jueves, 13 de abril de 2023

MASTER(V)

 

Cuando Noel entró en la sala de jaulas, uno ya estaba en su rincón relamiéndose la mierda de Ramiro que finalmente se dejó llevar de una lujuria nauseabunda y entre jaleos de tres y cinco defecó en la boca de uno. Y mientras el viejo masticaba la mierda, Ramiro, presa de una urgencia que no se reconocía, con violencia se revolvió colocándose detrás de uno y lo folló con desesperación. No pensaba conscientemente que pudiera correrse, hacia escasos minutos que lo había hecho, pero sorprendentemente estaba duro como el corindón y el olor a sus propias heces que lo impregnaba todo y las muestras de goloseo que daba uno le debieron estimular dios sabe que resorte en el cerebro y se corrió dentro de uno con furia.
- Bien, bien, bien - Noel entró aplaudiendo en la sala - mi nueva perra me va a dar muchas satisfacciones - y acuclillandose en la jaula de uno, continúo - te ha faltado algo siete. Has dejado al pobre de uno sin la mamada de culo que tanto le gusta.
Ramiro acababa de correrse en el culo de uno, sacó su espada limpia y Noel le pedía ahora, ¿qué?
- No soy muy paciente, siete. Quiero ver cómo le comes el culo a uno ahora mismo. Así que, venga, decúbito supino y el viejo en cuclillas sobre tu boca. ¡Cómele el culo pero ya! Mira, en esta bolsa hay ropa para que te lleve a tu vida. Solo con el contrato de esclavo que has firmado y una mierda de coche que me has regalado no va a ser suficiente. Lo voy a querer todo y tu cuerpo será lo último. Tengo imágenes de todo. Pueden empezar a circular. Venga, boca arriba y a tragar, que al fin y al cabo, es tuyo.
Tres y cinco viendo la cara de angustia de Ramiro daban palmas y ansiosos esperaban embobados a que siete se tumbase bajo uno.
Noel alcanzó de una repisa la vara eléctrica.
- ¿Sabes que es? - y diciéndolo la acercó a los huevos de uno, salto una chispa, uno emitió un alarido de dolor pero se abrió de piernas del todo para que continuase el castigo. Olía a carne quemada.
Ramiro con el terror pintado en la cara y sin poder evitar empezar a empalmarse otra vez se tumbó en el suelo de la jaula. Uno inmediatamente se colocó a horcajadas sobre si cara e inició un balanceo atrás y adelante restregandole el ano por la cara. Uno estaba radiante.
- No, no, uno, deja de moverte, ¿no ves que siete se muere por meterte la lengua en tu coño babeante.
Efectivamente, el semen de Ramiro empezaba a descomponerse y un hilillo de viscosidad pestilente le resbalaba por el ano totalmente incompetente. Ramiro miró y solo vio un ano de bordes engrosados y estriados de unas proporciones descomunales. Podría haberle metido el pie sin dificultad. Vio además la úlcera que en el escroto había provocado Noel con la cara eléctrica. Cerró los ojos, levantó las manos y llevó hacia su boca el ojal de uno. Empezó a chupar y se engolfó en la mamada. Era más la aprensión que lo que en realidad era. Algo muy vicioso, lleno de deseo incomprensible pero infinito, una lujuria negra como un mar tenebroso que cada vez le excitaba más y más. Le sabía la boca a semen mezclado con heces, un sabor amargo que estimulaba porque la erección se había vuelto explosiva y deseaba más orgasmos. Estaba ya agotado, pero no le importaba acabar así. El viejo mientras pellizcaba con saña los pezones de Ramiro lo que provocaba un dolor que reclamaba aún más pues cuanto más hiriente era más sensación tenía de eyaculación inminente. Cuando el ano de uno se seco, Ramiro escuchó una voz que salía de su garganta pero no era suya y gritaba "MAS"
Noel en ese momento tocó con su cara eléctrica la polla de Ramiro y ésta emitió un chorro de semen entremezclado de sangre, tanta era la congestión.
- Estás hecho un as, siete. Tres magníficas corridas en un rato. Vamos, vístete con eso - le tiró la bolsa que traía en la mano - que tienes que volver a tu falsa vida, porque la real, la que tú deseas es esta. Cuando salgas a la calle, a la derecha, como a cien metros hay una parada de bus. No pensarías que iba a llevar en mi Maserati a una perra como tú.
Ramiro accionó la palanca y abrió la portezuela de la jaula. Uno hizo intención de retenerle le regaló un gesto de angustia por perderlo y Ramiro se deshizo de la suave presa de su mano con coraje. Salió de la jaula abrió el paquete y aún pudo ver cómo Noel se perdía por aquella puerta.
Se indignó cuando vio el tipo de ropa que le habían dejado.
- ¡Cabronazo! - masculló. 
Tres le previno sobre insultos al amo.
- Siete, tu no sabes si alguno de nosotros va a chivar al amo para congraciarse. Ten cuidado.
- Que os jodan a todos. No vais a volver a verme por aquí.
Se calzó la ropa con rapidez y salió a la calle. Era de noche ya. Siguió las instrucciones de Noel y llegó a la parada del bus. Se dio cuenta que no tenía dinero, ni cartera ni ninguna identificación. Se metió las manos en los bolsillos del chándal raído, desesperado, preguntándose que pecado habría cometido, cuando palpó unas monedas. Soltó un resoplido de alivio y saco el dinero. Era lo justo para el bus.
- Después de todo a lo mejor no es tan cabronazo - musitó para el cuello de su camisa.
Todo el trayecto lo pasó saltando de diseñar la estrategia de rellenar las horas ausente sin justificar a rememorar las horas dulcemente duras que había pasado en compañía de aquellos desgraciados. Sin remediarlo lo que mejor recordaba era el episodio de uno restregando si descomunal ano por su boca. Volvía a empalmarse, sintió los pezones duros y deseó en lo más íntimo que se repitiera.
- ¡No se va a repetir! - lo dijo en voz muy alta y tono de cabreo.
- Perdón, caballero - la señora de cerca se interesaba por su bienestar - necesita usted algo.
- Lo siento, señora,no, nada, me han despedido del trabajo, nada más.
- Ay, señor, pues lo siento mucho.
- Esta es mi parada, muchas gracias señora.
Ramiro, saltó del bus. No era su parada, pero no quería pegar hebra con nadie. Su casa estaba como a diez manzanas en una zona residencial de alto nivel. Para llegar tendría que caminar una media hora. Nunca había paseado a esas horas por su barrio y estaba accediendo a un mundo tan desconocido para él como excitante. De cuando en cuando se cruzaba con gente extraña que le taladraba con la mirada. Uno, un veinteañero hasta le paró para pedirle algo de dinero para el bus y en vista de que no tenía le pidió un cigarro, que como tampoco le ofreció una mamada por solo diez €. Ramiro sintió que le palpitaba el rabo, pero no quería más experiencias esa noche. 
Pensaba entrar por la puerta de servicio, subir a su cuarto por la escalera de servicio y poderse cambiar. No sabía cómo iba a justificar esa ropa. Pero no. Su mujer le estaba esperando en el jardín.
- Ay, cariño, menos mal que estás bien - la mujer estaba sinceramente preocupada - ya nos ha dicho, como se llama, ese chico nuevo que has contratado, si, Noel, lo que te ha pasado, primero, la sopa que te han tirado por encima y luego lo del tipo ese con el que te has peleado por tu coche. Pero no te preocupes, lo ha recuperado Noel y lo ha traído a casa. Está como nuevo en el garaje. Ah, y a traído tu teléfono y la cartera que se quedó en el restaurante donde te cambiaste con la ropa que te dejaron.
- Uff, menos mal cariño. Muy amable el chico ese Noel.
- Y ¿que te han dicho en comisaría?
- Nada, que si aparecía el coche me llamarían. Pero vamos, mañana llamaré yo para decir que lo tengo yo.
Entrando en la casa los dos sonó su teléfono.
- Mira, Ramiro, seguro que es el chico ese que dijo que llamaría a ver.
- Dime Noel. Ya me ha dicho mi mujer.
- ¿Todo en orden, verdad perra? No creas que ha cambiado nada, sigues siendo la guarra que le come el culo a un viejo más cerdo que tú. Sigo siendo tu amo y tendrás que estar a lo que yo te mandé.
- Estoy encantado de ser tu perra - Ramiro tuvo una erección explosiva y los pezones le querían perforar la sudadera - solo deseo cumplir tus órdenes.
- Ahora, vete a la cama y cumple con tu santa. Mañana nos vemos en el despacho. No te pongas calzoncillos. Es una orden directa.
- Ya estoy deseando que llegue mañana.

domingo, 9 de abril de 2023

MASTER(IV)

 

- Ha sido todo tan precipitado como excitante, siete, de manera que aún no tengo jaula. De momento vas a entrar con uno. Te va a encantar. No tengo humillador a mano, ni castidad, así que te doy permiso para que te relaciones con uno. Os dejaré la luz encendida, tres y cinco, querrán ver cómo os lleváis. Las sucias perras tienen que llevarse bien.
Tanto tres como cinco, un muchacho gordito y silencioso dejaron traslucir en su gesto la ansiedad de no ser ellos los obsequiados con la compañía de Ramiro.
Ramiro fue llevado a puntapiés donde cuadrase hasta la jaula de uno, éste accionó la palanca y la puerta de la jaula se abrió. Ramiro entró y se acomodó en la esquina más alejada de uno.
Noel, regresó con la carpeta de documentos, ya firmados por Ramiro y cero y se perdió por la misma puerta por la que entró. La luz quedó encendida.
- Psst, tú, siete, ¿te vas a follar a uno? - tres en cuanto la puerta se cerró empezó a hablar - yo también pasé unos días en su jaula. Tiene buen coño y casi nunca se caga, y como no tiene dientes, la mama de lujo.
Uno tenía una edad indefinible. Delgado hasta la extenuación se le podían contar las costillas y los picos de los huesos de las caderas parecía que intentaban perforar la piel. El vientre pereciera que quería pegarse a la espalda y el pubis era una barra alta entre sus caderas. Tenía un rabo casi inexistente sobre el que se prendía una chapa de acero con un orificio en el centro y colgando una bolsa larga y fláccida adornada por unos cuantos pelos grises. Del pecho le colgaban dos mamás rematadas por unos enormes pezones perforados por unas anillas negras.  Sin culo prácticamente, tenía unos callos como los de los monos sobre los que se sentaba.
Los pómulos hundidos, unos labios azulados caídos y unos ojos pequeños y ahogados como en dos simas negras. Le caían sobre la cara unas greñas sal y pimienta.
Cuando vio a Ramiro en su intento de cobijarse en un rincón de la jaula sonrió lascivo. Ramiro puso cara de irse a morir de susto.
- No te asuste - le susurró tres - solo querrá tocarte el nabo a ver qué tal y luego te pondrá el coño para que le folle un humano una vez al menos. Hace meses que solo le folla cero. Le gusta comer el culo, pero si se lo comes tu a él le tendrás a tus pies para siempre.
Uno con su sonrisa bobalicona, muy despacio extendió sus brazos hacia Ramiro y como no le alcanzase casi repto hasta llegar a él. Ramiro hizo todo lo posible por rechazarle.
- Déjale, perra - hablo el cinco en voz muy baja - que te huela y házselo tú. Somos perras, por eso estamos aquí, y las perras se huelen el coño.
Ramiro se relajó al escuchar esto. El que le llamase perra un igual le excitó y empezó a empalmarse, algo a lo que no fue ajeno uno. Ya su altura, uno comenzó por rozarle muy levemente con sus huesudos dedos mientras que con la boca semiabierta le resbalaba la baba. Muy lentamente le pellizcó los pezones y ante ese estímulo la erección fue ya violenta y desató en el la lujuria.Al ver uno esa respuesta pellizcó con fuerza y retorció los pezones. Ramiro respondió alargando sus manos y tomando sus aretes retorciendo los con intención de arrancarlos. Y en ese momento la cara de uno reflejo beatitud empezando a convulsionar al tiempo que de su chapa que le escondía lo que le quedase de pene empezó a salir muy despacio, como manando lo que no podía ser más que semen.
- Gracias, de verdad, gracias. Ahora me alegro que hayas firmado esos documentos - y tal como lo dijo, hundió la cabeza en el regazo de Ramiro, tragándose entera la polla y así se mantuvo un buen rato sin moverse.
- Currale los huevos con mala leche - en la voz de tres se reflejaba su disfrute - y hará que te corras como nunca lo has hecho.
Uno, al escuchar lo que decía tres, sin soltar su presa de la boca se giró de tal manera que Ramiro tuviera facilidad para golpear los huevos con toda la fuerza que quisiera.
Ramiro golpeaba los huevos cada vez con más fuerza y cuánto más violento era el castigo más placer le proporcionaba uno. Hasta que pareciendo lo que era imposible, uno ayudándose de sus manos se metió los huevos de Ramiro en la boca haciendo que la tragada fue aún más profunda y en ese preciso instante se corrió como no recordaba haberlo hecho nunca.
- Buena corrida, ¿eh, perra? uno es viejo pero a experiencia no hay quien le gane - cinco mientras decía ésto se masajeaba su castidad intentando alcanzar un orgasmo.
Uno, después de retirarse suavemente del sexo de Ramiro dejándole exhausto, le indicó mediante sutiles maniobras que se diese la vuelta y le ofreciese su culo. Ramiro intentó resistirse pero uno era muy insistente.
- Déjale siete, déjale que te coma el culo ahora - tres esbozó una sonrisa cómplice mirando a cinco que le contestó.
- Si, siete, haz caso a tres y déjale el ojete y no te vayas a cortar. A uno le encantan las sorpresas, ¿verdad, uno?
Uno se limitó a dirigir una mirada feroz a las jaulas aledañas mientras renovaba los impulsos e interés en que Ramiro se diese la vuelta. Ante la insistencia se giró ofreciendo su espalda al viejo esquelético. Con una fuerza que le extrañó a Ramiro, uno le levantó las caderas para exponer el ano. Y se lanzó como si en eso le fuera la vida. Tenía una lengua de camaleón increíble que entraba y salía del ano de Ramiro que ante tanta estimulación volvió a empalmarse. Estaba sintiendo un placer totalmente desconocido. Empezó a jadear de placer y a desear metérsela al viejo. Comenzó a escuchar algo que uno decía entre acometida y acometida pero no acertaba a saber que mascullaba.
- Quiero follarte, uno. Ahora.
Pero uno no estaba dispuesto a dejar su premio y seguía metiendo lengua y recitando su mantra.
- ¡Bueno! alguno de vosotros sabe que está diciendo el degenerado este entre chupada y chupada.
Tres y cinco prorrumpieron en un sonora carcajada.
- ¿Aún no te has dado cuenta? Cavila, cavila - y tenía que interrumpirse por qué la risa no le dejaba hablar - anda cinco, díselo tu al nota este sordo.
- ¡Que te cagues en su boca! Cagate ya y dale el gusto. Luego te lo follas. El viejo uno es un auténtico carrito de chucherías.

viernes, 7 de abril de 2023

MASTER (III)

 

Noel entró con unos documentos en la carpeta y a su lado con aspecto de estar ajeno a todo, su mastín. Un bicho enorme de unos ochenta kilos de peso. Una cabeza descomunal con belfos babeantes. Ramiro estaba sentado en el suelo. El perro se le acercó lentamente y Ramiro se engatilló preventivamente ante lo que consideraba el ataque inminente de una fiera. El perro puso una de sus manazas en el pecho de su víctima.
- Quiere que te tumbes boca arriba. Cero; cero es el nombre de mi amigo, mi primer esclavo sexual. Le has gustado, verás que bien lo hace.
Ramiro con mucho cuidado, despacio, fue tumbandose todo lo largo que era en el suelo.
Cero pasó las patas de uno de sus costado al otro lado del cuerpo de Ramiro y se quedó con su cabeza sobre la entrepierna de este y sus hijares sobre la cara del hombre. Ramiro tenía el sexo, enorme, del perro a escasos centímetros de su cara y de súbito vio aparecer el pene rojo brillante de entre el pelo de su pene. Aquel trozo de carne crecía y crecía mientras sin que repararse en ello Ramiro, cero lamía cada vez con más intensidad su sexo.
- Cero lo hace muy bien. Le enseñé desde cachorrito como hay que estimular el rabo de un hombre - Noel se sentía bien con la explicación - aunque claro, también le enseñé reciprocidad. A él también le gusta que se lo hagan, ¿Verdad perras? - dirigiéndose a las jaulas.
Los de las jaulas respondieron con gemidos y sacando la lengua. Cómo Ramiro no se atrevía a meterse en la boca el miembro del animal, Noel se lo facilitó.
- Verás, guarra, lo comprendo, pero te lo voy a facilitar. Tres, a ver, sal de tu jaula.
El chico de treinta años accionó una palanca desde dentro de la jaula, la puerta se abrió y salió a cuatro patas con la cabeza humillada dirigiéndose a donde estaba Ramiro. Llegó a su altura, metió la cabeza bajo el cuerpo de cero y materialmente se tragó el pene. En ese momento cero abrió las fauces y todo el sexo de Ramiro quedó dentro de la boca del perro. Sentía como su lengua le masajeaba escroto y pene provocándole un placer desconocido. Y se fijó entonces en qué tres llevaba puesto un artefacto de castidad que prácticamente dejaba reducido su pene a nada. Solo el escroto no se veía por estar estirado con un humillador que le impedía erguirse.
- Ahora, cuando le diga a tres que se quite, sustituyele inmediatamente. No hay cosa que irrite más a cero que le dejen una mamada a la mitad, ¿Verdad, uno? Casi le arranca la polla cuando empezaba a correrse y del tirón se retiró. ¿Tardó en cicatrizar, verdad uno?
En ese momento, tres se retiró de cero y Ramiro sintió como los dientes del perro le herían los genitales, e inmediatamente se metió la polla dura del perro en la boca. Cero aflojó la presa y continuó masajeando con fuerza. Ramiro sintió que se corría al tiempo que la boca se le llenaba de carne que crecía exageradamente. Por mucho que intentó abrir la boca tenía la verga del animal atascada. Respiraba con dificultad mientras echaba chorros de semen en la boca del perro. Terminó, cero se retiró y comenzó a gemir, babeando sobre el pene fláccido de Ramiro y de repente un chorro viscoso y soso le atragantó, se ahogaba y de pronto la boca se le vacío de la carne que le ocupaba la boca. El perro de un tirón se salió de la boca de Ramiro que comenzó a toser compulsivo.
- Vaya, siete, porque ya eres siete, ¿te habrás dado cuenta? has entrado por la puerta grande.

miércoles, 5 de abril de 2023

MASTER (II)

 

El Maserati de Ramiro era un modelo especial encargado por su suegro con motivo del ejercicio que él gerenció por vez primera y en el qué la empresa aumentó sus beneficios un 37,6%.
El Ghibli sedan de Ramiro era un V8 biturbo con turbocompresor lo más rápido del mercado. Una joya italiana. Negro noche con tapizado gris tormenta.
- Bonito coche me vas a regalar, guarra.
Escuchar la voz de Noel con tono sardónico le produjo a Ramiro un vacío en la boca del estómago que le llevó a pensar en que vomitaría allí mismo.
Temblando le respondió
- Pero..., este coche es, es...
- ¿Qué, perra, qué? mi coche, querrás decir. Venga, maricona, para este trasto y bájate. ¿Que te hizo pensar que iría a casa de una puta que me enseñase algo? Bájate ya, joder - el grito restalló en los oídos de Ramiro - yo te follaré cuando y donde yo quiera, no donde a ti te apetezca.
- Por favor, señor, llévame a casa de la perra. Seré tu esclavo, tu retrete, tu mierda, pero follamé delante de ella.
No se vio venir la hostia. La mano izquierda de Noel, como un rayo bíblico se estrelló contra la nariz de Ramiro que comenzó a sangrar profusamente.
- Te he dicho que te bajes de mi coche perra asquerosa - y al tiempo le sujetó la cara con su mano derecha medio levantándose de su asiento - ¿A que esperas, guarra? - y diciéndolo le empezó a chupar la sangre que le mandaba de la nariz, para luego escupirsela en la cara otra vez - ¡baja ya!
Ramiro, que ya habia detenido el coche del todo, abrió la portezuela iniciando la salida mientras Noel de un ágil salto pasaba de su asiento al del conductor empujando violentamente a Ramiro que acabó rodando por la calle.
- Y ahora guarra, abre el maletero y te metes, este es mi coche y la basura no va donde las personas.
- ¡Por favor! - gimió desde el suelo Ramiro sin dejar de sangrar.
- ¿Y a ti quien te ha dado permiso para empalmarte? - Noel hablaba en un tono de auténtico enfado fijándose en el tremendo bulto de la entrepierna de Ramiro.
De un salto, Noel bajó del coche, apuntó a la bragueta de Ramiro y le pateó sin misericordia. Luego accionó desde el salpicadero el mecanismo del estrecho maletero.
- ¡Que te metas ya, perra sarnosa! - y diciéndolo le agarraba por el cinturón arrastrándolo.
Ramiro hizo por meterse dentro con dificultades hasta conseguir acomodarse. Noel cerró la portezuela.
- Y no quiero volver a verte con ropa. Las perras van desnudas - le hablaba con el capó cerrado - te las apañas para quitarte eso y cuando vuelvas a abrir no quiero ver ni un cachito de tela sobre tu puta piel.
Ramiro dentro del maletero, a duras penas, quitándose o rasgándose la ropa consiguió mientras el coche circulaba desembarazarse de la ropa, pero de lo que no podía hacerlo era de la explosiva erección que tenía con la abundante emisión de precum. Nunca, ni en las sesiones más salvajes con Luna había tenido esos accesos de lujuria desatada y se dio cuenta que Luna era una empleada que representaba el papel que el esperaba que bordase, pero Noel era vida real, le había roto la nariz, le había pateado, no estaba actuando y no sabía que iba a hacer con él. Empezó a tiritar de excitación imaginándose las palizas o torturas a las que le sometería, y sin palabra de seguridad ni hostias. Estaba a su merced y eso le estremeció hasta tal punto que sintió que empezaba a correrse sin poderlo evitar. En la postura engatillado en el maletero en la que estaba alguna gota de lefa le alcanzó la cara. Se relamió y gritó.
- ¡Siiii! Esto es lo que he querido siempre.
Y de repente su coche frenó en seco. Ramiro pensó que habían llegado a casa de Luna, pero reparó en que Noel no sabía la dirección. La excitación de no saber dónde acababa de llegar le volvió a provocar otra erección explosiva. Y el maletero se abrió.
La luz blanca brillante del lugar donde estaban le deslumbró y poco a poco la figura de Noel se fue recortando contra la claridad. De fondo se escuchaban gemidos y murmullos apenas reconocibles.
- Vamos, sal guarra, hemos llegado a mi perrera.
Ramiro desentumeciendose a toda prisa saltó del coche intentandose poner de pie. Noel de una patada, le tiró al suelo violentamente. Los murmullos y gemidos de fondo se detuvieron.
- Las perras no se ponen de pie, eso es para humanos y tú ya no lo eres. Así que te quedas ahí en el suelo como todos hasta que vuelva con el documento.
Noel salió por una puerta y Ramiro empezó a explorar su entorno. Había tres jaulas. De una de ellas, la más alejada escuchó una voz cascada.
- No firmes, estúpido, no firmes, por muy cachondo que te ponga ese bestia
- Si, firma, tío - se escuchó una voz joven de una jaula más cercana - nadie me ha hecho gozar más en mis treinta años. Llevo aquí cinco y no me arrepiento ni un día. Ese te dice que no firmes porque eres el juguete nuevo y si antes le follaba poco ahora le tiene solo para algún amigo y para su mastín. Y no puede ni pajearse, aparte de viejo, tantos años de jaula le han dejado sin polla. Tu firma, y aprovecha la vida para gozar. El dinero solo da disgustos y preocupaciones. Yo con diecinueve tenía una pasta, era desarrollador de una empresa coreana, hasta que conocí a Noel en un bar. Tío, de verdad, empecé a vivir con veinticinco.
- ¿Cómo te llamas? - preguntó Ramiro.
- Olvídate de nombres. Aquí somos números. El vejestorio es uno, yo soy tres y este otro de la jaula es cinco. Así que tú serás siete, supongo. Ah, y en su presencia o la de sus amigos que no te vea hablar, aparte de que deja de follarte y te da a su mastín como a uno. Y ahora calla que viene por ahí. ¡Firma! no seas tonto.

domingo, 19 de febrero de 2023

MASTER

 

En el informe que me pasaron de RR.HH con la relación de perfiles, me llamó la atención una carpeta en la que todo era positivo y había un punto que el psicólogo interpretó como negativo y era que ese/a aspirante tenía unas fuertes dotes de mando, un líder puro. Cuando leí ese punto negativo como "intensa capacidad de mando, de sugestión y carisma para hacerse con voluntades" fue algo más que llamarme la atención. Según la ley yo no podía saber ni la edad ni el género del aspirante al puesto. Sentí un vacío en la boca del estómago. Siempre me subyugó la capacidad de liderazgo, esa que yo sabía que no tenía pero que representaba a la perfección.
El dueño de la empresa, y que me pasó el testigo de CEO, fue mi suegro. Desde que le conocí me hizo rendirme. Su seguridad, ausencia de violencia en sus órdenes, aunque de una firmeza acerada, la asertividad que desplegaba en cualquier situación me resultaba incluso erótica. Sentía felicidad obedeciendo sus sugerencias. Me encantaba adelantarme a sus deseos y recibir esa sonrisa suficiente de aceptación de mi proactividad. Hubiese sido feliz si me hubiese llevado de una correa. Le adoraba. Creo que me casé con su hija para estar cuanto más tiempo mejor, a su lado. Entré a trabajar en su empresa recién salido de la facultad de económicas y me seleccionó él mismo porque, según me dijo más tarde, no le aparté la vista de sus ojos ni una décima y la realidad era que su magnetismo y la fuerza que proyectaban su mirada me sedujo al instante. Si me hubiera contratado de mantenimiento para fregar suelos lo habría aceptado igualmente.
Tenía delante los expedientes de los aspirantes y dudaba. Tomaba la carpeta del o de la tocado por los dioses con las dotes de mando y la soltaba para volver a revisar el resto, pero inmediatamente volvía a la carpeta que acababa de soltar. Me recosté sobre el magnífico sillón Foster de dirección y cerré los ojos, colocándome la carpeta contra mi cara en un intento vano de intentar averiguar quién se escondía tras esos papeles. Finalmente dejé con fuerza el expediente 102 sobre la mesa y pulsé el comunicador.
- Lucía, cita para mañana al 102, a las nueve. Necesito hacer una entrevista personal para decidir.
Sabía que iba a ser un día en vilo, pero el perfil que RR.HH me entregaba hacía que se instalase el vértigo en la boca del estómago. Notaba como se me aceleraba la respiración y sabía que esos eran síntomas que solo precisaban una medicina.

- ¿Luna? necesito verte, ahora.
- Tengo un cliente.
- Despidelo. Voy para allá. Te pago muy bien y eso tiene un precio, lo sabes. Despachale antes de que yo llegue. Ya sabes. En media hora.

- Lucía - Ramiro salió de su despacho abrochandose su americana de alpaca de Lacala Design Inc. de temporada que le enviaban cada seis meses de Chicago - tengo que salir. Silencio en mi teléfono, ah, y otra cosa, entérese porque mis trajes esta vez han venido de Fort Worth en lugar de Chicago. ¿He cambiado de sastre?
- Si don Ramiro. Entendido - Lucía una cincuentona metida en carnes puso cara de extrañeza con lo del sastre, pero era muy eficiente y en cuanto su jefe se fue llamó a Chicago.
- Déjelo Bastian, voy a coger la Harley, me siento joven - el chófer saludó a su jefe con una inclinación de cabeza y cerró la puerta del Bentley - tómese el día libre.
Accionó un mando a distancia y se abrió la persiana de una plaza de garaje cerrada donde guardaba su motocicleta. 
Con su Harley se dirigió a las afueras y en un barrio de no muy buena catadura tomó una calle  sin salida y accionó un mando a distancia instalado en la misma moto. Una puerta de una casa que parecía en ruinas se abrió y Ramiro entró al garaje de la casa de Luna.
Luna era una cuarentona extremadamente delgada con unos globos por tetas y pelo negro ensortijado y largo. Vestía un body negro ribeteado en rojo dejando al descubierto el pecho y con dos aberturas para dejar al aire, sexo y ano. Lo remataba, como no, con unos estiletos de 14 centímetros. Era adicta al opio lo que explicaba su delgadez y crueldad en sus castigos, de ahí tanto su precio como su éxito entre la clase pudiente con caprichos especiales. Ejercía de mistress  severa lo que le proporcionaba suficientes ingresos para mantener su adicción.
Y era realmente severa, que era lo que más estimulaba a Ramiro.
Dejó su Harley aparcada junto a un Ferrari negro y se asustó "le dije que se deshiciera del cliente" pensó con la mano en el pomo de la esclusa de acceso y resonó una voz fría y cortante en el ambiente: No hay nadie, perro, yo siempre cumplo. Esa duda te costará cara.
Ante tal speach en off Ramiro sintió como se le tensaban los pezones perforados y su pene adquiría inmediatamente consistencia pétrea. Entornó los ojos mientras traspasaba la puerta y supo el dolor que iba a sentir después. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no correrse. 
La habitación a la que accedió era fría sin adorno ni decoración, perchas recibidas a la pared de cemento y una estantería con juguetes. Ramiro, temblando de frío y excitación se desnudó por completo y se colocó como si de una liturgia se tratase, el plug cola de perro,  las manoplas que le incapacitaban para manipular nada, ni tomar objetos ni acariciar ajustándoselas a las muñecas con los dientes, luego el arnés de cabeza con bola de boca y ganchos de nariz. Se arrodilló y a cuatro patas, humilló la cabeza como cada vez que acudía a casa de Luna quedándose a la espera de que el ama le recibiese.
Ya sé - pensaba Ramiro mientras aguardaba - que esto es una locura, pero nada me hace feliz salvo esto. Espero que me coloque la castidad de uretra, el Humbler escrotal y me azote culo y huevos. Creo que me correré y me volverá a castigar por eso con descargas en los pezones.
Intentaba con esos pensamientos alejar el monotema de su mente: el/la aspirante al puesto de segundo en su departamento financiero, que él llevaba personalmente y conciliada como podía con sus responsabilidades de CEO. 
La puerta delante de él se abrió. Sabía el dolor que seguía, pero lo deseaba, le hacía sentir vivo. El trayecto desde la puerta que mágicamente se franqueó hasta la sala donde Luna le esperaba estaba, como siempre sembrada de arroz. Se entregó y sin intentar evitarlo se destrozó las rodillas. Llegó a la sala de Luna y sin mediar más palabra le abofeteó.
- ¿Te crees que soy tu criada? Llevo una eternidad esperando, los perros corren a buscar a su amo.
Las babas de saliva imposible de tragar con la bola obstaculizando los movimientos de lengua comenzó a resbalar por sus comisuras. Luna volvió a abofetearle.
- Babeas como una puta babosa, perro.
Luna agarró una fusta de equitación y golpeó espalda y trasero varias veces. A continuación tomó el humbler que Ramiro deseaba y se lo colocó. Ya estaba incapacitado para erguirse so pena de arrancarse los huevos. Luna cogió entonces un látigo de trece colas de tiras de cuero y azotó con saña haciéndole saltar la sangre de una piel tan fina. Tenía la polla tras el castigo babeando más que la boca.
- Disfrutando, ¿Verdad, perro? Ni lo sueñes.
Se dirigió a su mesa y trajo lo que Ramiro más temía y deseaba. El dispositivo de castidad uretral. 
Le retiró el humbler y le ordenó ponerse de pie. Le colocó el fiador del dispositivo ajustado al escroto y el pene. De este aro de metal salía un tutor hacia delante bajo el escroto. Una sonda uretral metálica de unos quince centímetros rematada por una anilla soldada a su punta con sus seis milímetros de grosor fue lubricada e insertada sin contemplaciones por el orificio de salida de la orina. Luego obligó al tutor perforado en la punta a acercarse al capullo para introducirse en la anilla de la sonda. Finalmente colocó un candado y se guardó la llave.
- Ya sabes. Abstinencia total, orinar sentado como si fueras una perra que para eso la sonda es hueca y mira - sacó de un cajón un strap-on de al menos diez pulgadas de largo y tres de grueso - fuera colita - de un tirón le arrancó el plug de rabo de perro - y ahora vas a gozar de tu orgasmo prostático.
Luna se ajustó fuerte las correas que llevaban el enorme dildo, empujó a Ramiro al suelo, que cayó de rodillas, se colocó detrás, apuntó el dildo y le penetró. Ramiro emitió un sonido ahogado y Luna empezó a bombear. Al poco, Ramiro sintió un orgasmo fuerte pero inacabable que le hacía temblar y empujar para que Luna penetrase más profundamente. Por su sonda comenzó a gotear semen que formó un charquito bajo él. El placer no se detenía y seguía goteando hasta que el placer se transformó en calambres que le arquearon la espalda y Luna dejó de bombear.
- Puedes irte - le desabrochó el arnés de cabeza con la bola de boca y los ganchos de nariz y le quitó las manoplas - pasa por el lado para no llevarte el arroz. La llave del candado la tengo aquí. Ya sabes. Ingresame cinco mil cariño. Hasta la próxima.
No lo cambiaría por nada - pensaba mientras se vestía en la esclusa por la que entró - se miraba su castidad y sentía como se le endurecía el pene, casi sin poder. 
- Creo que no me lo quitaré nunca mientras Luna me haga correrme por detrás - se dijo en voz baja mientras se ajustaba sus zapatos a medida Cleverley.
Mientras conducía su Harley, ahora sí, muy tranquilo y con el culo ardiendo del castigo pensaba en su entrevista del día siguiente y no le produjo ningún tipo de emoción.
- Don Ramiro, el sastre sigue siendo el mismo pero han abierto sucursal en Fort Worth Texas, y han centralizado allí toda la producción de clientes.
- Gracias Lucía
- Ha llamado su señora que ha quedado en el Club con unas amigas y no almorzará en casa.
Ramiro se quedó un instante mirándola, hizo un gesto de aceptación sin abrir la boca y entró en su despacho.
Se sentó en su sillón frente a su mesa y cerró los ojos sin saber que hacer. Recordó los embates de Luna contra su cuerpo y el orgasmo infinito y el doloroso calambre final que le estalló justo en la punta del glande y el revivir esa agonía fue lo que le hizo sentir la violenta erección que le recordó la sonda que le ocupaba la uretra y le excitó hasta el punto de desear desesperadamente el dildo con el que Luna le beneficiaba. De su ensoñación le saco su interfono.
- Don Ramiro, llamé al 102 como usted dijo para citarle mañana y se acaba de presentar aquí. Me ha dicho que se encontraba cerca y se aprovecha el tiempo. Por cierto es un hombre, más cerca de la cuarentena que de la treintena de muy buen aspecto.
Me dejó estupefacto el que Lucía se produjera así sobre el aspirante. Tenía que ser cautivador para que la secretaria me definiera al 102 con esos calificativos.
- Su nombre, Lucía.
- Noel. Debe ser de madre francesa - y no pudo reprimir una sonrisa casi imperceptible.
- Hazlo pasar.
En ese momento Ramiro sintió miedo. Sabía que se cernían nubarrones sobre su futuro pero estaba deseando que sucediera. Sintió la punzada del dispositivo que Luna le colocó y una vaharada de placer le inundó hasta explotarle en los pezones endureciendolos. La puerta se abrió y como pudo recompuso la figura.
- Buenos días, soy Noel.
- Buenos días, ya casi tardes, me llamó Ramiro - y al levantarse de su sillón sintió como la sonda rígida que llevaba insertada en la uretra se hundió un poco más lo que le hizo hacer un gesto reflejo de defensa.
- Le sucede a usted, algo, Ramiro.
¿Y el "don"? pensó Ramiro. Un posible trabajador que se dirige a mí sin tratamiento una de dos, o es un imbécil que no quiere el trabajo o es una persona con una seguridad tal que no tiene inconveniente en mostrarse como es.
- Nada Noel, nada, un problema de hernia creo - miró a los ojos a su 102 y entonces se dio cuenta del color verde malaquita de los ojos que sonreían sin gesto de la boca. Estuvo unos interminables segundos sumergido en sus pupilas - ya, ya tengo cita con el cirujano - dicho sin ninguna convicción.
No pudo reprimir ver a Noel desnudo frente a él con una erección incontestable que le miraba con desprecio condescendiente y abofetea a porque no se arrodillaba ante su orden. Sintió que volvía a correrse de excitación y túvo que apoyarse con las dos manos en su mesa sin poder reprimir en su cara el gesto de éxtasis. Noel entonces rodeó la mesa para auxiliarme acercándose y colocándole su mano en la cintura.
- Si, si - Ramiro se encontraba ya en otro mundo - mi amo - cayó de rodillas y hundió la cabeza en la entrepierna de Noel.
- Nada más entrar y violar tus pupilas lo supe. Eres una puta sissy.
Noel empujó sus caderas para estrechar aún más el contacto con la cara de Ramiro al tiempo que bajaba los brazos buscando los pezones del otro a través de la camisa. Sintió la carne dura y gruesa y sin misericordia apretó con sus fuertes dedos. Ramiro reaccionó emitiendo un quejido de dolor-placer como hacía tiempo que no sentía. Esa sensación le llevó directamente a una zona de su memoria que estaba sellada desde el momento que se grabó.

- Duele ¿verdad, mariconcito?
Ramiro tenía trece años y estaba en el tatami con su profesor de karate. Ramiro cayó intentando enlazar dos katas y desesperado de no poder hacerlo tras muchos intentos empezó a llorar. Germán, su profesor, se arrodilló a su lado e hizo presa en sus pezones tiernos y suaves. El dolor fue insoportable pero a la vez comprobó como la erección que le provocaba esa agresión era instantánea y a la vez empezaba a eyacular entre convulsiones escuchando a Germán que le llamaba mariconcito. El placer preñado de dolor junto a esa palabra le provocó una impronta que desde entonces le hizo incapaz de sentir placer sexual si no era enlazado al dolor.

- No paro de correrme Noel - le temblaba la voz - ¿porqué no vamos a un sitio más tranquilo? ¡Por favor!
- Entonces, ¿Estoy contratado?
- Eres mi amo. Necesito tu guía. Lo que quieras.
Noel soltó su presa y Ramiro recompuso su figura. Se echó mano a su entrepierna y la notó mojada. El semen había traspasado. "Menos mal que el pantalón es oscuro" pensó. Levantó el teléfono 
- Luna, voy ahora para allá con un amo, para que le ayudes y enseñes como se me castiga por maricón.
- Tengo aquí a un concejal, Ramiro. Esta tarde.
- ¡Que le eches, joder! Voy con mi Master y quiero que sea ya. Salgo ahora mismo y quiero el garaje libre, voy con el Maserati.
- Te va a salir caro, Ramiro.
- Me da igual. Quiero tu atención más especial con Noel como figura central.
- Te arrepentirás, Ramiro, te arrepentirás.

jueves, 29 de diciembre de 2022

EQUIVOCO

 - ¿Podrás tragartela entera?
- Tío, si no me entra entera con mi carrera, me retiro.
Bruno tomó la cabeza de Raúl entre sus manos y profundizó en la boca del chico. Raúl miraba hacia arriba, a la cara de Bruno en signo de sumisión total empezando a lacrimear al tiempo que cohibia la primera náusea sin atreverse a una maniobra evasiva y al contrario, empujó hasta que penetró en su garganta el último centímetro de polla y sus labios besaron la suave y peluda piel del escroto. Aguantó unas cuantas arcadas más hasta que le desbordó el vómito por boca y nariz pero sin renunciar al deseado bocado duro y caliente.

Cuando Raúl vio a Bruno entrar a la finlandesa no se lo podía creer. Él, desde el oscuro rincón en el que sudaba y manoseaba su sexo le veía perfectamente aunque Bruno recién entrado a la calurosa  penumbra no pudo ver a Raúl.
Bruno era un cuarentón bien conservado, nada de definición muscular pero bien formado. Algo de barriga, aunque por debajo de la misma, tras la toalla se adivinaba un bulto apreciable.
Raúl un twink algo descarado, aunque sin mala intención sintió endurecerse y apostó porque Bruno se sentase cerca de él. El chico se sacó la toalla de la cintura dejando saltar su juguete ansioso de ser domado y con la tela de rizo marrón hizo una especie de sudario de cabeza. Bruno acomodó su vista a la penumbra de la sauna y divisó en la otra esquina alguien con la cabeza velada, como si una monja de clausura se hubiese despistado, pero que exhibía un precioso trofeo enhiesto y de cabeza brillante. Se levantó de su rincón, se quitó la toalla también y enseñó orgulloso sus veinte centímetros de poder escoltados por una bolsa peluda de auténtico oro blanco. Sentado al lado del chico, no se anduvo en premiosidades, alargó la mano y sin ningún tipo de vacilación comprobó la dureza que ofrecía Raúl. 
Al chaval no le hizo falta más, se lanzó al regazo de Bruno a consumir sexo con su boca.
- No vayas tan deprisa que me vengo enseguida.
Raúl se levantó y fue directo a la boca de Bruno. Las lenguas en choque, la mezcla de salivas y el deseo mutuo hizo lo demás.
- Follame la garganta tío, tu rabo me cabe entero en la boca y tu leche tiene que ser dulce y grumosa.
Sin esperar al consentimiento una vez más Raúl se zambulló en el regazo de Bruno que sin poder remediarlo le entregó todo lo que llevaba dentro al chaval.
- ¿Te lo has tragado?
- Todo. ¿Tienes fuerza para el culo? Me encantaría que me lo comieses y luego entrases a saco.
- Vamos a tomar algo al bar y luego vamos a una cabina. Además, aquí ya hace mucho bochorno.
Salió primero Raúl y Bruno detrás colocándose la toalla a modo de taparrabos. Al caminar tras Raúl de repente se detuvo.
- Espera chaval.
Raúl se detuvo se volvió con una sonrisa cómplice y Bruno le estrechó en un abrazo potente cubriéndole de besos.
- ¡Joder, tío!
- ¿Porqué no me llamás Bruno?
 Le echó el brazo por los hombros y Raúl le rodeó la cintura y así muy despacio y charlando muy bajito llegaron al bar.
- Un cervezón para mí y para este modelazo..., ¿que tomas?
- Refresco de limón sin azúcar.
Sin terminar sus bebidas Bruno se acercó al oído de Raúl susurrando su deseo de follarle allí mismo y mordisqueandole la oreja. Raúl se estremecía de placer e intentaba meter la mano por dentro de la toalla a Bruno.
- Venga, vamos a una cabina Bruno.
En la cabina Raúl se transfiguró cuando Bruno le entró de todas las formas posibles hasta terminar por preñarle.
- ¿Te has dado cuenta de la hora que es Raúl?
- Si, tío es tarde. Se me ha pasado el tiempo en un suspiro, pero es que follas como nadie. He tocado el paraíso. Tenemos que repetir más veces 
- Seguro, Raúl, seguro. Te voy a acompañar a tu casa, es demasiado tarde por este barrio a estas horas.
- Si y a mi madre que le digo.
- De tu madre me ocupo yo, descuida.

- ¿Aún no te han dado llaves de tu casa?
- Aún no. Dice mi madre que con mi edad y hasta que no vuelva mi padre, nada.
La puerta de la casa se abrió y allí estaban Bruno y Raúl delante de una mujer visiblemente irritada.
- Que horas son estas Raúl.
- No te sulfures cuñada. Me he encontrado a mi sobrino y hemos estado dando una vuelta, ¿verdad, campeón?
- ¿Habéis cenado, al menos?
- Que va, cuñada, veníamos a que nos dieras algo. Y de mi hermano ¿que se sabe? 
- Ya ves la faena, en la fuerza de interposición, me tiene en vilo y hasta dentro de tres meses no les sustituyen los canadienses. A las horas que son, ya te quedarás a dormir, digo yo, mañana es sábado.
- Si mamá, que se quede y así seguimos hablando de nuestras cosas, ¿verdad, tío?
- Por supuesto, sobrino, tenemos mucha tela que cortar.
- Si, Bruno a ver si me le haces un hombre que no se yo este niño.
- Un hombre completo, cuñada.
- Venga a cenar.

domingo, 11 de diciembre de 2022

DESTINO

 

 

Es difícil condensar en un millón de palabras lo que sería imposible explicar si no fuese con una  mirada. Pero me siento obligado y además siento que se me acaba el tiempo, me deterioro y para colmo ya no veo la muerte como algo insoportable, antes bien algo que me liberará de una vida espesa, lenta y monótona que llevo sin él.
Pero antes he de poner mi vida en perspectiva.
Creo que mi tendencia homo viene de lejos. Fueron los cinco años cumplidos los que pulsaron algún botón en mi cabeza o en mi minúscula pilila de crio, pero el caso es que aquel niño de ojos intensamente turquesas y rizos de oro, piel blanca y gesto de mala leche siempre, me cautivó y quise tocarle, me atraía su zona pudenda. Me empujó, maldita la gracia que le hizo y yo desarrolle una conciencia de crimen que aún me encoje el corazón. Intentando tocar a aquel niño supe en ese instante que eso estaba mal y la responsabilidad me abrumaba y me obsesionaba. Por no saber, era un crío, no sabía que se trataba de sexo. Además ese acto provocó en el resto de los compañeros rechazo y burla, aislamiento y soledad. Yo no sabía que pasaba pero me hizo sentir diferente a los demás.
Recuerdo que aquello sucedió inmediatamente antes de las vacaciones de Navidad. Aquellas vacaciones y recuerdo mis sensaciones, no el decurso temporal, pues era día si día también terror a que de un momento a otro apareciese en mi casa alguien acusandome de aquello que hice y provocando en mi madre una furibunda reacción. Recuerdo la sensación de alivio cuando pasó Reyes y volví al colegio sin que nadie hubiese venido a meterme en la cárcel. Lo que más temía era la reacción de mi madre, pero no por lo que pudiera hacerme sino por el disgusto que ella pudiera llevarse.
Creo recordar que hasta los nueve años mi vida transcurrió sin especiales sobresaltos. Si recuerdo un episodio en el que yo encontraba un extraño placer en hacer pis en un vaso sin bajar de la cama. Dormía en una litera en la que mi hermano ocupaba la cama de arriba. Yo tendría seis o siete años y me levantaba temprano iba a la cocina cogía un vaso y volvía a la cama donde orinaba y me fascinaba vaciandome dentro del vaso viéndole llenarse del líquido ambarino. Me gustaba la repugnancia que sentía ante su olor e incluso llegué a probarlo. No sé hasta donde habría llegado si mi madre no me hubiera cogido un día cuando más placer estaba obteniendo acariciándome el ano mientras orinaba en el vaso. Por supuesto, fue la última vez que me atreví a hacerlo, no se me habría ocurrido después del escándalo que montó mi madre cuando lo descubrió.
Y nos mudamos. Mi padre era un constructor de fortuna y nos hizo un palacio. Piscina, cancha de deportes, huerta, vestuarios para piscina y deportes y mucho, mucho jardín. Y cambio de colegio.
Un colegio de campanillas, laico, ya entonces de fama y ahora hoy día, inalcanzable. La zona de ensanche de la capital con casas todas buenas, generalmente como nosotros, nuevos ricos, tenía aún muchos solares.
Había colegio por la tarde y en meses cortos yo volvía a casa de noche. Me atraían los solares oscuros donde quizá hubiese alguien agazapado para raptar y hacer quizá algo estremecedora mente excitante a quien se atreviera a meterse allí. Y yo entraba en todos los que podía esperando ser asaltado y obligado a hacer cosas fascinantes y horribles. Una vez allí, en medio de la oscuridad solo disipada por algún rayo de luz fugaz de algún coche que pasaba, me desnudaba por completo e intentaba exponerme a la luz por si alguien veía un niño desnudo en medio de la noche y quería tocarle o quizá algo peor. En esas ensoñaciones me masturbaba furiosamente y cuando sentía el orgasmo más remunerador corría hacia el montón de ropa y me vestía apresuradamente para volar a mi casa, donde entraba con cara de ángel travieso. Ese verano, a cuyo fin, cumpliría los diez años, me excitaba tumbarme desnudo en la cama, simulando el sueño para que mi hermano mayor, de diecisiete años, me viese, y quizá se excitase y quisiera usarme como ni me imaginaba que un hombre pudiera usar a un chaval. Nunca se interesó por mi. Siempre lo lamenté.
A pesar de todo yo era muy inocentón. De sexo, ni idea. En realidad aquellas aventuras postcolegiales nocturnas que tanto me excitaban yo no sabía que iban de sexo. Sabía que iban de que la sensación de que se me ponía insobornablemente dura era cautivadora y deseaba mucho más, pero no sabía que era eso más que tanto deseaba. Por eso, cuando escuchaba a los mayores, los de doce o trece años hablar de que se metían en tal o cual sitio y no se la sacaban, supe que ese trozo de carne tan duro debería tener acomodo y destino en una chica que efectivamente, como yo ya había visto en mi hermana pequeña de cuatro años, no tenía pirula como yo. Y ahí empezó mi calvario.
Una tórrida tarde de agosto. Un columpio de jardín asombrado por dos robustos castaños de indias, el pequeño estanque de los peces de colores flanqueado por verbena llena de florecillas de color. El cantiñeo del agua jugueteando con la superficie del estanque. Todo invitaba a la molicie. Mi hermana de cuatro años en braguitas y yo con un pantalón de deporte. A la sombra de los árboles compartiendo la colchoneta del balancín y rozandonos las sudorosas pieles, sentí mi entrepierna gritarme sin consuelo que necesitaba alivio. El roce con mi hermana me mareaba, hoy se que de lujuria, así que dije a mi hermanita que me acompañase hasta los vestuarios que le iba a enseñar un juego.
En los vestuarios bajé las bragas a mi hermana y me sorprendió que no hubiera nada entre las piernas, se las separé un poco y tenía una especie de pequeña hendidura. No tenía ni idea de lo que hacer. Yo no me había ni bajado el pantalón cuando apareció en la puerta mi madre. Si, mi hermana cuando intenté profundizar en esa rara hendidura (¿por donde mearía?) gritó con ese pito agudo que tenía e hizo intención de irse y yo se lo impedía lo que hizo que volviera a gritar y en eso, mi madre.
Aún hoy, décadas después, sigo sin entender aquel grito de viuda bíblica, "hija mía, ¡con lo que duele!" Lo repetía una vez y otra. Me di cuenta entonces que lo que había hecho era peor de lo que yo había imaginado. 
Aquel "ya verás cuando venga tu padre" me hizo temer lo peor. Me confinó en mi dormitorio. Estuve toda la tarde esperando la bronca y el castigo, hasta que me rindió el sueño. Cuando llegó a dormir mi hermano mayor, me desperté, pero me hice el dormido, vestido como estaba sobre la cama sin destapar. Cuando se acostó y apagó la luz, me desnudé y me metí en la cama. Lloré. No sabía porqué mi padre no había venido a regañarme, yo le había oído llegar a casa y hablar.
Al día siguiente bajé a desayunar, nadie me habló, mi padre no estaba. En cuanto acabé mi madre fría como un polo de fresa me mandó otra vez a mi dormitorio.
Serían las once de la mañana, quizá más tarde. Escuché como mi padre metía el coche en el garaje y entraba a casa. Esperé que entrase en mi cuarto de un momento a otro. Y nada. Pasaban los minutos y me tranquilicé. Oí subir la escalera a mi padre y me dije "ya", pero no, se fue a su dormitorio y volvió a bajar. Pensé que me dejarían arrestado en mi cuarto unos días y se acabó. Lo acepté, aunque no entendía porqué tanto castigo por hacer..., qué. De repente el chirrido del primer escalón me alertó. Y de lejos escuché como al pie de la escalera mi madre hablaba algo a mi padre. Y mi padre decía "no". Los pasos se hacían cada vez más cercanos. Chirrió el primer escalón, luego el tercero y finalmente chirrió el penúltimo. Ya estaba allí.
Agosto. Por la mañana y calor, en esa latitud mucho calor. No me fijé que llevaba en la mano. Se acercó a la ventana, la persiana, de lamas de madera hizo un sonido atemorizador cuando la bajo de golpe cerró las hojas de las ventana con violencia, encendió la luz y cerró la puerta. Actuaba como si yo no estuviese en la habitación. Mastiqué la ira que traía. Y entonces vi lo que llevaba en la mano. Una manguera de caucho, listrada, nunca se me olvidará, marca Pirelli. Y por dentro se apreciaba que estaba rellena de una goma de las que se usan para el gas butano. Hoy puedo decir que aquel cruel vergajo mediría unos cuarenta o cuarenta y cinco centímetros de largo. De ahí en adelante no sé si aquella paliza duro diez segundos, diez minutos o toda una vida. Mi padre decía: "para que aprendas" una y otra vez, con cada golpe y yo intentaba zafarme de su garra que sujetaba mi brazo golpeando donde podía mientras lloraba, llamaba a mi madre y decía: "papá, ya voy a ser bueno" una y otra vez.
Cuando se fue quedé tirado en el suelo y no recuerdo cómo llegué a mi cama ni como me puse el pantalón corto del pijama.
Pasado el tiempo llegué a la conclusión de que me desmayé, bien por la paliza o por el síncope vaso-vagal del llanto que no terminaba de romper o una combinación de los dos. La sorpresa por la agresión que yo no entendía a que correspondía a mi trasgresión y la decepción por ser mi padre en quien confiaba a ojos cerrados y que se revolvía contra mi, sin saber si su intención era matarme o infringirme el mayor dolor posible.
Era de noche ya, la ventana tenía la persiana levantada otra vez y no entraba luz. Sentí que se abría la puerta y empecé a mearme, pero conseguí cohibirlo al ver entrar a Beni. Beni era la chica interna que teníamos. Era una asturiana, joven, dulce y feucha, pero muy buena.
Me traía algo de cenar, no recuerdo qué. Intenté levantarme pero no pude. No podía moverme sin provocarme fuertes dolores. Beni se sentó en mi cama y me dio algo pero no pude comer. Me acariciaba y me decía palabras de consuelo. Pregunté por mi madre pero me dijo que no podía subir. Ya no recuerdo si llegué a llorar o no. Más adelante sucedieron muchas cosas, pero yo ya había desistido de llorar, mi padre me había a demostrado que no tenía ninguna utilidad.
No soy capaz de saber cuántos días permanecí en mi dormitorio sin poderme mover, al menos tres, en que la buena de Beni me subía la comida y me daba una palabra de aliento y me demostraba una sonrisa de empatía. No sé si mientras dormía mi madre entraba a verme, no se. Quiero creer que si. Se que entraba mi hermano mayor a dormir. Nunca me dijo nada, ni siquiera para insultarme. Durante esos días me juré que me iría de aquella casa, de aquella familia, que ya no era la mía, me agredía y además los sucesivos acontecimientos me demostraron que no me querían en su seno. Y lo acepté. No sabía lo acertado que estaba en lo de irme de allí.
Ya digo. No se el tiempo que estuve en aquella casa, que hoy ya sé que se convirtió en una casa cruel de acogida. 
Un día, quizá al día siguiente, quizá una semana después Beni entró en mi cuarto y me dijo que bajase al comedor que tenía que comer con la familia. Bajé absolutamente hundido, abatido, sumido en una vergüenza insuperable, no por lo que hice con mi hermana sino por la paliza a la que según todos fui acreedor; nadie me dijo nada, me senté en mi sitio, me sirvieron y comí. Mi hermana mayor tuvo un comentario sarcástico de tinte sexo-afectivo en relación a lo sucedido y mi madre cortó de raíz. Me volví al cuarto y mi madre me dijo que me fuera a jugar al jardín. Me sentí muy aliviado. Creía que el tornado había pasado y me relajé.
Dos días después mi madre entró temprano en el dormitorio y me dijo que me vistiese para salir a la calle. Me entró pánico. Llegué a pensar que me echaban de casa. Eso por un lado me descompuso la tripa y por otro lado me sentí aliviado de perder de vista a todos, madre incluida; me había abandonado en mi desgracia, las madres de los criminales más abyectos siempre encuentran una excusa a su hijo, la mía no, al menos a mí nunca me lo dijo y vivió ochenta y cinco años más. 
Llegamos finalmente a un sitio raro al que entramos por una puerta pequeña. Aquello era una nave enorme, llena de cajas y un hombre que recibió a mi padre con un apretón de manos empezó a abrir cajas, preguntándome a mi madre por tallas y números de pié y sacando ropa y zapatos y deportivas de todo tipo. Me probaron una americana azul marino con los botones dorados, me encantó, me sentí mayor y salimos de allí con un montón de cajas de ropa. Mi madre al día siguiente se líó a marcar toda la ropa con unas siglas: PIE102 y entonces me atreví a preguntar. Me respondió mi madre que como veían que mi comportamiento no era bueno me mandaban a un colegio interno donde me enseñarían. No me dijo más. Ni qué tipo de colegio, ni si estaba cerca o lejos, ni si me quedaría a comer o no.
A primeros de septiembre me dijo mi madre que al día siguiente, que era domingo me vistiese con la ropa nueva que me llevaban al colegio. No me dieron más información.
Al día siguiente montaron en el coche una enorme maleta, se montaron ellos, me monté yo y salimos..., a carretera y al cabo de como hora y media llegamos a una ciudad monumental de la que nos volvimos a alejar para llegar al poco a una enormisima explanada coronada por un roquedal sobre el que se elevaba un castillo con su torre del homenaje sus almenas sus troneras, como de tres pisos. Ese era mi colegio. Más tarde me enteré que era el castillo de San Servando.
Yo aún no había cumplido los diez años y aquella mole de piedra me abrumó. Me dejaron en la puerta junto con la maleta; salió un conseje al que mi padre dió cien pesetas para que me las administrase y mi padre me dijo que se iban, que yo me quedaba allí, que me portarse bien, que no se enterase él que tenían quejas de mi comportamiento porque volvería y me iba a enterar yo de quién era él. Si tenía alguna duda de si debía o no odiarle se me disipó. Aquel señor me explicaría donde dormiría, cuando comería y me presentaría a quienes iban a ser mi compañeros.
No recuerdo si me besaron o no. Si recuerdo que quería que se fueran y me dejaran en paz. Vi su Renault Gordini alejarse y respiré. Al fin era libre, en aquella cárcel, si, pero no volvería a ver a ninguno. Esperaba que se olvidasen de mi y no volvieran nunca, ya vería yo como vivaqueaba por allí.
El conserje me cogió la maleta y escaleras arriba llegamos a un salón enorme dividido en boxes de cuatro literas cada uno e iluminada toda la sala por globos que colgaban del alto techo. Al fondo del salón una puerta daba a unos aseos con lavabos y cabinas con puerta y cerrojillo de inodoro abiertas por arriba y con puertas que no llegaban al suelo. En un lateral unas puertas francesas daban a las duchas, ocho alcachofas en una sala corrida.
Me indicaron cual era mi cama y mi taquilla, coloqué la ropa como dios me dio a entender, hice la cama como creía que debía hacerse, nunca había hecho una cama en mi vida. Para mi lo natural es que hubiera servicio en la casa que se ocupaba de esas cosas.
Y empezaron a llegar alumnos.
Yo estaba paralizado. Llegué para estudiar segundo de bachillerato, es decir que era el nuevo. Todos habían hecho primero y ya se conocían. Y empezó lo que en aquel entonces aún no se sabía que era el bullyng.
Sabía que antes o después me pegarían o se burlarían de mi, pero fueron pasando los días y las piezas del puzzle fueron acomodándose, cada uno se fue adscribiendo a su grupo y yo seguía solo y no me iba mal, no necesitaba a nadie, como en toda mi vida, a nadie, aunque lo necesite no lo reconozco y salgo adelante solo. Y duele, lo que no sabía era cuanto iba a doler.
A los quince días de llegar un compañero de clase de trece años, bastante mayor que yo, por la tarde al entrar de la esplanada donde jugábamos o sencillamente hacíamos nada, y dirigirme al dormitorio me echó el brazo por el cuello y me dijo que le acompañara que me iba a enseñar algo. Me resistí más porque viese que no estaba de acuerdo que por presentar batalla, estába pérdida. Me sacaba tres años y la cabeza y pesaría como veinticinco kilos más que yo.
Me llevo a unos retretes que se usaban sobre todo por la mañana, porque estaban en el paso al comedor, pero a las cinco de la tarde no había justificación para tener que utilizarlos. Estos retretes se ventilaban mediante una ventana grande que daba al patio donde cada día formábamos para izar o arriar la bandera y cantar el himno. En ese patio no se podía permanecer, nos tenían dicho, pero siempre había allí alguien, bien dando patadas a un balón o fumando a escondidas o contándose confidencias.
Aquel día, como siempre había alguien y cuando me vieron salir de la cabina del retrete con aquel repulsivo mayor, Felipe, grabado a sangre y fuego en mi alma, se me colgó la etiqueta. Fue para siempre. Como el nombre de aquel indeseable se me quedó indeleble el olor agrio y dulzón de su pene cuando, amenazante, se lo sacó y me empujó hasta arrodillarme. El resto fueron arcadas y mucha pena, sensación de indefensión absoluta y vergüenza. No tenía fuerzas ni para llorar. Me habría aliviado hacerlo, pero no podía. Amenacé con denunciar lo que me había obligado a hacer pero el temor a la represalia de aquel abusón me paralizó. Me quise convencer de que ocurrió aquella vez y ya, pero en lo más hondo de mi ser temía que volviese a suceder y para colmo estar señalado ya para siempre con una palabra que aún no conocía y denigrado en cualquier situación y manera. Eso me aisló. Llegué a sentirme cómodo permaneciendo solo a todas horas o como mucho jugando al ajedrez con algún otro raro como yo. Al mes, quizá dos meses, no sé cuándo ya había olvidado que tenía familia, es cierto, los olvidé y eso me hacía feliz y un domingo como todos estaba jugando en la sala de juegos con alguien cuando el conserje vino a avisarme que mis padres estaban en conserjería, esperando, que habían venido a verme. Se me aceleró el corazón y me fastidió de verdad. Le contesté que les dijese que se fueran que no podía ir a verlos en ese momento. El conserje me cogió por la oreja y me levantó de la silla recriminando mi desapego. Bajé, serio, esperando algún castigo, sin ganas, y preguntándome, que es lo que querrían de mi. Nunca di por hecho que pudieran quererme, estaba claro que sí me habían echado de su lado era porque les desagradaba. ¿Cómo iban a quererme? de mi padre me daba igual que me quisiera o no, pero de mi madre, me dolía que no me hubiera dado ni una palabra de consuelo, ni un beso, nada.
Les salude con un beso que no pretendía ser frío, yo no tenía maldad en ese momento de mi vida como para mandar esa señal de desprecio. Me salió así porque era lo que me salía del alma. Me llevaron a comer y luego me devolvieron al colegio, lo que agradecí inmensamente. Hablé poco, lo que me preguntaban y con frases cortas. La verdad es que estaba muy cortado, me sentía fuera de lugar. Era como comer con dos extraños. No se me pasó por la cabeza decirles lo que me habían obligado a hacer. Si por nada, me medio mata mi padre, por chupar el pene a otro me despelleja. Todo lo que túviera que ver con los genitales sería motivo de repulsa, debería ser secreto. Y así se enquistó aquello. Empecé a vivir dos vidas, la mía y la del chico al que cualquiera podía llevarse a un excusado y usarlo como mejor le pareciese. Poco a poco fui aprendiendo a, primero a tolerar los abusos luego a aprender a saborearlos y finalmente a disfrutarlos al punto de buscar activamente a compañeros de lujuria. Algo que ahora en la distancia no entiendo aunque justifica el porque una práctica tan bizarra del sexo, tanto con unas como con otros. 
Ya tenía diez años. Cuando un mayor de diecisiete, pelirrojo, muy delgado, simpatico y con la cara llena granos me echó el brazo por el hombro y me dijo que le acompañara al dormitorio, me sentí importante. Además me intrigaba averiguar si me cabría su cacharro en la boca. Pero no, no fue eso lo que sucedió.
Me llevó al único retrete que desde ese segundo piso se veía la ciudad en la otra orilla de aquel gran río, sobre el que solíamos competir por ver qué avión de papel era capaz de llegar desde el colegio hasta la otra orilla.
Pues allí estábamos. Me senté en el tabloncillo del inodoro de frente a Riquelme. Si, se llamaba Riquelme de apellido. E intenté desabrocharle el pantalón mientras le decía muy bajito que me avisase cuando le saliese "eso" ¡Que confundido estaba! 
Me cogió por los hombros, me puso de pie, me desabrochó el pantalón y me lo bajó junto con los calzoncillos y me dió la vuelta. La ciudad estaba magnífica. Sentí como Riquelme me humedecía el ano y después de verle el grosor de lo que tenía, pensé que aquello iba a ser imposible. Quise volverme pero me sujetó con violencia cara a la ventana y me apuntó con su miembro al ano. Fue una puñalada, creí morir. Imaginé que las tripas iban a salirse por el culo y ante la imposibilidad de conseguirlo a la primera supuse que desistiría. Pero no. Volvió a la carga, una y otra vez hasta que me sentí reventar. Él tenía una mano sobre mi boca y la otra me apretaba el pecho contra su cuerpo. Sentí que algo húmedo me resbalaba por los muslos. Debía ser sangre, pensé y mientras él se subía el pantalón y se abrochaba el cinturón para marcharse me eché la mano y me la miré. Si, había sangre, algo, pero mezclada con eso que echaban los mayores. Me senté, ya a solas en la taza, y me toqué el ano. Estaba gordo y dilatado y cuando saque la mano estaba teñida de rojo con semen. Lo olí y no me disgustó, pensé en acercar la lengua pero no me atreví. Tenía el culo dolorido y mi lampiño pene muy tieso. Intentaba apretar el ano y me despertaba más dolor pero curiosamente sentía un gran placer en hacerlo al hincharseme el capullo. Intenté retraer el pellejo pero tensaba mucho y me horrorizaba que se fuese a romper. Muy despacio comencé a frotarme y me gustaba en combinación con ese dolor tan especial que sentía en el ano. Cerré los ojos y rememoré el momento en que Riquelme me penetraba abruptamente y el dolor que sentí. Me llevé la mano al ano insinuando un dedo dentro por pura intuición. El placer que me produjo en el pene se multiplicó y aumentaba. Froté más deprisa y me faltaba el aire pero el placer me mareaba. Seguí y seguí profundizando al tiempo todo lo que podía, pero ahora con dos dedos y se produjo la explosión caleidoscópica. Increíble del todo el placer. Cuando recobré el aliento me miré los dedos del ano, estaban manchados de sangre y mierda. Lo olí y la sensación de deseo y repulsión me sorprendió, para de inmediato pensar en cómo sería la siguiente deposición, con sangre, sin ella, muy dolorosa, imposible. Me asusté pero preferí esperar a ver qué pasaba. Me decepcionó que tuviera la mano que sujetaba el pene limpia. Una vez más no había echado nada, como lo echaban los mayores. Pensé en Riquelme y me pregunté cuando volvería a tomarme del hombro y llevarme a un sitio apartado. Volví a pensar en Felipe y me preguntaba si alguna vez me daría la vuelta como lo hizo Riquelme.
No sé si fue antes o después de las vacaciones de Navidad, eso da igual. Cuando aquel chico feo, desagradable, alto y desgarbado, pelirrojo también, Roldán, me llevó al mismo retrete que me llevo Felipe la primera vez, sentí vértigo. No quería, pero me excitaba que fuese a abusarme, quizá me diese la vuelta, pero no fue así. Solo me bajó los pantalones, yo estaba ya muy duro, pero no me bajo el calzoncillo. Se sacó su pene largo, me lo puso entre los muslos y me abrazó muy fuerte empezando a hacer movimientos rítmicos, cada vez más acelerados hasta que se detuvo y sentí los muslos mojados. Rápidamente se la guardo y me dijo que esperase un rato antes de salir. Me sentí vacío, extraño, triste y con ganas de irme. Me prometí no volver ha consentirselo a nadie. ¡Que iluso!
Un día, en clase de historia y Geografía que impartía D. Emilio, siempre tan elegante, con su sempiterno traje cruzado azul de raya diplomática, tan delgado y serio, pero tan bondadoso, se centraba siempre en sus explicaciones y no se fijaba mucho en los chicos que de dos en dos se sentaban en pupitres de madera antiguos.
De la Rocha mi compañero de pupitre siempre dibujando, y no lo hacia mal. Aquel día mientras D. Emilio explicaba algo, Rocha, siempre con la cara cuajada de granos, el labio inferior caído siempre, lo que le obligaba a estar sorbiendo de continuo la saliva, me dijo muy bajito mientras me mostraba el forro del bolsillo del pantalón descosido, que metiese la mano dentro. Hasta ese momento no comprendí que pretendía hasta tocar algo duro y caliente y además noté que la punta estaba desnuda. Me alegro tocar algo así y me prometí que acabaría por bajarme el pellejo del todo cuanto antes. Le estuve acariciando hasta que de repente, juntó las piernas, se dobló por la cintura y me sacó bruscamente la mano del bolsillo. D. Emilio, sin alterarse nos reconvino diciendo, sin volverse, que hiciésemos, los del fondo, lo que estuviésemos haciendo cuando no fuera su clase. Me dio rabia que tuviera que ser D. Emilio el que nos llamará la atención y le tomé coraje al tal Rocha que siempre andaba rogandome que le masturbarse. Me excitaba que me rogase, alguna vez incluso lloraba y entonces le masturbaba y asistí a la primera vez que eyaculó. Él se sorprendió y me preguntó si moriría. Siempre he tenido curiosidad por todo y aquella situación me intrigaba, la forma en que Rocha expresaba ese estimulo y la forma en salir disparado el semen, la lefa le llamábamos, en varias emboladas consecutivas, el desfallecimiento posterior y la cara de beatitud que se le quedaba. Esas pequeñas cosas me compensaban de los momentos de dolor, de sentir el rechazo de muchos de palabra y de desprecio. Si bien había otros como un compañero, Juan Manuel, muy empatico conmigo al que gustaba acompañarme en los recreos, llegándome a molestar en alguna ocasión en que yo tenía identificado alguien al que me hubiera gustado llevarme a un retrete. Las noches me eran duras como cuando me hacían la petaca y viendo la imposibilidad que tenía de meterme en la cama me sometían a escarnio, o los insultos diarios mientras me desnudaba para acostarme. Rezaba a un dios imaginario que yo materializaba en un trozo de estaño que me llamó la atención del taller de mi padre para sus hobys. Solo yo sé todas las lágrimas que derramaba cada noche y la alegría que me embargaba cada mañana cuando tocaba diana, porque cada nuevo día era una oportunidad de que todo aquello acabase. No era cómodo vivir así para mí y en medio de esa selva inhóspita solo encontraba alivio curiosamente en hacer pajas a la gente, me hacia sentir poderoso, dominador de la situación. Un perfecto círculo vicioso. Ya veríamos como se rompía, solo me preocupaba que pasase cada día y que llegasen las vacaciones y poder descansar de aquel sinvivir que suponía mantener la tensión de tener que atender sexualmente al que me requería o que me apeteciese a mi.
El curso transcurría lentamente. Yo, como me dijo el cura una vez, el último curso que estuve allí, era la puta del colegio. Ya con esa edad yo en el patio iba de cruising. Me gustaba ver penes nuevos, masturbarlos y chuparlos si me dejaban. En el patio, enorme explanada de tierra, enorme, siempre estaba solo, como ausente, pensativo pero marcaba a todo aquel del que me apetecería saborear su entrepierna. Alguno se sentía concernido por mi mirada y si me miraba él a mí clavándome la suya como yo lo hacía con la mía iniciaba un lento paseo hasta el retrete que me parecía más discreto. Otra veces, y no eran pocas, chicos en los que nunca reparaba me marcaban a mi como sucedió con uno, muy, muy moreno, del que no recuerdo nada, solamente que nunca abrió la boca y mira que le hice pajas veces. En el patio me miraba un segundo e iniciaba su paseo hasta dentro del colegio. Yo le seguía unos pasos por detrás hasta llegar, casi siempre, a los retretes del dormitorio, donde una vez allí, se colgaba del cerco de la puerta de una de las cabinas y se balancea hasta hacer como que se resbalaba las manos y caía. Y así una y otra vez hasta que yo me ofrecía a sujetarlo tomándolo a la altura de la bragueta y el culo. Instantáneamente sentía crecer su anatomía debajo del pantalón momento en que él caía dentro de la cabina me miraba muy serio y yo entraba y cerraba la puerta. Y yo lo hacía todo. Quizá él pensaba que no facilitándome la labor quedaba a cubierto del estigma que yo arrastraba. Y al final lo que más disfrutaba; éste muchacho moreno y fibroso si eyaculaba un tremendo chorreón blanco como nata que por su tono de piel quizá por contraste a mi me parecía una preciosidad. Solo me consentía eso. De boca, nada.
Y así hasta cuarto de bachillerato en que todo se precipitó.
Los veranos de segundo a tercero y tercero a cuarto no fueron inocentes. Eso que comenzó con violencia y coacción a los quince días de llegar a aquella cárcel se convirtió en la mayor fuente de divertimento para mí. Al punto de que cuando me iba de vacaciones deseaba que se acabasen para volver a mi paraíso, donde hubiera gente que me buscase para explayarse sin vergüenza o cortapisa alguna. ¿Que luego no solo no me miraban o directamente me insultaban para hacerse los machitos con sus amiguetes? normal, al fin y al cabo quien iba a quererme a mi sí los que deberían hacerlo de oficio me despreciaban de esa manera. Lo más cerca que he tenido cerca la empatía de alguien hacia mí son esos miserables segundos de orgasmo que tenían a los chicos a los que pajeaba o se la mamaba. Para mi, de verdad, era suficiente. Yo si tenía que masturbarme lo hacía siempre cuando, aliviados y servidos, salían de la cabina del retrete sin mirar atrás.
Aquellos meses de los primeros años 60 fueron de cambio. Si, todo eso de estar pendiente de quién necesitaba mi mano o mi boca, empezó a ser cansino. Además, en el último curso que estuve allí entró también el hijo de un amigo de mi padre que tenía mucha maldad, sexualmente hablando y tenía una tremenda experiencia. Venezolano, sería por la latitud de nacimiento pero su comportamiento era el de un hombre ya mayor. Él era el único que me tocaba a mí de igual a igual y me chupaba y masturbaba, pero es que lo hacía sin recato con cualquiera. Aquel putiferio empezó a ser voz populi y un escándalo. Yo, después de mucho pensármelo, acudí al Pater del colegio en busca de ayuda y lo que encontré fue una tonante furia vestida de negro. Me llamó puta, me condenó al infierno por los siglos y concluyó que nadie tenía la culpa más que yo. Ni absolución, ni, naturalmente, hostias, yo era un invertido, pervertido, degenerado que era un peligro para todos los alumnos del colegio. Y ahí me encontré yo, ahora sí que sí, más solo e indefenso que nunca, sin donde acudir en busca de consuelo ni al menos cobijo.
Sucedió lo que tenía que suceder. A la semana me llamó el director a su despacho. No preguntó nada, no quiso saber, ni como, ni cuando, ni porqué, le asqueaba todo aquello y no me iba a expulsar del colegio en ese momento que estaba a punto de acabar el curso y no iba a decir nada a mis padres con la condición de que cuando llegase la solicitud del siguiente curso para hacerlo, no la firmase. Yo no volvería nunca allí y a él se le olvidaría.
En cuarto de Bachillerato se pasaba la reválida de cuarto una especie de examen recopilatorio de los cuatro primeros cursos. Había tres bloques, uno de letras, otro de ciencias y uno mas de matemáticas. Yo aprobé cuarto y me presentó el colegio como era lógico a examen de reválida. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y suspendí ese bloque. Debería presentarme el setiembre para ver de recuperarlo. De manera que me fui de vacaciones y se me olvidó por completo la admonición del director.
Y en aquellas vacaciones aprobé el examen de acceso a la Universidad popular del sexo más salvaje.
No recuerdo desde cuando me sentí seducido por el cine. La magia de una sala enorme llena de gente pendiente de un punto, ese altar sagrado de lo virtual en lo que poder abandonarse y sentir plenamente la emociones de lo que en la pantalla sucedía. Recuerdo perfectamente como reventé una butaca de los saltos que daba con la emoción de los piratas asaltando galeones y masacrando a los pobres marineros. Imposible olvidar esa cara de feroz pirata de Burt Lancaster con el cuchillo entre los dientes colgado de un cabo y abordando el barco, y ahí en uno de los saltos allá fue la butaca convertida en astillas. El cine me sigue apasionado y los hados para disciplinarme me emparejaron a una mujer que lo odia. Serán cosas del karma.
Retomando la memoria, llegó mi encanallamiento en el pajeo ajeno a tal límite que había días que no salía de los retretes en los recreos, y entre mis pajeos, los que iban a fumar y, desde mi actual experiencia, otros pajeos que no ejercía yo y que seguro existían, había unos servicios en la planta baja, cerca de las aulas, que más parecían un garito del Chicago de los 20 que los meaderos de un colegio. No me extraña que en el colegio fuese un clamor y tampoco me explico cómo los cuidadores (mandos les llamábamos) no ponían orden en aquellas orgias en las que lo único que faltaba era el alcohol. Ese servicio precisamente estaba en un ala del castillo de primitiva factura con muros de más de dos metros de espesor en los que se había abierto un hueco para instalar una ventana que diese ventilación. En el alféizar interior de la ventana cabíamos varios medio acostados desde donde los días de calor sofocante veíamos la explanada donde desfogabamos la energía en los recreos. No sabía yo el protagonismo que iba a tener esa ventana en mi historia.
Cuando, tras examinarme de la reválida vinieron mis padres a recogerme para las vacaciones de verano pensaba yo que a ver cómo me entretenía yo ese verano sin una polla que llevarme a la boca, y claro, la solución estaba en el cine.
Mi vida en vacaciones era levantarme tarde, cuando llegó el suspenso de la reválida, estudiar un poco para el examen de setiembre, luego, piscina, piscina y más piscina. Aquel verano recuerdo que no me quité el bañador más que para vestirme e ir al colegio a examinarme. Me avisaban para comer y a las cuatro y cuarto al cine de sesión doble continua de donde salía a eso de las nueve para volver a casa a cenar y acostarme.
Debo aclarar que el salvaje de mi padre era un contratista de obras de éxito, además de arquitecto y tenía mucha pasta. Vivíamos en un palacete enorme con todos sus avíos y entre ellos una piscina de las de aquellos tiempos con forma arriñonada.
Y llegó el día en que llevaba yo un tiempo en mi butaca, cuando un señor mayor (no tendría más de veinticinco años, pero para mis catorce, un señor mayor) se sentó a mi lado e inmediatamente comenzó a invadir mi territorio con su rodilla. Al principio me aparté pensando en una mala posición por su parte, pero cuando siguió moviéndose hasta volver a contactar mi rodilla, aguanté y entonces él apretó más con su pierna y yo hice fuerza para sostener el pulso. Dejó entonces de apretar y dejó caer su mano como involuntariamente sobre mi muslo. El corazón se me desbocó. Acababa de descubrir que el cine servía para algo más que para vivir aventuras desde una butaca, servía para experimentar físicamente las aventuras. Aquella primera ocasión fue rápido, hurgar la bragueta del colega de butaca, tocar, emocionado, una piel tersa, suave y caliente acariciarla unas cuantas veces utilizando para ello toda mi experiencia acumulada y sentir la mano humedecida por el líquido viscoso y caliente. El otro en cuanto terminé mi trabajo, atropelladamente se abrochó el pantalón y casi saltó sobre mí para huir más que marcharse. Me quedé cariacontecido porque esperaba una réplica por su parte; si, mientras yo le masturbaba el, a través de la ropa me magreaba. Creí que una vez acabase me dispensaria alguna atención y me fastidió. Al llegar a casa, me masturbé pero no extraje toda la satisfacción que esperaba.
Aquel verano un par de veces más toque carne ajena y me convencí que en el internado era mucho más sencillo que en la calle, tocar caliente, pero me propuse seguir intentando en otros cines. Supuse que si eso me había pasado en un cine de barrio, probando otros barrios más deprimidos, de peor nivel social quizá la moralidad no tan estricta como la de mi familia pudiera rendirme beneficios sexuales depravados. Fabulaba con que un chico mayor me pillaba en los servicios y me forzaba como lo hizo Riquelme y nunca los conseguí materializar. Y navegando por esas fantasías un día mi padre me llamó a su despacho y me puso por delante lo papeles para solicitar el quinto curso. Le dije a mi padre que ya no quería ir interno a ese colegio y por toda respuesta me ordenó "firma"
Y firmé. Bueno, quizá el director se olvidó, quizá el día que llegaba mi solicitud él no estaba, quizá, quizá, no sé, me dejé llevar, que fuese lo que tuviera que ser y me olvidé.
A primeros de septiembre me examinaba de la parte de la reválida suspensa. Me llevaron mis padres al colegio.
Y sucedió. Pero eso ya es otra historia diferente.