jueves, 24 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (III)

 

Paloma empezó a llorar sin consuelo. No podía articular palabra. Tenía el corazón encogido. Sabía que desde que Pedro nació le llamó la atención su macrosomía. La dotación de su marido no era gran cosa y que el tamaño con el que su hijo entró en su vida le quitaba el aliento. Cada vez que bañaba a su hijo se demoraba exasperadamente en su región pudenda al punto de que a medida que pasaban las semanas las erecciones de su pequeño eran más inquietantes al menor y lúbrico masaje que en cada baño le dispensaba. Le gustaba sentir la dureza de su enorme verga en sus manos, y como le había recomendado el pediatra, le retraía el pellejo peneano dejando aparecer un glande brillante y rotundo. El niño, a pesar de su cortísima edad, pocas semanas, aprendió a reír con ganas cada vez que su madre le masajeaba el capullo. Llegó a creer que en alguno de esos baños su hijo experimentaba orgasmos porque la risa daba paso a un desfallecimiento extremo con ojos en blanco y dejadez de miembros total.
Llevó al niño al médico que le quitó importancia "aunque son pequeños, pueden tener orgasmos. No se entretenga mucho en esa zona cuando lo bañe"
Cuando Pedro tenía un añito, se metió con él en la bañera en un dedo de agua templada y cuando el niño experimentó su increíble erección le abrazó poniéndole a la altura pertinente sintiendo como entraba y corriendose de inmediato. Llegó en el enganche a tal punto que se bañaba con el niño hasta tres veces al día. En uno de esos baños, su marido, Mariano la pilló en sus manejos y aunque nadie le creyó las lubricidades que contaba de su mujer y su hijo, se fue para siempre de la casa.
- No padre, no. Ya hacia tiempo, pero, el niño no se acuerda de nada, pero jugamos con el niño hasta que cumplió los cinco años.
- ¿Jugamos?, ¿Quien más hubo?
Pedro desde el otro lado del confesionario estaba a punto del colapso, pero no por eso abortaba su erección o el deseo de algo, de algo a poder ser violento, cuanto más violento más excitante sería. Necesitaba algo gordo, que le violentase el ano, tenía que dolerle. No sabía dónde encontrar algo que le disciplinase por detrás. Contuvo la respiración y esperó la respuesta de su madre a la pregunta del cura. No podía dejar de agarrar con fuerza su pene. Sentía necesidad de su dildo en el culo y al tiempo, sin explicación posible empezó a llorar.
- Mi amiga Elena vino un día a casa y estaba a punto de meterme en el baño con Pedro. "Anda, Paloma, báñate con él que yo lo vea, y así recuerdo nuestros buenos momentos"
Padre, no pude resistir la tentación y - se le desfalleció la voz en un puchero - y le dije que se bañara con nosotros. Nos metimos en la bañera las dos y Pedrito entre medias. Elena se entusiasmó con el tamaño del niño y lo usó con mi consentimiento. Y yo, tengo que confesar, padre, que gocé viéndola. Me lo he reprochado muchas veces.
Pedro desde el otro habitáculo no podía dejar de llorar ni de masajearse su capullo, hasta que se corrió con seis abundantes chorros de semen que tatuaron las paredes del confesionario. Su respiración agitada y los quejidos ahogados de placer alertaron a Don Felipe.
- ¿Hay alguien ahí?
Pedro escuchó descorrerse la cortinilla de la reja que comunicaba con el cura en su sitio e instintivamente se plegó hasta el suelo.
- Si hay alguien ahí, que sepa que estoy en plena confesión de una penitente y escuchar lo que confiesa es un pecado de perversión.
La cortinilla volvió a cerrarse y Pedro con mucho cuidado empezó a vestirse. Ya había escuchado suficiente para explicarse muchas cosas e interpretar sueños extraños que tenía con frecuencia.
Cuando terminó salió muy cuidadosamente y se sentó en un banco a esperar a que su madre terminase de vaciar su corazón de inmundicia. Con lo que le gustaba a él dormir con mamá sintiendo su calor y como ella le abrazaba y le colmaba de besos por todo el cuerpo. Le gustaba que se acostaran desnudos y él dormía profundamente con mucha seguridad. Siempre se despertaba de madrugada duro y tenso de entrepierna y su madre le acariciaba y tranquilizaba volviéndose a dormir.
Estaba en esos pensamientos cuando salió su madre del confesionario con un pañuelo en la mano enjugándose los ojos.
- Tú hijo ¿Te vas a confesar?
Y antes de poder responder a Paloma, Don Felipe salía de su sitio.
- ¡Ah! Aquí está Pedro. Has venido a visitarme y has traído a una oveja al rebaño. Eso está muy bien. Y tú ¿También vas a querer confesarte? - y mientras decía esto le daba una suavecita bofetada y luego un pellizco en la mejilla - porque algún pecado tendrás que tener, veniales, seguro - rematandolo todo con una risa blanda y forzada. ¿Alguno mortal? Bueno, será poca cosa, y a tu edad, la carne, el mayor enemigo.
- No. No necesito - iba a decir mierdas como la de mi madre, pero se contuvo - de momento, hasta hacer un buen examen de conciencia. Gracias.
- Bueno, pues nada. Hasta otro día. Y tú, Paloma, haz lo que te he dicho, verás como todo sale bien.

Camino de casa Pedro se mantenía serio y silencioso. No podía quitarse de la cabeza el sueño del día anterior en el que el maestro de novicios le hacía una mamada gloriosa, y ahora resulta que fue una mamada real y llevada a cabo por ¡su propia madre! Y rememorandolo sintió que se empalmaba. El placer que sintió creyendo que soñaba no se parecía a nada de lo que él tenía experiencia.
Paloma le miraba a hurtadillas sin poder evitar poner cara de angustia. No tenía idea en qué forma iba a poder sincerarse con su hijo y pedirle perdón. Pedro se encontraba incómodo con su empalme y estaba inquieto removiendose en su asiento del metro colocándose su anatomía.
- ¿Que te pasa hijo? Te veo inquieto.
Pedro no contestaba sumido en la disyuntiva de echar en cara a su madre lo que había hecho o pedirle que lo repitiese. ¿Que importaba? Él era joven, sano, potente y no rechazaba el placer. Ella no era más que una boca de seda que gustaba de acariciar un precioso pene como el suyo. ¿Que era su madre? Él no la eligió y si ella no pudo evitar la lujuria de apoderarse de su sexo siendo su madre, ¿Quién era él para cuestionarlo?
Y dió un paso más sin poderlo remediar.
- Mamá. ¿Desde que se fue papá de casa, tú has tenido sexo con alguien?
- Pedro, por dios, ¿Como se te ocurre preguntar eso?
- Mamá, por dios, ¿Como se te ocurrió hacerme anoche esa mamada?
Paloma se quedó sin respiración. Ella preocupada por cómo abordar a su hijo en un tema tan escabroso y resulta que su hijo lo sabía todo. ¡Que zorro! Se estaba dando cuenta y se hizo el dormido.
- ¿Te diste cuenta entonces? - musitó de forma muy apagada y abochornada.
- Lo he escuchado en el confesionario. Y lo de tu amiga Elena. ¿Estás liada con ella?
- Como puedes decir eso. Soy tu madre.
- Eres bisexual o lesbiana directamente - Pedro paso por alto la escenita de indignación de su madre - puedes ser tortillera y ser mi madre, que no me escandalizo, aunque eso me explica también porque nos abandonó mi padre.
Mamá, cariño - Pedro se volvió a su madre, la abrazó y le cubrió de besos - ¿Vas a querer que te folle también. Quizá te haga más ilusión por el culo? aunque preferiría que alguien me follará a mi - Paloma quiso desembarazarse del abrazo de su hijo, pero Pedro se lo impidió y siguió susurrándole al oído - ahora, mami, están todas las cartas sobre la mesa. No tenemos porqué disimular nada. Puedes mamarmela cada vez que quieras..., preguntándome antes. Como si quieres un polvo más convencional, no tendría inconveniente.
Paloma lloraba ya de forma convulsa. Le repugnaba lo que le decía su hijo pero al tiempo sentía que se mojaba y los pezones se le ponían duros. Pedro deshizo el abrazo y se puso en pie.
- Estamos llegando mamá. Levanta.
Paloma no era capaz de mirar a los ojos a Pedro. Estaba avergonzada y no sabía cómo se iba a tener que comportar al llegar a casa. Pedro le echó el brazo por el hombro y mientras subían la escalera camino de la calle se le acercó al oído.
- La mamas como nadie, mamaíta - al tiempo esbozaba una sonrisa depravada.

miércoles, 16 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (II)

 

- ¿Vas a ir a ver a ese cura que conociste?
- Si mamá. Ahora iré. San Dionisio está por el centro ¿no?
- Si Pedro. Yo sé dónde está porque allí se casó mi amiga Elenita, bueno, que de Elenita tiene ya poco. Ahora ya somos algo mayores.
- Quién, ¿Esa señora con la que vas a veces a algún retiro?
- Esa.
La madre de Pedro, Paloma, se quedó pensativa, como ausente, la mirada perdida y los ojos paulatinamente más vidriosos.
- Mamá¿Te pasa algo?
- Nada, nada. Termina el desayuno que te voy a acompañar a San Dionisio.
- Ya soy mayorcito para necesitar que me lleves de la manita - protestó Pedro
- Es que hijo, me acabo de acordar que hace siglos que no confieso. Y así me presentas a Don Felipe y me confieso con él.
Pedro sintió el fastidio. Ya hacía cábalas de como embidar al cura y darle calabazas a continuación. Que se la machase con su imagen. No iba a dejarle que le tocase un pelo, pero le hacía ilusión excitarle, ponerle en el disparadero del deseo más lujurioso.
- No te importará que vaya, ¿verdad hijo?
- Bueno, no era mi idea, pero está bien, así me entero del trayecto para cuando vaya más veces. El cura parece enrrollado.
Mientras Paloma se desnudaba para vestirse de limpio vio su cuerpo desnudo en el espejo del ropero y se entretuvo viendo los estragos del paso del tiempo. Se rozó los pezones y no pudo evitar sentir los labios de su amiga Elena sintiendo un escalofrío que le estalló en el clítoris. Llevó la mano hasta la zona y lo palpó duro. No pudo evitar la masturbación, pero en esta ocasión no era ya el roce de los labios de su amiga en los pezones, era el roce de sus propios labios con el capullo de su hijo. Volvió a vivir el sabor de su semen y eso le hizo alcanzar otro orgasmo. Y volvió a horrorizarse. Se tildó de monstruo lúbrico y pederasta de su propio hijo suponiendo que lo suyo ya no tendría perdón.

Hicieron un par de trasbordos en el metro hasta alcanzar lo que desde siempre se llamó "El cemento" una parte de la ciudad a la que primero arrebataron el arenal y lo cubrieron a primeros de siglo de ese material tan duradero. Después la ciudad fue creciendo y lo que era un arrabal quedó como parte céntrica.
Allí en un lateral, perimetrada por una pequeña valla testimonial y una cancela de dos hojas permanentemente franca se abría un pequeño jardíncillo de setos recortados de boj con una escalera de tres peldaños que daba al atrio porticado y una gran inscripción en piedra en el parámento principal haciendo referencia a su erección como ermita siglos antes por un poderoso rey.
A derecha e izquierda dos puertas aparentemente cerradas daban paso al templo.
- Está cerrado.
- Imposible, hijo. Una es para entrar y otra para salir. Mira el cartelito encima de cada puerta. Es muy pequeño, pero ves, en el de la izquierda pone entrada y en el otro salida. Vamos, solo habrá que empujar la puerta un poco.
Efectivamente la puerta de la izquierda cedió a la pequeña presión de Paloma y entraron en una estancia penumbrosa no muy grande. A medida que fueron acostumbrándose los ojos fueron apareciendo en diferentes puntos lucecitas titilantes testigo de las velas encendidas. El presbiterio debilmente iluminado por una lámpara de baja potencia y colocada muy alta daba al conjunto un ambiente atenorizador. Lo remataba la lámpara de tintes rojizos que avisaban de la presencia del Santísimo.
Las hileras de bancos estaban vacías y sobre las paredes habían una especie de casetas; los confesionarios, sumidos también en la penumbra. Una exploración más atenta revelaba que estaban formados por un cuerpo central cerrada por delante por media puerta que complementaba con una pesada cortina de terciopelo que caía de la parte superior de la construcción. Por dentro tenían unas ventanillas con celosía que comunicaban a derecha e izquierda con cada cabina. A cada lado una especie de cabinas adosadas sin puertas pero que se independizaban para mayor intimidad con una cortina. En su parte superior en la de la izquierda se leía "Mujeres" y en la de la derecha "Hombres". Cuando un hombre o mujer entraba a confesar con el sacerdote, éste abría la ventanilla correspondiente y comenzaba la confesión.
Paloma le dijo a Pedro que iba a entrar en recogimiento para hacer examen de conciencia.
- Tú ve a buscar al cura a la sacristía a ver si lo encuentras.
Pedro dejó a su madre en una capilla lateral bajo la advocación de María Magdalena y se dirigió a la puerta de entrada a la sacristía justo al otro lado de donde quedó rezando su madre.
La sacristía era una habitación anchurosa cubierta de muebles roperos y cajones grandes en los que guardar ornamentos y enseres del culto. Un hombre bajito, canoso y aspecto bonachón le preguntó que deseaba.
- Estoy buscando a Don Felipe. Me dijo que está era su iglesia.
- Si, muchacho, es el párroco. Ahora bajará de la casa parroquial - señaló con el dedo al techo - aquí arriba. Yo soy el sacristán, como un secretario - le tendió la mano - me puedes llamar Manolo, como me llama todo el mundo.
- Me llamó Pedro - tendió su mano también y estrecho una mano pequeña y regordeta de uñas bien cuidadas y que le apretó la suya con moderación - conocí a Don Felipe ayer en el tren y me dijo que viniera a visitarle cuando quisiera.
- Si, Don Felipe tiene un grupito de muchachos muy especial de catequesis que están, según dicen, despejando dudas sobre su futuro en la Iglesia. Don Felipe los reúne muchas veces en la casa parroquial. Hace una labor muy buena con ellos.
Pedro imaginó el tipo de labor que hacía el cura con los chicos pero quiso echar a volar su imaginación.
- Yo en realidad he venido con mi madre para confesar.
- Ah, muy bien, muy bien - el sacristán no dejaba de trastear por los armarios y cajones, sacando amitos, cingulos, manípulos y otras prendas preparando el revestimiento de Don Felipe para la siguiente misa - pero esperale en su confesionario. Cada uno tiene un nombre en el penacho que tienen en la parte superior. El suyo es el que pone Párroco, búscale y esperale allí. Cuando baje yo le digo que estás allí y él irá inmediatamente.
Pedro salía de la sacristía justo cuando su madre se tapaba la cara torturada por el hecho de haber tenido ese comportamiento incestuoso con su hijo, de esta forma no vio como Pedro se dirigía al confesionario rotulado como del párroco.
Al llegar vio el cartel de hombres y entró. Tenía una especie de reclinatorio justo delante de la ventanilla que daba al habitaculo del cura y un asiento detrás para esperar, supuso Pedro.
En la penumbra y silencio de aquel espacio le voló la imaginación a las largas sesiones de meditación del convento y enseguida empezó el balanceo del cuerpo con el que provocaba placer teniendo insertado el dildo en su cuerpo. Empezó a endurecerse su miembro y cerrando los ojos se restregaba el pantalón hasta sentir acero entre sus piernas. No se pudo reprimir y se desabrochó el pantalón dejando salir su recluso. Imaginó que se desnudaba allí mismo para masturbarse y en eso llegaba el cura y le hacia una mamada gloriosa.
Sin poderse reprimir se quitó pantalón y ropa interior y se desabrochó la camisa. Estaba desnudo dentro del confesionario y echaba de menos su dildo.

- Don Felipe, buenos días. Ha venido un muchacho preguntando por usted.
- ¿No dijo quien era?
- Que le había conocido a usted en el tren.
- ¡Ah, ya! ¿Y donde está?
- Está esperándole en el confesionario.
- Gracias Manolo. Iré a ver.
Bajando los tres escalones que separaban presbiterio del crucero, Paloma vio al cura y rápidamente se santiguó y se levantó saliendo al paso de Don Felipe.
- ¿Es usted Don Felipe?
- Soy yo. La primera vez que la veo por aquí.
- He venido con mi hijo Pedro - miró alrededor como buscando - debe estar por aquí. Él venía a saludarle y como hacía tiempo que no me confesaba me dije, voy a acompañar a mi hijo. ¿A usted le importaría...?
- Faltaría más señora...
- Paloma. Me puede llamar Palo - se rió con pudor - como mis allegados.
- Venga conmigo, vamos a mi confesionario.
En dos pasos llegaron y Don Felipe se metió en su cabina indicando a Paloma cual era su lugar.
Pedro estaba entregado a una masturbación lenta y muy placentera. Estaba completamente desnudo y cuando escuchó pasos se sobresaltó y no movió un músculo. Escuchó la voz de su madre y la del cura y se quedó sin respiración. Sintió a Don Felipe entrar a su habitaculo y musitar una oración queda. Estaba colocándose la estola para iniciar la confesión. De su madre, se iba a enterar de todo y eso le estimuló.
- Ave María padre
- ¿Cuanto tiempo hace que no te confiesas?
- No se, desde la boda de mi amiga Elena. Que también tengo que hablar de eso. Pero lo primero y me hace más sufrir ocurrió anoche.
A Pedro le dió un vuelco el corazón. El sueño de la noche pasada había sido muy placentero pero perturbador. No quiso relacionarlo con los restos de semen seco de su ropa al despertar, pero el sueño lo explicaba. Se resistía a aceptarlo, pero sin darse cuenta volvía a estar duro como el banco sobre el que se sentaba.
- ¿Que ocurrió anoche, hija, que tan grave te parece?
Paloma inició el relato de lo sucedido interrumpiéndose cada momento por los sollozos que le provocaban el arrepentimiento al tiempo que el cura empezaba a sudar y respirar agitadamente pensando en cómo tendría aquel chico del tren el sexo bien enhiesto y que cantidad de semen caliente eyacularía al correrse. De forma casi inconsciente se desabrochó la sotana y se rebuscó entre la ropa interior su trozo de carne dura embutida en la grasa del pubis.
- Y dime hija ¿Cuanto tiempo tuviste su miembro en tu boca?
- No sabría decir...
- ¿Y te la metiste hasta la garganta o solo lamiste el capullo?
- Padre - Paloma empezó a indignarse - no sé qué necesidad...
- Si, hija, responde. Tengo que saber la gravedad del pecado, si fue solo un desliz o disfrutaste del incesto. Y..., ¿Tu hijo se dio cuenta y disfruto de tener una madre tan degenerada?
Pedro escuchando al cura no podía evitar estar muy excitado, destilando precum en cantidad apreciable que iba recogiendo con los dedos y consumiéndolo  y por otro lado escandalizado de haber gozado de aquella mamada materna, que él creía formar parte de un sueño y resultó ser real, pero para su horror desear que sucediese cada día. No podría volver a mirar a su madre más que como sujeto sexual. ¿Cuántas veces desde pequeño, estando dormido, se lo habría hecho? Se estremeció de miedo y placer. 
Y entonces vino la pregunta que Pedro no habría querido escuchar nunca.
- Y esto, hija, ¿había sucedido más veces?

sábado, 12 de agosto de 2023

EL CONFESIONARIO (I)


No sé realmente como sucedió.

- Debes irte unos días a casa Pedro.
¿Llevas ropa bajo el hábito?
- Naturalmente, padre.
- ¿Podrías levantarte el hábito?
Me felicité de haberme escamado de aquella orden de visita inmediata, poniéndome ropa interior, pantalón y camisa.
- Mire usted - dije mientras me levantaba el hábito - ¿quiere que me lo quité entero?
- No hace falta. Ahora tienes que descansar, ordenar tus ideas y en poco tiempo te llamaré. O quizá el General te llamé a capitulo. Para charlar. Ahora debes serenarte. Tú tren sale en una hora. Haz tu maleta y buena suerte. En poco tiempo si Dios quiere nos veremos.

El maestro de novicios me había llamado a su despacho y me había comunicado que otro novicio me había denunciado por impureza. Yo callé. No comprendía como alguien se pudo haber dado cuenta, pero el novicio Ramón hacia tiempo que me miraba raro. No sé cómo pudo percatarse que me ponía el hábito sin ropa debajo. Y además hacia unas semanas que había distraído una mano de almirez de la cocina, de buen tamaño, mármol de Macael, y me la insertaba por el orto, para entretenerme en los aburridos y larguísimos oficios. Cuando nos sentábamos en los bancos, con casi imperceptibles movimientos me estimulaba desde dentro hasta que me corría. Tenía los bolsillos del hábito descosidos y con las manos por dentro me ayudaba hasta la eyaculación recogiendo la lefa en las manos y llevándomela después disimuladamente a la boca. Ramón debió darse cuenta de alguna de estas efusiones y despechado por lo que ahora contaré me delató al maestro.
Después de una de aquellas sesiones de la comunidad en la capilla en la que la estimulación interna a cargo del dildo marmóreo fue más intensa de la cuenta o que yo a mi diecisiete años estaba que no podía más gemí de forma audible para quien estaba cerca de mi, Ramón, cuando me corrí y de forma refleja le miré en ese momento pidiéndole de manera tácita, indulgencia. Después de la capilla teníamos retiro en nuestras celdas, y Ramón se presentó en la mía, sabiendo que era algo prohibido.
- Menuda paja te has hecho en la capilla, Pedro. Yo también voy desnudo por dentro - se levantó las faldas del hábito enseñando un pequeño pene muy tenso y babeante de excitación - y seguro que una mamada no estaría de más para evitar tener que chivarme de tu impureza.
Mi reacción fue darle un empujón que dio con su grasienta carne en el suelo. Luego, siendo sincero conmigo mismo, me dije que de haber tenido un rabo de ocho pulgadas en lugar de la trompada habría elegido la mamada.
- Debes quitarte el hábito para viajar. Aunque te lo lleves. Si te llama el general deberás acudir con vestimenta talar. Ahora, ven aquí y dame un abrazo de despedida.
Se levantó el padre Manuel, se acercó a mí y me abrazó intensamente, tanto que sentí su dureza contra mi cuerpo, al tiempo que deslizaba por la espalda su mano izquierda hasta abarcarme el culo y empujarme hacía él.
- Quizá no tuvieras que irte si fueses más complaciente y menos rígido en tus preferencias. Este noviciado podría convertirse en algo muy revelador.
- Ya me he hecho a la idea, padre - al tiempo que me separaba de su cuerpo.
- Está bien. Vete. Seguro que volveremos a vernos.

El tren avanzaba a paso moderadamente rápido. Los frailes no escatimaban. En primera. Era cómodo viajar así, no en los atestados vagones de segunda con su humo del caldo de gallina de los trabajadores que se trasladaban de un pueblo a otro a trabajar y liaban y encendían un cigarro tras otro. Los niños que lloraban por la incomodidad y el desespero de las madres repartiendo estopa a la prole para que estuviesen quietos. En primera todo era quietud. Enfrente de mi asiento un cura ni joven ni viejo me miraba interesado. Sentía, notaba que quería cháchara con una expresión de sonrisa a medio hacer buscandome la lengua. Una sotana impecable, seguramente de paño de Benavente con un alzacuellos inmaculado. Afeitado perfecto dejando ver unas mejillas azuladas por la barba tan negra que no se dejaba asomar. Unas gafas montadas al aire con cristales verdes le daban un aspecto como de obispo o al menos de vicario. Ya conocía ese aspecto en el padre provincial cuando vino a visitarnos con motivo del inicio del noviciado.
Me hacía preguntas y yo respondía con monosílabos hasta que me preguntó por la novia.
- Estoy haciendo el noviciado. No tengo novia.
- ¡Religioso! Como yo. Perfecto, perfecto. ¿Y tú hábito? Dispensa por viaje, supongo.
Al mostrarse comprensivo con mi atuendo civil hizo un movimiento acomodándose en el asiento y se colocó el paquete. Le miré descaradamente su acción y balbuceó algo.
- ¿Cómo dice, padre? No le entendí.
- Decía que lo peor de todo, lo más difícil del noviciado es la pureza. Eso fue lo que más me costó a mi en el seminario.
- Para mí - vacilé algo al contestar - lo más difícil es la obediencia.
Me quedé callado absorbido por mi imagen en la capilla durante la meditación moviéndome para que el dildo que me había buscado me estimulase lo necesario para obtener el mejor orgasmo. 
- La obediencia es difícil, si, pero la lujuria muerde la carne y cuesta trabajo desprenderse de ella. Llevamos la carne sobre nosotros siempre dispuesta a arrastrarnos a un placer mal entendido.
Lo decía con un tono melifluo de voz, como si quisiera hipnotizarme clavándome la mirada en mis pupilas, como atornillandome a su voluntad. Ya sin ningún disimulo se acariciaba la sotana a nivel de su bragueta y pasaba de mis ojos a la bragueta queriéndome comer.
Sonó en ese momento por la megafonía que llegábamos a mi destino, al parecer el mismo que el del cura.
- ¿Viene alguien a recogerte? Por cierto, ¿te llamas? Yo soy Felipe, padre Felipe - al tiempo que me tendía la mano.
- Yo me llamo Pedro - le tendí mi mano y sentí una mano blanda, desfallecida, regordeta, fría y húmeda - y sí - mentí pensaba tomar un taxi, no había llamado a casa para comunicarlo - vendrá un hermano mayor a buscarme.
- Yo soy el párroco de San Dionisio. Cuando quieras cualquier cosa, cualquier cosa - enfatizó - te pasas por la sacristía y preguntas por mi, Don Felipe.
La amplia sonrisa emocionada con los labios brillantes por la salivación excesiva y el deseo de comerme en los ojos me halagó, me sentí deseado pero la náusea se me hizo presente imaginando aquel cuerpo blanco y grasiento desnudo.
Esperé a que le recogiese un coche y luego fui a la parada de taxis y di al chófer mi dirección.
Mientras me dirigía a casa e iba viendo pasar mi ciudad se me venía a la cabeza la imagen del cura. Don Felipe. No podía evitar las imágenes de un gordo macilento de mejillas azuladas y baboso tendiendo su mano a mi cara. Me daba asco, si, pero me excitaba. Entornaba los ojos y me removía en el asiento de forma lubrica.
- ¿Te pasa algo chaval?
El taxista me sacó de la ensoñación. Veía sus ojos a través del retrovisor y comprendí su pregunta.
- Nada, nada, es solo un pliegue del pantalón, una incomodidad.
- Como a vuestra edad, tenéis un culito tan redondito y duro..., verdad. Ya te digo, si puedo echarte un cable, o algo, lo que quieras.
- Muchas gracias. Estamos llegando.
Creo que si hubiese durado la carrera diez minutos más habría acabado en cualquier descampado con la cabeza entre las piernas y el culo en pompa.

- Me han dado unos días de vacaciones.
- ¿En estas fechas, vacaciones? Pedro, ¿ Que has hecho? Que te temo.
- Nada, mamá. En unos dias me llamarán de la casa madre y ya está.
- Pero a ti te han echado. A mitad de noviciado, vacaciones. Que te compre quien no te conozca. Menos mal que ya no está tú padre, habría que haberle aguantado además sus sarcasmo.
- Bueno, es un tiempo de reflexión. Echado, echado, no ha sido. Además, en el tren he conocido a un cura, párroco de San Dionisio que me ha dicho que vaya a verle para poner en orden las ideas.
Diciendo esto, Pedro se imaginó al cura, desnudo, blanco como el yogur natural con una oronda barriga y una polla embebida en grasa, las mamás fláccidas colgando  como si los gruesos pezones rosados le pesasen, acercándosele con la sonrisa bobalicona pintada en sus mejillas azuladas y la saliva resbalando por las comisuras. Sin saber porqué, se empalmó. Le excitaba imaginar la escena.
- Pues lo que tienes que hacer es mañana temprano, después de desayunar, acercarte a esa parroquia y que ese cura tan amable te ilumine.
- Mañana temprano, iré a verle y me desnudaré por completo delante de él, en el confesionario para que me haga ver la gloria - cerró los ojos y se vio a si mismo desnudo, masturbándose furiosamente dentro del confesionario mientras el cura, revestido le echaba agua bendita con el hisopo. Y en ese momento se corrió de gusto.
- ¿Que te pasa, Pedro? Se te ha cambiado la cara.
- Un retortijón mamá, voy al váter.
En el cuarto de baño observó la cantidad de semen que había eyaculado; mucha cantidad, recogió lo que pudo con los dedos, se lo llevó a la boca, cerró los ojos y quiso imaginar que Don Felipe, se le había corrido en la boca, sintió que su verga revivía con esa imagen y sin pensárselo más la abonó con otra masturbación. Otra corrida, otra consumición de lefa propia y un sueño que le invadía que le llevó a su cama.
- ¿No vas a cenar, Pedro? - le gritó su madre desde la cocina.
- No mami estoy cansado, prefiero dormir - intentó levantar la voz.
- No te escucho, hijo - su madre se acercó a su dormitorio y le vio ya sumido en un profundo sueño. Le quiso arropar amorosamente - duerme mi niño precioso, duerme. Con esa carita de niño inocente - se le escaparon dos lágrimas - ¿Quién te ha hecho daño a ti, mi amor?
Le observó vestido sobre la cama profundamente dormido, como solo saben dormir los adolescentes después de derrochar toda su fuerza vital a lo largo del día.
- No cariño - susurró- así no vas a dormir bien. Mamá te va a poner tu pijama como cuando eras del todo mío.
Como el que desnuda a un muñeco de trapo, su madre le sacó la camisa, los pantalones y el slip. Se quedó mirando su sexo. Era grande y bien formado. Quiso saber si tenía en la encrucijada del escroto y el pene un antojo como el que ella descubrió en el padre de Pedro cuando, al fin, se decidió a hacerle una felación. Una mancha rojiza con forma de berenjena - un angioma dijo él - levantó el pene de su hijo con cuidado para ver si existía el antojo y, cosas de la edad, la verga comenzó a tener consistencia hasta adquirir en pocos segundos una dureza pétrea. Del meato empezó a destilar fluido trasparente y la madre no pudo evitar acercar la lengua para recogerlo, como lo hacía siempre con su marido y entonces vio una mancha oscura y pequeña cerca del escroto. Se preguntó qué pasaría si se metía el pene en la boca y no pudo reprimirse. Una vez que sintió la seda de su hijo en la boca, su lengua recuperó la memoria de cuando lo hacía con su marido, ya ex, y tuvo que seguir, no por mucho tiempo pues su hijo comenzó a eyacular y permaneciendo dormido gemía de placer por la felación de su madre. Lo tragó todo como solía con el padre del niño, terminó de ponerle el pijama y se llevó de forma inconsciente la mano a su sexo comenzando su propia autosatisfacción. En pocos energicos y rítmicos movimientos alcanzó su orgasmo y cayó de rodillas junto a la cama de su hijo. Estuvo un rato llorando arrepentida de su comportamiento y se comprometió a ir al confesionario.
Luego se levantó despacio y estampó un beso suave en la frente y salió del dormitorio cerrando con cuidado la puerta.
Pedro continuó dormido ajeno a la tragedia que acaba de suceder en habitación.

Estaba ya el sol alto cuando despertó a Pedro una tirantez extrema en la entrepierna. De manera instintiva se llevó la mano al pantalón del pijama y lo encontró mojado. Dio un bote en la cama creyendo haberse meado estando dormido. Pero la cama estaba seca y además identificó como semen seco la mancha que acartonaba en parte el pijama. Se quedó parado y se dijo en voz alta: ¿Quién me puso el pijama?
- Mamá - levantó la voz - ¿Tú me pusiste el pijama?
- Si hijo - la madre entró en el dormitorio como cortada - estabas vestido y así no ibas a descansar bien.
- Entonces..., me lo has visto todo. ¡Joder, mamá, que ya soy mayor!
- Hijo, claro - cada vez más nerviosa - te he visto muchas veces. Pero no hice nada...
- Mamá, solo faltaba que hubieses hecho algo. ¡Que cosas tienes!
- Bueno, venga Pedro, que ya está el desayuno.


jueves, 13 de abril de 2023

MASTER(V)

 

Cuando Noel entró en la sala de jaulas, uno ya estaba en su rincón relamiéndose la mierda de Ramiro que finalmente se dejó llevar de una lujuria nauseabunda y entre jaleos de tres y cinco defecó en la boca de uno. Y mientras el viejo masticaba la mierda, Ramiro, presa de una urgencia que no se reconocía, con violencia se revolvió colocándose detrás de uno y lo folló con desesperación. No pensaba conscientemente que pudiera correrse, hacia escasos minutos que lo había hecho, pero sorprendentemente estaba duro como el corindón y el olor a sus propias heces que lo impregnaba todo y las muestras de goloseo que daba uno le debieron estimular dios sabe que resorte en el cerebro y se corrió dentro de uno con furia.
- Bien, bien, bien - Noel entró aplaudiendo en la sala - mi nueva perra me va a dar muchas satisfacciones - y acuclillandose en la jaula de uno, continúo - te ha faltado algo siete. Has dejado al pobre de uno sin la mamada de culo que tanto le gusta.
Ramiro acababa de correrse en el culo de uno, sacó su espada limpia y Noel le pedía ahora, ¿qué?
- No soy muy paciente, siete. Quiero ver cómo le comes el culo a uno ahora mismo. Así que, venga, decúbito supino y el viejo en cuclillas sobre tu boca. ¡Cómele el culo pero ya! Mira, en esta bolsa hay ropa para que te lleve a tu vida. Solo con el contrato de esclavo que has firmado y una mierda de coche que me has regalado no va a ser suficiente. Lo voy a querer todo y tu cuerpo será lo último. Tengo imágenes de todo. Pueden empezar a circular. Venga, boca arriba y a tragar, que al fin y al cabo, es tuyo.
Tres y cinco viendo la cara de angustia de Ramiro daban palmas y ansiosos esperaban embobados a que siete se tumbase bajo uno.
Noel alcanzó de una repisa la vara eléctrica.
- ¿Sabes que es? - y diciéndolo la acercó a los huevos de uno, salto una chispa, uno emitió un alarido de dolor pero se abrió de piernas del todo para que continuase el castigo. Olía a carne quemada.
Ramiro con el terror pintado en la cara y sin poder evitar empezar a empalmarse otra vez se tumbó en el suelo de la jaula. Uno inmediatamente se colocó a horcajadas sobre si cara e inició un balanceo atrás y adelante restregandole el ano por la cara. Uno estaba radiante.
- No, no, uno, deja de moverte, ¿no ves que siete se muere por meterte la lengua en tu coño babeante.
Efectivamente, el semen de Ramiro empezaba a descomponerse y un hilillo de viscosidad pestilente le resbalaba por el ano totalmente incompetente. Ramiro miró y solo vio un ano de bordes engrosados y estriados de unas proporciones descomunales. Podría haberle metido el pie sin dificultad. Vio además la úlcera que en el escroto había provocado Noel con la cara eléctrica. Cerró los ojos, levantó las manos y llevó hacia su boca el ojal de uno. Empezó a chupar y se engolfó en la mamada. Era más la aprensión que lo que en realidad era. Algo muy vicioso, lleno de deseo incomprensible pero infinito, una lujuria negra como un mar tenebroso que cada vez le excitaba más y más. Le sabía la boca a semen mezclado con heces, un sabor amargo que estimulaba porque la erección se había vuelto explosiva y deseaba más orgasmos. Estaba ya agotado, pero no le importaba acabar así. El viejo mientras pellizcaba con saña los pezones de Ramiro lo que provocaba un dolor que reclamaba aún más pues cuanto más hiriente era más sensación tenía de eyaculación inminente. Cuando el ano de uno se seco, Ramiro escuchó una voz que salía de su garganta pero no era suya y gritaba "MAS"
Noel en ese momento tocó con su cara eléctrica la polla de Ramiro y ésta emitió un chorro de semen entremezclado de sangre, tanta era la congestión.
- Estás hecho un as, siete. Tres magníficas corridas en un rato. Vamos, vístete con eso - le tiró la bolsa que traía en la mano - que tienes que volver a tu falsa vida, porque la real, la que tú deseas es esta. Cuando salgas a la calle, a la derecha, como a cien metros hay una parada de bus. No pensarías que iba a llevar en mi Maserati a una perra como tú.
Ramiro accionó la palanca y abrió la portezuela de la jaula. Uno hizo intención de retenerle le regaló un gesto de angustia por perderlo y Ramiro se deshizo de la suave presa de su mano con coraje. Salió de la jaula abrió el paquete y aún pudo ver cómo Noel se perdía por aquella puerta.
Se indignó cuando vio el tipo de ropa que le habían dejado.
- ¡Cabronazo! - masculló. 
Tres le previno sobre insultos al amo.
- Siete, tu no sabes si alguno de nosotros va a chivar al amo para congraciarse. Ten cuidado.
- Que os jodan a todos. No vais a volver a verme por aquí.
Se calzó la ropa con rapidez y salió a la calle. Era de noche ya. Siguió las instrucciones de Noel y llegó a la parada del bus. Se dio cuenta que no tenía dinero, ni cartera ni ninguna identificación. Se metió las manos en los bolsillos del chándal raído, desesperado, preguntándose que pecado habría cometido, cuando palpó unas monedas. Soltó un resoplido de alivio y saco el dinero. Era lo justo para el bus.
- Después de todo a lo mejor no es tan cabronazo - musitó para el cuello de su camisa.
Todo el trayecto lo pasó saltando de diseñar la estrategia de rellenar las horas ausente sin justificar a rememorar las horas dulcemente duras que había pasado en compañía de aquellos desgraciados. Sin remediarlo lo que mejor recordaba era el episodio de uno restregando si descomunal ano por su boca. Volvía a empalmarse, sintió los pezones duros y deseó en lo más íntimo que se repitiera.
- ¡No se va a repetir! - lo dijo en voz muy alta y tono de cabreo.
- Perdón, caballero - la señora de cerca se interesaba por su bienestar - necesita usted algo.
- Lo siento, señora,no, nada, me han despedido del trabajo, nada más.
- Ay, señor, pues lo siento mucho.
- Esta es mi parada, muchas gracias señora.
Ramiro, saltó del bus. No era su parada, pero no quería pegar hebra con nadie. Su casa estaba como a diez manzanas en una zona residencial de alto nivel. Para llegar tendría que caminar una media hora. Nunca había paseado a esas horas por su barrio y estaba accediendo a un mundo tan desconocido para él como excitante. De cuando en cuando se cruzaba con gente extraña que le taladraba con la mirada. Uno, un veinteañero hasta le paró para pedirle algo de dinero para el bus y en vista de que no tenía le pidió un cigarro, que como tampoco le ofreció una mamada por solo diez €. Ramiro sintió que le palpitaba el rabo, pero no quería más experiencias esa noche. 
Pensaba entrar por la puerta de servicio, subir a su cuarto por la escalera de servicio y poderse cambiar. No sabía cómo iba a justificar esa ropa. Pero no. Su mujer le estaba esperando en el jardín.
- Ay, cariño, menos mal que estás bien - la mujer estaba sinceramente preocupada - ya nos ha dicho, como se llama, ese chico nuevo que has contratado, si, Noel, lo que te ha pasado, primero, la sopa que te han tirado por encima y luego lo del tipo ese con el que te has peleado por tu coche. Pero no te preocupes, lo ha recuperado Noel y lo ha traído a casa. Está como nuevo en el garaje. Ah, y a traído tu teléfono y la cartera que se quedó en el restaurante donde te cambiaste con la ropa que te dejaron.
- Uff, menos mal cariño. Muy amable el chico ese Noel.
- Y ¿que te han dicho en comisaría?
- Nada, que si aparecía el coche me llamarían. Pero vamos, mañana llamaré yo para decir que lo tengo yo.
Entrando en la casa los dos sonó su teléfono.
- Mira, Ramiro, seguro que es el chico ese que dijo que llamaría a ver.
- Dime Noel. Ya me ha dicho mi mujer.
- ¿Todo en orden, verdad perra? No creas que ha cambiado nada, sigues siendo la guarra que le come el culo a un viejo más cerdo que tú. Sigo siendo tu amo y tendrás que estar a lo que yo te mandé.
- Estoy encantado de ser tu perra - Ramiro tuvo una erección explosiva y los pezones le querían perforar la sudadera - solo deseo cumplir tus órdenes.
- Ahora, vete a la cama y cumple con tu santa. Mañana nos vemos en el despacho. No te pongas calzoncillos. Es una orden directa.
- Ya estoy deseando que llegue mañana.

domingo, 9 de abril de 2023

MASTER(IV)

 

- Ha sido todo tan precipitado como excitante, siete, de manera que aún no tengo jaula. De momento vas a entrar con uno. Te va a encantar. No tengo humillador a mano, ni castidad, así que te doy permiso para que te relaciones con uno. Os dejaré la luz encendida, tres y cinco, querrán ver cómo os lleváis. Las sucias perras tienen que llevarse bien.
Tanto tres como cinco, un muchacho gordito y silencioso dejaron traslucir en su gesto la ansiedad de no ser ellos los obsequiados con la compañía de Ramiro.
Ramiro fue llevado a puntapiés donde cuadrase hasta la jaula de uno, éste accionó la palanca y la puerta de la jaula se abrió. Ramiro entró y se acomodó en la esquina más alejada de uno.
Noel, regresó con la carpeta de documentos, ya firmados por Ramiro y cero y se perdió por la misma puerta por la que entró. La luz quedó encendida.
- Psst, tú, siete, ¿te vas a follar a uno? - tres en cuanto la puerta se cerró empezó a hablar - yo también pasé unos días en su jaula. Tiene buen coño y casi nunca se caga, y como no tiene dientes, la mama de lujo.
Uno tenía una edad indefinible. Delgado hasta la extenuación se le podían contar las costillas y los picos de los huesos de las caderas parecía que intentaban perforar la piel. El vientre pereciera que quería pegarse a la espalda y el pubis era una barra alta entre sus caderas. Tenía un rabo casi inexistente sobre el que se prendía una chapa de acero con un orificio en el centro y colgando una bolsa larga y fláccida adornada por unos cuantos pelos grises. Del pecho le colgaban dos mamás rematadas por unos enormes pezones perforados por unas anillas negras.  Sin culo prácticamente, tenía unos callos como los de los monos sobre los que se sentaba.
Los pómulos hundidos, unos labios azulados caídos y unos ojos pequeños y ahogados como en dos simas negras. Le caían sobre la cara unas greñas sal y pimienta.
Cuando vio a Ramiro en su intento de cobijarse en un rincón de la jaula sonrió lascivo. Ramiro puso cara de irse a morir de susto.
- No te asuste - le susurró tres - solo querrá tocarte el nabo a ver qué tal y luego te pondrá el coño para que le folle un humano una vez al menos. Hace meses que solo le folla cero. Le gusta comer el culo, pero si se lo comes tu a él le tendrás a tus pies para siempre.
Uno con su sonrisa bobalicona, muy despacio extendió sus brazos hacia Ramiro y como no le alcanzase casi repto hasta llegar a él. Ramiro hizo todo lo posible por rechazarle.
- Déjale, perra - hablo el cinco en voz muy baja - que te huela y házselo tú. Somos perras, por eso estamos aquí, y las perras se huelen el coño.
Ramiro se relajó al escuchar esto. El que le llamase perra un igual le excitó y empezó a empalmarse, algo a lo que no fue ajeno uno. Ya su altura, uno comenzó por rozarle muy levemente con sus huesudos dedos mientras que con la boca semiabierta le resbalaba la baba. Muy lentamente le pellizcó los pezones y ante ese estímulo la erección fue ya violenta y desató en el la lujuria.Al ver uno esa respuesta pellizcó con fuerza y retorció los pezones. Ramiro respondió alargando sus manos y tomando sus aretes retorciendo los con intención de arrancarlos. Y en ese momento la cara de uno reflejo beatitud empezando a convulsionar al tiempo que de su chapa que le escondía lo que le quedase de pene empezó a salir muy despacio, como manando lo que no podía ser más que semen.
- Gracias, de verdad, gracias. Ahora me alegro que hayas firmado esos documentos - y tal como lo dijo, hundió la cabeza en el regazo de Ramiro, tragándose entera la polla y así se mantuvo un buen rato sin moverse.
- Currale los huevos con mala leche - en la voz de tres se reflejaba su disfrute - y hará que te corras como nunca lo has hecho.
Uno, al escuchar lo que decía tres, sin soltar su presa de la boca se giró de tal manera que Ramiro tuviera facilidad para golpear los huevos con toda la fuerza que quisiera.
Ramiro golpeaba los huevos cada vez con más fuerza y cuánto más violento era el castigo más placer le proporcionaba uno. Hasta que pareciendo lo que era imposible, uno ayudándose de sus manos se metió los huevos de Ramiro en la boca haciendo que la tragada fue aún más profunda y en ese preciso instante se corrió como no recordaba haberlo hecho nunca.
- Buena corrida, ¿eh, perra? uno es viejo pero a experiencia no hay quien le gane - cinco mientras decía ésto se masajeaba su castidad intentando alcanzar un orgasmo.
Uno, después de retirarse suavemente del sexo de Ramiro dejándole exhausto, le indicó mediante sutiles maniobras que se diese la vuelta y le ofreciese su culo. Ramiro intentó resistirse pero uno era muy insistente.
- Déjale siete, déjale que te coma el culo ahora - tres esbozó una sonrisa cómplice mirando a cinco que le contestó.
- Si, siete, haz caso a tres y déjale el ojete y no te vayas a cortar. A uno le encantan las sorpresas, ¿verdad, uno?
Uno se limitó a dirigir una mirada feroz a las jaulas aledañas mientras renovaba los impulsos e interés en que Ramiro se diese la vuelta. Ante la insistencia se giró ofreciendo su espalda al viejo esquelético. Con una fuerza que le extrañó a Ramiro, uno le levantó las caderas para exponer el ano. Y se lanzó como si en eso le fuera la vida. Tenía una lengua de camaleón increíble que entraba y salía del ano de Ramiro que ante tanta estimulación volvió a empalmarse. Estaba sintiendo un placer totalmente desconocido. Empezó a jadear de placer y a desear metérsela al viejo. Comenzó a escuchar algo que uno decía entre acometida y acometida pero no acertaba a saber que mascullaba.
- Quiero follarte, uno. Ahora.
Pero uno no estaba dispuesto a dejar su premio y seguía metiendo lengua y recitando su mantra.
- ¡Bueno! alguno de vosotros sabe que está diciendo el degenerado este entre chupada y chupada.
Tres y cinco prorrumpieron en un sonora carcajada.
- ¿Aún no te has dado cuenta? Cavila, cavila - y tenía que interrumpirse por qué la risa no le dejaba hablar - anda cinco, díselo tu al nota este sordo.
- ¡Que te cagues en su boca! Cagate ya y dale el gusto. Luego te lo follas. El viejo uno es un auténtico carrito de chucherías.

viernes, 7 de abril de 2023

MASTER (III)

 

Noel entró con unos documentos en la carpeta y a su lado con aspecto de estar ajeno a todo, su mastín. Un bicho enorme de unos ochenta kilos de peso. Una cabeza descomunal con belfos babeantes. Ramiro estaba sentado en el suelo. El perro se le acercó lentamente y Ramiro se engatilló preventivamente ante lo que consideraba el ataque inminente de una fiera. El perro puso una de sus manazas en el pecho de su víctima.
- Quiere que te tumbes boca arriba. Cero; cero es el nombre de mi amigo, mi primer esclavo sexual. Le has gustado, verás que bien lo hace.
Ramiro con mucho cuidado, despacio, fue tumbandose todo lo largo que era en el suelo.
Cero pasó las patas de uno de sus costado al otro lado del cuerpo de Ramiro y se quedó con su cabeza sobre la entrepierna de este y sus hijares sobre la cara del hombre. Ramiro tenía el sexo, enorme, del perro a escasos centímetros de su cara y de súbito vio aparecer el pene rojo brillante de entre el pelo de su pene. Aquel trozo de carne crecía y crecía mientras sin que repararse en ello Ramiro, cero lamía cada vez con más intensidad su sexo.
- Cero lo hace muy bien. Le enseñé desde cachorrito como hay que estimular el rabo de un hombre - Noel se sentía bien con la explicación - aunque claro, también le enseñé reciprocidad. A él también le gusta que se lo hagan, ¿Verdad perras? - dirigiéndose a las jaulas.
Los de las jaulas respondieron con gemidos y sacando la lengua. Cómo Ramiro no se atrevía a meterse en la boca el miembro del animal, Noel se lo facilitó.
- Verás, guarra, lo comprendo, pero te lo voy a facilitar. Tres, a ver, sal de tu jaula.
El chico de treinta años accionó una palanca desde dentro de la jaula, la puerta se abrió y salió a cuatro patas con la cabeza humillada dirigiéndose a donde estaba Ramiro. Llegó a su altura, metió la cabeza bajo el cuerpo de cero y materialmente se tragó el pene. En ese momento cero abrió las fauces y todo el sexo de Ramiro quedó dentro de la boca del perro. Sentía como su lengua le masajeaba escroto y pene provocándole un placer desconocido. Y se fijó entonces en qué tres llevaba puesto un artefacto de castidad que prácticamente dejaba reducido su pene a nada. Solo el escroto no se veía por estar estirado con un humillador que le impedía erguirse.
- Ahora, cuando le diga a tres que se quite, sustituyele inmediatamente. No hay cosa que irrite más a cero que le dejen una mamada a la mitad, ¿Verdad, uno? Casi le arranca la polla cuando empezaba a correrse y del tirón se retiró. ¿Tardó en cicatrizar, verdad uno?
En ese momento, tres se retiró de cero y Ramiro sintió como los dientes del perro le herían los genitales, e inmediatamente se metió la polla dura del perro en la boca. Cero aflojó la presa y continuó masajeando con fuerza. Ramiro sintió que se corría al tiempo que la boca se le llenaba de carne que crecía exageradamente. Por mucho que intentó abrir la boca tenía la verga del animal atascada. Respiraba con dificultad mientras echaba chorros de semen en la boca del perro. Terminó, cero se retiró y comenzó a gemir, babeando sobre el pene fláccido de Ramiro y de repente un chorro viscoso y soso le atragantó, se ahogaba y de pronto la boca se le vacío de la carne que le ocupaba la boca. El perro de un tirón se salió de la boca de Ramiro que comenzó a toser compulsivo.
- Vaya, siete, porque ya eres siete, ¿te habrás dado cuenta? has entrado por la puerta grande.

miércoles, 5 de abril de 2023

MASTER (II)

 

El Maserati de Ramiro era un modelo especial encargado por su suegro con motivo del ejercicio que él gerenció por vez primera y en el qué la empresa aumentó sus beneficios un 37,6%.
El Ghibli sedan de Ramiro era un V8 biturbo con turbocompresor lo más rápido del mercado. Una joya italiana. Negro noche con tapizado gris tormenta.
- Bonito coche me vas a regalar, guarra.
Escuchar la voz de Noel con tono sardónico le produjo a Ramiro un vacío en la boca del estómago que le llevó a pensar en que vomitaría allí mismo.
Temblando le respondió
- Pero..., este coche es, es...
- ¿Qué, perra, qué? mi coche, querrás decir. Venga, maricona, para este trasto y bájate. ¿Que te hizo pensar que iría a casa de una puta que me enseñase algo? Bájate ya, joder - el grito restalló en los oídos de Ramiro - yo te follaré cuando y donde yo quiera, no donde a ti te apetezca.
- Por favor, señor, llévame a casa de la perra. Seré tu esclavo, tu retrete, tu mierda, pero follamé delante de ella.
No se vio venir la hostia. La mano izquierda de Noel, como un rayo bíblico se estrelló contra la nariz de Ramiro que comenzó a sangrar profusamente.
- Te he dicho que te bajes de mi coche perra asquerosa - y al tiempo le sujetó la cara con su mano derecha medio levantándose de su asiento - ¿A que esperas, guarra? - y diciéndolo le empezó a chupar la sangre que le mandaba de la nariz, para luego escupirsela en la cara otra vez - ¡baja ya!
Ramiro, que ya habia detenido el coche del todo, abrió la portezuela iniciando la salida mientras Noel de un ágil salto pasaba de su asiento al del conductor empujando violentamente a Ramiro que acabó rodando por la calle.
- Y ahora guarra, abre el maletero y te metes, este es mi coche y la basura no va donde las personas.
- ¡Por favor! - gimió desde el suelo Ramiro sin dejar de sangrar.
- ¿Y a ti quien te ha dado permiso para empalmarte? - Noel hablaba en un tono de auténtico enfado fijándose en el tremendo bulto de la entrepierna de Ramiro.
De un salto, Noel bajó del coche, apuntó a la bragueta de Ramiro y le pateó sin misericordia. Luego accionó desde el salpicadero el mecanismo del estrecho maletero.
- ¡Que te metas ya, perra sarnosa! - y diciéndolo le agarraba por el cinturón arrastrándolo.
Ramiro hizo por meterse dentro con dificultades hasta conseguir acomodarse. Noel cerró la portezuela.
- Y no quiero volver a verte con ropa. Las perras van desnudas - le hablaba con el capó cerrado - te las apañas para quitarte eso y cuando vuelvas a abrir no quiero ver ni un cachito de tela sobre tu puta piel.
Ramiro dentro del maletero, a duras penas, quitándose o rasgándose la ropa consiguió mientras el coche circulaba desembarazarse de la ropa, pero de lo que no podía hacerlo era de la explosiva erección que tenía con la abundante emisión de precum. Nunca, ni en las sesiones más salvajes con Luna había tenido esos accesos de lujuria desatada y se dio cuenta que Luna era una empleada que representaba el papel que el esperaba que bordase, pero Noel era vida real, le había roto la nariz, le había pateado, no estaba actuando y no sabía que iba a hacer con él. Empezó a tiritar de excitación imaginándose las palizas o torturas a las que le sometería, y sin palabra de seguridad ni hostias. Estaba a su merced y eso le estremeció hasta tal punto que sintió que empezaba a correrse sin poderlo evitar. En la postura engatillado en el maletero en la que estaba alguna gota de lefa le alcanzó la cara. Se relamió y gritó.
- ¡Siiii! Esto es lo que he querido siempre.
Y de repente su coche frenó en seco. Ramiro pensó que habían llegado a casa de Luna, pero reparó en que Noel no sabía la dirección. La excitación de no saber dónde acababa de llegar le volvió a provocar otra erección explosiva. Y el maletero se abrió.
La luz blanca brillante del lugar donde estaban le deslumbró y poco a poco la figura de Noel se fue recortando contra la claridad. De fondo se escuchaban gemidos y murmullos apenas reconocibles.
- Vamos, sal guarra, hemos llegado a mi perrera.
Ramiro desentumeciendose a toda prisa saltó del coche intentandose poner de pie. Noel de una patada, le tiró al suelo violentamente. Los murmullos y gemidos de fondo se detuvieron.
- Las perras no se ponen de pie, eso es para humanos y tú ya no lo eres. Así que te quedas ahí en el suelo como todos hasta que vuelva con el documento.
Noel salió por una puerta y Ramiro empezó a explorar su entorno. Había tres jaulas. De una de ellas, la más alejada escuchó una voz cascada.
- No firmes, estúpido, no firmes, por muy cachondo que te ponga ese bestia
- Si, firma, tío - se escuchó una voz joven de una jaula más cercana - nadie me ha hecho gozar más en mis treinta años. Llevo aquí cinco y no me arrepiento ni un día. Ese te dice que no firmes porque eres el juguete nuevo y si antes le follaba poco ahora le tiene solo para algún amigo y para su mastín. Y no puede ni pajearse, aparte de viejo, tantos años de jaula le han dejado sin polla. Tu firma, y aprovecha la vida para gozar. El dinero solo da disgustos y preocupaciones. Yo con diecinueve tenía una pasta, era desarrollador de una empresa coreana, hasta que conocí a Noel en un bar. Tío, de verdad, empecé a vivir con veinticinco.
- ¿Cómo te llamas? - preguntó Ramiro.
- Olvídate de nombres. Aquí somos números. El vejestorio es uno, yo soy tres y este otro de la jaula es cinco. Así que tú serás siete, supongo. Ah, y en su presencia o la de sus amigos que no te vea hablar, aparte de que deja de follarte y te da a su mastín como a uno. Y ahora calla que viene por ahí. ¡Firma! no seas tonto.