miércoles, 26 de noviembre de 2014

MASCARAS DE MENTIRAS


En el tiempo de la ira, de la rabia,
Cuando hierve la sangre,
Plomo fundido rojo que se dispara
En forma de arrojo sin vergüenza,
Ya no caben disimulos.

La desnudez de la libertad te acusa
Y la deseas.

En la noche cerrada buscas
Emboscado en tu mentira, pedernal;
Pedernal rudo, caliente como arrabio,
Ensalivas goloso y ansioso lloras,
Mientras codicioso llegas a la nausea;
La buscas, vomitas entre estertores,
Un milímetro más profundo, y otro más,
Deseas morir de asfixia,
Buscas el dolor, entregado con pasión
Hasta que das la espalda para no escapar.

Te sientes mariposa clavada
Gusano feliz atravesado del entomologo
Y chillas de dolor placentero,
Hasta volver a estar solo,
Viscoso y emboscado en tu mentira.
Temeroso, te miras a la luz de la farola,
Aliviado reconoces la mascara,
Tu mascara de burda felicidad
Regresas a tu galaxia muerta
Sistema solar sin sol, frío.
Respiras. Todo correcto.
Todo legal.

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL AMOR ES ENTREGA, SIN MAÑANA.

Mides la fiereza de mi deseo,
Envuelves en saliva dulce
La seda que te invade urgente
Mientras con avaricia te beso,
Tu cuerpo beso abierto en dos
Antes de invadir la fortaleza;
La que caliente de furor espera
Para dejarme eternamente preso.

En tu torre me dejo aherrojar
Entre orquídeas embriagadoras,
Estremecido por tu caricia
Entregándote mi sangre cancelada
A tu sagrario de misterio y vida;
Que lo medites una noche sin fin
Y me devuelvas la memoria eterna.

Misterio irresoluble es tu cuerpo
Destino de mi destino añorado
Estación final donde arribar salvo;
Confundiendo mis licores con amores,
Cegandome para el mundo estrecho
Convirtiéndome en dios en el tuyo ancho,
Haciéndome rey de tu universo solo.

lunes, 10 de noviembre de 2014

DIOSA DE FUEGO


Clávame tu mirada,
Tu palabra de acero hunde
En el misero deseo
Que me transpira la piel.

Arrastra tus garras ansiosas,
Dibuja en rojo caliente
Mis fantasías más sucias,
Mi entrega a tu antojo
En mi regazo de miel.

Encadename a tus bucles,
A tu antracita brillante afilada,
Que mi ruego de clemencia
Te haga querer castigar,
Con lubrica saña perversa
Mi soberbia de buscar
En las simas de tu carne
Luminosa eternidad.

Humedad de lava ardiente
rebosante de calor,
Me estrecha en abrazo de fuego;
Rojo vivo da en mis ojos,
Derretido de acunarme,
Fulgurado de besarme.

En tu puerta arrodillado y beber
Tu licor de vida eterna,
Olvidado de la muerte
Postrado a tu santidad
Y entregado en sacrificio
Para, inundando tu altar
Alcances la gloria eterna,
Y...
En ella me lleves reo
De mi delito mayor:
Amarte por encima de otro dios
Que sola una diosa adoro
Una diosa que es amor.



viernes, 3 de octubre de 2014

CRUDO, GROSERO..., REAL

Como una puta airada
Un bujarrón taimado
Limpíandose lefa del culo
Con el primer papel abandonado;
La zorra se mira su agujero
Para saber si puede seguir
O tiene que darse al desespero.

Espera el cliente ansioso
Follarse al uno o al otro,
Da igual lo que se joda
Con tal que esté caliente y lata,
El intachable padre de familia
se abre su bragueta
y casi sin culpa ni dolo
Le da igual que sea el marica solo
O que la puta quiera
Quizás ser la primera
Para cobrar antes que el otro
La soldada de la carne
Que dé de comer a su prole
Y le legítime el trabajo,
Que el maricón solo folla por vicio
Aunque cobre como ella la pasta
Para gastarla en el bingo
Junto a la puta fina
El cura julandrón
O el ama de casa desesperada
Porque su marido no llega...
Y el marido es el que espera
El maricón o la puta
Tanto da...
Se cobran además de la lana
La leche cuando les viene en gana,
Por la boca o por el culo
Eso, lo saben los dos
Depende de la manteca
Qué el cabrito les endilgue
Y lo digno y sutil que él se sienta.

Ahí quedan la maricona y la puta
Dando caladas de muerte
Al fortuna del pagano
Qué ahora que se ha corrido
Piensa que a lo mejor la mano
No le hubiera pedido guita
Esa que era para el regalo
Del cumple donde le espera
Su pequeño disgustado




viernes, 27 de junio de 2014

DEPRAVACIÓN HORRENDA




Sórdido desván de un infierno helado,
Piel prestada a un demonio envenenado,
Violenta conquista de una plaza entregada;
Sufre la dulzura de la venganza,
Las entrañas se te rajen del dolor ansiado
Bebas el licor podrido del triunfo
Cárguete de cadenas tu dueño.

Has deseado con furia entregar la torre,
Y te has visto violentado con horror
Pides que se prolongue la agonía,
Suplicas ser despedazado en estrellas,
Entregado a las bestias que te deshagan
Consumido en una orgía de sangre y dolor
Marioneta en manos de quien te desprecia.

Vives el suplicio de la entrega sin ley,
Ansiando ser arrebatado por trasgos
Que te usen como carne despreciable.
Repelan tus ruegos de piedad llorosa
Exigiendo el castigo como premio,
Pestilentes deseos que nunca colmas
Avidez escatológica que todo lo cubre.

No hay perdón ni purga a tu recuerdo,
Tu historia se leerá en tu piel ajada
Que mancillara todo el que no vomite,
Cuando repulsivo te ofrezcas en sacrificio
Te escupirán, te orinarán y darás gracias,
Rechazarás iracundo la redención
Enseñando pezones sangrientos de placer.

Has elegido el dolor y el desprecio,
Con descaro te exhibes y escandalizas,
Te desgañitas pidiendo argollas y cadenas
Perforaciones que te encadenen al sheol,
Mutilaciones para enseñar depravación
Cadáver viviente para uso y desecho
Nadie se acordará de ti. Nadie.






viernes, 11 de abril de 2014

INGENUIDAD



La calle céntrica de una tarde domingo estaba desierta. Al doblar una esquina a menos de veinte metros y caminando despreocupadamente una figura de no muy alta estatura.
Hacia calor la tarde de aquel Agosto, un calor sensual que hacia que el sudor resbalase por el pecho y el abdomen hasta perlar el vello del pubis.
Le vi al doblar la esquina, mirando de forma excesivamente afectada de casualidad a derecha e izquierda. Tuve que seguirle.
La calle a las seis de la tarde de un caluroso verano estaba silenciosa y hasta la pisada más muelle retumbaba en las paredes. Rápidamente se dio cuenta que alguien andaba tras de él. Miró por encima de su hombro de manera fugaz para repetir la mirada otra vez pero a la cara, de forma insolente, con el descaro y la inconsciencia que dan los pocos años. Bello como un efebo, y canalla la mirada como de la un asesino sin alma, ralentizó el paso indagando mis intenciones. Un escaparate absurdo de paquetes de café y latas de conserva descoloridas de tantas tardes de sol inclemente fue mi endeble coartada. Por el rabillo del ojo y la tembladera aposentada en las piernas, el estomago amenazando con salirse, curioso, por la boca, pude ver que se detenía de escorzo y me miraba descarado. Hacia calor en ese verano, ya lo he dicho, pero el sudor que comenzó a resbalarme por las sienes no era causa solo del sol y me empapaba el cuello de la sahariana. No me atreví a moverme. Ni moscas había en la calle torturada del sol. Haciendo un esfuerzo de valentía giré unas décimas de grado la cabeza y pude observar, retorciendo las bolas de los ojos, como el muchacho se frotaba débilmente aquella parte del pantalón que a los varones nos está vedado mirar de frente sin correr el peligro de que nos etiqueten. Transcurrieron décadas de extatismo en las que el escaparate quedó congelado en el tiempo conmigo delante y el dios encarnado a escasa distancia sonriendo de forma desvergonzada sin mover ni un músculo más que el de su mano resbalándola sobre su bragueta. Era preciso que me moviera, no podía permanecer mas tiempo de aquella forma, me deshidrataría de tanto sudar, pero, si iniciaba el movimiento ¿hacia donde? Hacia él sin saber cual podría ser su reacción, quizá era además de bello, un ratero dispuesto a golpearme y dejarme tirado en el arroyo, y encima eso me excitaba. Dándole la espalda mandándole el mensaje de que no quería saber nada de él, que todo no era más que un maldito malentendido tácito, pero esta opción me provocaba dolor por lo que suponía de abandono de la contemplación del ser más bello que jamás había contemplado. La vista empezó a nublárseme por mor de las gotas de sudor que saltaban las barreras de las cejas y ya caían como chorros de hirviente plomo sobre mis ojos. Comencé a restregármelos y abandone mi postura de absoluta quietud girándome por puro instinto hacía el lugar en que mi observador, dueño de la situación me miraba entre divertido y curioso, pues haciendo ese giro me hurtaba a los rayos del sol directos a los ojos. Con los ojos cerrados no me percaté de lo que se me venía encima. El efebo, más bonito aún que el de Antequera, se había acercado a mí hasta hacerme sentir su aliento, un aliento calido, a tabaco fresco y menta. Abrí los ojos con dificultad, pues aún me escocían por el sudor y allí estaba parado delante de mí, sonriéndome de forma adorable y envuelto en una especie de nube que le difuminaba los contornos y hacía de sus bucles rubios una corona de filamentos de oro. Era más alto que yo, lo suficiente para hacerme sentir pequeño y la piel de sus mejillas impoluta de perfección dejaba adivinar un bozo de lo que en su momento sería una barba cerrada. Pensé que era muy pequeño y temblé aún más, pues ni nunca he sido pederasta, ni quise serlo nunca y aseguro que no lo seré nunca, el tener hijos le hace a uno plantearse determinados conceptos desde su correcto punto de vista. Cuando abrió la boca Eros, una rendija oscura y cálida quedó enmarcada entre dos corales carnosos y húmedos. Él hablaba pero yo estaba solo hipnotizado por su boca tierna y sus ojos de un color turquesa indefinible sin poder escuchar lo que me quería decir. Finalmente sentí que me zarandeaban los hombros y vine en mí. Le tenía a él delante iluminado por el sol que calentaba a mis espaldas y con cariño me preguntaba si me pasaba algo. La conversación que se produjo a continuación la grabé a fuego en mi memoria y no creo que pueda volver a olvidárseme jamás.

- ¿Le pasa a usted algo? – zarandeándome de los hombros.
- No, no – balbuceé como pude – me ha entrado sudor en los ojos.
- Lleva usted mucho rato delante de ese escaparate, debe haber algo interesante.
- No, que va, solo que me paré a descansar, hace calor. Usted…, bueno tú, eres muy pequeño para mi edad, seguramente menor, pues eso, que también estabas ahí parado, me ha parecido ver.
- Si, estaba observándole, porque creí que me seguía, con aspecto de desearme. Y no, no soy menor. Ayer cumplí mis dieciocho, de manera que no habrá inconveniente…
- ¿Inconveniente? – Alcancé a sacar un hilo de voz – inconveniente para qué.
- Para venirse a la cama conmigo. Eso es lo que quiere, ¿no?, para eso me estaba siguiendo. Si no tiene donde llevarme, a unas calles de aquí hay una sauna que es para estos menesteres. Eso sí la entrada habrá de pagármela, yo ando mal de liquidez. 
Me le quedé mirando incrédulo y aterrorizado - La mirada había perdido su rasgo descarado para convertirse en inocente, o quizá falsamente inocente - y no pude por menos que preguntarle.
- Pero, si tiene los dieciocho cumplidos de ayer, cómo sabes todas estas cosas, de la sauna y para lo que vale.
- Porque desde los quince estoy haciéndolo, no como chapero, por favor, ni me hace falta ni nunca se me ha ocurrido, porque me gusta sobre todo observar como gozan los demás, porque en realidad el placer que yo saco no sería motivo para buscar encuentros, pero ver como el placer se hace carne en otros me subyuga y solo anhelo poder llegar a sentirlo de igual forma algún día. Quizá con una chica pudiera llegar a sentirlo, no sé, pero no estoy capacitado para entablar relación con chicas, no he aprendido, solo se acercarme a hombres, eso se me da bien, ya te habrás dado cuenta. Pero soy joven aún, tiempo habrá para todo. Pero no me has contestado, quieres que te de placer o no.
Mirándole a los ojos de ese turquesa que solo reclama que se zambulla uno en ellos y se interne hasta sus profundidades sin importar si se ahoga en el intento y bajando la vista hasta contemplar la deformación que en el pantalón de lino blanco tenue le provocaba lo que desde dentro empujaba y dejaba entrever de color rosado y tenso solo pude temblar y afirmar con la cabeza que de acuerdo, que estaba deseando ir con él. El gaznate lo tenía ya como la estopa.
Iniciamos el viaje, casi iniciatico para mí, callejeando entre edificios viejos y casas remozadas de rentas supercaras. El paseo me relajó por completo y me atreví a preguntarle el nombre.
- ¿Cómo te llamas?, yo Eduardo.
- David, cómo el David de Miguel Ángel. Hay quien me ha dicho que incluso mejor que él.
- Yo te enseñaré lo que es placer, David, para que no vuelvas a ser espectador de ti mismo y goces más que aquel al que prestas tus encantos – me atreví en un rasgo de generosidad a protegerle enseñándole todo aquello que yo sabía, que no era poco.
No contestó, pero me miró con unos ojos en los que me pareció descubrir una sombra de sorna, superioridad o desprecio, que luego, rememorando comprendí que mi instinto no me había defraudado, era más de superioridad que de desprecio, pero en ese instante todo mi interés se centraba en llegar a la sauna y ejercer de maestro que goza enseñando a su pupilo y le hace gozar aprendiendo.
Al doblar una esquina umbrosa y fresca a pesar del calor reinante apareció una puerta discreta y perfectamente camuflada con la fachada que era la de un edificio al que parecía que iban a restaurar de un día a otro. Un timbre escondido, una, dos pulsaciones seguidas y la puerta con un sonido metálico se abrió. Me invitó a pasar y me siguió él empujándome suavemente por la zona que media entre el fin de la espalda y el inicio del trasero. Me hizo estremecer por la forma tan erótica como lo hizo. Entramos en una especie de esclusa acristalada desde la que se divisaba todo el local y que una vez cerrada la puerta de la calle quedaba estanca hasta que alguien decidía que quería abrir la que daba acceso al local. Algo que se hizo cuando hizo acto de presencia una especie de Conan en tanga que ocultaba un monstruoso bulto apenas contenido en el textil y que hacia sospechar que no fuese más que una prótesis intimidatoria.
El susodicho Conan con voz de ultratumba, algo afectada, nos dijo, no sin antes guiñar el ojo a David, que de eso si me di cuenta, que eran cien por cada uno. Me mostré sorprendido y estaba dispuesto a decir que no tenía tanto dinero encima cuando David, pasándome la mano por el trasero de forma muy aterciopelada, me susurró al oído que aceptaban tarjetas. Cuando la mano del muchacho comenzó a insinuarse por la entrepierna intentando acceder a más oscuros lugares no tuve objeción alguna en tirar de cartera y sacar una reluciente VISA que hacia años que no utilizaba. Pensé que como París bien vale una misa, David bien valía una VISA.
Una vez detraída de mí cuenta la cantidad solicitada, el Conan le dio a David una llave con distintivo verde y a mi una con distintivo rojo haciéndome saber, que David al parecer estaba al cabo de la calle, que el distintivo de color hacia referencia al color del vestuario donde cada uno tenía su taquilla para cambiarse. Una sospecha irritante comenzó a enraizar en mi corazón.
Entramos cuando Conan nos franqueó la entrada a las entrañas del local y apareció antes nuestros ojos el vestuario color rojo. David, se acercó, me dio un beso en la mejilla y me deseo que lo pasase bien en el área roja.
- ¿Área roja? Pregunté extrañado.
- Si, es la de los carrozones crédulos que pagan las saunas de lujo a los yogures como yo. Encontrarás gente así como de tu edad, dispuesta a darte placer del que disfrutáis vosotros a vuestras edades, ya sabes, scat, pissing y porquerías de esas, podrán azotarte, atarte y putearte hasta limites imposibles de determinar. Pero eso es con lo que disfrutáis vosotros ¿no?
- Pero tú, yo…, creía… - estaba completamente abrumado.
- Yo voy a la zona verde, donde hay gente de mi edad y donde todas esas cosas que te he dicho antes se hacen, claro, pero son caras, muy caras. No me digas que no te apetecería mearte en mi boca, sería cojonudo, claro a cambio de mil euros, eyacular en mi boca tu semen de viejo, dos mil y si quieres que me lo trague, diez mil.
No estaba entendiendo nada de nada y David cada vez se alejaba más de la puerta del vestuario rojo.
- Bueno luego nos veremos en tu zona – acerté a decirle a modo de despedida.
- ¿En mi zona, en la verde?, vale, pasa por caja y Doris te dará entrada a zona verde, la de los menores de veinte años, solo son otros mil euros. Ahora eso sí, somos complacientes en dejarnos tocar, solo tocar, por ese precio, si quieres algo más hay que pasar por caja, o qué crees ¿que te ligué por tu cara bonita?, tenías aspecto de tener pasta tío. Si no eres muy exigente por cinco mil lo vas a pasar bien, ten en cuenta que hay colegas que además del negocio el vicio le pone muy brutos y llega un momento que perdonan la caja.
- Entonces, tú y yo, no puedo, ni un roce, ni un toque, por pequeño que sea…
- Pasa por caja, carroza. O entra a tu zona, de verdad que hay viejos que hacen de todo y se dejan hacer de todo, el vicio es brutal, puedes hasta clavar clavos y es gratis.
Dejé que la puerta del vestuario rojo se cerrara y me senté en un banco desolado; me habían tomado de primo y me lo había creído. Cuando estaba decidido a salir de allí asumiendo el peaje de los cien euros por mi lujuriosa estulticia, la puerta se volvió a abrir y entró un gordo que desbordaba de grasa por todos sus puntos cardinales. Cuando abrió su taquilla para empezar a desnudarse hice intención de salir pero la puerta no se abría, entonces me informó.
- Esa puerta ya no se abre hasta que no acciones la puerta que da salida a este vestuario a la arena que es como lo llamamos. Es decir tienes que desnudarte, entrar y volver a salir hacia el vestuario para poder abrir desde dentro la puerta de salida. Es complicado, pero obliga a entrar y mirar al menos. Luego siempre te alegras de no haberte marchado sin comprobar que se cuece dentro.
Una vez desnudo el gordo abrió la puerta y se metió en la arena como le llamaba. Hice intención de hacer lo mismo pero una voz me advirtió que sin desnudarme no se abriría la puerta. A regañadientes me desvestí, guardé la ropa en la taquilla cuyo número figuraba en la llave y entré.
Todo estaba iluminado en rojo, toda la decoración asumía ese color, absolutamente todo. Una de las paredes del local, que era amplísimo y cuajado de camas y espacios con duchas, sin ninguna separación, para que todos pudiesen ser espectadores de todos, era de cristal, como una pecera. Al otro lado todo era de color verde. Pude ver a David dedicado a lamerle el ano a un anciano decrepito que por su cara gozaba como jamás pensase poder hacerlo. Un hombre maduro y alto de proporciones grandes en todos sus miembros sodomizaba a mí David mientras él lamía el culo del vejestorio. Me quedé pegado al cristal, hipnotizado con la imagen. Un ser tan angelical dando un beso negro a un viejo de aspecto asqueroso y dejándose sodomizar sin signo alguno de molestia por una persona que no diferiría de mi edad si acaso uno o dos años.
Estaba absorto contemplando la escena cuando alguien desde detrás me agarró los testículos con firmeza por la raíz que los sujeta al pene y los atrajo hacía atrás. Lancé un grito de sorpresa, más que de dolor, pero la presa estaba hecha y no parecía el captor dispuesto a soltarla. Inmediatamente comenzaron a azotarme con una correa las nalgas y empecé a notar como mi miembro empezaba a responder positivamente a la pena. Cara  al cristal pude observar como David levantaba la vista y me sonreía haciendo gestos de que disfrutase de todo que él ya lo estaba haciendo. Un viejo de carnes fláccidas se puso bajo mis piernas y comenzó a lamerme, mientras el que me sostenía los testículos por detrás comenzó a atármelos con una cordón grueso de algodón, de forma que ahora podía tirar de ellos desde detrás a distancia y hacerme caminar hacia detrás so pena de arrancármelos. Empezaron a tirar de mí hasta una especie de poste que había en medio del salón del que salían diferentes tipos de espigas. En una de ellas la que mas  peligrosamente se acercaba a mi ano, a medida que me arrastraban a ella, le insertaron un dildo de buenas proporciones. El cordón, lo pasaron por una hendidura del poste que lo atravesaba de parte a parte y siguieron tirando de él hasta que consiguieron insertarme en el ano el dildo, sin que pudiese retirarme porque el cordón que me ataba los testículos no dejaba de hacer fuerza contraria.
Volvieron a empezar a azotarme las nalgas con relativa fuerza de forma que al intentar rehuir el latigazo sentía como el dildo cobraba vida dentro de mi cuerpo. Al principio eso dolía, hasta que dejó paso a un placer que nunca había experimentado de manera que a pesar de los latigazos o precisamente por ellos comencé a contonearme para que el estimulo del dildo en mi cuerpo fuese más intenso. Empecé entonces a expulsar de forma lenta, como se desborda la copa que no para de caerle la gota, el liquido preseminal. Nunca le había visto salir en tal cantidad y los que se percataron de ello no lo dejaron pasar, se abalanzaron sobre mi miembro a bebérselo. Se empujaban compitiendo por ver quien conseguía más cantidad y hacían que el glande se me estimulase peligrosamente deseando una eyaculación inmediata. Pero cuando fui a echar mano a mis genitales unas poderosas tenazas me levantaron los brazos y me los esposaron a una argolla que para este efecto debía estar atornillada en lo alto del poste, de manera que quedé inmovilizado sin defensa alguna; ensartado por el ano y esposado por las muñecas con los brazos en alto. Cuando pensaba que entonces vendría lo bueno cada cual se dedicó a lo que quiso dejándome a mí de estatua de carne en medio de la bacanal. El dildo empezaba a molestar en el ano y me quejaba a voz en grito, hasta que el cordón que me aprisionaba los testículos cedió y pude sacar mi cuerpo de la presa, pera era solo una ilusión. Inmediatamente alguien trajo un dildo más grande aún, brutal, imposible y lo insertó en la espiga para sin mediar más espacio empezar a sentir la tracción de los testículos obligándome a recular hasta albergar en mi ano aquella verga artificial que debía pertenecer a un gigante. Pero entró, con dolor y temor a ser desgarrado, pero entró y el placer volvió a hacer acto de presencia. Me sentía lleno y deseaba que alguien me metiese algo aún más grande. Empecé a mover el culo de forma voluptuosa y sentí que volvía a echar esmegma por el pene que los que pasaban por allí se encargaban de lamer y sorber.
Cuando estaba exhausto y ya no podía más, creía que me iba a desmayar de agotamiento y de placer sucedió lo imprevisible. El cordón empezó a aflojar y me salí del dildo sin dejar sueltas las manos que continuaban enganchadas al poste. El mismo que cambiaba los dildos vino con una barra de hierro con dos argollas para los tobillos, para obligarme a abrir las piernas sin  que pudiera cerrarlas. En aquella posición vi acercarse a David, pero no podía ser él, estaba en la sala verde, pero al acercarse comprobé que si se trataba de él. Traía las manos enfundadas en guantes de veterinario. Yo ya lo había visto en alguna película y me pareció imposible, ahora sabía que posible o no, yo lo iba a averiguar de un momento a otro en mi propio cuerpo. Me saludó con sonrisa maliciosa.
- Tú querías hacértelo conmigo y de una forma u otra lo vas a conseguir – acto seguido se agachó entre mis piernas.
Otro efebo de similares características pero moreno de rasgos semitas le acompañaba con una lata con algo que podía ser vaselina de color marrón. David se embadurnó de aquella grasa las manos y comenzó a trabajarme el ano. Yo creía que en ese momento iba a morir eviscerado pero gozando y además lo deseaba. David era experto y pronto consiguió meterme el puño entero y luego reptando dentro de mi cuerpo como una serpiente morbosa consiguió que desapareciese dentro de mi hasta la mitad de su antebrazo. Cuando creía que estaba todo hecho y a punto de experimentar el orgasmo del siglo, me desataron los pies pues ya no iba a intentar defenderme del puño penetrante, berreaba a gritos que me metiese hasta el hombro. Y luego la presa de las manos empezó a ceder de forma que llegué a quedar sentado en el suelo colgando de las argollas. Aquel artilugio siguió cediendo y entonces entre David y su amigo fueron tirando de mí hasta quedar tumbado boca arriba, con  los testículos debajo de las nalgas literalmente machacados, pero al abrirme las piernas y hacerme flexionar las rodillas para exponer el ano el amigo de David me liberó los testículos algo. Fue entonces el moreno semita el que comenzó a meter el puño, primero uno, con paciencia, despacio y luego las dos manos en posición de plegaria hasta perderse dentro de mi cuerpo las dos muñecas. Me estaba muriendo de placer doloroso y vicioso. Nunca, ni en mis sueños mas imposibles habría soñado ser yo el protagonista de aquella orgía.
Entonces David, al que no veía hacía unos minutos se colocó sobre mi cabeza y comenzó a orinar, erecto como estaba, sobre su amigo moreno que mientras me metía sus manos en mi cuerpo abría la boca, ansioso de recibir la orina de su amigo. Sin saber cómo me escuché rogándole que me mease a mí en la boca lo que no tardó en hacer. Abrí la boca y un chorro amargo, caliente y salado comenzó a entrar en mí. Tragaba aquel líquido y gozaba pidiendo más puño en mi culo.
- ¿Quieres algo más carrozón vicioso? – me preguntó cínico David.
- Lo quiero todo – le contesté, y en ese todo yo ya sabía lo que iba.
- Tú me lo has pedido, no te quejes luego.
Comenzó a arremolinarse la gente al grito festivo de “scat”. Aplaudían a David y no perdían ni una imagen de lo que allí ocurría.
David se agachó sobre mi cabeza haciendo coincidir su ano con mi boca. Primero me lo paseó bien restregándolo por los labios. Yo sacaba la lengua intentando penetrar con la punta hasta lo máximo. Luego se levantó unos centímetros sobre mi boca y empezó a apretar.
- Te va a entrar la mierda en la boca como si de una polla grande se tratara y la vas a mamar.
- Si, por favor - le contesté - dámelo todo.
Vi como su ano comenzaba a abrirse y a teñirse su centro rosado de un color negro amarronado. Cerré los ojos y dejé que sucediera como tuviese que ser. David se dio cuenta.
- Abre los ojos y la boca carrozón, y disfruta de este placer de dioses. Come mierda, maricón.
En ese momento de la posición de cuclillas que estaba se levantó hasta la posición de luchador de sumo. El bolo de heces grueso y humeante comenzó a salir por su ano sin desmayo. Abrí la boca, pleno de una mezcla explosiva de excitación, asco y deseo, al tiempo que sentía como el moreno semita me hacía hervir las entrañas con sus manos. Cuando parecía que el bolo iba a caer, David se echó las manos y lo sujetó como si de un bastón se tratase. Entonces sí, con rabia y saña, me ordenó que abriese bien la boca y me metió el zurullo entero dentro haciendo como si fuese un pene, dentro, fuera, dentro, fuera. Yo chupaba aquello caliente que daba sabor amargo a hígado crudo y gozaba porque en el fondo no era nada repulsivo, más bien era deseable. Cuando más entraba y salía de mi boca su mierda más la deseaba hasta que la dejó caer dentro de la boca obligándome a comerla. Luego se sentó sobre mi cara para que le limpiase el ano de los restos. En ese momento mientras lamía el ano perfecto de David de sus heces el amigo moreno semita algo hizo dentro de mí que me recorrió un calambre inconcebiblemente doloroso todo el cuerpo estallándome en la punta del pene provocando un surtidor de semen al que los presentes se abalanzaron como el naufrago al agua dulce. En ese momento escupí los restos de heces de la boca, las esposas se me soltaron como por ensalmo, así como los testículos que quedaron doloridos y libres. Me dirigí a la ducha más cercana haciendo arcadas del sabor a mierda y David y su amigo me siguieron para ducharse también.
Ya bajo el chorro, David me confesó que tenía veintiocho años pero daba el pego de menos y le gustaba ese rollo del engaño al madurillo en busca de aventura y de paso demostraba que todos son capaces de todo, solo hay que dar las condiciones adecuadas.
- ¿Habrás disfrutado?
- Eres un cabrón con pintas, ¿nadie te lo había dicho?, pero sí, he disfrutado como nunca y es más, mira que tengo nauseas de tu mierda, pero ya estoy deseando repetirlo en cuanto se den las condiciones. ¡Joder tíos, que pedazo de viciosos sois! Por cierto, vosotros no os habéis corrido.
- La próxima vez nos correremos los dos en tu boca después de lo de la mierda y así la tragarás con sabor a semen interracial. Ese día te cagará mi amigo palestino, si es que no quiere que le cagues tú a él, porque cuando esta salido no tiene ningún limite, y ninguno es ninguno.
- Y hoy, ¿estaba salido? – pregunté con curiosidad.
- Medio aburridote estaba pero como es competente ha sabido comportarse.
Terminamos de ducharnos, nos despedimos con un fuerte apretón de manos y cuando salía para mi vestuario me llamó otra vez.
- ¡Ah, perdona! Si me ves algún día por la calle con una tía de bandera, es mi novia, ni me saludes, se mosquea con el viento y ya me ha dicho que mis devaneos bisexuales le sacan de quicio.
- Descuida, chaval. Ya nos veremos por aquí otro día.
- No será tarde, te lo aseguro, el scat es una droga dura, engancha más que el caballo. Te lo digo porque me lo enseñaron hace muchos años y me cuesta no practicarlo tanto de activo como de pasivo que también me encanta.
- Hasta otra.


viernes, 22 de noviembre de 2013

TEORIA DE LA RELATIVIDAD




Caminaba a buen paso con cierta premiosidad, los hombros caídos y la cara algo contraída. A las siete y media de la mañana no era lógico que me lo encontrase por la calle Larga camino del río. Juan Jesús era de los que se acostaba tarde, a veces muy tarde, por razón de su dedicación y por ende se levantaba más tarde aún.
Juan Jesús de cuando en cuando asistía al nocturno en el que su abuela, con la que vivía, le obligaba a matricularse. Desde que sus padres se dieron esa hostia impresionante contra un árbol por hacer mientras conducían lo que no se debería hacer más que en una cama. El forense se lo dijo a su abuela con la frialdad y desapasionamiento propio del que está tratando con carne picada.
- Mire señora, yo lo siento mucho, pero la mujer se la estaba mamando al hombre y eso debió despistarle. Aún había semen en la uretra y en la boca de ella, lo mismo.
La abuela de Juan Jesús se desmayó y el muchacho con diez años pareció no entender nada, hasta que preguntando a unos y otros comprendió lo sucedido y en un rincón, de una iglesia medio derruida de las afueras, una especie de ermita, se deshizo en lágrimas de profunda pena.
Fue cuando a Juan Jesús le empezó a entrar la rebeldía y a hacer pellas. La abuela no daba abasto a ir a hablar con los tutores.
- Juan Jesús está muy levantisco, señora. Comprendemos que por lo que ha pasado no es ninguna broma, pero las primeras semanas después del accidente estaba algo taciturno pero obedecía, y es que ahora se opone a todo, por oponerse, hasta en las cosas más nimias, es rebelde.
La abuela Paula, le disculpaba como podía y luego en la casa, le reconvenía con todo el cariño que podía, pero Juan Jesús parecía que respondía de forma paradójica; cuanto más cariño ponía la abuela en el empeño, más rebelde se volvía Juan Jesús.
Al chico siempre le intrigó que placer podía encontrar su madre en chupar la polla de su padre y desde luego lo del semen no entendía bien a que se refería. Él a veces se acariciaba su sexo, le proporcionaba placer, como un estremecimiento que le dejaba sin fuerzas y nada más. Aquello le martilleaba y en sueños veía a su madre recostada en el regazo de su padre mientras éste conducía y ella se aplicaba a acariciar con su lengua el sexo, que el suponía enorme, de su padre, haciendo una extrapolación mental del suyo que no tenía mal tamaño.
Le cogió ley a aquel rincón donde regó con sus lágrimas de niño, limpias y dolorosas, la peripecia de sus padres que tan trágicamente terminó. Muchas veces se quedaba dormido soñando que su madre le llevaba de la mano al colegio como cada mañana y como los dos, padre y madre le recogían y le llevaban al parque o al cine y luego le compraban alguna chuchería. La imagen de lo que para un crío de diez años es la felicidad.
Uno de los días que estaba placidamente reviviendo en sus sueños su vida de felicidad, sintió que llovía y se despertó sobresaltado. Y no era lluvia.

- ¿Donde vas tan temprano Juan Jesús?
De acera a acera, pregunté al muchacho, ya un hombretón de veintidós, que donde iba tan temprano.
- Voy al hospital. Mi abuela se cayó ayer, limpiando la cocina y se ha partido una cadera. Solo me tiene a mí.
- Que haya alivio.
- Gracias.
Y siguió a su buen paso de sus veintidós años cuesta arriba camino del río donde debía coger el trasporte que le llevase al hospital a ver a su abuela.
Recordé entonces como le conocí y como me contó lo que yo ahora cuento.
Mientras estaba sentado contra una sabina centenaria de aledaños de la marisma pergeñando unos pocos versos que aliviasen mi torturado espíritu de libertad constreñida, por el trabajo, la familia, las relaciones y las miserias humanas, no reparé que una especie de ángel de ensortijado cabello castaño y relajado rostro triste se me acercaba. Solo cuando me ensombreció mi lugar con su figura levanté la vista y le vi resplandeciente a contraluz.
Era bellísimo. Rala barba de días, la camiseta en la mano dejando a la vista un torso digno del David de Michelangello y el vaquero suelto a las caderas insinuando un pubis del se escapaban unos cuantos vellos azabaches. Todos ello retroiluminado por un sol de atardecer componían una imagen que habría hecho descomponerse a cualquier mujer. A mi sencillamente me alegró ver una imagen tan perfecta. La belleza es un vicio adictivo, venga en el envoltorio que venga.
- Hola – le dije entornando los ojos para que el sol que se escapaba por entre sus guedejas no me deslumbrase, al tiempo que cerraba mi cuaderno y depositaba al lado el bolígrafo - ¿Qué te trae por aquí?
De naturaleza he sido siempre muy confiado. Me gusta confiar en el ser humano; “se” que el ser humano es bueno y bello de corazón por naturaleza. De vez en cuando gusta de reflejar esa belleza con pintura rojo sangre con los dedos como pinceles pero no son más que explosiones extemporáneas de una naturaleza rabiosa porque no encuentra su ideal. Soy dado a las disculpas, sobre todo si el disculpado soy yo.
- Nada, dando una vuelta, nada más. ¿Y tu que haces? Esto está muy solitario. ¿Buscas algo?
- Estoy escribiendo sin ruidos, sin alteraciones, para dejar volar la imaginación.
- ¿Se puede leer lo que escribes?
- Pero antes, tendré yo que saber con quien estoy hablando. Me suena tu cara de haberte visto antes.
- Me llamo Juan Jesús. Vivo con mi abuela, mis padres murieron en accidente…
Se quedó callado y le vi brillar una lágrima huidiza en los ojos. Apartó la cara y con la camiseta que llevaba en la mano se secó la nariz después de sorber las lágrimas que se le escapaban por no haberlas dejado rodar por sus mejillas.
- Y… - le invité a seguir con su historia.
- Nos van a cortar la luz. Mi abuela no le alcanza lo que cobra de viuda, y la indemnización que me correspondía por el accidente me la negaron por conducción temeraria.
- ¿Iba haciendo el loco tu padre…, o tu madre?
- No…, me da vergüenza decirlo
- No te lo voy a preguntar entonces. ¿Cuánto dinero es la luz?
- Sesenta euros
Saqué la cartera y le di cinco billetes de veinte. Nervioso como un quinceañero antes de dar su primer beso los cogió y los paseo de una mano a la otra, sonriendo nervioso y sin saber que hacer hasta que se los guardó en un bolsillo. Luego se sentó a mi lado.
Entonces no pudo reprimir el llanto. Le manaba mansamente de los ojos y ni se molestaba en limpiárselos. Le dejé que se desahogase esperando su efusión de agradecimiento, pero en lugar de eso ocurrió lo que nunca hubiera imaginado.
Con torpeza me colocó su mano sobre mi bragueta. Le miré interrogativo y con toda la delicadeza que pude le retiré la mano.
- ¿Porqué has hecho eso?
Empezó a llorar otra vez y se levantó de un salto.
- ¿No me has dado el dinero para que te la mame?
- No. Nunca he pagado a nadie por sexo, ni a hombre ni a mujer y te he de confesar que he tenido sexo con los dos. No voy a negar que sexualmente seas apetecible, pero así, chaval, de ninguna manera. No juzgo si ser chapero sea bueno o malo, pero yo tengo que saber previamente cuales son las intenciones y las mías para contigo no son sexuales. ¿Sabes? Yo con menos edad que tu, fui chaperito de lujo, de curas y aristócratas sobre todo, de manera que no me escandaliza lo que has querido hacer, pero la relación ha de ser consentida en todos sus aspectos. Además, estoy casado, no estaría bien. Tengo hijos de tu edad…
El chico literalmente se hundió en mi regazo, se abrazó a mi cuello llorando y diciendo “Papá, Papá”.
No voy a negar que al sentir el calor juvenil sobre mí, el cuerpo animal reaccionó, pero no me vendí al placer fácil. Le separé de mí, le di un par de besos en las mejillas, le seque las lágrimas con mis pulgares y le invité a irse a su casa a darle el dinero a su abuela.

Abrió los ojos intentando que no le entrara el agua, agua que le resbalaba por la cara y al contactar con los labios le supo salada y acre a un tiempo. Con los ojos entornados vio tres figuras cerca de él que le estaban orinando festejando la ocurrencia con grandes risotadas.
Les conocía. En el colegio le perseguían y eran especialmente crueles con él.
- JJ, a ti también te gustará mamarla como a tu madre. Y se reían de él los más mayores. Juan Jesús solo sabía apretar los dientes y llorar.
- Un poco maricón si es el chico, solo sabe llorar como las niñas – le decían los que ahora le orinaban encima.
Se intentó levantar de su rincón pero le empujaban a que siguiese sentado.
- Que aún no hemos terminado de mear, maricona.
Juan Jesús se defendía de aquella lluvia como mejor podía apartando la cabeza pero empapándose la ropa. Lloraba amargamente por la humillación y porque no sabría como explicar plausiblemente la razón de la mojada con olor tan peculiar a su abuela. Le daba vergüenza que se supiese que le habían meado, pero más vergüenza aún el que no hubiese tenido los redaños suficientes para haberse liado a golpes con aquellos tres zagalones que tan cruelmente se divertían de él.
Hasta que sucedió.
- Ya que la tenemos fuera – profirió uno de los tres verdugos – que nos la mame.
- Eso, que nos las mame, el mariconazo este; le vamos a hacer un favor, seguro que le encanta como a su madre.
Y Juan Jesús se vio de repente con un pedazo de carne en la boca que cada vez se hacía más grande y que por mor de las embestidas de su dueño le atragantaba y le provocaba arcadas. Y entonces supo a que se refería el medico aquel tan desagradable cuando le habló a su abuela Paula que se encontró semen en la boca de su madre. Era algo tibio, grumoso y de sabor desagradable, algo salado y soso al tiempo. Le provocó tal asco que vomitó todo lo que llevaba en el estomago. Como premio recibió una sonora bofetada de uno de los violadores por haberle alcanzado con el vomito en las deportivas nuevas que llevaba y la sudadera de marca. Pero no por eso los otros dos renunciaron a su ración de salacidad. La misma operación se repitió y a Juan Jesús ya no le quedaba más que echar que las babas del estomago y la garganta por la agresión de la carne dura violando su cuerpo a través de la boca.
Cuando le dejaron solo, vilipendiado y lloroso, anduvo remoloneando por las afueras del pueblo hasta que la ropa se fue secando y el estomago se le fue asentando. Llegó tarde a la casa y la abuela le reconvino.
- He estado cogiendo nidos y se me ha echado la noche encima.
- ¿Y esa peste a meaos que traes?
- Me caí a un charco, abuela, lo siento.
Por la noche, ya limpio y en la cama le ocurrió algo incomprensible. Rememoró lo sucedido en la ermita derruida y su pene reaccionó con una fiereza incomprensible. Se masturbó y por primera vez en su vida un fluido salió por donde hasta ese momento solo salía orina. Extrañado lo cató y enseguida reconoció el sabor que había sentido esa tarde de cuerpo de sus maltratadores. Se sintió mayor y se durmió pensando que el también podría mear a alguien dentro de no mucho.

- Juan Jesús, espera – me detuve y me volví levantando la voz.
El chico se detuvo y se volvió.
- Perdona, tengo prisa, pierdo el autobús de las siete y media.
- Venga, yo te llevo. No tengo nada que hacer. Es sábado.
Se dio la vuelta y echó una carrera hasta alcanzarme.
Nos dirigimos al garaje por el coche.
- Mi tía se tiene que ir a las ocho para trabajar y me tengo yo que quedar con mi abuela.
- Acompáñame al garaje.
Caminamos un trecho corto hasta el garaje de mi casa. Entramos al garaje y le invite a entrar al coche.
- Tío – me dijo algo corrido – me haces muchos favores y yo lo único que puedo ofrecerte es un poco de sexo…, y tu no quieres…, no se como agradecértelo.
- Ya tendrás ocasión Juan Jesús, de momento limítate a aceptar lo que te viene dado gratis.
- Tengo veintidós años, nos conocimos cuando yo tenía creo que dieciocho. Han sido cuatro años en que lo único que has hecho es hacerme favores y no me has dejado que corresponda. No lo entiendo, de verdad.
- Ahora calla y piensa en tu abuela, nada más.
Le dejé en la casa de su abuela. Cerró la portezuela del coche y a los dos pasos se volvió y mirando con su encantadora e inocente sonrisa, que el utilizaba creyendo que era de alguien experimentado, me citó.
- A las tres vuelve de trabajar mi tía. Lo digo por si no tiene nada que hacer y te apetece venir a recogerme y vamos al río un rato y te hago compañía mientras escribes; la verdad es que me gusta estar a tu lado, aunque sea sin hablar.
- Mmmm, bueno, tenía otros planes, pero no importa. A las tres vendré a buscarte.
Cuando tuvo la confirmación de que Sebastián iría a buscarle sintió la típica tirantez en la bragueta y un placer incomprensible le recorrió la espina dorsal desde el mismo ano.
- Te esperaré aquí en la calle.
Y se fue dando saltos de alegría, interpretó Sebastián por la forma de hacerlo.

Desde aquella tarde aciaga en la ermita en ruinas, Juan Jesús iba de vez en cuando por ver si se repetía la humillación. Desde hacía meses que había sucedido soñaba con aquella imagen y el resultado era siempre una masturbación rápida y placentera en la que echaba de menos la orina de otros tíos.
Casi siempre se quedaba con las ganas y acababa apoyado en una esquina del presbiterio en ruinas cabeza abajo y orinándose él mismo sobre su boca para acabar masturbándose dejando caer su semen en el mismo lugar.
Aquella tarde cuando se acercaba a las ruinas escuchó jadeos y se anduvo con cuidado. Dos de los imbeciles que le habían llamado maricón y le habían obligado a mamársela estaban en plena faena, besándose mientras se sobaban sus sexos con avaricia. Tenían los pantalones en el suelo y sin soltar la presa de la boca como podían pugnaban por deshacerse de esas prendas para quedar más libres para holgar.
- ¡Eh! Machitos – le habló con mucha sorna Juan Jesús – si queréis os ayudo a desnudaros y a lo mejor queréis que os mee encima.
Los dos se quedaron cortados intentándose tapar inútilmente sus desnúdeces.
Juan Jesús empezó a desnudarse él mismo con parsimonia exhibiendo unos dones más que apetecibles.
- ¿Hará un trío, digo yo?
Los otros dos no supieron que responder hasta que Juan Jesús se les acercó y le obligó sin mucha oposición a arrodillarse delante de él.
- Venga, abrir esas boquitas que tengo ganitas de mear. Ya sabéis como es, creo que lo habéis hecho alguna que otra vez.
Los dos zagalones abrieron sus bocas y cerraron los ojos esperando la rociada. Juan Jesús empezó a orinarles alternativamente las bocas y entonces ellos abrieron los ojos peleándose por el chorro que le mojaba, al tiempo que se masturbaban.
- Cómo veo que os gusta, ahora me vais a comer el culete uno y el otro la polla.
Ninguno de los dos puso la mínima objeción.
- Ya parece que nos vamos aclarando sobre quien era aquí el maricón, que yo no digo que no lo sea que me gusta una polla lo mismo que a vosotros, pero me parece que a vosotros más que gustaros, os enloquece. No se que daría algún colega del instituto por saber alguna de estas peculiaridades nuestras. Y ahora, como lo hacéis tan bien me voy a correr, con lo que vais a poder disfrutar de mi lefa, besándoos para intercambiarla de boca cuando yo haya acabado; luego podéis seguir a lo vuestro.
Cuando Juan Jesús se ordeñó en la boca de uno de ellos, el que estaba lamiendo el ano prácticamente se lanzó a la boca de su amigo a besarle y mientras Juan Jesús se vestía, ellos siguieron con sus efusiones sexuales.

Estaba pensando en aquel episodio cuando Sebastián apareció con su coche a recoger a Juan Jesús.
Nada más aparecer el coche de Sebastián, Juan Jesús sintió que las mariposas elevaban el vuelo en su estomago. Instintivamente se llevó la mano a su entrepierna. Sebastián no fue ajeno a ese detalle cuando detuvo su coche y se removió incomodo en su asiento. Por su cabeza se paso como rayo la imagen desnuda imaginada de Juan Jesús bajo la sabina, que le reclamaba sus favores. Dio un golpe en el volante negándose a semejante tropelía en el momento que el chico entraba.
- ¿Pasa algo? –preguntó.
- Nada – mintió Sebastián; y en ese momento supo que estaba perdido. No iba a ser capaz de sustraerse a los encantos del chico.
Arrancó el vehiculo en dirección a la marisma, donde por vez primera se conocieron.
- ¿Te parece que vayamos al mismo sitio donde nos conocimos? - y en la voz no pudo evitar un vestigio de estremecimiento que enlazaba con una erección explosiva que fue incapaz de coartar.
- ¿Te ocurre algo? – preguntó intrigado el chaval.
Juan Jesús ya sabía lo que pasaba; eran veintidós años pero muy intensos y ese aletear de la voz de un hombre ya lo había experimentado antes. Sabía de lo que se trataba y se felicitaba de poder, al fin, dar una satisfacción a su benefactor. Se relajó.
- ¿Tienes muchas ganas de escribir?
- Porqué lo dices
- No sé; podríamos hablar. Que me contases cosas tuyas. Tú sabes muchas mías; yo en cambio de ti no se casi nada. Me dijiste aquel día que fuiste chapero…, eso me pone cachondo sin poderlo remediar. Te he imaginado con mi edad o menos yéndote con tíos macilentos y sebosos; de asco vamos; y me da mucho morbo.
- En alguna ocasión era con la pareja. Algún personaje quería ver como se lo hacía a su mujer y luego al revés. A tu edad se tiene potencia para eso y para luego ir a buscar a tu novia y disfrutar de verdad.
- Pero…, entonces…, no lo entiendo. ¿Que te gustan a ti?
Detuvo el coche a un lado del camino de la marisma, pero no abrió la portezuela del coche. En silencio mirando en lontananza con las manos apoyadas en el volante. Juan Jesús le miraba intrigado preguntándose que estaría pasando por la cabeza de su amigo.
Hasta que pasados unos segundos eternos se giró en el asiento hacía en el chico apoyándole su mano derecha en el cuello para mantener sus líneas visuales entrelazadas.
- Te queda mucho camino por recorrer. Verás.

Sebastián siempre fue muy inquieto. Con catorce años era un zascandil, sin miedo en el amplio horizonte de su inmortalidad. Rebosaba vida y alegría por sus poros. Y también era encantadoramente inocente creyéndose ser avisado de los peligros de la vida. Tenía habilidad para engatusar a las muchachas contándoles chascarrillos y haciéndolas sonreír, ganándose alguna que otra sonora bofetada, porque en esos tiempos era lo que se estilaba, que las muchachas afirmasen su decencia hostiando a aquel que más les gustaba, no llegase a oídos de su madre o tíos que sonreía ante las ocurrencias del primer zagal que se cruzaba con ella en el paseo. Empezó a pasearse con una chica de su edad, que de primeras le cruzó la cara tras el primer requiebro, y gustaba de invitarle a altramuces cuando nadie se percataba. Poco a poco, con el paso de los meses fueron retirándose de las miradas indiscretas de propios y extraños hasta que encaminaron sus pasos, como por casualidad hasta cabe una sabina centenaria en la marisma. Era primavera avanzada y la calidez del levante bajeando tuvo la virtud de derribar alguna que otra barrera. La tersura de la piel de la chica y la perentoria necesidad de Sebastián por esparcir semilla hicieron el resto. Con los senos turgentes pidiendo contacto, los jadeos anhelantes de fusión impregnando el aire que se los llevaba a otros sitios se acercó otra pareja buscando intimidad. Una pisada, un crujir de rama y ya estaba la chica vestida y corriendo al pueblo despavorida y Sebastián desorbitando los ojos e intentando aliviarse como bien pudiera con la mala suerte de que la pareja se presentó y frustró la llegada a meta del chico, que como una liebre salió a escape.
- Ya se lo voy a decir a tu madre Sebastián, que tienes muy poca vergüenza – le gritó la recién llegada que ya se desnudaba nerviosa para abrir su puerta y que su novio entrase a tomar un refrigerio.
Al llegar a casa, se encontró un alboroto en su puerta que le extrañó. No podía ser que se supiese lo suyo tan pronto. Quiso entrar, pero no le dejaron. Salió Don Felipe, el cura ensotanado a su encuentro que echándole la mano por el hombro se lo llevó calle adelante dándole cobijo y animo. El cura era un tipo menudo y nervioso más o menos de la altura de Sebastián. De cuando en cuando le atraía hacía el y le besaba en el cuello.
- La vida es así de cruel, Sebastián, hijo. Quien podía imaginar que una persona tan fuerte, con tanta vitalidad le iba a ocurrir algo parecido.
- Pero que ha pasado D. Felipe
- Hay que ser fuerte en momentos como este hijo.
En estas estaban ya llegando a la ermita del pueblo.
- Vamos a entrar a rezar por tu padre, porque esté en la gloria
Sebastián retembló entre los brazos del cura y se le aflojaron los nervios. Las lágrimas pugnaban por aflorar pero solo conseguían hacer arder los ojos. Con rabia se los restregó y de forma abrupta preguntó:
- ¿Que le ha pasado a mi padre?
- Una desgracia hijo, una desgracia. Estaba tan sano…
Sin poder remediarlo se refugió en el regazo de la sotana y D. Felipe le acunó estrechándole fuerte. Los cuerpos se dieron calor y la calentura que Sebastián arrastraba no quiso saber nada de duelos. Al contacto calido de otro cuerpo el suyo reaccionó como resorte. El cura sintió el ímpetu juvenil e invadió el espacio mas delicado con su muslo; el chiquillo reaccionó instintivamente pero la persona mayor que era le sujetó y acarició suavemente hasta derrumbar las defensas ya de por si débiles. Luego la mano nervuda que consagraba cada día se acercó a santificar la carne, el roce fue agradable y Sebastián se dejo hacer.
En un rincón de la ermita el cura con la boca terminó lo que debería haberse concluido bajo la sabina centenaria. Sebastián horrorizado por lo que acaba de ocurrir quiso escapar pero fue detenido.
- Espera zagal. No vayas a soltar la lengua; perjudicaría a tu madre que ahora está viuda y no tiene defensa. A ti sin embargo te conviene. Se echó mano a la cartera y sacó un billete grande, que a Sebastián pareciole una fortuna.
- Venga, no seas más tonto y guárdatelo. Y ya sabes, cada vez que quieras un billete de estos vienes en mi busca.
Sebastián a partir de ese momento dejó de frecuentar la iglesia para frecuentar la sacristía, recoger su cosecha e ir en busca de su novia a la que agasajar.
- ¿De donde sacas tanto dinero Sebastián? – preguntaba la inocente escamada.
- Mi padre tenía un seguro de accidente muy bueno y no preguntes más que no me es fácil recordar de donde sale este dinero.
Con dieciocho años y ya baqueteado en determinadas artes Sebastián fue a la ciudad a trabajar en la imprenta de un primo de su madre.
- Aprenderás el oficio y de paso te administrarás y sabrás lo que es la vida.
El dinero que su primo le daba, apenas le llegaba para comer y pagarse una cama en una pensión de mala muerte.
- Sebastián – le dijo su primo – ve a casa del Marques y le llevas esas tarjetas y los tarjetones de invitación. Y ligero, que las está esperando.
El Marqués ya había estado en la imprenta y le había podido ver desde lejos; de mediana estatura, delgado, altivo de gesto y modales refinados. Tendría unos sesenta años y lo que no sabía Sebastián es que él tampoco había pasado desapercibido para el Marqués.
Llamó a la campana de la cancela del palacete donde debería entregar la mercancía y un mayordomo ataviado de librea acudió para franquear la entrada. Sebastián sin dar un paso alargó el envoltorio dispuesto a regresar a la imprenta pero no contaba con lo que venía a continuación.
- No – rechazó el paquete el atildado mayordomo- el señor Marqués insiste en que se le entregue personalmente. Sígueme y límpiate bien esos zapatos antes de pisar las alfombras.
Sebastián no conocía la sensación de hundirse en la lana al caminar y perdía el equilibrio dando traspiés, por lo que el mayordomo le llamó la atención un par de veces de forma hosca. Finalmente le entraron en una habitación pequeña decorada con una chimenea, las paredes cubiertas de lienzos y más alfombras. Había un sofá raro, para lo que era la experiencia de Sebastián, al que le faltaba uno de los brazos, parecía más bien, pensó, una cama con respaldo; una mesa de delgadas patas y tapizada de cuero verde y una lámpara de sobremesa de cristal verde igualmente.
- El señor le recibirá en breve – le anunció de forma desapasionada el mayordomo –
Cuando salía le escuchó mascullar algo de una colección y otra pieza más pero no supo bien a que se refería, allí había infinidad de objetos que parecían raros y caros.
- De manera que tu eres Sebastián – entró por otra puerta el Marqués envuelto en un batín de brocado de seda color canela y chinelas igualmente de seda.
- Este es su encargo – y le alcanzó el paquete que traía.
El Marqués lo recogió y lo dejó sin mirarlo sobre la mesa e invitó a Sebastián a sentarse junto a él en la cheslón, que así le dijo que era el nombre del sillón tan raro. El chico estaba cohibido por el ambiente y los modales de aquel hombre.
- ¿Tu fumas, Sebastián? – le ofreció una caja de plata que abrió delante de él llena de cigarrillos.
- Si, si fumo, pero ahora, déjelo…
- Insisto; quiero que te sientas cómodo.
Sebastián cogió un cigarrillo y el Marqués le dio fuego con un mechero de sobre mesa dorado.
- Me he informado de ti, Sebastián. Don Felipe es buen amigo mío. Estás en la imprenta del primo de tu madre porque así me lo pidió Don Felipe. Me dijo que eras honrado, decente y comprensivo con las debilidades humanas.
- ¿Eres realmente comprensivo, Sebastián?
De inmediato a Sebastián se le vino a la cabeza la esquina oscura de la ermita y su efusión tan placentera y al tiempo tan culpable que tuvo con el cura.
- Verá usted, señor, con ciertas cosas…, yo tengo una novia en el pueblo que yo respeto – el Marqués levantó la mano deteniéndole.
- Mira, hijo, no hay persona que yo más respete que a mi señora, la Marquesa, que precisamente se encuentra en San Sebastián visitando una hermana enferma – y al tiempo que lo decía se aflojaba la lazada del batín – y no espero que venga hasta el mes que viene – volvió a aflojar del todo la lazada que cayó desfallecida a ambos lados dejando resbalar los pechos del batín y enseñando un cuerpo velludo de piel blanca.
Sebastián tragó saliva y se puso en pie.
- Yo ya me tengo que marchar – dijo algo atolondrado.
- Tu te tendrás que marchar cuando yo diga que te tienes que marchar – le cambió el tono de voz al Marques al tiempo que se despojaba del todo del batín quedando completamente desnudo y cambiando el tono otra vez a algo más calido – venga dime, que te parece esto – e hizo pose de pasarela.
- Yo…, no sabría que decir – y sin proponérselo ni darse cuenta de lo que hacía comenzó a masajearse la bragueta – yo señor quisiera irme…
El Marqués en ese momento de un golpe certero le sujeto con su mano los genitales comprobando que tenían cierta consistencia.
- Yo se, que no te quieres ir – le susurró acercándole la boca al cuello y mordisqueándolo – es más, me jugaría mi fortuna a que estás deseando desnudarte ahora mismo – y comenzó a manipularle el cinturón del pantalón.
El chico sintió, a su pesar que su sexo tomaba tamaño y dureza, comenzó a jadear de excitación y se entregó.

Cuando salió de aquel palacete con el encargo de que regresase tantas veces como quisiera llevaba en el bolsillo el equivalente a seis sueldos mensuales y llegó corriendo a la imprenta dando saltos de alegría.
- Mucho has tardado tú, rapaz – le amonesto el primo – ¿no habrás hecho ningún desavío?
Sebastián agachó la cabeza, negó sin abrir la boca y terminó la tarea del día.
Esa noche se fue a tugurio de hembras de primera clase, escogió la más bonita y amaneció en su pensión con dolor de cabeza y tres sueldos menos en el bolsillo.

- Después de aquel día en el palacete del Marqués comprendí que podía hacerme con un pequeño capital a poco que fuese inteligente y me dejase querer. La verdad es que a mis dieciocho años lo menos que me podía apetecer era cogerle el sexo a un tío, pero…, en esta vida todos de una forma u otra nos vendemos a algo con tal de obtener nuestra meta, y la mía era volver al pueblo, casarme con Elvira y poner un negocio. Me prostituí, si, lo hice. Y veo que vas por el mismo camino, del que yo no te voy a apartar. Yo me dejé hacer, aunque no era lo que más me gustaba, aunque tampoco me era vomitivo. Quizá para ti sea lo más deseable, quizá no. La decisión es tuya.
Yo no soy ningún ángel, porque estando ya casado he tenido mis devaneos con otros hombres; que porqué, no sabría decirte, quiero a mi mujer y por nada la dejaría, pero el sexo es como es, egoísta, solo quiere su satisfacción, se la das y te deja en paz.
- Entonces a ti no te gustan los hombres – preguntó medio escandalizado Juan Jesús – lo hacías por dinero, eras como una puta.
- Si prefieres verlo así, de acuerdo. Pero tu querías hacerme una felación nada más conocerme en pago por un supuesto servicio que yo te hacia a ti. Todos somos putas, todos somos santos. Humanos en suma. Márcate una meta y lánzate a ella; quizá tengas que tomar algún atajo o dar algún rodeo, quizá detenerte durante un tiempo o cabalgar a lomos del tigre, pero sin perder de vista nunca tu destino. Y si no lo alcanzas al menos habrás luchado y te habrás divertido haciéndolo. No creas que en una humillación se acaba la vida o en un triunfo ya no se descabalga de la cresta de la ola. La vida es un ir y venir y nadie es más que nadie, solo un nadie es distinto de otro nadie, y todos contingentes y enfrentados a multitud de necesidades.
- Sebastián, no quiero pagarte con una felación. Deseo hacerte una felación. Disfrutaré haciéndote una felación.
- Juan Jesús, si me hicieses esa felación que tanto deseas, de alguna manera quedaríamos enlazados. Tú me gustas como objeto sexual y yo te soy grato porque represento la figura del padre que se te fue. Nos haríamos un flaco favor si nos enzarzáramos en una relación de piel a piel. Vamos a seguir…
Juan Jesús selló los labios de Sebastián con los suyos en un beso profundo que Sebastián acepto el tiempo que consideró oportuno para satisfacer los impulsos de Juan Jesús, luego lo apartó suavemente.
- Te agradezco tu interés, pero créeme, quiero tenerte de amigo, no de amante. Mantengámonos como hasta ahora; yo seré tu mentor y en mí siempre encontrarás apoyo. Ahora ya podemos marcharnos.
Mientras se alejaban de aquella sabina centenaria Sebastián pensó en como se habría desarrollado la vida de no haberles sorprendido aquella primera vez y no hubiese muerto su padre, pero no estaba quejoso de la vida; saberse capaz de tanto malo y tanto bueno, le permitía tomar en consideración todas las debilidades humanas y no creerse más que nadie, pudiendo mantenerse delante de cualquiera con serenidad.
Juan Jesús miraba a Sebastián mientras se alejaban de la sabina preguntándose si alguna vez él podría llegar a ser alguien tan correcto, tan perfecto, ten imitable y entonces supo que nunca tendría sexo con él.