirse de limpio vio su cuerpo desnudo en el espejo del ropero y se entretuvo viendo los estragos del paso del tiempo. Se rozó los pezones y no pudo evitar sentir los labios de su amiga Elena sintiendo un escalofrío que le estalló en el clítoris. Llevó la mano hasta la zona y lo palpó duro. No pudo evitar la masturbación, pero en esta ocasión no era ya el roce de los labios de su amiga en los pezones, era el roce de sus propios labios con el capullo de su hijo. Volvió a vivir el sabor de su semen y eso le hizo alcanzar otro orgasmo. Y volvió a horrorizarse. Se tildó de monstruo lúbrico y pederasta de su propio hijo suponiendo que lo suyo ya no tendría perdón.

Hicieron un par de trasbordos en el metro hasta alcanzar lo que desde siempre se llamó "El cemento" una parte de la ciudad a la que primero arrebataron el arenal y lo cubrieron a primeros de siglo de ese material tan duradero. Después la ciudad fue creciendo y lo que era un arrabal quedó como parte céntrica.
Allí en un lateral, perimetrada por una pequeña valla testimonial y una cancela de dos hojas permanentemente franca se abría un pequeño jardíncillo de setos recortados de boj con una escalera de tres peldaños que daba al atrio porticado y una gran inscripción en piedra en el parámento principal haciendo referencia a su erección como ermita siglos antes por un poderoso rey.
A derecha e izquierda dos puertas aparentemente cerradas daban paso al templo.
- Está cerrado.
- Imposible, hijo. Una es para entrar y otra para salir. Mira el cartelito encima de cada puerta. Es muy pequeño, pero ves, en el de la izquierda pone entrada y en el otro salida. Vamos, solo habrá que empujar la puerta un poco.
Efectivamente la puerta de la izquierda cedió a la pequeña presión de Paloma y entraron en una estancia penumbrosa no muy grande. A medida que fueron acostumbrándose los ojos fueron apareciendo en diferentes puntos lucecitas titilantes testigo de las velas encendidas. El presbiterio debilmente iluminado por una lámpara de baja potencia y colocada muy alta daba al conjunto un ambiente atenorizador. Lo remataba la lámpara de tintes rojizos que avisaban de la presencia del Santísimo.
Las hileras de bancos estaban vacías y sobre las paredes habían una especie de casetas; los confesionarios, sumidos también en la penumbra. Una exploración más atenta revelaba que estaban formados por un cuerpo central cerrada por delante por media puerta que complementaba con una pesada cortina de terciopelo que caía de la parte superior de la construcción. Por dentro tenían unas ventanillas con celosía que comunicaban a derecha e izquierda con cada cabina. A cada lado una especie de cabinas adosadas sin puertas pero que se independizaban para mayor intimidad con una cortina. En su parte superior en la de la izquierda se leía "Mujeres" y en la de la derecha "Hombres". Cuando un hombre o mujer entraba a confesar con el sacerdote, éste abría la ventanilla correspondiente y comenzaba la confesión.
Paloma le dijo a Pedro que iba a entrar en recogimiento para hacer examen de conciencia.
- Tú ve a buscar al cura a la sacristía a ver si lo encuentras.
Pedro dejó a su madre en una capilla lateral bajo la advocación de María Magdalena y se dirigió a la puerta de entrada a la sacristía justo al otro lado de donde quedó rezando su madre.
La sacristía era una habitación anchurosa cubierta de muebles roperos y cajones grandes en los que guardar ornamentos y enseres del culto. Un hombre bajito, canoso y aspecto bonachón le preguntó que deseaba.
- Estoy buscando a Don Felipe. Me dijo que está era su iglesia.
- Si, muchacho, es el párroco. Ahora bajará de la casa parroquial - señaló con el dedo al techo - aquí arriba. Yo soy el sacristán, como un secretario - le tendió la mano - me puedes llamar Manolo, como me llama todo el mundo.
- Me llamó Pedro - tendió su mano también y estrecho una mano pequeña y regordeta de uñas bien cuidadas y que le apretó la suya con moderación - conocí a Don Felipe ayer en el tren y me dijo que viniera a visitarle cuando quisiera.
- Si, Don Felipe tiene un grupito de muchachos muy especial de catequesis que están, según dicen, despejando dudas sobre su futuro en la Iglesia. Don Felipe los reúne muchas veces en la casa parroquial. Hace una labor muy buena con ellos.
Pedro imaginó el tipo de labor que hacía el cura con los chicos pero quiso echar a volar su imaginación.
- Yo en realidad he venido con mi madre para confesar.
- Ah, muy bien, muy bien - el sacristán no dejaba de trastear por los armarios y cajones, sacando amitos, cingulos, manípulos y otras prendas preparando el revestimiento de Don Felipe para la siguiente misa - pero esperale en su confesionario. Cada uno tiene un nombre en el penacho que tienen en la parte superior. El suyo es el que pone Párroco, búscale y esperale allí. Cuando baje yo le digo que estás allí y él irá inmediatamente.
Pedro salía de la sacristía justo cuando su madre se tapaba la cara torturada por el hecho de haber tenido ese comportamiento incestuoso con su hijo, de esta forma no vio como Pedro se dirigía al confesionario rotulado como del párroco.
Al llegar vio el cartel de hombres y entró. Tenía una especie de reclinatorio justo delante de la ventanilla que daba al habitaculo del cura y un asiento detrás para esperar, supuso Pedro.
En la penumbra y silencio de aquel espacio le voló la imaginación a las largas sesiones de meditación del convento y enseguida empezó el balanceo del cuerpo con el que provocaba placer teniendo insertado el dildo en su cuerpo. Empezó a endurecerse su miembro y cerrando los ojos se restregaba el pantalón hasta sentir acero entre sus piernas. No se pudo reprimir y se desabrochó el pantalón dejando salir su recluso. Imaginó que se desnudaba allí mismo para masturbarse y en eso llegaba el cura y le hacia una mamada gloriosa.
Sin poderse reprimir se quitó pantalón y ropa interior y se desabrochó la camisa. Estaba desnudo dentro del confesionario y echaba de menos su dildo.

- Don Felipe, buenos días. Ha venido un muchacho preguntando por usted.
- ¿No dijo quien era?
- Que le había conocido a usted en el tren.
- ¡Ah, ya! ¿Y donde está?
- Está esperándole en el confesionario.
- Gracias Manolo. Iré a ver.
Bajando los tres escalones que separaban presbiterio del crucero, Paloma vio al cura y rápidamente se santiguó y se levantó saliendo al paso de Don Felipe.
- ¿Es usted Don Felipe?
- Soy yo. La primera vez que la veo por aquí.
- He venido con mi hijo Pedro - miró alrededor como buscando - debe estar por aquí. Él venía a saludarle y como hacía tiempo que no me confesaba me dije, voy a acompañar a mi hijo. ¿A usted le importaría...?
- Faltaría más señora...
- Paloma. Me puede llamar Palo - se rió con pudor - como mis allegados.
- Venga conmigo, vamos a mi confesionario.
En dos pasos llegaron y Don Felipe se metió en su cabina indicando a Paloma cual era su lugar.
Pedro estaba entregado a una masturbación lenta y muy placentera. Estaba completamente desnudo y cuando escuchó pasos se sobresaltó y no movió un músculo. Escuchó la voz de su madre y la del cura y se quedó sin respiración. Sintió a Don Felipe entrar a su habitaculo y musitar una oración queda. Estaba colocándose la estola para iniciar la confesión. De su madre, se iba a enterar de todo y eso le estimuló.
- Ave María padre
- ¿Cuanto tiempo hace que no te confiesas?
- No se, desde la boda de mi amiga Elena. Que también tengo que hablar de eso. Pero lo primero y me hace más sufrir ocurrió anoche.
A Pedro le dió un vuelco el corazón. El sueño de la noche pasada había sido muy placentero pero perturbador. No quiso relacionarlo con los restos de semen seco de su ropa al despertar, pero el sueño lo explicaba. Se resistía a aceptarlo, pero sin darse cuenta volvía a estar duro como el banco sobre el que se sentaba.
- ¿Que ocurrió anoche, hija, que tan grave te parece?
Paloma inició el relato de lo sucedido interrumpiéndose cada momento por los sollozos que le provocaban el arrepentimiento al tiempo que el cura empezaba a sudar y respirar agitadamente pensando en cómo tendría aquel chico del tren el sexo bien enhiesto y que cantidad de semen caliente eyacularía al correrse. De forma casi inconsciente se desabrochó la sotana y se rebuscó entre la ropa interior su trozo de carne dura embutida en la grasa del pubis.
- Y dime hija ¿Cuanto tiempo tuviste su miembro en tu boca?
- No sabría decir...
- ¿Y te la metiste hasta la garganta o solo lamiste el capullo?
- Padre - Paloma empezó a indignarse - no sé qué necesidad...
- Si, hija, responde. Tengo que saber la gravedad del pecado, si fue solo un desliz o disfrutaste del incesto. Y..., ¿Tu hijo se dio cuenta y disfruto de tener una madre tan degenerada?
Pedro escuchando al cura no podía evitar estar muy excitado, destilando precum en cantidad apreciable que iba recogiendo con los dedos y consumiéndolo  y por otro lado escandalizado de haber gozado de aquella mamada materna, que él creía formar parte de un sueño y resultó ser real, pero para su horror desear que sucediese cada día. No podría volver a mirar a su madre más que como sujeto sexual. ¿Cuántas veces desde pequeño, estando dormido, se lo habría hecho? Se estremeció de miedo y placer. 
Y entonces vino la pregunta que Pedro no habría querido escuchar nunca.
- Y esto, hija, ¿había sucedido más veces?

sábado, 12 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (I)


No sé realmente como sucedió.

- Debes irte unos días a casa Pedro.
¿Llevas ropa bajo el hábito?
- Naturalmente, padre.
- ¿Podrías levantarte el hábito?
Me felicité de haberme escamado de aquella orden de visita inmediata, poniéndome ropa interior, pantalón y camisa.
- Mire usted - dije mientras me levantaba el hábito - ¿quiere que me lo quité entero?
- No hace falta. Ahora tienes que descansar, ordenar tus ideas y en poco tiempo te llamaré. O quizá el General te llamé a capitulo. Para charlar. Ahora debes serenarte. Tú tren sale en una hora. Haz tu maleta y buena suerte. En poco tiempo si Dios quiere nos veremos.

El maestro de novicios me había llamado a su despacho y me había comunicado que otro novicio me había denunciado por impureza. Yo callé. No comprendía como alguien se pudo haber dado cuenta, pero el novicio Ramón hacia tiempo que me miraba raro. No sé cómo pudo percatarse que me ponía el hábito sin ropa debajo. Y además hacia unas semanas que había distraído una mano de almirez de la cocina, de buen tamaño, mármol de Macael, y me la insertaba por el orto, para entretenerme en los aburridos y larguísimos oficios. Cuando nos sentábamos en los bancos, con casi imperceptibles movimientos me estimulaba desde dentro hasta que me corría. Tenía los bolsillos del hábito descosidos y con las manos por dentro me ayudaba hasta la eyaculación recogiendo la lefa en las manos y llevándomela después disimuladamente a la boca. Ramón debió darse cuenta de alguna de estas efusiones y despechado por lo que ahora contaré me delató al maestro.
Después de una de aquellas sesiones de la comunidad en la capilla en la que la estimulación interna a cargo del dildo marmóreo fue más intensa de la cuenta o que yo a mi diecisiete años estaba que no podía más gemí de forma audible para quien estaba cerca de mi, Ramón, cuando me corrí y de forma refleja le miré en ese momento pidiéndole de manera tácita, indulgencia. Después de la capilla teníamos retiro en nuestras celdas, y Ramón se presentó en la mía, sabiendo que era algo prohibido.
- Menuda paja te has hecho en la capilla, Pedro. Yo también voy desnudo por dentro - se levantó las faldas del hábito enseñando un pequeño pene muy tenso y babeante de excitación - y seguro que una mamada no estaría de más para evitar tener que chivarme de tu impureza.
Mi reacción fue darle un empujón que dio con su grasienta carne en el suelo. Luego, siendo sincero conmigo mismo, me dije que de haber tenido un rabo de ocho pulgadas en lugar de la trompada habría elegido la mamada.
- Debes quitarte el hábito para viajar. Aunque te lo lleves. Si te llama el general deberás acudir con vestimenta talar. Ahora, ven aquí y dame un abrazo de despedida.
Se levantó el padre Manuel, se acercó a mí y me abrazó intensamente, tanto que sentí su dureza contra mi cuerpo, al tiempo que deslizaba por la espalda su mano izquierda hasta abarcarme el culo y empujarme hacía él.
- Quizá no tuvieras que irte si fueses más complaciente y menos rígido en tus preferencias. Este noviciado podría convertirse en algo muy revelador.
- Ya me he hecho a la idea, padre - al tiempo que me separaba de su cuerpo.
- Está bien. Vete. Seguro que volveremos a vernos.

El tren avanzaba a paso moderadamente rápido. Los frailes no escatimaban. En primera. Era cómodo viajar así, no en los atestados vagones de segunda con su humo del caldo de gallina de los trabajadores que se trasladaban de un pueblo a otro a trabajar y liaban y encendían un cigarro tras otro. Los niños que lloraban por la incomodidad y el desespero de las madres repartiendo estopa a la prole para que estuviesen quietos. En primera todo era quietud. Enfrente de mi asiento un cura ni joven ni viejo me miraba interesado. Sentía, notaba que quería cháchara con una expresión de sonrisa a medio hacer buscandome la lengua. Una sotana impecable, seguramente de paño de Benavente con un alzacuellos inmaculado. Afeitado perfecto dejando ver unas mejillas azuladas por la barba tan negra que no se dejaba asomar. Unas gafas montadas al aire con cristales verdes le daban un aspecto como de obispo o al menos de vicario. Ya conocía ese aspecto en el padre provincial cuando vino a visitarnos con motivo del inicio del noviciado.
Me hacía preguntas y yo respondía con monosílabos hasta que me preguntó por la novia.
- Estoy haciendo el noviciado. No tengo novia.
- ¡Religioso! Como yo. Perfecto, perfecto. ¿Y tú hábito? Dispensa por viaje, supongo.
Al mostrarse comprensivo con mi atuendo civil hizo un movimiento acomodándose en el asiento y se colocó el paquete. Le miré descaradamente su acción y balbuceó algo.
- ¿Cómo dice, padre? No le entendí.
- Decía que lo peor de todo, lo más difícil del noviciado es la pureza. Eso fue lo que más me costó a mi en el seminario.
- Para mí - vacilé algo al contestar - lo más difícil es la obediencia.
Me quedé callado absorbido por mi imagen en la capilla durante la meditación moviéndome para que el dildo que me había buscado me estimulase lo necesario para obtener el mejor orgasmo. 
- La obediencia es difícil, si, pero la lujuria muerde la carne y cuesta trabajo desprenderse de ella. Llevamos la carne sobre nosotros siempre dispuesta a arrastrarnos a un placer mal entendido.
Lo decía con un tono melifluo de voz, como si quisiera hipnotizarme clavándome la mirada en mis pupilas, como atornillandome a su voluntad. Ya sin ningún disimulo se acariciaba la sotana a nivel de su bragueta y pasaba de mis ojos a la bragueta queriéndome comer.
Sonó en ese momento por la megafonía que llegábamos a mi destino, al parecer el mismo que el del cura.
- ¿Viene alguien a recogerte? Por cierto, ¿te llamas? Yo soy Felipe, padre Felipe - al tiempo que me tendía la mano.
- Yo me llamo Pedro - le tendí mi mano y sentí una mano blanda, desfallecida, regordeta, fría y húmeda - y sí - mentí pensaba tomar un taxi, no había llamado a casa para comunicarlo - vendrá un hermano mayor a buscarme.
- Yo soy el párroco de San Dionisio. Cuando quieras cualquier cosa, cualquier cosa - enfatizó - te pasas por la sacristía y preguntas por mi, Don Felipe.
La amplia sonrisa emocionada con los labios brillantes por la salivación excesiva y el deseo de comerme en los ojos me halagó, me sentí deseado pero la náusea se me hizo presente imaginando aquel cuerpo blanco y grasiento desnudo.
Esperé a que le recogiese un coche y luego fui a la parada de taxis y di al chófer mi dirección.
Mientras me dirigía a casa e iba viendo pasar mi ciudad se me venía a la cabeza la imagen del cura. Don Felipe. No podía evitar las imágenes de un gordo macilento de mejillas azuladas y baboso tendiendo su mano a mi cara. Me daba asco, si, pero me excitaba. Entornaba los ojos y me removía en el asiento de forma lubrica.
- ¿Te pasa algo chaval?
El taxista me sacó de la ensoñación. Veía sus ojos a través del retrovisor y comprendí su pregunta.
- Nada, nada, es solo un pliegue del pantalón, una incomodidad.
- Como a vuestra edad, tenéis un culito tan redondito y duro..., verdad. Ya te digo, si puedo echarte un cable, o algo, lo que quieras.
- Muchas gracias. Estamos llegando.
Creo que si hubiese durado la carrera diez minutos más habría acabado en cualquier descampado con la cabeza entre las piernas y el culo en pompa.

- Me han dado unos días de vacaciones.
- ¿En estas fechas, vacaciones? Pedro, ¿ Que has hecho? Que te temo.
- Nada, mamá. En unos dias me llamarán de la casa madre y ya está.
- Pero a ti te han echado. A mitad de noviciado, vacaciones. Que te compre quien no te conozca. Menos mal que ya no está tú padre, habría que haberle aguantado además sus sarcasmo.
- Bueno, es un tiempo de reflexión. Echado, echado, no ha sido. Además, en el tren he conocido a un cura, párroco de San Dionisio que me ha dicho que vaya a verle para poner en orden las ideas.
Diciendo esto, Pedro se imaginó al cura, desnudo, blanco como el yogur natural con una oronda barriga y una polla embebida en grasa, las mamás fláccidas colgando  como si los gruesos pezones rosados le pesasen, acercándosele con la sonrisa bobalicona pintada en sus mejillas azuladas y la saliva resbalando por las comisuras. Sin saber porqué, se empalmó. Le excitaba imaginar la escena.
- Pues lo que tienes que hacer es mañana temprano, después de desayunar, acercarte a esa parroquia y que ese cura tan amable te ilumine.
- Mañana temprano, iré a verle y me desnudaré por completo delante de él, en el confesionario para que me haga ver la gloria - cerró los ojos y se vio a si mismo desnudo, masturbándose furiosamente dentro del confesionario mientras el cura, revestido le echaba agua bendita con el hisopo. Y en ese momento se corrió de gusto.
- ¿Que te pasa, Pedro? Se te ha cambiado la cara.
- Un retortijón mamá, voy al váter.
En el cuarto de baño observó la cantidad de semen que había eyaculado; mucha cantidad, recogió lo que pudo con los dedos, se lo llevó a la boca, cerró los ojos y quiso imaginar que Don Felipe, se le había corrido en la boca, sintió que su verga revivía con esa imagen y sin pensárselo más la abonó con otra masturbación. Otra corrida, otra consumición de lefa propia y un sueño que le invadía que le llevó a su cama.
- ¿No vas a cenar, Pedro? - le gritó su madre desde la cocina.
- No mami estoy cansado, prefiero dormir - intentó levantar la voz.
- No te escucho, hijo - su madre se acercó a su dormitorio y le vio ya sumido en un profundo sueño. Le quiso arropar amorosamente - duerme mi niño precioso, duerme. Con esa carita de niño inocente - se le escaparon dos lágrimas - ¿Quién te ha hecho daño a ti, mi amor?
Le observó vestido sobre la cama profundamente dormido, como solo saben dormir los adolescentes después de derrochar toda su fuerza vital a lo largo del día.
- No cariño - susurró- así no vas a dormir bien. Mamá te va a poner tu pijama como cuando eras del todo mío.
Como el que desnuda a un muñeco de trapo, su madre le sacó la camisa, los pantalones y el slip. Se quedó mirando su sexo. Era grande y bien formado. Quiso saber si tenía en la encrucijada del escroto y el pene un antojo como el que ella descubrió en el padre de Pedro cuando, al fin, se decidió a hacerle una felación. Una mancha rojiza con forma de berenjena - un angioma dijo él - levantó el pene de su hijo con cuidado para ver si existía el antojo y, cosas de la edad, la verga comenzó a tener consistencia hasta adquirir en pocos segundos una dureza pétrea. Del meato empezó a destilar fluido trasparente y la madre no pudo evitar acercar la lengua para recogerlo, como lo hacía siempre con su marido y entonces vio una mancha oscura y pequeña cerca del escroto. Se preguntó qué pasaría si se metía el pene en la boca y no pudo reprimirse. Una vez que sintió la seda de su hijo en la boca, su lengua recuperó la memoria de cuando lo hacía con su marido, ya ex, y tuvo que seguir, no por mucho tiempo pues su hijo comenzó a eyacular y permaneciendo dormido gemía de placer por la felación de su madre. Lo tragó todo como solía con el padre del niño, terminó de ponerle el pijama y se llevó de forma inconsciente la mano a su sexo comenzando su propia autosatisfacción. En pocos energicos y rítmicos movimientos alcanzó su orgasmo y cayó de rodillas junto a la cama de su hijo. Estuvo un rato llorando arrepentida de su comportamiento y se comprometió a ir al confesionario.
Luego se levantó despacio y estampó un beso suave en la frente y salió del dormitorio cerrando con cuidado la puerta.
Pedro continuó dormido ajeno a la tragedia que acaba de suceder en habitación.

Estaba ya el sol alto cuando despertó a Pedro una tirantez extrema en la entrepierna. De manera instintiva se llevó la mano al pantalón del pijama y lo encontró mojado. Dio un bote en la cama creyendo haberse meado estando dormido. Pero la cama estaba seca y además identificó como semen seco la mancha que acartonaba en parte el pijama. Se quedó parado y se dijo en voz alta: ¿Quién me puso el pijama?
- Mamá - levantó la voz - ¿Tú me pusiste el pijama?
- Si hijo - la madre entró en el dormitorio como cortada - estabas vestido y así no ibas a descansar bien.
- Entonces..., me lo has visto todo. ¡Joder, mamá, que ya soy mayor!
- Hijo, claro - cada vez más nerviosa - te he visto muchas veces. Pero no hice nada...
- Mamá, solo faltaba que hubieses hecho algo. ¡Que cosas tienes!
- Bueno, venga Pedro, que ya está el desayuno.


jueves, 13 de abril de 2023

MASTER(V)

 

Cuando Noel entró en la sala de jaulas, uno ya estaba en su rincón relamiéndose la mierda de Ramiro que finalmente se dejó llevar de una lujuria nauseabunda y entre jaleos de tres y cinco defecó en la boca de uno. Y mientras el viejo masticaba la mierda, Ramiro, presa de una urgencia que no se reconocía, con violencia se revolvió colocándose detrás de uno y lo folló con desesperación. No pensaba conscientemente que pudiera correrse, hacia escasos minutos que lo había hecho, pero sorprendentemente estaba duro como el corindón y el olor a sus propias heces que lo impregnaba todo y las muestras de goloseo que daba uno le debieron estimular dios sabe que resorte en el cerebro y se corrió dentro de uno con furia.
- Bien, bien, bien - Noel entró aplaudiendo en la sala - mi nueva perra me va a dar muchas satisfacciones - y acuclillandose en la jaula de uno, continúo - te ha faltado algo siete. Has dejado al pobre de uno sin la mamada de culo que tanto le gusta.
Ramiro acababa de correrse en el culo de uno, sacó su espada limpia y Noel le pedía ahora, ¿qué?
- No soy muy paciente, siete. Quiero ver cómo le comes el culo a uno ahora mismo. Así que, venga, decúbito supino y el viejo en cuclillas sobre tu boca. ¡Cómele el culo pero ya! Mira, en esta bolsa hay ropa para que te lleve a tu vida. Solo con el contrato de esclavo que has firmado y una mierda de coche que me has regalado no va a ser suficiente. Lo voy a querer todo y tu cuerpo será lo último. Tengo imágenes de todo. Pueden empezar a circular. Venga, boca arriba y a tragar, que al fin y al cabo, es tuyo.
Tres y cinco viendo la cara de angustia de Ramiro daban palmas y ansiosos esperaban embobados a que siete se tumbase bajo uno.
Noel alcanzó de una repisa la vara eléctrica.
- ¿Sabes que es? - y diciéndolo la acercó a los huevos de uno, salto una chispa, uno emitió un alarido de dolor pero se abrió de piernas del todo para que continuase el castigo. Olía a carne quemada.
Ramiro con el terror pintado en la cara y sin poder evitar empezar a empalmarse otra vez se tumbó en el suelo de la jaula. Uno inmediatamente se colocó a horcajadas sobre si cara e inició un balanceo atrás y adelante restregandole el ano por la cara. Uno estaba radiante.
- No, no, uno, deja de moverte, ¿no ves que siete se muere por meterte la lengua en tu coño babeante.
Efectivamente, el semen de Ramiro empezaba a descomponerse y un hilillo de viscosidad pestilente le resbalaba por el ano totalmente incompetente. Ramiro miró y solo vio un ano de bordes engrosados y estriados de unas proporciones descomunales. Podría haberle metido el pie sin dificultad. Vio además la úlcera que en el escroto había provocado Noel con la cara eléctrica. Cerró los ojos, levantó las manos y llevó hacia su boca el ojal de uno. Empezó a chupar y se engolfó en la mamada. Era más la aprensión que lo que en realidad era. Algo muy vicioso, lleno de deseo incomprensible pero infinito, una lujuria negra como un mar tenebroso que cada vez le excitaba más y más. Le sabía la boca a semen mezclado con heces, un sabor amargo que estimulaba porque la erección se había vuelto explosiva y deseaba más orgasmos. Estaba ya agotado, pero no le importaba acabar así. El viejo mientras pellizcaba con saña los pezones de Ramiro lo que provocaba un dolor que reclamaba aún más pues cuanto más hiriente era más sensación tenía de eyaculación inminente. Cuando el ano de uno se seco, Ramiro escuchó una voz que salía de su garganta pero no era suya y gritaba "MAS"
Noel en ese momento tocó con su cara eléctrica la polla de Ramiro y ésta emitió un chorro de semen entremezclado de sangre, tanta era la congestión.
- Estás hecho un as, siete. Tres magníficas corridas en un rato. Vamos, vístete con eso - le tiró la bolsa que traía en la mano - que tienes que volver a tu falsa vida, porque la real, la que tú deseas es esta. Cuando salgas a la calle, a la derecha, como a cien metros hay una parada de bus. No pensarías que iba a llevar en mi Maserati a una perra como tú.
Ramiro accionó la palanca y abrió la portezuela de la jaula. Uno hizo intención de retenerle le regaló un gesto de angustia por perderlo y Ramiro se deshizo de la suave presa de su mano con coraje. Salió de la jaula abrió el paquete y aún pudo ver cómo Noel se perdía por aquella puerta.
Se indignó cuando vio el tipo de ropa que le habían dejado.
- ¡Cabronazo! - masculló. 
Tres le previno sobre insultos al amo.
- Siete, tu no sabes si alguno de nosotros va a chivar al amo para congraciarse. Ten cuidado.
- Que os jodan a todos. No vais a volver a verme por aquí.
Se calzó la ropa con rapidez y salió a la calle. Era de noche ya. Siguió las instrucciones de Noel y llegó a la parada del bus. Se dio cuenta que no tenía dinero, ni cartera ni ninguna identificación. Se metió las manos en los bolsillos del chándal raído, desesperado, preguntándose que pecado habría cometido, cuando palpó unas monedas. Soltó un resoplido de alivio y saco el dinero. Era lo justo para el bus.
- Después de todo a lo mejor no es tan cabronazo - musitó para el cuello de su camisa.
Todo el trayecto lo pasó saltando de diseñar la estrategia de rellenar las horas ausente sin justificar a rememorar las horas dulcemente duras que había pasado en compañía de aquellos desgraciados. Sin remediarlo lo que mejor recordaba era el episodio de uno restregando si descomunal ano por su boca. Volvía a empalmarse, sintió los pezones duros y deseó en lo más íntimo que se repitiera.
- ¡No se va a repetir! - lo dijo en voz muy alta y tono de cabreo.
- Perdón, caballero - la señora de cerca se interesaba por su bienestar - necesita usted algo.
- Lo siento, señora,no, nada, me han despedido del trabajo, nada más.
- Ay, señor, pues lo siento mucho.
- Esta es mi parada, muchas gracias señora.
Ramiro, saltó del bus. No era su parada, pero no quería pegar hebra con nadie. Su casa estaba como a diez manzanas en una zona residencial de alto nivel. Para llegar tendría que caminar una media hora. Nunca había paseado a esas horas por su barrio y estaba accediendo a un mundo tan desconocido para él como excitante. De cuando en cuando se cruzaba con gente extraña que le taladraba con la mirada. Uno, un veinteañero hasta le paró para pedirle algo de dinero para el bus y en vista de que no tenía le pidió un cigarro, que como tampoco le ofreció una mamada por solo diez €. Ramiro sintió que le palpitaba el rabo, pero no quería más experiencias esa noche. 
Pensaba entrar por la puerta de servicio, subir a su cuarto por la escalera de servicio y poderse cambiar. No sabía cómo iba a justificar esa ropa. Pero no. Su mujer le estaba esperando en el jardín.
- Ay, cariño, menos mal que estás bien - la mujer estaba sinceramente preocupada - ya nos ha dicho, como se llama, ese chico nuevo que has contratado, si, Noel, lo que te ha pasado, primero, la sopa que te han tirado por encima y luego lo del tipo ese con el que te has peleado por tu coche. Pero no te preocupes, lo ha recuperado Noel y lo ha traído a casa. Está como nuevo en el garaje. Ah, y a traído tu teléfono y la cartera que se quedó en el restaurante donde te cambiaste con la ropa que te dejaron.
- Uff, menos mal cariño. Muy amable el chico ese Noel.
- Y ¿que te han dicho en comisaría?
- Nada, que si aparecía el coche me llamarían. Pero vamos, mañana llamaré yo para decir que lo tengo yo.
Entrando en la casa los dos sonó su teléfono.
- Mira, Ramiro, seguro que es el chico ese que dijo que llamaría a ver.
- Dime Noel. Ya me ha dicho mi mujer.
- ¿Todo en orden, verdad perra? No creas que ha cambiado nada, sigues siendo la guarra que le come el culo a un viejo más cerdo que tú. Sigo siendo tu amo y tendrás que estar a lo que yo te mandé.
- Estoy encantado de ser tu perra - Ramiro tuvo una erección explosiva y los pezones le querían perforar la sudadera - solo deseo cumplir tus órdenes.
- Ahora, vete a la cama y cumple con tu santa. Mañana nos vemos en el despacho. No te pongas calzoncillos. Es una orden directa.
- Ya estoy deseando que llegue mañana.