sábado, 23 de febrero de 2013

ROBERTO X



Cuando colgó el teléfono, Alejandro se golpeó con fuerza el puño contra la otra palma de la mano, irritado por lo que acababa de escuchar. Se propuso llamar pasadas veinticuatro horas para comprobar que la uretra de Roberto estaba en condiciones de salud.
Nada más colgar el teléfono Roberto sintió ganas de orinar y temió lo que pudiera suceder. Con mucho miedo se dirigió al baño y se sujetó el pene fláccido entre los dedos haciendo presión sobre la uretra en la base del pene. Sintió en los dedos como el impetuoso chorro de orina empezaba a correr por la uretra y llegaba a la zona lesionada por el mango del cepillo y creyó morir de dolor,  pues la orina no conseguía el paso porque se lo cerraba la inflamación y de repente ante la presión ejercida por la vejiga la orina y el masaje que con sus dedos ejerció él desde fuera, consiguió ésta abrirse paso y con una desesperante quemazón dolorosísima irrumpió por el meato urinario salpicando hasta la pared del baño pero para alivió del chico sin rastro de sangre. La micción continuó después con molestia pero con el alivio que suponía saber que el mal trago había pasado no sin dificultad y temiendo al tiempo la próxima vez que volviese a suceder. Ante la sorpresa de Roberto y sintiendo aún el dolor recién sentido comprobó como su pene ganaba tamaño hasta alcanzar una dolorosa erección que le exigió una masturbación rápida que sí se saldó con una eyaculación teñida de semen rosado lo que le volvió a provocar preocupación a la vez que morbosidad recordando como Lucas le horadaba su pene con el mango del cepillo. No descartaba volver a repetirlo aún viendo sobre sus dedos el color rosado del semen.

Alejandro se quedó preocupado por lo que su hijo le había consultado y Quique se lo notó en los ojos.
- ¿Qué ha pasado?
Alejandro se quedó mirando muy fijamente a los ojos de Quique intentando averiguar cuales eran sus verdaderas intenciones. Lo cierto es que estaba colado por él hasta lo más profundo, pero no ya por su sexo o su manera de entenderlo, sino por su manera descarada de enfrentar la vida. Era absolutamente libre y pensaba que todo lo que se le antojaba era licito solo porque a él se le había antojado. Absolutamente amoral su personalidad era arrolladora y no podía quitarse jamás de la cabeza la felación que le hizo a orilla de la carretera de los Caños aquella noche que le conoció. Le estaba mirando a él, que tenía un semblante deliberadamente severo, con un esbozo de sonrisa cínica en los labios que lo que le incitaba era a saltarse la mesa que les separaba y comerle la boca delante de todos los presentes, pero su condición le impedía hacerlo. Seguro que si eso mismo se le ocurriese a Quique lo haría sin pensárselo ni una vez tan solo, el ser pelirrojo le hacía ser un ser absolutamente diferente al resto de los mortales.
- Nada, era solo una consulta medica – no quiso extenderse ni dar más explicaciones y menos darle la opinión que su hijo tenía de él – sigue comiendo.
- Seguro que te ha dicho que tengas ojo conmigo. Siempre ha dicho que soy muy loco y muy echado para adelante, pero no creas, también tengo mis cautelas.
- Come y calla, que eres muy adelantado.
- Luego en la habitación te vas a enterar todo lo adelantado que soy. Aunque antes exploraremos un poco de la vida nocturna de Bangkok, que creo que es muy excitante y a lo mejor…, resulta que…, nuestra habitación es muy grande.
A Alejandro inmediatamente se le tensó la entrepierna al escuchar a Quique y le pareció que el pelo le ardía de fuego más rojo que nunca y los ojos le hervían de pasión.
- La vida del tai es siempre excitante – contestó trémulo de lujuria desatada Alejandro, cuando alguien le posó la mano sobre el hombro y la cara de Quique se iluminó viendo quien le saludaba de manera tan cordial.
- ¡Macko!, la última persona que hubiera pensado encontrarme – se levantó festivo del asiento Quique a saludar efusivamente al azafato – siéntate con nosotros.
Alejandro volvió la cabeza y se topó con el generoso paquete de Macko delante de sus narices; pudo hasta oler la secreción genital de su dueño y se excitó aún más.
- No, acabar de cenar y quedamos luego en “La Luna Oscura”. Cualquier Rick-shaw lo conoce. Que os lleve. Quedamos sobre las doce allí. No os va a defraudar. Yo tengo ahora otras obligaciones.
Les tendió la mano a los dos y con un “Os espero”, se marchó caracoleando entre las mesas hasta llegar al fondo del local donde un hombre grueso con aspecto de extranjero le dio un fuerte apretón de manos y juntos se dirigieron a la salida trasera del restaurante del hotel.
- No parece mal nombre para un local morboso ese de Luna Oscura – comentó babeante Quique.
- Veremos – contestó mas reservón Alejandro – este Macko no me parece trigo limpio – y bajando la voz acercándose a Quique en confidencia – aunque desde luego tiene un paquete que vale un imperio, solo su olor a sexo cálido y urgente me ha dejado impresionado.
- Es que te ha colocado la polla a tres milímetros de la boca, no se como no le has dado un bocado, que me he dado cuenta y eso no ha sido por casualidad. Me parece que esta noche vamos a tenerla movidita.
- Pues nosotros mañana salimos para la frontera, así que muy tarde no podemos acostarnos.
- ¿Nosotros? – le contestó con cara de pocos amigos Quique – a mi no se me ha perdido nada en la frontera, yo intento pasármelo lo mejor que pueda aquí y con Macko cerca creo que va a ser cuestión de querer nada más, de manera que a la frontera te vas a ir tú. Además tío, de viaje de inspección de esos no vamos a poder echar ni un polvo y así va ser un coñazo. Aquí sin embargo pienso vaciarme. Pero no te preocupes – se mostró conciliador – que me quedará suficiente para ti cuando regreses.
Luna Oscura era en si mismo un enorme cuarto oscuro en el que lo único iluminado con LED en rojo y muy focalizado era la barra para poder pedir la bebida. Macko les estaba esperando en la puerta. Al tiempo que se pagaba a la entrada mil euros por persona lo que daba derecho a barra libre era preceptivo desnudarse del todo. El suelo era de un ratan suave y recio a un tiempo y cálido de pisar. Quique se mostró de inmediato entusiasmado con la idea y Alejandro puso sus objeciones. Macko se puso serio y se explicó.
- Lo que hace que este local continué abierto después de tres años y sea conocido en el mundo entero es porque nunca jamás se ha perdido nada ni nadie, eso para empezar y luego te ruego que mires a la barra y observes bien a quien puedas distinguir que se encuentre cerca de un foco de LED. No me dirás que no has visto esas caras cien mil veces en revistas, en TV o en la gran pantalla. Aquí no entra un paparazzo, se les huele a kilómetros y te aseguro que el dueño de este local, que por cierto es el mismo del hotel en el que estáis, no tiene ningún interés en que se sepa quien acude a disfrutar de su hospitalidad. Relájate, relajaros los dos, aunque Quique ya veo que lo está – dijo al tiempo que le rozaba el sexo ya duro – y dejaros llevar. Hay hombres y mujeres, disfrutar de vuestro cuerpo con y como os de la gana y mañana me diréis si vais a volver o no. Cuando queráis marcharos no tenéis más que entregar la chapa que os han colgado del cuello y os darán vuestras pertenencias. En la puerta siempre habrá un rick-shaw discreto dispuesto a llevaros donde le digáis.
Se acercaron los dos a la barra cerca de uno de los focos e inmediatamente Quique dio un codazo a su amigo para indicarle quien estaba justo a su lado, la última revelación de Hollywood en cine de aventuras, que en persona no debía tener más de diecisiete años, y desnudo del todo, arrebatador. De inmediato se les acercó un camarero ataviado exclusivamente con una pajarita dorada. De entre la oscuridad salió Macko.
- Quique, déjalo. Tiene un cuerpazo y seguramente fuera de aquí será un bestia en la cama pero como se le ocurra empalmarse no volverá a trabajar en este negocio ni ninguno parecido en esta ciudad nunca, de manera que no le mires más el sexo si no quieres hacerle un descosido del que se arrepentiría siempre. Además, que sepas que le gusta el color de pelo que tu tienes y le da lo mismo que lo lleve una mujer o un hombre, le enloquece el pelirrojo. Toma tu copa y dedícate a moverte entre la gente, es lo mas divertido. Cuando veas una pajarita roja fosforescente le puedes dejar la copa si necesitas las manos libres para alguna otra cosa. Aunque es más rentable, te lo aseguro, beberse la copa en la barra y luego brujulear por el local. Si sigues en línea recta desde la barra hasta el final del local encontraras que la pared no es tal, es una gruesa cortina de terciopelo negro que se puede traspasar. Detrás de ella si entras hay algo más de luz pero te expones a cualquier variante del sexo que se te pueda ocurrir y por el hecho de traspasar esa frontera no podrás negarte a nada de lo que te pidan o hagan y viceversa. Encontraras todo tipo de arneses, cruces, duchas, fustas, dildos y lo que se te pueda ocurrir. ¡Ah!, detrás de esa cortina, todo se graba.
- ¿Porqué nos cuentas eso? – Preguntó Alejandro – viendo la excitación que ya exhibía su amigo. ¿Tienes un interés especial en que traspasemos la cortina?
- Aquí, dentro de este mundo en el que se va desnudo, se va desnudo del todo, no solo de físico, también de corazón, no se miente. Si, si tengo un interés especial en que traspaséis la cortina, sobre todo tengo interés en que la traspase Quique. Desde que le vi en el avión desee poseerlo atado a una cruz de san Andrés después de azotarlo. Me excitaría sobremanera dejarle las marcas del látigo en las nalgas esas tan redondas y prietas que tiene.
Quique al escuchar hablar así a Macko se estremeció de placer y sin poderlo remediar aceptó de inmediato acariciándole el sexo al azafato.
- ¿No habría inconveniente en que yo mirase? – preguntó Alejandro.
- Al contrario – y Macko acercó sus labios a los de Quique rozándoselos nada más – me haría gozar bastante que vieses como castigo esas nalgas – le pasó las manos por las mismas – que ya veo que tienen cicatrices de otras veces. Vamos para las cortinas, nos vamos a divertir.
Camino del fondo del local Alejandro se vio detenido mediante el procedimiento de sujetarle el pene enhiesto una mano de largas uñas. Supo que era una mujer y el reflejo de una de las pajaritas rojas que pasó por su lado le permitió saber que era negra. Antes de que se diese cuenta estaba alojado dentro de una vagina caliente y movediza que masajeaba su glande con gran maestría mientras las manos de largas uñas arañaban con suavidad sus bolsas de los testículos. Sin podérselo proponer ni evitar eyaculó dentro de aquella mujer y el morbo de aquel encuentro anónimo, le hizo agacharse para beberse su propio semen según le resbalaba del sexo a la mujer de color. Luego besó a la mujer con el semen en su boca y continuó el camino hacia las cortinas. Como despedida la mujer le arañó con fuerza las nalgas lo que provocó que el pene fláccido de Alejandro resucitase otra vez antes de lo previsto.
Cuando atravesó las cortinas le sorprendió que hubiese tanta luz, que no era tanta, pero viniendo de la oscuridad total aquello era el día meridiano. Había un hombre anciano y obeso sobre un caballo de los de gimnasia tumbado y abrazado a él con las muñecas y los tobillos esposados. Llevaba puesto un antifaz que le impedía ver lo que podía suceder a su alrededor. Un grupo variable de personas según pasaba por allí se hacía bien con una fusta, una disciplina o un látigo y golpeaba por todo el cuerpo al anciano que no cesaba de dar las gracias cada vez que le asestaban un golpe. Y el sexo del que esgrimía el látigo era lo de menos, lo importante y placentero era ser apaleado.
Más a la derecha estaba la cruz de san Andrés sobre la que Macko ataba firmemente a Quique. Le había colocado una mordaza con bola para que la saliva le rebosase, de esa manera la sensación de suciedad y desamparo era mayor y no existía, de paso, la oportunidad de quejarse. La cruz tenía una inclinación de unos cuarenta y cinco grados de manera que dejaba los genitales del muchacho al descubierto para quien quisiera utilizarlos mientras Macko aplicaba su castigo. Las presas de las muñecas atravesaban los travesaños de madera y se conectaban con unas pinzas chinas a los pezones de Quique, de manera que si durante el castigo él de forma instintiva intentaba halar de las muñecas hacia abajo las pinzas chinas le torturarían los pezones, era algo diabólico y deseable por lo visto cuando estaba previsto de esa manera. Para terminar de arreglarlo una muchachita rubia, frágil y encantadora se arrodilló delante de Quique y primero le hizo una felación suave y luego le sujeto el pene y los testículos con una funda de castidad para evitar que pudiera empalmarse. Finalmente colgó de los testículos unas pesas sujetas con unas pinzas que debían provocarle un dolor infinito. Con su lengua menuda siguió lamiendo la parte de capullo visible para que la erección se produjese y fuese dolorosa al no poder expandir la carne por la presa en la que se encontraba.
Y empezó el castigo. Primero suavemente, luego con más violencia, finalmente con tal fuerza que Quique pedía mediante señas y movimientos convulsos de la cabeza, clemencia, perdón e incluso hacer lo más asqueroso que pudiera hacerse, pero que cesasen los azotes. Los azotes cesaron y la cruz giró hasta dejar a Quique boca abajo a la altura de la entrepierna de Macko. Le retiró la bola del abrebocas para que pudiera entrar en ella lo que tuviera a bien meter él, pero dejando el artilugio que le impidiese cerrarla. Éste acabalgó sobre la cara de Quique y le metió el pene en la boca hasta la garganta hasta que le hizo vomitar. Una vez hubo vomitado le colocó su ano sobre la boca y se vació obligándole a tragar. Quique volvió a vomitar lo tragado mientras Macko restregaba su ano contra la cara del chico. Después volvió a meter el pene en la boca hasta que eyaculó para finalmente orinar en la boca haciéndole vomitar una vez más. Después le quitó el abre bocas se agachó junto a él le beso en los labios y le preguntó si deseaba aún más o le parecía suficiente.
- No me has trabajado el ojete cabronazo – le contestó Quique desafiante.
Una salva de aplausos se hizo escuchar cuando todo el público que se estaba arremolinando para ver el espectáculo oyó la chulería del pelirrojo proferida en perfecto ingles de Oxford..
- Eso tiene solución – le dijo al oído el tailandés.
Tomó de una estantería un bote grande de vaselina casi liquida y empezó a trabajar el ano del chico. No le costó mucho trabajo meter el puño de manera que dio un silbido y apareció en escena un pony de largas crines, blanco y negro que debía ser ducho en las lides y que en cuanto vio a Quique en la cruz le empezó a rozar el suelo su tremenda verga. La cruz pivotó un poco más para dejar expuesto el ano del pelirrojo y Macko hizo de mamporrero. La verga descomunal del pony se perdió dentro del cuerpo de Quique, que se quejaba ya medio fuera de conciencia. Su pene encerrado dentro de su jaula empezó a eyacular semen creando una columnita semilíquida que llegaba hasta el suelo y no cesaba de manar mientras el pony arremetía y Quique daba muestras de gozar cerca del desmayo. Cuando por fin el pony se retiró, Macko metió su cara en el ano enormemente abierto de Quique y no encontraba el momento de parar de chupar. Alejandro no pudo esperar mas, se arrodilló debajo del pony y se metió todo el capullo del caballito en la boca que al contacto con el calor del cuerpo volvió a empalmarse otra vez. La boca de Alejandro se llenó de pene del pony y lamió y lamió hasta que el semen del animal le rebosó por las comisuras de los labios. La muchachita rubia que había estado lamiendo por la rendija del aparato del pene de Quique y consumiendo sus fluidos le liberó de la prisión y el pene ensangrentado se hinchó como un globo, momento en el que la chica se lo introdujo por su ano hasta hacerse correr en medio de gritos de placer a Quique. Macko apartó la cara del ano del chico exhausto y entonces fue cuando Alejandro le introdujo su propia polla a Macko en la boca. Éste la aceptó y en pocos segundos Alejandro se corría y Macko tragaba goloso todo el semen que le daban.
- Yo creo – dijo Macko una vez tragado todo el semen de Alejandro – que por esta noche tenemos suficiente. ¿Habéis gozado?
- Yo como una bestia y dolorido por completo que cuando mañana me acuerde no voy a encontrar manera de no correrme – apuntilló Quique aun sin soltar de sus presas – como nunca.
- Nunca pensé que se pudiera hacer esto – apostilló Alejandro – pero lo repetiría hasta el infinito.
- ¿Podemos irnos, entonces?, pues venga, al hotel y a dormir.
Mientras se vestían en la habitación “ad hoc” donde hacia no tanto se habían desnudado, Alejandro pudo fijarse en el cuerpo de casi diecinueve años del pelirrojo; era perfecto, un atleta bien equilibrado con su musculatura marcada sin exageración, un perfecto modelo para cualquier Fidias que hubiera querido inmortalizar la belleza en estado puro, se fijó en el suyo después y comprobó como el paso del tiempo es el peor enemigo del concepto de perfección que cada uno lleva imbuido desde que nace. Sin llegar a ser un adefesio, ya los tejidos iban cediendo a la ley inexorable de la gravedad y la distribución de la grasa hacía imposible cualquier intento de quitar años a la tarjeta de identidad. El cuerpo de Macko le llamó la atención, por lo desequilibrado en cuanto a la relación torso con los miembros inferiores y sus nalgas eran anormalmente convexas para lo que habría exigido el resto de proporciones del cuerpo. Cuando se agachó para recoger uno de los zapatos los dos carrillos del trasero se abrieron y dejaron al descubierto un ano de labios evertidos y rojos, como el que puede presentar un mandril en época de celo y de un tamaño que hacia pensar que aquel ano hacía años que era trabajado de forma inmisericorde.
Al salir del local Alejandro mandó al hotel a Quique en un rick-schaw y él con Macko montaron en otro. Al llegar al Intercontinental Macko se despidió pero Alejandro le invito a tomar en la terraza del chill-out del hotel que se encontraba en el último piso, una copa.
- ¡Ah! estupendo, la última – dijo festivo Quique – el que se va a levantar temprano va a ser tú.
Alejandro vaciló un instante porque en realidad quería hablar en solitario con Macko sobre su anatomía y como llegó a esos extremos de deformidad que él como médico sabía que solo se alcanzaba después de mucha tortura y atrición.
- Venga, va, vete ya a dormir y déjanos a los mayores que charlemos de nuestras cosas.
- ¿Mayores? – Puso cara de burla Quique – a ver ¿Qué edad tienes, Macko?
- Déjalo, que suba, no me importa, se de que quieres hablar. No se me escapa una y llevo en la calle desde los tres años. Vamos los tres, además a este mariconcete degenerado le hace falta escuchar lo que voy a decir, que aquí en Tailandia y más en esta ciudad no es ninguna broma.
- De acuerdo – como quieras – apostilló Alejandro.
- ¿De que es eso tan serio y misterioso de lo que queréis hablar?
- Vamos al chill-out – intervino Macko – allí te enterarás.
Llegaron al último piso desde el que se divisaba toda la ciudad con su serpenteante río dividiendo los barrios rico y paupérrimo de la ciudad que no duerme con sus luces de colores y sus ruidos y olores lejanos que de cuando en cuando amenizaban el confort y bienestar que se respiraban en las camas mesa en las que se acomodaban los clientes.
Una muchacha bellísima ataviada con el alto tocado típico thai y el vestido de gasa colorida con estampados de elefantes les tomó la comanda.
- Me quieres preguntar por mi ano, ¿no es así? – preguntó casi afirmando Macko.
- ¿Qué? – Levantó la voz extrañado Quique – hemos venido aquí para hablar de tu culo. ¿También vamos a follar aquí?
- Calla y escucha, joder Quique, que pareces más chico de lo que eres. ¿Te crees que todo en la vida es del color que tú lo has vivido? Escucha lo que Macko tiene que contarnos, si es que es lo que yo me estoy imaginando.
- Si, si es lo que estás imaginando – aceptó con la cabeza hundida entre los hombros y abrumado Macko, como si tener que recordar ciertos episodios de su vida le aplastasen contra su propia miseria.
Levantó la cabeza y tenía los ojos húmedos y el rictus de la boca de amargura pero irguió los hombros y comenzó su relato
- Por lo que he calculado tenía unos tres años cuando mi madre debió morir porque dejó de ocuparse de mí y no volví a verla. Nadie me dio explicaciones. Creo recordar que tenía hermanos mayores que yo, pero no se bien. Solo me acuerdo que en la chabola que vivíamos un día me levanté buscando la esterilla de mi padre y no estaba allí. Busque por los alrededores y no había nadie conocido. Me metí en la chabola de al lado y me echaron a patadas diciéndome que para mi no había nada, que me marchase. Y me fui. Deambulé por las calles y cuando tuve hambre y vi comida la cogí. Salía un olor a gambas fritas de una puerta, entré y alcancé de un plato una. Cuando me la llevaba a boca una mano enorme, o eso me pareció a mí en ese momento, me agarró la muñeca y creí que me la partiría. Chillé de dolor, pero el de la manaza me zarandeaba del brazo haciéndome daño preguntándome quien me había dado permiso para comerme su comida. Luego de un rato, como no paraba de llorar y gritar que tenía hambre se me quedó mirando de arriba abajo, se levantó cerró la puerta por la que había entrado que daba a la calle y me preguntó si quería comer. Le dije, como era natural que si y me contestó, que las cosas tienen un precio y que debía ganarme la comida que me comiese y el rincón donde colocar la esterilla para dormir de noche. Yo le dije en mi media lengua que trabajaría y me contestó que debía probar si el trabajo que él me iba a dar yo podría llevarlo a cabo. Nunca se me olvidará lo que le dije a mis tres escasos años, como un hombre dispuesto a todo: “lo que haga falta, cualquier cosa por difícil que sea, aprendo rápido”. Aún no se si la respuesta fue la adecuada o debí salir corriendo. Quizá sin el infierno que pasé hasta los once años y me ha dejado la secuela que tu has visto – se dirigió a Alejandro – no estaría ahora donde estoy ni hubiese alcanzado la posición de la que gozo. La vida es un continuo ir y venir, perder para ganar más tarde, o ganarlo todo para hundirse dos pasos más allá, ésta sociedad en la yo vivo es así, desde luego; en vuestra cultura occidental todo está más previsto, esta más asegurado, pero es menos excitante aunque menos espeluznante también.
Cuando le dije a aquel hombre que estaba dispuesto a trabajar para ganarme la comida hizo algo que en aquel instante no entendí pero dos instantes después me hicieron entender que la vida es lo suficientemente dura como para apreciarla cuando se muestra complaciente. Me desnudó de los harapos que llevaba puestos y creí que iba a darme ropa nueva, pero en lugar de eso me levantó a la altura de su cara y se metió en su boca mis genitales y me los mordisqueó hasta que mi pene se endureció. Entonces me separó de su cara que sonreía y me dijo muy contento “Me parece que sí vas a valer. Y ahora la prueba del fuego, si pasas ésta no te va a faltar la comida jamás”.
Me soltó en el suelo conservando aún mi pene tieso. Me lo tomó entre sus dos dedos y me retrajo el pellejo, apareció el capullo y en ese momento recordé que cada vez que mi madre me bañaba también lo hacia, eso me dio confianza. Dijo para sí un “perfecto” y se levantó la especie de pareo esa que llevamos todos por aquí dejando al descubierto un pene como el mío pero que a mis ojos era descomunal. Lo tenía tatuado con un dragón enroscado y el capullo brillante de humedad. Apuntaba al cielo. Me imagine que quería que ahora fuese yo el que se lo chupase como me obligó alguna vez mi padre a hacer y me incliné sobre él. El hombre empezó a reírse a carcajadas moviendo la cabeza de un lado al otro diciendo que no, que no era eso lo que tocaba. Me volvió a levantar en vilo, me separó las piernecitas escuálidas que tenía y me sentó sobre su sexo. Yo estaba confundido, porque era evidente que aquello con esas dimensiones solo podría entrar entre mis muslos, nunca se me hubiera ocurrido que quisiera entrármelo dentro de mi cuerpo por el ano. Como yo imaginaba me metió su pene grande y caliente entre mis piernas y llamó a alguien. Enseguida entró una mujer a la que dio unas instrucciones y que muy sonriente dijo “¿Una nueva adquisición?, estás de suerte, ahora mismo traigo el sebo.
Trajo la mujer un cuenco con una especie de manteca que el hombre me aplicó con generosidad por entre las piernas y el ano y empezó por meterme un dedo utilizando el sebo como lubricante. Me dolió y quise huir de aquel dedo, pero me sujeto firmemente. Volví a quejarme esta vez con más intensidad y se enfadó porque dijo, lo recuerdo como si sucediese ahora mismo: “Con todos es igual, no se puede uno andar con compasiones, para adentro y listo”. Se untó en su miembro aquella grasa, sentí como su punta tomaba contacto con mi ano y debido a mi peso y a la fuerza que él ejercía, algo de su punta se insinuaba dentro de mi cuerpo por el ano con algo de molestia, pero no era doloroso, solo molesto, quizá hasta aceptable, pero cuando más distraído estaba sentí como me abrían las entrañas y di un grito desgarrador que me hizo crecer por lo menos veinte años. Había puesto sus manazas sobre mis hombros y con toda la fuerza de la que fue capaz me empujó hacía abajo hasta embutirme todo su miembro en mi cuerpo. Le chillaba que tenía ganas de hacer caca, pero él no se movía. El dolor era insoportable, tanto que me desmayé. Cuando desperté, no se cuanto tiempo después, el hombre me tenía cogido por los sobacos y me subía y me bajaba haciendo así entrar y salir de mi cuerpo su miembro. El dolor era horrible y me notaba que me había hecho caca aunque no olía y eso me sorprendió, pero cuando me llevé las manos a mis muslos las noté húmedas, pero no de heces, eran sangre. El energúmeno aquel me había rajado el ano. Me debatí con fuerza, intenté soltarme, pero vino la mujer y me abofeteó echándome en cara la bondad de su marido que me iba a dar de comer a cambio de un trabajo y que solo estaba probando a ver si valía o no. Le dije que me quería ir, que no quería el trabajo y el hombre me soltó, me abofeteó y me tiró desnudo y sangrando por el ano corriendo la sangre por las piernas a la calle.
- Pero…, - y no supo decir más, un Quique escandalizado de lo que acababa de escuchar.
- Aún no he terminado y he querido que lo escuches para que se te quiten de la cabeza ideas que se que tienes.
Quique intentó protestar pero Macko le cortó.
- Si se que se te ha pasado por la cabeza hacerte un crío, porque conozco el tipo de degenerado que eres. ¿Que no tienes la culpa tú de ser como eres? Con mucha seguridad, porque con toda probabilidad de pequeño alguien se te hizo a ti y ahora se te apetece saber que se siente siendo mayor y hacérselo a uno pequeño. ¿O que te crees? Que no he visto tus cicatrices en tu culete, son viejas y tú no lo eres, debías tener, - miró hacia el cielo entrecerrando los ojos haciendo a modo de calculo aproximado - dime si me equivoco entre los seis y los nueve años.
Quique, agachó la cabeza, avergonzado de si mismo, por lo que escuchaba.
- Me lo hicieron los mayores del colegio, como al hijo de éste – señalo a Alejandro llorando ya – y a otro compañero.
- Me da igual. Y tus lagrimitas de niño consentido no me ablandan el corazón ni un ápice. Los que os lo hicieron tendrán su culpa pero eso no te exime a ti de tu responsabilidad de querer probar un pobre niño para desgraciarle como lo hicieron contigo o conmigo. Yo en lugar de eso pertenezco a una organización que se dedica a localizar pederastas, denunciarlos y salvar niños de la calle. Luego mi vida es mía y hago con ella lo que me da la gana. Cuando os vi en el avión, me distéis el pego de pederastas en viaje de turismo sexual, porque eso me pegué a vosotros. Ahora ya se que no era así por parte de Alejandro, que lo que está es coladísimo por ti, se nota a kilómetros, pero tú, pederasta en potencia si se te llega a dejar solo habrías acabado pudriéndote en una cárcel de esas que tenemos tan lindas y con tu palmito en menos de dos años serías solo carroña en manos de una mafia que te explotaría hasta tu muerte.
- No seas tan duro con él Macko – intervino Alejandro – es solo un chaval que se cree que es un experto en parafilias y que disfruta con ellas aunque en realidad no sabe lo que es la vida dura que tu has tenido que sufrir. Pero sigue con tu relato. ¿Qué ocurrió cuando te viste en la calle desnudo y sangrando?
Macko se quedó muy serio pensando y mirando con los ojos vacíos de vida a la nada, reviviendo aquellos momentos de desamparo de un pobre niño carne de pederasta. Después de un interminable silencio en el que con ojos duros miró alternativamente a u no y otro de sus interlocutores, llamó a la camarera para que les volviese a servir otra ronda.
- Es bonita, ¿verdad?, pero yo nunca podré acercarme a una mujer así, me tararon desde chico y ahora solo puedo entender el sexo de otra manera. Me desgajaron a base de dolores el amor del sexo y no se amar con sexo ni se hacer sexo por amor, lo único que puedo hacer es salvar niños de ese desastre humanitario que es la pederastia. Pero continuaré, es preciso dar coherencia a todo esto; ahora soy jefe de cabina de auxiliares de la línea aérea de mi país y ahí se llega con esfuerzo y ayuda desde una calle cualquiera después de ser violado y con el cuerpo roto.
La camarera volvió con las bebidas depositando en la mesa con una encantadora sonrisa las copas. En cuanto la chica se fue Macko continuó.
- Me dolía todo el cuerpo. Me eché mano al ano y me cabía la manita; la saque ensangrentada y me asusté aún más. Me dirigí a un canal de los miles que hay aquí en Bangkok a lavarme. Un chico algo mayor que yo, no mucho más me vio y se acercó. Me asusté y quise echar a correr, ya no me fiaba de nadie, pero me dolía el cuerpo entero y solo supe colocarme en cuclillas y llorar. El chico se me acercó y me consoló. Estuvo a mi lado sin hablar ni tocarme, en cuclillas hasta que me serené y entonces me preguntó si me lo habían hecho, porque a él también se lo hicieron con cuatro años y le dolió mucho y le salía mucha sangre, pero que a él se lo curaron unos muchachos de la calle y él se lo curaría también. Me llevó al canal me lavó y me miró. Luego me dijo que me habían hecho mucho mal y que el cacharro del hombre tenía que ser enorme, que me dolería la cura pero que era absolutamente necesaria. Me dijo que esperara a que él volviera. Al rato volvió con una hoja de aloe y un puñado de sal. Peló con los dientes la hoja y extrajo la pulpa. Luego me restregó la sal por el ano y sentí el dolor más agudo del mundo y volví a llorar pero él me acariciaba y me decía que tuvo un hermano de mi edad que unos hombres se llevaron un día y no volvió a verlo. Luego de darme la sal me lavó con el agua del canal y me metió dentro del agujero ampliado que tenía en lugar de ano toda la pulpa que había sacado de la hoja de aloe. Me dijo que no hiciese caca en un día entero aunque tuviera muchas ganas. Hacía dos días que no comía y en los anteriores poco es lo que había podido meter en el estomago así que en el fondo desde mi corta edad me hizo gracia que me dijese que no hiciese caca.
El me llevó a una zona debajo de unos puentes muy grandes por los que pasaban muchos coches y allí entre muchos cachivaches dormimos. A la mañana siguiente él muchacho, Sucka me dijo que se llamaba me miró a ver como tenía la herida y el aloe había hecho el milagro. Me dijo que se me había cerrado bastante, lo suficiente para no cagarme sin querer pero no tanto para que no pudiera ganarme la vida.
- ¿Cómo? – Preguntó extrañado Alejandro – ¿primero te salva y luego te pone a trabajar con el culo?
- Había que comer y me contó que él ganaba con los turistas muchos dólares y además al ser más pequeño ganaría más, porque los hombres que vienen en avión pagan más cuanto más pequeño es el niño. “Tendrás que comer y ponerte ropa de abrigo para cuando el monzón” me dijo con la inocencia propia de un niño “y tienes la ventaja de que aunque te haya dolido ya estás preparado, no te dolerá nada y podrás hacerlo varias veces al día con lo que ganaras más dinero. A mi me costó un calvario porque con el primero que lo hice no se planteó si yo estaba preparado o no. No me rajó como te han rajado a ti porque no la tenía muy grande y como era viejo no la tenía ni muy dura, pero estuvo doliéndome una semana y no pude comer en esa semana, porque no podía trabajar”
Después me puso cuatro andrajos que encontró entre la basura y me llevó a un hotel del extremo de la ciudad, me presentó al hombre del mostrador que me quiso ver como estaba de preparado. Quedó conforme y empezó mi vida de prostituto infantil. Me llevaba a alguna habitación donde había hombres que hacían sus porquerías conmigo y luego pagaban al del hotel unos dólares. El del hotel me daba a mí unos diez baht, como treinta céntimos de euro, para que fuese tirando. A veces subía hasta a diez habitaciones el mismo día, eso me pasó una vez y el hombre del hotel me dio un dólar entero. Pero ya era mayor cuando eso, tenía cinco años.
A medida que pasaban los años yo ganaba en experiencia y mi ano en tamaño, hasta que a un canadiense se le ocurrió que como no se le ponía dura me iba a meter la mano. Vi como se ponía un guante, luego sacaba de la maleta un tubo grande con el que se embadurnó bien hasta el antebrazo, me hizo ponerme boca arriba con las piernas abiertas y resignado me dejé hacer. No tardo ni mucho en conseguirlo porque ya tenía la trasera bien abierta y el decía que era como un sueño hacérselo a un crío de ocho años, hasta el punto de que llegó a empalmarse pero no me sodomizó, sin sacarme el puño del culo me metió su miembro en la boca y allí se corrió, obligándome después a tragar su eyaculación. Pensé que me daría asco pero en lugar de eso el sabor del semen me pareció bueno y sentí como mi propio pene se ponía duro. Entonces el hombre me masturbó y gocé yo de ese contacto. El hombre me dio diez dólares enteros para mí, aparte de lo que le diese al del hotel y me sentí la persona más rica y feliz del mundo.
A partir de ese momento me pareció que entregar las ganancias de la venta de mi cuerpo, ahora que podía hacer cosas que los otros no podían hacer, al del hotel, era de burros y me dediqué a trabajar por mi cuenta. Con los diez dólares me compré ropa buena y unos zapatos y rondaba por los hoteles del centro de la ciudad, los caros.
Hasta los once años estuve ganando mucho dinero. Había aprendido el oficio, hablaba bastante bien el inglés y podía satisfacer cualquier extravagancia de cualquier cliente.
Un día cerca de éste hotel un hombre mayor vestido de occidental pero muy informal, no como todos los turistas, se me acercó y me preguntó en mi idioma que a qué me dedicaba para vestir tan bien, que si me había perdido de mis padres o qué. Inmediatamente le ofrecí mis servicios más especiales y él me ofreció llevarme mejor a su casa, donde podríamos estar más cómodos. Yo accedí pensando en que quizá en la casa incluso hubiese algún objeto de valor que pudiese distraer como en alguna ocasión había hecho con algún otro cliente, que por razones obvias nunca me iba a denunciar. Tomamos un rick-shaw y llegamos a una casa de portón grande en cuyo frontispicio había un cartel que rezaba ACOGIDA DE NIÑOS VIOLADOS.
Me asusté, me baje a la carrera del rick-shaw y salí como alma que lleva el diablo. Mientras corría escuché como el hombre me gritaba que ya sabía donde encontrarnos cuando me cansase de esa vida tan triste y desgraciada.
¿Triste y desgraciada?, pensé. Para triste y desgraciada la que llevaba antes, descalzo y andrajoso arrastrando mi sexo de niño por hoteluchos de mala muerte y recompensado con unas monedas cuando el del hotel se llevaba bien de billetes.
Así pensaba de verdad a mis once años en los que yo creía ser ya mayor y con la capacidad suficiente para no poder ser engañado por nadie.
Llegué a poder comprar una pequeña embarcación en un canal donde vivía y me reunía con niños como yo a los que ayudaba en lo que podía…, cobrándoles, por supuesto el corretaje de mis desvelos. Yo ya sabía donde encontrar piezas y que chaval adjudicar cada una según sus disponibilidades.
Una vez estaba en la parada de cerca de este hotel del tren aéreo buscando clientes cuando se me acercó un par de holandeses, o belgas, no sabría decirlo y me preguntaron que donde podrían pasar un rato agradable. Con el descaro que ya me caracterizaba les ofrecí un chico de ocho años que tenía en mi embarcación y que era bastante competente, aunque de mirada triste. Quedamos en uno de los hoteles que yo ya tenía apalabrados para cuando tuviese negocio y me fui en busca del crío. Les pedí cincuenta  euros de adelanto, porque eran dos. Cuando llegué al barco no estaba Tanwá. Lo decidí en un momento. Me cambié mi ropa elegante por andrajos, me ensucié en la margen del canal, me descalcé y me alboroté el pelo. Cuando llegué al hotel los dos ya no eran dos, eran tres, uno de ellos muy viejo. La trasformación surtió efecto, no me reconocieron y le dije que tenía ocho años cuando me preguntaron, pero yo ya tenía vello púbico y los genitales hacia tiempo que me habían crecido. Cuando me desnudé y me vieron el cuerpo de preadolescente, no de niño, no se tragaron lo de los ocho años, se miraron entre ellos y se dijeron algo en su lengua. Luego me miraron a mí y el viejo se acercó a tocarme los genitales. Lo hacía con suavidad y me excité. A continuación pasó su mano por la entrepierna y me palpó el ano, puso cara de haber dado con el santo grial y llamó a los otros dos a que viniesen a tocar. Me hicieron agachar y se maravillaron de mi ano, como tu – dijo dirigiéndose a Alejandro – cuando me viste en el vestuario.
El viejo dijo “Perfecto, este está hecho a todo, seguro” y lo dijo en ingles me imagino para que yo lo entendiera.
Uno de los otros dos abrió las mochilas que llevaban y empezaron a sacar de todo, arneses, ligaduras, azotes, bridas y fundas de castidad.
Me colocaron lo primero una funda de castidad. Era la primera vez que me colocaban algo así y me excitó llevarlo pero en el pecado llevaba la penitencia y el dolor que me produjo el no poder dejar crecer el pene fue peor que cualquier otra cosa. Me colocaron un plug enorme en el ano y una tabla de castigo y obediencia en los testículos.
- ¿Qué es eso? – preguntó intrigado, Quique.
- Una especie de abrazadera que se coloca por detrás sacando los huevos por entre las piernas y que impide que te pongas de pie – se adelantó Alejandro a Macko en la explicación – porque es alargada y da tope en los muslos. Si intentas erguirte los huevos aprisionados te lo impiden y el dolor se acentúa, por lo que te ves obligado a comportarte como un perro.
- Lo has explicado perfectamente – asintió Macko – desde ese momento fui su perro. Me colocaron sujeciones en muñecas y tobillos y un collar con cadena en el cuello. Me azotaron y me hicieron toda clase de barbaridades. Todavía me quedan cicatrices de aquel encuentro y aún puedo oler la mierda del viejo cuando me obligo a tragar sus heces y el vomito que me hacia sentir morir. Aquella sesión duró horas, hasta que ellos se cansaron de tanto correrse. Cuando se fueron y me quitaron el aparato de castidad mi pene empezó a destilar semen a espasmos con calambres en lugar de con placer. Me lave como pude, dolorido y ensangrentado y salí a la calle.
El de recepción me dijo que me largase, que los señores ya me habían pagado, lo que era mentira y me encontré solo y desamparado.
Me acordé del albergue al que me llevó aquel señor y allí me fui.
Me curaron, me enseñaron que tenía una dignidad que nada tenía que ver con lo que me había sucedido y que era un niño sin responsabilidad, que solo había sido sujeto de desaprensivos.
De allí salí con mis estudios y mi trabajo.
Es tarde ya. En esta piscina se encuentra uno muy a gusto, pero yo vuelo mañana a Austin, vía Los Ángeles y tengo que estar en tres horas en el aeropuerto.
- Y a mi me vienen a recoger para llevarme al helipuerto para ir a la frontera a la siete de la mañana, en menos de tres horas – dijo Alejandro levantándose.
- No te importará que te acompañé – le preguntó Quique como cariacontecido.
- ¡Caramba!, ¿no habíamos quedado que te quedabas aquí hasta que yo volviese?
- Lo que nos has contado Macko me ha revuelto un poco. Me parece que me voy a tener que replantear algunas cosas en mi vida. Macko, de verdad, nunca lo había visto desde esa perspectiva, ahora me repugna pensar en lo que tenía intención de hacer, es asqueroso. Me gustaría que me dijeses que organización es esa, quisiera ayudar en la medida de mis posibilidades, no se…, me ha resultado todo tan…, sórdido, tan penoso, tan inhumano y cruel, que no veo otra manera de penar mis deseos que ayudar a esos pobres niños.
- Tienes mi tarjeta. Cuando lo creas oportuno, me llamas y hablamos de lo que puedes hacer desde tu mismo país, no es preciso venirse aquí, recuerda que el mal viene de donde tu vives.
- Vamos Quique, a la cama a dormir un par de horitas, pero a dormir ¿eh?, y no seas tan generoso, que en cuanto veas un culo como los que a ti te gustan se te van a olvidar todas las buenas intenciones
- Si, claro, a dormir. ¡Que pocos confías en mí, cabronazo!
Con un apretón de manos se despidieron Alejandro, Macko y Quique y cada uno tomo su camino. Había dado unos pasos cuando Macko se volvió y reclamo la atención de Alejandro.
- Tener mucho cuidado con la frontera. Hay muchos bandidos por la selva. ¿A qué zona vais?
- Alrededores del Templo de Preah  Vihear, la zona donde tu gente dice que los camboyanos hacen los vertidos a los afluentes del Meckong que después entran en tierra tailandesa y contaminan.
- Esa zona es peligrosa, esa provincia es peligrosa en sí. El pradesh, o sea el templo en si toma el nombre de la provincia – le dijo preocupado Macko.
- Vamos con el ejercito…, no creo yo que los bandidos vayan a querer tener un enfrentamiento y además soy un alto funcionario de la ONU; se crearía un incidente internacional y a nadie… - contestó muy seguro Alejandro,.
- En febrero de este mismo año hubo tiros entre los dos ejércitos y las escaramuzas son constantes. Esa zona de las montañas de Dângrêk es muy boscosa y las emboscadas sencillas. Recordad además que el khmer dice de los thais que somos unos bandidos, nos os fiéis mucho tampoco de los soldados de frontera. Sería bueno que tuvieseis mil ojos y que llevases bastantes dólares por si los bandidos, esa gente, so capa de reivindicaciones territoriales y fulgores patrios lo que buscan es dinero y punto.
- Gracias por el aviso Macko – le contesto levantando la mano en saludo Quique.
- No hay de qué, Quique – contestó satisfecho Macko – tú procura cuidarte ese color de pelo…
- ¿Qué pasa con mi pelo? – preguntó extrañado.
- Nos llama la atención, ya lo sabes, para nosotros es muy exótico y excitante.
- Acabaré tiñéndomelo de negro, para no resaltar – y soltó una carcajada imaginándose su pelo ensortijado de moreno.


jueves, 21 de febrero de 2013

ROBERTO IX



F L O R I D A

Hablar de Florida es hablar de buen tiempo, fuera de la temporada de huracanes, jubilaciones doradas de gente con posibles, cuerpos bronceados y negros con ritmo. Quien no ha estado en Nueva Orleáns (Luisiana) fronteriza con Florida,  no ha estado en ningún sitio realmente interesante; en realidad quien no conoce el sur, los manglares que rodean Miami, bañados por el golfo de Méjico y el caribe en su conjunto se ha perdido una buena parte de las mejores experiencias de la vida. Quizá preguntando a alguno de los negros que ven pasar la vida sin ningún interés por quedársela, tocando algún instrumento por las calles del barrio francés de Nueva Orleáns, uno de esos que se negó a abandonar su chabola por muchos katrinas que se abalanzasen sobre su chepa, pueda decirle que en otro lugar se puede vivir más tranquilo pero no de manera más excitante.
La costa occidental de Florida, donde terminan sus vidas los jubilados de oro de los estados del norte en urbanizaciones de lujo, cerca de Tampa y su bahía, comprando en las tele tiendas todo tipo de objetos inútiles y de vivos colores cada madrugada porque sus conciencias les impiden dormir pensando en todas las pobres personas a las que han jodido para poder llegar a quedarse insomnes hasta el día que se les pudra el culo en su cama articulada, es en la misma en la que hay otras urbanizaciones de lujo en las que no hay jubilados que reciben puntualmente su cheque de los cupones de sus acciones pagaderas mensual o trimestralmente. Son otras urbanizaciones con su enorme trozo de playa privada perfectamente acotada con su red de acero reforzado para que los tiburones no se tomen su aperitivo de niño rico cada mediodía y donde lenguas de mar planeadas artificialmente entran por entre los inmensos chalet a modo de sistema de circulación paralelo al de las calles de asfalto rodeadas de cuidados jardines para que los residentes, si así les peta, lleguen a casa a bordo de sus yates, motos acuáticas o planeadoras de mas de dos mil caballos de potencia.
Y este era el caso de los Taylor. Milton R. Taylor, flamante senador por Florida, abuelo de Lucas Sr., padre de Lucas Jr., cuando era congresista en Tallahassee, se hizo con esos miles de acres donde ahora se levantaba su mansión con trozo de playa propia, engañando miserablemente a unos pescadores que se ganaban honradamente su sustento pescando y jugándose la vida entre tiburones que creían que el pescado que habitaba la rica zona de manglares era suya. Les hizo creer que en unas tierras del norte de Florida, podrían cambiar de actividad sembrando algodón y maíz y mejorando sus vidas. Les terminó de convencer un pavoroso incendio que arruinó por completo su aldea y parte del manglar justo cuando estaban casi convencidos de que lo mejor era quedarse en la tierra de sus antepasados, mejor que en una tierra semidesértica a la que habría de llegar el agua cuando se crease el proyecto que impulsaba el senador Milton de un embalse que regase el valle que les ofrecían como nuevo asentamiento para sus vidas.
Milton R. Taylor, les regaló los terrenos del norte de Florida lindando con Georgia y no lejos de la capital del estado donde él era congresista, y encima les pagó dos mil dólares por los cien mil acres de su propiedad. No es preciso concluir que el embalse terminó por llamarse Hoover y construirse en California unos años más tarde.
Las veinte millas de playa que incluían los terrenos marranamente robados, incluían varias calas en una de las cuales Milton R. determino que se construiría su mansión sureña con sus cuatro columnas, como si aquello fuese el decorado de una película y que un canal debería entrar hasta la edificación para que él pudiera llegar por mar a su residencia de verano. Otros magnates, senadores y congresistas se enamoraron de la idea y enseguida tuvo más ofertas de las que pudo atender para construirse mansiones con canal y todo como la suya. Milton que de tonto no tenía nada, decidió que lo mejor sería encargar un proyecto de parcelación con los canales y todo, para que ninguna parcela se quedase sin su acceso marítimo. Lo hizo a un arquitecto ucraniano de Nueva York que tenía ideas muy avanzadas y al final consiguió que de ser muy, muy rico, llegase a ser asquerosamente rico, pues vendió todas las parcelas en tiempo record por más de doscientos millones de dólares de los de principios de siglo XX. No es preciso dar más datos sobre como su hijo, su nieto, Lucas Sr. y su bisnieto en su momento no solo supieron conservar aquel fortunón sino que lo acrecentaron hasta límites insospechados.
Por la casa de Corina y Lucas, la famosa mansión sureña, era fácil perderse. Tres plantas con salones y más salones, habitaciones, cuartos, despachos y pasadizos secretos que daban directamente al canal que entraba hasta el sótano de la casa donde había altura suficiente para que entrase el yate de Milton, por donde poder escapar en caso de ser necesario. La conciencia de los Taylor no era lo más prístino que se pudiera encontrar.
A Roberto le asignaron una habitación que era algo más grande que la casa de su padre en Cádiz, con un dormitorio en que se habría podido jugar un partido de tenis, un living como para montar una discoteca y un cuarto de baño que parecían los vestuarios de un equipo de fútbol.
- Espero que no te molestes – le dijo algo apurada Corina – es una de las habitaciones pequeñas, pero es que mis padres tiene invitados también y las suites están reservadas para ellos.
- Corina, por Dios bendito, vosotros estaréis acostumbrados a estos volúmenes, pero de verdad que es una desmesura. Esta habitación es más grande que la casa que tenemos en la costa en España.
Corina por toda respuesta besó los labios de Roberto con dulzura y le animó a que se cambiara para bajar a la playa a bañarse.
- De todas formas, abajo en el embarcadero hay tablas para coger olas, coge la que te apetezca si quieres hacer algo de surf; aquí con este mar y esta temperatura no hace falta neopreno y además a mi madre le encanta ver a los muchachos montar las olas.
Roberto hizo lo que Corina le dijo. No quería perderse el golfo de Méjico para su colección, así que se puso sus bermudas floreadas y talle superbajo que dejaba a la vista todo su vello púbico e insinuaba lo que pocos milímetros más abajo cubría el textil, por no hablar del más que respetable bulto que le hacia su sexo si bien se disimulaba con el estampado de hibiscos de varios colores.
En el embarcadero había de todo: tablas nunca usadas, parafina, timones, inventos y cualquier cosa que se pudiera desear para la práctica del surf. Roberto eligió la tabla corta que le iba bien que sabía que iba a poder dominar y con la que pensaba lucirse delante de la familia y amigos de Corina y Lucas. De paso se pavonearía ante Lucas con su buen hacer surfista.
En la playa el servicio de la casa tenía montado todo un chill-out, con su suelo de césped artificial, sus camas con dosel para protegerse del sol y una barra bien surtida de bebidas. Habría unas veinte personas disfrutando del montaje cuando Roberto y Corina hicieron acto de presencia. Había otros muchachos algo más jóvenes que Roberto con sus tablas también y cuando vieron que llegaba no dudaron en animarle a que fuese a coger olas con ellos.
- Son menores, aquí es un delito muy grave, ni se te ocurra rozarte, aunque a alguno le destrozaría yo el culo – le fue susurrando en voz muy baja Lucas a Roberto mientras caminaban hasta la orilla.
- No tengo intención, degenerado - le contestó Roberto irritado – no me gustan los niños.
- Ah, otra cosa. A mi madre ni se te ocurra. Le encanta ver como mis amigos cabalgan olas pero luego quiere que la cabalguen a ella. Es una buena zorra por muy madre mía que sea.
Roberto se detuvo en seco al borde mismo del rompeolas, clavó la tabla en la arena y sin ningún recato, con cara de pocos amigos fue a decirle un exabrupto a Lucas pero antes él se le adelantó.
- No te me amontones, tío. No porque tú le tires los tejos a mi madre, te prevengo, porque será ella la que te los tire a ti. Ya te he dicho que le gustan los pequeñines, así de tu estilo y el mío.
- Pero tu padre… – contestó Roberto alarmado.
- Mi padre ya tiene suficiente con sus secretarios y guardaespaldas – Roberto puso cara de sorpresa - Mientras que mi madre no de escándalos que le empañen su carrera política puede hacer lo que le de la gana.
A Roberto se le desencajó la mandíbula, puso cara de estupidez supina y desclavó la tabla de la arena entrando en el agua.
- Entonces lo que os conté a ti y a Corina de mi padre y eso, os parecería un cuento para adolescentes bobos – le soltó desde lejos deteniéndose antes de tumbarse sobre la tabla y empezar a remar.
- Venga, no seas mas imbecil y disfruta de la vida mientras se pueda hacer, que seguro que vendrán tiempos jodidos – le gritó desde la orilla Lucas, riéndose a carcajadas. Me gustas, tío, por tu candidez.
Cuando Roberto salía del agua después de hacerse varios tubos con autentica maestría sacudiéndose el pelo del agua y planchándoselo con la mano hacia detrás la madre de Corina, Marion empezó a aplaudir con parsimonia. Roberto pudo fijarse en los prismáticos que yacían al lado de su hamaca y adivinar un brillo extraño en sus ojos.
Marion tercera hija de Isaiah Y. Robertson, siempre fue una rebelde. La Y del apellido de su padre la emparentaba con el fundador de la Universidad de Yale a principios del XIX. Familia de Long Island, era en realidad la dueña de la casa que la familia tenía en los Hamptons, donde pasaban las vacaciones de invierno y que aportó al matrimonio  con Lucas cuando su padre Isaiah conoció el futuro, las ambiciones y la fortuna de los Taylor (“con toda seguridad emparentados con los padres fundadores de las colonias”, solía decir muy orgulloso de quien iba a casarse con su alocada hija).
Roberto enrojeció por el hecho de terminar por ser el centro de la reunión a consecuencia de los aplausos interesados de la madre de Corina y cuando estuvo en medio de la carpa instalada no supo ni que decir ni que hacer.
- ¿Y todo lo sabes hacer con esa maestría? – le dijo sonriente sin apartar las gafas de sol de la cara, esperando una respuesta que sabía que nunca iba a llegar - ¿Entras por todos los tubos con la misma agilidad y elegancia? – y ahora sí se quitó las gafas de sol y se las colgó sensualmente por la patilla de la boca.
- ¿Alguien más va a tomar otro Martini? – cambió de conversación asaeteando con la mirada a su mujer Lucas Sr.
- Creo que tu secretario te reclama querido – contestó Marion, sin quitar la vista de encima de Roberto, ni mover un milímetro las gafas de la boca – tómatelo tú con él mientras habláis de negocios – y remarcó la palabra negocios saboreando cada silaba pronunciada – Y tú, chico, sécate y vente aquí a mi lado y cuéntame todo lo que has tenido que practicar hasta conseguir esa maestría en el dominio de la tabla – y volvió la cara sonriente a una amiga sentada a su lado que le devolvió la sonrisa y abonó la idea de la anfitriona.
- Eso, chico… ¿Cómo te llamas?
- Roberto, señora – contestó lo más educado y distante que pudo.
- Roberto, eso. Acércate, tomate algo con nosotras y cuéntanos. Ha sido tan excitante verte desaparecer detrás de una pared de agua y volver a verte aparecer al cabo de un interminable segundo, que nos has dejado sin resuello.
Lucas Jr. vino en auxilio de su compañero de cuarto sabiendo por donde se movían las arenas que Roberto había empezado a pisar.
- Vamos, deja de hacerte el figura, deja la tabla y acompáñanos al agua a todos.
Roberto vio el cielo abierto, soltó la tabla en la arena al pie del césped artificial y salio corriendo, no sin antes despedirse de la reunión educadamente.
- Luego nos veremos en la casa – levantó la voz Marion mientras su hijo y el amigo corrían hacia la orilla – me debes una explicación de lo que te he preguntado.
- Ni se te ocurra quedarte a solas con mi madre – le advirtió mientras corrían hacia el agua.
- Descuida, prefiero quedarme a solas con Corina.
La comida, a base de frutas frescas se desarrolló en la misma playa y como si de un ballet se tratará a las cinco de la tarde todo el mundo a una empezó el desfile hacia la casa. Había que vestirse para la preceptiva barbacoa que en la temporada estival se convertía en la comida principal del día, mención aparte del abundante desayuno casi de madrugada, y que se prolongaba hasta bien entrada la noche. Más que una barbacoa se trataba de un buffet perfectamente servido en el jardín al que había que asistir en perfecto orden de revista: etiqueta de verano, pero etiqueta y a la que asistía lo más granado de la sociedad de Tampa que se peleaba por estar en las listas que Marion confeccionaba cuidadosamente cada semana y no les importaba hacerse las cien millas que les separaban de la finca aledaña al mar.
En esas tardes noches de la casa de Florida se cerraban negocios y acuerdos y pactos políticos que luego recibían refrendo oficial en los despachos de Tallahassee o Washington según los intereses de que se tratase. Marion había impuesto una norma: en Navidades en Los Hamptons nada de política ni negocios, solo apacible y envidiable vida familiar al mas puro estilo americano, al más puro estilo Long Island con los vecinos más importantes todos confabulados para representar que no eran más que americanos normales y corrientes disfrutando de unas fiestas en familia, cuando la realidad es que las fortunas de todos ellos bastarían para derribar a la bolsa de Nueva York si así se lo propusiesen.
Roberto estaba en su “pequeña suite” duchándose y no se enteró que la puerta de la habitación se abría con sigilo. Salía él desnudo con su magnifico cuerpo marcado al limite por el ejercicio y sus genitales esplendorosos después de recibir la temperatura calida del agua en estado de reposo pero con sus dimensiones de trabajo prácticamente alcanzadas. Se secaba el cabello con una toalla vigorosamente y no se percató de que Marion le observaba golosa desde el dormitorio. Cuando Roberto quiso darse cuenta de que estaba siendo observado por una babeante Marion solo supo dejar caer la toalla y sentir que su equipación se armaba para el inminente combate. No intentó resguardarse de sus miradas sino que se deleitó con el atrevimiento de ambos, el de ella por entrar a lo que entró y el suyo por reaccionar de esa manera tan extrema ante la presencia de su futura suegra. Roberto solo supo sonreír.
- Lo primero que me ha dicho tu hijo, que ni se me ocurriera acercarme a ti, y le he hecho caso, eres tu la que te acercaras a mí – y bajando la voz y poniéndola ronca de lujuria y deseo - ¡cómemela entera zorra!, luego te follare como una perra, por el culo, que seguro que es lo que te gusta.
Marion no lo dudó, se abalanzó hacia Roberto y de rodillas abarcándole las nalgas con las manos, apretándole contra ella hundió el pene de su yerno contra su garganta. Luego le lamió las bolsas que Roberto llevaba perfectamente afeitadas y metió la cabeza entre las piernas hasta alcanzar el ano que lamió con delicadeza. Luego sin dejar la postura de rodillas se volvió de espaldas se levantó la falda plisada que llevaba dejó al descubierto su sexo y su ano. Roberto se colocó de rodillas detrás de ella y de un solo golpe de cadera entró en su cuerpo por el ano. Ella se debatió de dolor intentado zafarse del castigo, pero ya los musculosos brazos de Roberto la cogían de los hombros pasándole las manos por las axilas e impedían que ella se saliese. Poco a poco el dolor se trastocó en placer en el cuerpo de Marion y Roberto pudo soltar la presa pues ahora la que no quería que se saliese Roberto era ella. Roberto pudo entonces bajar sus manos y torturas sin piedad los pezones de Marión que gemía de placer. Roberto empezó a arremeter primero despacio y fue acelerando a medida que Marion aceleraba sus quejidos. Ella llegó un momento en que anunció que iba a morir de placer y Roberto se abandonó al orgasmo que estaba reteniendo hacía minutos esperando a que ella alcanzase el suyo. Se derramó por completo dentro de ella y ella terminó por desmadejarse del todo quedando como una muñeca de trapo deshecha en el suelo. Roberto se volvió a la ducha no sin anunciarla que la próxima vez volviese con el enema puesto porque aquello era una porquería. Marion pareció no escuchar nada.
Cuando Roberto volvió a salir de la ducha, ya no había nadie en la habitación y empezó a vestirse con un polo blanco. Cuando se lo estaba poniendo, escuchó la puerta de la habitación y antes de poder decir nada Lucas Jr estaba delante de él.
- Perdona, creía que ya estabas vestido – y al verle el pene aún turgente de la excitación anterior – y me podías haber llamado si tantas ganas tenías. Un pajeo es poca cosa y además un desperdicio.
Roberto se le quedó mirando muy serio y le repasó de arriba abajo. Observó que su bragueta se había tensado con su contemplación.
- Otro día te llamo - Se calzó un pantalón corto de lino blanco, sin calzoncillo, así mismo y unos náuticos blanco y azules – cuando quieras bajamos.
- Joder tío, estás explosivo.
- Vamos maricón – pasó a su lado al tiempo que le daba un pellizco suave en sus genitales que le iban a reventar el pantalón de algodón que llevaba – que te gustan más los percebes que las almejas.
- ¿Cómo dices? – le contestó extrañado Lucas.
- Son cosas de mi tierra, ya te explicaré. Vamos.
La velada transcurrió feliz y correcta. Marion actuaba como si nada hubiese pasado y Lucas con dos copas de más quiso que Corina y su novio le acompañasen a fumarse algo de hierba detrás de unas dunas.
- La verdad es que todo esto me asquea – comenzó a quejarse Lucas Jr. bajo los efectos de la marihuana – a mi madre le pegaría estar en cualquier esquina de Nueva Orleáns con un sidazo en lo mas alto, mi padre debería ser una vieja maricona en cualquier tugurio de Los Ángeles sometido a todo tipo de vejaciones, que es lo que le gusta…
- Ya está bien – le cortó Corina – papa es un pilar de nuestra sociedad y muy respetado.
- Sobre todo por sus secretarios. Tú no le has visto con un corpiño rojo y negro mamándosela a su secretario mientras su guardaespaldas le daba por el culo. Pues yo si lo vi con doce años. Me metí en su despacho a enredar y al escucharlos me escondí detrás de las cortinas verdes del fondo y desde allí lo vi todo – y aquí comenzó a llorar desconsoladamente – me excitó verlo y me dio asco, todo a un tiempo, pero me atraía lo que veía. Una semana después entré en el despacho del secretario de papa y le espeté de sopetón, que porqué no me dejaba a mi chupársela a ver que se sentía. Hasta que me fui a Yale he estado follando con él.
Daba grandes caladas al canuto y antes de que terminase uno ya estaba liándose otro.
- Porqué crees, Corina, que con trece años te asalte aquel día. Necesitaba saber si me excitaría el sexo de una mujer también – y dirigiéndose a Roberto continuó – sí, amigo, a tu novia me la desvirgué yo, y me encantó hacerlo.
- Y a mi me gustó, que lo hiciera mi hermano, llevaba deseándolo meses, desde que sorprendí al chofer de papa follándose a la cocinera detrás del seto que hay tras la cocina y escuché como ella gemía de gusto y le pedía al otro que empujase más y más. Cuando la cocinera se quedó embarazada meses después le prohibí a Lucas que me lo hiciera por delante, que por detrás iba a dar igual de gusto y me envicié en el culo.
Acababa de decir esto Corina cuando aparecieron por la duna Duncan y Richard dos hijos de congresistas que estaban alojados en la casa y amigos de la infancia de los dos hermanos.
- ¡Vaya cara, tío!, Lucas, tú con hierba y nosotros soportando el muermo de todas las fiestas con la política para arriba y la política para abajo.
- Os presento a Roberto, novio o lo que sea de Corina, un español que estudia conmigo en Yale, competente. No hay secretos con él.
- Entonces sabe…
- No lo sabe pero se lo digo yo ahora, no tiene ningún interés especial. Duncan, Richard y yo hemos follado a  modo desde que éramos chicos; tampoco había otra cosa que hacer en estas fastidiosas noches de verano en la playa. Corina también lo sabe, se la follan de vez en cuando.
- Pero por el culo siempre – hizo la salvedad ella – la de Duncan es especial, corta y gordísima, da mucho placer, y cuando se corre parece la fuente del Rockefeller Center, dios mío la cantidad de esperma que echa – evidentemente Corina ya estaba algo colocada – la de Richard…, bueno, es que a Richard creo que le gusta más la de Duncan, aunque no la tiene mal y folla con dulzura, a veces con demasiada.
Empezó la rueda de canutos acabando todos colocados para toda la noche. No hubo sexo porque ni hubo necesidad, el sexo se tenía cuando apetecía y no había porque hacer de ello algo excepcional. Cuando se acabó la hierba se desnudaron y se bañaron todos en la playa al abrigo de las miradas de los mayores que si suponían lo que sucedía mientras no se diese escándalo no pasaba nada. No era malo saltarse la norma, lo malo es que te pillasen en un renuncio, eso si era imperdonable y te apartaba del grupo de los elegidos relegándote al de los despreciables. De noche daba todo igual.
Cuando más frescos todos y vueltos a vestir regresaron a la luz del montaje de la fiesta, habían ido a dar un paseo bajo las estrellas mientras recitaban versos. Los adultos fingían que lo creían y los chavales fingían que su fingimiento era real. La vida de aquella sociedad era toda una gran fachada como la de un escenario. Cada uno tenía su papel y debía representarlo sin variar una coma. Salirse del guión significaba ser expulsado al frío exterior donde no existían privilegios, ni oportunidades ni prácticamente más vida que la que podían llevar los pobres zombis que arrastraban sus cuerpos por la vida mendigando mendrugos del pan del que ellos eran los dueños, como de todo.
Cuando fueron a la casa a acostarse y Roberto estaba ya en la cama sonaron unos golpes en su puerta. Estaba desnudo como siempre que se acostaba y no se levantó a abrir la puerta.
- Pase, quien sea – elevo la voz Roberto.
- Perdona que te molesté – se disculpó Lucas Jr. – pero no podía dormirme sin antes hacerte una pregunta. Verás, me he fijado esta noche en mi madre, y créeme que la conozco, a hurtadillas no te ha quitado ojo y la he visto radiante y feliz, como hacía tiempo que no la veía. ¿Te la has follado, verdad?
Roberto se quedó callado y rememoró sin quererlo la forma en que lo hizo, como ella quiso hacerlo, por detrás, como a una perra y volvió a empalmarse sin poderlo remediar. Lucas Jr. tiró de la ropa de cama destapando a Roberto dejándole en todo su esplendor la excitación. Con la rapidez del rayo le hizo presa en los huevos con su mano derecha y con cara de furia contenida le retó a que se lo negara.
El dolor que le provocaba la presa en los testículos lejos de rebajarle la excitación se la incrementó y empezó a destilar esmegma por la uretra y hacerle jadear de gusto. Deseaba más.
- Si, me la he follado, esta misma tarde, como ella me lo ha pedido, como a una perra, a cuatro patas, por el culo echándole todo el polvo dentro.
Lucas Jr. no soltaba la presa y se sorprendía que la erección no decayese y entonces se dio cuenta.
- ¡Aja! Pedazo de cabrón, te gusta el CBT más de lo que yo pensaba. Por eso cuando lo hicimos los tres aceptaste tan bien la sonda uretral. ¡Que mierda eres!, ¿de qué tamaño aceptas la sonda? cabrón.
De un salto Lucas Jr. fue al cuarto de baño volvió con un cepillo de dientes.
- ¡Estás loco! – le gritó asustado Roberto.
- Calla, estupido, vas a gozar más que con mi madre - y volvió a apretarle los huevos con fuerza lo que hizo suspirar de placer a Roberto, luego lubricó con su propia saliva el mango del cepillo y comenzó a insertárselo en el pene de Roberto, que gemía de placer y de dolor al tiempo.
- ¡Clávamelo del todo cabronazo!, me corro de gusto, siento como me entra y me destroza, me voy a correr ya, me estoy corriendo – empezó a espasmar del orgasmo pero sin que saliese nada de semen porque el tapón que representaba el mango del cepillo lo impedía – me da calambres, cabrón, deja que salga la leche ya, deja que salga.
Lucas Jr. sacó el mango del cepillo y un chorro de semen mezclado con sangre se disparó más de un metro yendo a caer sobre los dos. De inmediato Lucas se clavó el pene de Roberto en la garganta hasta donde pudo para recoger lo que pudiese quedar de eyaculación. Cuando ya se asfixiaba por el capullo de su amigo se retiró y se dejó caer a su lado en la cama.
En eso sonó el teléfono de Lucas. Roberto pensó que lo dejaría pasar, pero después de mirar la pantalla descolgó.
- No esperaba yo esta llamada – contestó con voz melosa e inusitadamente aterciopelada – si, si, claro, en lo que habíamos quedado. No me falles. En este momento me pillas algo ocupado – estuvo un largo rato en silencio escuchando lo que le decían al otro lado de la línea sin perder la sonrisa de los labios – me conoces como nadie tío y si, tienes razón – volvió a escuchar – estoy a punto y voy a hacerlo ahora. Nos vemos. Un beso.
- Pajéame por favor – colgó el teléfono al tiempo que le rogaba a Roberto que le aliviase la calentura - estoy muy excitado, me sabe la boca a sangre y semen y eso me pone al límite.
- Quien era – preguntó socarrón Roberto.
- Lo sabrás a su tiempo, ahora por favor, estoy a punto de morirme.
Roberto en lugar de masturbarle se inclinó sobre su amigo y le practicó una felación dulce hasta la eyaculación, resbalando la lengua en toda su extensión por el frenillo de Lucas tragándose también su semen, cuando éste lo aventó con el orgasmo.
- Te lo debía por lo de tu madre, pero de veras que yo no hice nada para trajinármela, fue ella la que vino a buscarme.
- No hace falta que me lo jures, es más puta que las de la carretera. Ella se cree que yo no me acuerdo, pero cuando tenía tres años me masturbaba con la boca cada dos por tres para que me durmiese. A mi me encantaba que me lo hiciera y muchas noches me negaba a dormir para que me lo hiciese y así estuvo hasta que un día se lo pedí directamente y entonces dejo de hacerlo – se detuvo en su relato y continuó – por cierto, que buena mamada me has hecho, hacia tiempo que no me corría tan a gusto con un colega.
- Si pero a mi a ver por donde me sale esa sangre que me ha salido con la leche, has tenido que destrozarme por dentro. A ver como meo yo la próxima vez. Tendré que llamar a mi padre y preguntarle, ventajas de no tener secretos sexuales con él.
- Bah, te escocerá un par de días al mear y luego lo que querrás es meterte algo cada vez más gordo. Bueno tío, de verdad, no te tires más a mi madre – dijo levantándose de la cama – aunque te lo pida de rodillas o tendré que irme yo a Cádiz a follarme a tu padre, para equilibrar.
- Pues no estaría nada mal – le dijo entre risas Roberto – Corina, mi padre y tú. A mi padre le encantaría sodomizar a Corina, que le conozco bien, mientras me ve follarte a ti el culo y Corina le come la polla a su hermano.
- No sigas, cabronazo, que me vuelvo a empalmar.
- Venga, lárgate a tu habitación que mañana nos tenemos que levantar temprano.
- Mañana vamos con las planeadoras a los everglades a ver caimanes, espero que te excite. Es impresionante ver su fuerza, a mi personalmente me resultan de lo más erótico. Pero antes hay que pasar por Tampa.
- ¡Estás loco! Vete a dormir.
Faltaba poco para amanecer cuando el teléfono de Roberto empezó a sonar insistentemente. Con los ojos pegados de sueño el chico descolgó su móvil, después de mirar la pantalla para saber quien era el que le interrumpía el sueño.
- ¿Papa?, es que en Cádiz no sabes que a estas horas en América es de noche.
- Perdona hijo pero no estoy en Cádiz, estoy en Bangkok en viaje de trabajo y no me he dado cuenta, yo estoy ahora cenando, ¿a que no sabes con quien?
- Papa, no estoy para acertijos.
- Me he traído a Quique a Tailandia, no te voy a dar más detalles que espero que te imagines. Voy a estar un mes más o menos aquí por un problema de contaminación de aguas en la frontera con Camboya.
Roberto se despejó de golpe.
- ¿Qué te has llevado a Quique?, papa, Quique está como una regadera, Quique no es más que una polla con patas y en Tailandia, sabiendo lo que allí se cuece y como se persigue el cocimiento, solo te va a dar disgustos. Y con lo que le gusta…, me voy a callar. Por lo que más quieras no le pierdas de vista que ese te la prepara en cuanto le des la espalda.
- No es tan malo. En Cádiz nos lo hemos pasado muy bien. Ya te contaré una historia demencial de unos seguratas de la urbanización que entraron en casa cuando estaban allí Quique y Raúl a avisar de unos robos. Llevaban un perro que era un artista, y no veas…
- No sigas papa – le cortó Roberto – ya me imagino lo bien entrenado que estaba el perro y lo eficientes que eran los seguratas con sus herramientas de trabajo. Sabes que no me gusta hablar de ciertos temas por teléfono. Te lo repito, a Quique vigílalo y si para ello lo tienes que llevar de la mano o de donde quieras lo llevas, pero por Dios, por Dios. Ahora tengo que colgar papa, dentro de media hora salimos para los everglades a ver caimanes y no quiero hacer esperar a los anfitriones. Ya hablaremos en navidades cuando vaya con Corina. Un beso muy fuerte papa.
- Un beso hijo.
- ¡Ah!, papá, papá, espera, espera. Tengo que preguntarte algo. Verás es que a un amigo le han sondado y lo han hecho con una sonda más grande de la cuenta y al orinar luego le ha salido sangre y al eyacular le ha salido sangre. Eso…, no se, papá, papá…
- ¡Roberto!, joder que has hecho hombre…
- Q u e  n o  h e  s i d o  y o, - remarcó la frase para que su padre se percatase de que no podía hablar más claro - un amigo, he dicho y no se atreve ahora a ir a una clínica, teme que le digan que no tiene solución.
- D i l e  a  t u  a m i g o, - utilizó el padre el mismo sistema para que Roberto supiese que sabía de lo que se trataba – que si al orinar la primera vez después del episodio duele y escuece mucho pero no sale sangre o es escasísima no va a pasar nada salvo que las micciones de los siguientes tres días serán dolorosas y poco a poco cederán, pero que no vuelva a dejarse sondar por un aficionado y si lo hace que utilice un lubricante adecuado. En navidades hablaremos más largo del tema.
- Venga papá, un beso.
- Un beso otra vez hijo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

ROBERTO VIII


Se volvieron a vestir los dos, silbaron al perro, que se levantó de un salto ágil para seguir a sus amos y antes de largarse sin decir adiós ni cerrar la puerta, me dijeron que volviese grupas sin perder la posición a cuatro patas y abriese un poco las piernas. Su despedida fue una patada en los huevos que me hizo ver las estrellas pero que curiosamente me hizo iniciar otra erección fallida debido al instrumento que llevaba puesto. Después, sin más preámbulos me quitaron el collar del cuello y volvieron a ponérselo al perro. Me quedé revolcándome en el suelo de mezcla de dolor y placer, algo realmente extraño, una sensación agridulce que deseaba volver a experimentar aunque con miedo a hacerlo por lo dolorosa y fascinante por lo morbosa y depravada. Habría disfrutado si Brunilda hubiera podido presenciar la escena.
Fui a la cocina, con las tijeras corte el fiador que impedía desprenderme del aparato de castidad y dejé al fin mi pene libre, que inmediatamente creció pero de forma fláccida. Fue recordar como le hice la felación al perro y se puso dura como la roca y entonces sí me masturbe, allí mismo, en la cocina, lentamente, degustado cada centímetro de mi pene y sintiendo como se acercaba lentamente el placer a mi cuerpo hasta estallar en la eyaculación que derrame a conciencia sobre el suelo. Era una gran cantidad de semen, porque las dos veces que anteriormente había eyaculado había sido por pura excitación nerviosa sin estimulación cutánea, de manera que reservaba una cantidad extraordinaria para regar el suelo de la cocina. Una vez acabado el orgasmo, con toda la parsimonia y el morbo del mundo me arrodillé en el suelo y me sentí reconfortado de poder lamer mi lefa del piso, por el placer de hacerlo como lo que me acababan de demostrar que era: una perra.
Luego de hacerlo me invadió un cansancio tan intenso que creí no poder subir las escaleras a mi dormitorio. Tal como llegué a él caí sobre la cama y en esa posición quedé profundamente dormido.
Cuando abrí los ojos entraba el sol con toda su inmisericorde luz por el ventanal de la habitación. Había vomitado mientras dormía una mezcla de sangre y heces que seco todo aparecía color marrón. Tenía la boca seca y amarga, era el sabor de mi mierda no cabía duda, pero no le di importancia, me fui a la ducha y me deje acariciar por el chorro fuerte y muy caliente que al dejarlo caer sobre el capullo hizo que entrase en erección una vez más. Pensé que en algún momento debería probar a sentir la quemazón de la cera caliente sobre el capullo, igual que sentía ahora el chorro caliente de la ducha, pero no quise volver a correrme aunque era lo que me pedía el cuerpo. Bajé desnudo a la cocina a prepararme un café, cuando mirando por la ventana el jardín observé una moto que se paraba delante de la cancela. Se bajaron dos personas que reconocí al instante: Quique y Raúl. Se me estremeció el cuerpo y la polla se me disparó. Rápidamente fui a la puerta y la dejé abierta para que pudieran entrar y al sonar el interfono de la cancela después de preguntar, haciéndome de nuevas, les franqueé la entrada al tiempo que les decía que la puerta de la casa estaba abierta y yo en la cocina preparando café. Lo que no les dije es que estaba desnudo.
Se me hizo eterno hasta que irrumpieron en la cocina y sentí como Quique me abrazaba por detrás y me metía la mano por la entrepierna acariciándome con dulzura el pene.
- ¡Joder! – Exclamó Raúl – con los jodidos tortolitos, ¡venga ya!, que me pongo cachondo perdido.
- Pues súmate – le contestó Quique sin dejar de mordisquearme la oreja ni acariciarme el capullo desde detrás. Eres bienvenido, somos una pareja moderna – le dijo en plan de sorna.
Pero Raúl no se cortó se agachó delante de mi y empezó a lamerme el capullo compitiendo con la suavidad de los dedos del pelirrojo Quique sobre mi frenillo. Estuvieron así un rato haciéndome gozar lo indecible hasta que el café avisó que estaba listo para servirse.
- Bueno, vamos, ya esta bien – les separé en tono conciliador – me encanta como me lo hacéis, pero ahora vamos a tomar un café. ¿Habréis desayunado, me imagino a las horas que son?
Me contestaron que muy temprano pero que se tomarían un café conmigo, para acompañarme mientras les explicaba lo de la tarde anterior.
- ¿Lo de la tarde?, si fuese solo lo de la tarde. Lo bueno fue lo de la noche con perro y todo incluido.
- ¡Hostias! - dijo Raúl visiblemente asombrazo - ¿te ha follado un perro?
- Y se la he mamado, mientras los dos seguratas me pisaban con sus botas de militar y bebían las copas que les había servido.
- Eso nos lo tienes que contar con pelos y señales, tío – dijo rendido Quique – que se me ha puesto la polla que yo no se si voy a poder contenerme. ¿Se lo has contado a Roberto ya?
- Pues yo estoy a punto de correrme solo de imaginar como te follaba el perro – dijo Raúl - ¿Qué perro era?, ¿la tenía muy grande?, ¿se te corrió en la boca?, joder Alejandro habla de una puta vez
Nos sentamos y les relaté con pelos y señales todo lo ocurrido. Les describí a los seguratas y al perro.
- Esos, esos, nos han parado cuando veníamos y llevaban el perro con ellos. Vaya par de cabrones. Nos han dicho que tuviésemos cuidado, que a veces hay asaltos a chavales como nosotros en la urbanización. ¡Que cabronazos!
A medida que me demoraba degustando cada palabra depravada y cada frase morbosa ellos, Quique y Raúl iban subiendo la temperatura de sus cuerpos hasta el punto de no poder más y tener que desnudarse del todo para acariciarse sus sexos que estaban a punto del colapso. Yo enlentecía la descripción de lo sucedido y cargaba las tintas en aquello que sabía que más les subía la boca del estomago a las nubes y le provocaba fuentes de esmegma que les lubricaba los capullos. Cuando comprendí que no podían más, me puse a cuatro patas ejemplarizando la manera en la que me follaba el perro y yo se la mamaba a uno de los seguratas y les dije que Quique hiciese de perro y Raúl de segurata para que viesen de que forma lo hicimos.
Les faltó tiempo a Quique para penetrarme el ano sin ninguna lubricación ni dificultad, tal era la dilatación que arrastraba de la noche anterior, con el plug permanentemente puesto, cuando no era follado por cualquiera de los humanos o el perro y a Raúl para meterme su miembro por la boca hasta lo más profundo, cosa que le agradecí pues la sensación de ser penetrado tan profundamente me estaba siendo ya muy placentera. En pocos segundos estaban los dos corriéndose con lo que decayeron sus ímpetus y se relajaron.
- Nunca imaginé – dijo Quique – que un cuento de estos me pudiese poner tan a tope.
- Es el polvo más placentero que he echado – apostillo Raúl – en años. ¿Te acuerdas Quique aquella vez en el internado después de que Brandon y sus amigos me follaran, después de la tunda con las varas, que Roberto para consolarme me hizo una mamada larga y profunda mientras tu me sedabas el ojete lamiéndomelo hasta que me corrí en la boca de Roberto que luego compartimos la lefa entre los tres?, pues ha sido aún más excitante y placentero. La próxima vez lo filmas, que eso es para verlo.
En eso sonaron unos golpes en la puerta.
- ¿Hay alguien aquí?
- Si, si. ¿Quién es?, un momento – dijo Quique mientras deprisa y corriendo como Raúl se ponía los pantalones.
Pero ya no había lugar. Los dos seguratas estaban dentro del salón con el perro. Quique tenía una pernera del pantalón corto puesta y no le había dado tiempo a mas, a Raúl ni eso le había dado tiempo y yo estaba a cuatro patas aún. Los dos seguratas se miraron de forma cómplice y soltaron la cadena del perro que sin mayor dilación se me encaramó a la espalda y me penetró con su pene ya enhiesto al verme desnudo en posición de perro, como la noche pasada. Inmediatamente Quique y Raúl a pesar de acabar de correrse se empalmaron a tope sin poder disimularlo y los seguratas se mantuvieron impasibles mientras el perro me follaba. Yo deseaba algo en la boca y les mire a los guardas jurados implorando carne caliente en la boca.
- Que te la meta cualquiera de estos, nosotros – habló el que llevaba siempre la voz cantante – estamos de servicio. Esperaremos a que el animalito termine de aliviarse y nos vamos. Solo estamos de ronda; hemos visto la puerta abierta y hemos entrado, solo eso, aunque estemos, yo por lo menos a punto de estallar – y se marcó con la mano el relieve de su polla a través del pantalón.
- Y yo – dijo el otro segurata – que creo que acabaré por correrme solo de ver la escena.
Entonces Raúl se acerco al guarda que acababa de hablar y se arrodilló delante de él.
- No va a ser cuestión – le dijo desde su posición de rodillas delante de él y mirándole de forma sumisa – que ensucies de lefa esos pantalones de militar tan bonitos, y como estas a punto, como dices, te presto mi boca.
El segurata hurgó la bragueta que hizo aparecer un pene congestionado y chorreante que entró sin más en la boca de Raúl e inmediatamente le obsequió con una buena chorreada de semen fresco. Cuando lo hubo tragado, miró al otro, el que llevaba siempre la voz cantante.
- No iras a dejarme cojo – le dijo, casi suplicante, en tono bajo y ronco por la lujuria que le atenazaba la garganta - va a ser solo un momento, como a tu compañero, y nadie se tiene porque enterar.
El segurata le soltó una hostia a Raúl que le hizo caer de lado para a continuación sacarse la polla y ordenarle que se volviese.
- Por la boca ya te han satisfecho perrita, ahora hay que follarte.
Raúl se puso como estaba yo, a cuatro patas cerca de mi cara y el segurata le encalomó su verga tiesa de un solo golpe, que le hizo ver las estrellas. Yo alargué un poco el cuello y le ofrecí mi lengua a la suya para consolarle del dolor, mientras el perro terminaba de correrse en mi culo y aún no deshacía el nudo continuando enganchado a mí. Cuando pudo salirse de mi cuerpo, el segurata que se estaba follando a Raúl se dirigió a Quique.
- Venga, tú, guarrona, cómele ahora el culo a la perra de tu amiga, que yo vea como se lo comes con el lefazo del perro para excitarme y poder echárselo yo a tu amigo.
Sentí como Quique se arrodillaba detrás de mí y empezaba a lamerme el ano. Al principio despacio, pero el morbo de saber que me acababa de follar el perro debió de obrar como factor lujuriante, pues empezó a meter la lengua por el ano lo que me provocaba mucho placer y él a gruñir como un animal en celo. Cada vez empujaba más y más, con su boca buscando los flujos que salían del ano hasta que volviéndose hacia mi cabeza me dijo que abriese la boca y entonces me escupió un gran lapo, a base de saliva, semen del perro y algo de mierda. Yo lo saboreé y él me dio la boca para que lo consumiésemos entre los dos al tiempo que con un grito animal el segurata se derramaba en el ojete de Raúl. Nada más salirse de él y mientras se abrochaba, Quique se abalanzó al culo de su amigo para chuparle el polvo que le acababan de echar. Yo me tumbé en el suelo y me metí mientras la polla de Raúl en la boca que ante los acontecimientos volvió a correrse directamente en mi garganta. Terminamos los tres intercambiando los diferentes fluidos que teníamos en nuestras bocas, mientras los seguratas volvían a poner la cadena al collar del perro y con un lacónico “que pasen un buen día” salieron por la puerta y desaparecieron.
Acabamos los tres tumbados en el suelo, exhaustos, y riendo a carcajadas por lo que acababa de suceder, comentando los lances del episodio y el comportamiento de los seguratas.
- A mi lo que acabó de sacarme de dudas y entregarme, fue la hostia – dijo Raúl – nunca pensé que un golpe que no fuese en el culo con una vara me pudiese excitar tanto, pero un segurata que te pega una hostia para follarte nunca me había pasado y es lo más estremecedor, estoy deseando que me zurre una buena tunda un uniformado y que me maltrate porque me correré.
- Pues a mí – apostilló Quique – cuando me dijo que te comiese el culo después de que te follase el perro, me levantó el estomago, pero algo muy dentro de mí me empujo a hacerlo sobreponiéndome al asco. En cuanto empecé a lamerte el ojete con ese sabor entre a mierda, que es excitante, y al sabor salado y soso del semen del perro, me volvió loco y solo quería sorber todo lo que llevabas dentro del culo. Luego se me ocurrió que te resultaría excitante y a mi hacerlo, echarte un buen lapo de mierda y lefa de perro en la boca, como así fue, o eso creo yo. Aquí nadie a vomitado de asco y nos estamos divirtiendo de lo lindo.
Yo por mi parte escuchaba a los chavales hablar con toda naturalidad de cosas que para otros serían solo estampas de la escatología más depravada que solo el estar allí hablando con naturalidad de lo que le gustaba a cada uno me encalmaba el animo.
- Yo solo he echado de menos a Roberto – les dije a los dos – habría disfrutado mucho con el perro y desde luego no habría dejado que se fuesen los seguratas sin terminar todos en el sótano en pelotas, con bien de poper y hasta caer desmayados de tanto correrse.
- Es que Roberto es la caña – dijo Raúl muy convencido – seguro que en la Universidad estará haciendo de las suyas. Seguro que se folla todo lo que se mueva, tenga faldas o pantalones. Y con el aguante que tiene que es capaz de estar tres días seguidos follando sin parar.
- Bueno, cambiando de tercio – se dirigió a mí, Quique - ¿Cuándo salimos para Tailandia?
- Pasado mañana salimos de Madrid vía Paris. De manera que podías ir por tus cosas y quedarte ya aquí estos días y salimos los dos juntos de casa.
- Pues venga Raúl, vete vistiendo, te dejo en casa, voy a la mía recojo cuatro cosas y me vengo para acá otra vez.
Cuando salieron por la puerta imaginé lo triste que iba a quedarse Raúl sin su amigo, pero de inmediato pensé en como lo iba a pasar yo con Quique en Tailandia.
Los dos días que pasamos en la casa solos el pelirrojo y yo, salvo un par de pajas deliberadamente lentas que nos hicimos uno delante del otro jugando a ver quien tardaba más en correrse sin detener la caricia, lo pasamos bajando a la playa y comiendo en cualquier chiringuito. Quique se encaprichó de una guiri rubia de azulísimos ojos y sin una gota de grasa y le animé a que se la sodomizase detrás de una roca mientras yo les contemplaba absorto en la figura que componían los dos, escultural, ella con la cara de placer angustioso del que ve que le alcanza el orgasmo pero no puede esperarle y desea y desea y no termina de llegar, y él con una sonrisa de estar disfrutando del sexo sabiendo que yo le observaba y gozaba lo mismo que lo hacía él, de hecho de vez en cuando me miraba y me guiñaba el ojo cómplice. Finalmente me tuve que acercar y darle dos lametones en el clítoris para que tanto ella como Quique se corriesen a gritos sin el menor recato. La invitamos después a comer y a los postres se disculpó pues su marido y los niños llegaban esa tarde al apartamento y debía estar esperándolos como amantísima madre y esposa.

En París, como no, llovía cuando llegamos a Orly y aún debimos hacer una escala de cinco horas porque el vuelo a Bangkok venía de Londres con retraso. Por los grandes ventanales se veía con dificultad aterrizar y despegar los aviones estando en tierra varados sin saber que hacer. Quique tuvo una malévola idea para entretener la espera, que por poco no nos cuesta el viaje y a mi la carrera. El equipaje de mano lo dejamos en la consigna y nos dirigimos un servicio donde con la puerta entreabierta de una de las cabinas nos dedicamos a meternos mano. En lugar de provocar la libido de algún viajero que era lo que pretendía Quique, para pasar el rato, provocamos el escándalo de un meapilas que aviso a seguridad y por poco no nos vemos en la gendarmería mas que nada por mi olfato para detectar situaciones de matiz estresante. Me pareció que el joven que nos vio disfrutar de nuestras lubricidades públicas hizo una mueca de desagrado que me hizo sospechar por lo que obligué al insensato de Quique a subirse los pantalones y a hacer que se lavaba las manos justo en el momento en que dos eximios miembros de la policía francesa hacían acto de presencia. El jovenzuelo habló en un francés rápido con los guardias pero al no ver estos, mas que unas inocentes maniobras de lavado de manos solo pudieron conminarnos a que abandonásemos el servicio en cuanto acabásemos nuestras abluciones marchándose a continuación haciendo admoniciones severas al meapilas chivato.
En cuanto salimos del servicio escuchamos por los altavoces el aviso de embarque y nos dirigimos a la puerta señalada.
El vuelo fue tranquilo. OMS vuela en business y el servicio de las líneas aéreas Thais es excepcional. Quique estaba eufórico sin parar de hablar y de relatar todo lo que iba y no iba a hacer en cuanto llegase. Desde luego quería un masaje tailandés a ser posible aplicado por una jovencita callada y complaciente con final feliz, desde luego.
- Lo tendrán como servicio en el hotel al que vamos, espero – me preguntó en voz baja – se de buena tinta que en los hoteles el personal de recepción ofrece servicios especiales por unos cuantos dólares.
- Yo voy a trabajar, te recuerdo. Parte del tiempo lo tendré que pasar en la frontera con Camboya que es el origen del conflicto de la contaminación de las aguas. Si quieres me acompañas y si quieres te quedas, pero eso es problema tuyo.
- Y entonces tú y yo cuando vamos…, es fin ya sabes. Me apetece además de saber lo que es un tailandés con final feliz conocerte ampliamente, más ampliamente.
- Tendremos tiempo, descuida. Tenemos un mes, porque yo por la frontera estaré no más de una semana, luego vendrán las tediosas conversaciones de despacho con las autoridades haciendo de mediador y esperar los análisis de las muestras que se tomen, para remitir el informe final a Basilea. Tendremos tiempo, te lo aseguro. Sin embargo ten en cuenta que formas parte de una delegación oficial al frente de la cual estoy yo, no vayas a ponerme en un brete, que cuando tienes dos copas o dos canutos encima te pones disparatado, y ya no te digo nada si es poper, que espero que no encuentres.
- No te preocupes viejo, no habrá problema. Aunque me han dicho que hay unos chavalitos que por nada y menos hacen de todo.
- Como sigas por ese camino, en cuanto aterricemos te meto en otro avión para donde sea.
- Era coña joder, que no aguantas ni una broma, todo el mundo sabe que Tailandia es la meca del turismo sexual pederasta.
- Bueno, pues en ese aspecto, ni en broma
Intenté ponerme lo más serio posible, para trasmitir a Quique que mi determinación en ese aspecto no admitía ni una micra de tolerancia, no porque en alguna ocasión no hubiese tenido una veleidad fantasiosa en medio de una tormenta de sexo desbocado, pero de ahí a consentir en llegar a plasmar en realidades ciertas imaginaciones iba un trecho largísimo que jamás estaría dispuesto a recorrer.
- ¿Te has cabreado? – Me preguntó afectado al tiempo que un azafato nos servía un aperitivo antes del servicio de comida – por cierto, ¿te has fijado en el paquete de este tipo?, ¡que maravilla!
- Nunca tendrás arreglo – le contesté conciliador.
Yo ya me había fijado en el azafato y me había dado cuenta que él se había fijado en nosotros, porque empezó sirviéndonos una chica monísima y muy eficiente y de repente se cambiaron para que pudiera servirnos él. Cada vez que nos traía algo su paquete se paseaba peligrosamente cerca de nuestras cabezas y eso que en la clase en la que viajábamos lo que sobraba era espacio.
Cuando se nos avisó de que faltaban veinte minutos para aterrizar se nos acercó y muy sonriente y confidencial nos entregó una tarjeta.
- No se si es la primera vez que viajan a Bangkok y el hotel supongo que lo llevarán ya contratado, pero si tienen algún problema del tipo que sea – y remarcó bien lo “del tipo que sea” al tiempo que se pasaba disimuladamente la mano por su bragueta – mi número está en la tarjeta. Son ustedes una pareja muy simpática y merecen pasárselo bien en mi país. Ya saben, del tipo que sea.
- ¡Joder con el azafato de los cojones! – Exclamo en voz casi alta Quique - ¡que morro!
- Calla y guarda la tarjeta que nunca se sabe – le dije pensando que realmente el azafato no estaba nada mal y como tercero para una pequeña orgía en el hotel no estaría para nada de más.
Quique leyó la tarjeta: Macko y un apellido ininteligible con un número de teléfono y se guardó la tarjeta
La habitación reservada en el hotel Intercontinental de Bangkok era una suite júnior con servicio propio de habitaciones las veinticuatro horas del día, una cama como un campo de tenis y una habitación más con una cama de matrimonio de las que llamaríamos normales. Además tenía un salón corrido con una terraza que era un vergel de plantas desde donde se divisaba toda la ciudad con el río serpenteando entre los diferentes barrios, unos que caían para en su lugar levantar enormes rascacielos y otros que se mantenían como zonas nobles de la ciudad donde se residenciaban las diferentes legaciones y dependencias oficiales y viviendas de la gente bien. Bangkok de cualquier forma es una ciudad que nunca duerme y siempre, las veinticuatro horas del día hay bullicio, la gente vive y come y casi ama en la calle. El tailandés además por carácter es afable y cariñoso y es casi imposible encontrar un tai enfurruñado y si te lo llegas a encontrar, corre. Por eso que el azafato se mostrase tan amable, por encima de intereses espurios para con nosotros, no fue de extrañar, está en su ADN ser amables y serviciales sin ser nunca serviles.